El Dolor de la Culpa 4 ¿Una noche más? #2
12%

4 ¿Una noche más? #2

—Tranquila, ese con el que estaba dentro es mi mejor amigo… y el mejor abogado que conozco. Tendría un caso más si me detienen —bromeo, inclinándome un poco hacia ella—. ¿Te aburres con tus amigas?

—No soy muy fan de estas fiestas… y aquí me tienes, con esta ridícula diadema, aguantando tonterías y medio pedo todas.

—¿No bebes? —pregunto, aunque me arrepiento al instante: parezco un interrogatorio.

—No suelo. He visto demasiadas mierdas. Además, tal vez a la vuelta me toque conducir el coche de mi amiga. No me fío.

—Te entiendo —digo, bajando la voz—. Mira…

me da cosa dejar a Mario solo, pero si no, te propondría algo mejor.

Algo privado… y mucho más placentero —susurro, acercándome a su oído.

Noto su respiración agitarse, la idea le gusta, aunque no tiene pinta de ser de las que se lanzan sin más.

Pero, al fin y al cabo, ha salido a buscarme… ¿no?

—¿Y… más tarde? —me desafía, clavando sus ojos en los míos.

—Si tú quieres… —murmuro, dejando que mi mano recoja un mechón de su pelo. Dejo resbalar mis dedos por su mejilla, su cuello, hasta rozar su clavícula expuesta.

—Debería volver. Si no, saldrán a buscarme… y no querrás que lo hagan —susurra, rozando mis labios con los suyos antes de dejarme un beso corto que me calienta la sangre.

Se gira y se aleja con un contoneo discreto. La sigo con la mirada. Su vestido azul, ajustado sin ser vulgar, abraza unas curvas que invitan a pecar.

—¿Ya te la has…? —empieza Mario cuando regreso.

—No. Tal vez luego. No iba a dejarte tirado —le respondo, conteniendo una sonrisa idiota mientras me dejo caer a su lado de nuevo.

Un rato más tarde, el cansancio —y tal vez el aburrimiento— empiezan a hacer mella en mí.

Miro a mi supuesta conquista, que tiene la misma cara de estar deseando largarse.

Cojo una servilleta, le pido un bolígrafo al camarero y le anoto mi Instagram.

Me acerco a ella, le tomo la mano sin importarme que sus amigas lo vean y le dejo la servilleta entre los dedos.

Al alejarnos, escucho a las chicas cuchichear a mis espaldas.

Mario y yo salimos por la puerta, dejando atrás la música y el ruido de la terraza.

El mensaje no tarda en llegar con una dirección y una hora.

@azah97_ Alcalde Sanz Noguer 11. En media hora. Si te libras de tu amigo.

Sonrío y tecleo mi respuesta:

@luc_greeneyes Allí estaré

—¿En serio? ¿Has quedado con la morena esa? —me suelta Mario en cuanto ve mi cara de idiota.

—Sí. ¿Algún problema?

—Todo esto te va a traer problemas, Lucas. Deberías… —Me irrita que después de todo lo que me ha contado, se crea con derecho a sermonearme.

—Yo no te digo qué hacer ni qué no. Y te advertí que lo de Carla no era buena idea. —Le tiendo el casco—. ¿Subes?

—No, mejor me quedo por aquí y bajo andando. Venga, tira. Cualquier día tengo que ir a sacarte de la cárcel.

—Para eso trabajas en el mejor bufete de la ciudad. Y de medio país.

—Sin exagerar —responde, pero ambos sabemos que es cierto.

Lo dejo en su casa, cerca de donde viven mis padres, y encaro el tráfico escaso hasta llegar al centro.

Es viernes de inauguración de feria y la mayoría ha optado por autobuses o por aventurarse a pie hasta el recinto ferial.

Solo de pensar en tener que ir con los compañeros algún día me entra urticaria.

Aprovecharé que tengo libre desde el jueves para huir a mi refugio cuando empiecen los días fuertes.

Llego a Ciudad Jardín, el barrio donde está la dirección que me ha enviado.

La excitación me recorre las venas como un chute de adrenalina, esa tensión previa a lo imprevisible que siempre busco.

Me adentro en la calle estrecha, busco el portal y apenas tengo tiempo de bajarme de la moto cuando la puerta se abre y aparece ella.

Me dedica una sonrisa que noto forzada, como si quisiera ocultar nervios o reservas. Lo capto de inmediato. Si quiero llevármela a mi terreno, tengo que rebajar la intensidad.

—Hola —saluda, casi con un hilo de voz.

—Hola —respondo, bajándome de la moto y encajándola en el hueco que he encontrado entre dos coches—. Has llegado pronto. ¿Cómo has venido? —pregunto, buscando romper el hielo.

—En taxi, hemos tenido la suerte de encontrar uno. He convencido a mi amiga de dejar allí su coche.

—Chica lista.

—Experiencia, más bien —dice, encogiéndose de hombros. Me quedo mirándola, intrigado, y ella aclara enseguida—: Soy enfermera de urgencias.

—Ah, entonces te entiendo. Somos casi colegas... aunque a mí me llegan los que ya no tienen remedio.

Me observa de arriba abajo, visiblemente sorprendida.

Hoy llevo unos vaqueros desgastados, con algún roto estratégico, y una camisa blanca remangada.

Clásico, sí, pero con un punto desenfadado que el vaquero aporta sin esfuerzo.

Mi pelo, revuelto tras quitarme el casco, debe de ser un desastre, pero, siendo sincero, dudo que cualquiera que imagine a un forense piense en alguien como yo.

—¿Eres forense? —pregunta, arqueando una ceja.

Asiento, divertido.

—¿De verdad?

—Ja, ja, ja. ¿No tengo pinta?

—Pues no, la verdad. Ni de médico siquiera.

—Chica, ¿con quién trabajas tú? ¿Con el doctor Frankenstein?

Su carcajada rompe la tensión. Su risa es suave, vibrante, casi sensual, y me sorprende lo bien que suena en mitad de la calle.

—Confieso que he venido en taxi porque así me daba tiempo a pensar en todo esto.

—Y a arrepentirte —añado, adivinando la sombra de duda en su voz. Al instante sé que no ha sido buena idea.

—Yo... es que... verás... ¿te importa si damos un paseo? —pregunta, jugueteando nerviosa con el bolso.

Me encojo de hombros, contagiado por su repentino pudor.

—Si te apetece, podemos ir hasta el zoco. Quizá encontremos algún sitio para tomar algo.

Asiente en silencio y empieza a caminar, siguiendo la dirección que le he indicado. Estoy tentado a poner mi mano en su cintura, pero percibo que su valentía se ha desvanecido de pronto, sustituida por una reserva que la hace aún más atractiva.

—Creo que esto no ha sido una buena idea —murmura, deteniéndose de golpe—. Lo siento, de verdad. No soy así, no sé en qué estaba pensando cuando empecé a tontear contigo. A ver... que me atraes, es obvio, estás muy bien, pero...

Le tomo la mano y me giro para mirarla de frente. Sus ojos, color miel, se oscurecen bajo la luz tenue de la farola. Noto su pulso acelerado.

—Eh —le digo, buscando su mirada—. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión.

No pasa nada. Si quieres, nos tomamos una copa, y si no, volvemos y me voy a mi casa.

Me gustas, pensé que podíamos pasar un buen rato, pero las obligaciones son para otra cosa, no para una cita o como quieras llamarlo.

Su dulce mirada oculta miles de dudas que yo no puedo disipar, y obligarla no es una opción.

—Vale... Vamos. Al menos la copa te la acepto. Por haberte hecho venir hasta aquí. Invito yo.

—Lo veremos después. No estabas muy cómoda con tus amigas, ¿verdad?

Hace una mueca y se aparta un mechón rebelde de la frente.

—Bueno, no tenía escapatoria. Era la despedida de soltera de mi mejor amiga.

Ya me he escaqueado bastante; antes no podía decirle que no.

Yo soy más de casa, de libros, de música...

o de perderme en la playa. La fiesta no es lo mío.

Y últimamente... no sé, llevo meses sintiéndome...

desubicada, supongo. Pensé que un buen rato no me vendría mal.

—¿Desubicada? ¿Te han cambiado de destino hace poco?

Niega con la cabeza, mordiendo su labio inferior, y su silencio llena el aire mientras llegamos a la plaza.

Hay un local todavía abierto, en la esquina.

Nos sentamos en la única mesa libre de la terraza; la temperatura es muy agradable y la ligera brisa nocturna del mes de mayo suaviza la incomodidad.

—No sé ni por qué te cuento tantas cosas de mí, si ni nos conocemos —dice, soltando una risa breve, casi incrédula—. Te juro que cuando te vi y salí detrás de ti, esto no era lo que esperaba.

La camarera se acerca y rompe la tensión. Pido una Coca-Cola; ella, un gin-tonic de melón.

—Yo tampoco esperaba esto, si te soy sincero.

Ella entrelaza los dedos sobre la mesa, mirando sus uñas pintadas de un color pálido.

—Te he fastidiado la noche. Cualquiera de mis amigas habría sido más... apropiada para ti.

—¿Apropiada? —repito, alzando una ceja. ¿De verdad no ve lo que todos ven cuando la miran?

—Sí, bueno... ellas son más lanzadas. Seguro que tus planes de polvo de escándalo se habrían cumplido con alguna de ellas.

Sonrío, apoyando el codo en la mesa para acercarme un poco más a ella.

—No siempre se hace lo que se quiere.