El Dolor de la Culpa 4 ¿Una noche más?
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4 ¿Una noche más?

cMK

¿UNA NOCHE MÁS?

LUCAS

El viernes, después de una semana tranquila en el trabajo, sin sobresaltos ni nada digno de mención, decido prepararme algo de cena.

Nada elaborado: cosas sencillas y proteicas, que vienen bien cuando nado o voy al gimnasio...

cosa que hago cuando me acuerdo. Menos mal que mi genética aún me echa un cable y, de momento, no tengo problemas de ningún tipo.

Abro la nevera con la absurda esperanza de que algo delicioso se materialice.

Pero, aparte de lo de siempre —jamón york, queso, un paquete de pan de molde, huevos, un par de yogures de proteínas y dos tomates que, o gasto ya o acabarán «archivados»—, no encuentro nada que me entusiasme.

Entonces recuerdo el preparado de fajitas congelado.

No es nada del otro mundo, pero llena el estómago.

Lo saco y, justo cuando voy a encender el fuego, suena el portero automático.

Miro el reloj y constato que son las nueve en punto.

Solo dos personas vendrían a esta hora, y la verdad es que no me apetece ver a ninguna de las dos.

Carla, por intensa. Mario, porque seguro que querrá arrastrarme a tomar algo y terminaré en una cama desconocida, inventándome excusas que hoy no tengo ganas de maquillar.

Prefiero una película o, mejor aún, tres capítulos seguidos de alguna serie.

Insisten cuatro veces más. Entonces, el móvil vibra sobre la encimera con un mensaje nuevo.

Mario: Abre, sé que estás ahí.

Suelto un suspiro resignado. Camino hacia la puerta, le abro el portal y espero a que suba.

Mientras tanto, echo un vistazo al caos que, como siempre, reina sin piedad a mi alrededor.

Pilas de libros colonizan cada esquina del salón.

Menos mal que el robot aspirador ya se sabe el mapa —libros incluidos— y al menos mantiene a raya el polvo, o eso quiero creer.

Un par de discos fuera de su funda descansan sobre el giradiscos, las gafas están tiradas en la mesa de centro junto a un vaso que olvidé llevar a la cocina... Lo de siempre.

—¡Holaaa! —grita Mario al entrar—. ¡Ha llegado el alma de la fiesta!

—¿Se me ha olvidado que habíamos quedado? —pregunto, sin ocultar mi fastidio.

—No. Pero he traído tu hamburguesa favorita, patatas, alitas y unas birras. Después, tú y yo nos vamos de copas.

—Ni de coña. Tengo que... —busco una excusa, señalando el desastre— recoger todo esto.

—Mañana o pasado. Hoy déjate de cuentos.

Sin esperar respuesta, abre el cajón del mueble bajo la tele, saca un mantel y lo extiende sobre la mesa de delante del sofá. Luego empieza a desplegar su festín improvisado, suficiente para alimentar a un equipo de fútbol.

—¿Has invitado a alguien más? —pregunto, arqueando una ceja al ver tanto envoltorio—. ¿Viene tu novia?

—Yo no tengo novia. Y si te refieres a tu ex, no, no viene. No tengo claro qué demonios hay entre nosotros.

—Ah, no, no, ya os lo advertí: no me metáis en medio —protesto. Justo en ese momento, el reloj vibra en mi muñeca. Miro la pequeña esfera y veo el nombre de Carla reflejado en ella.

Carla: ¿Sabes algo de tu amigo? Habéis quedado a ver quién cae hoy, ¿no?

Resoplo, tecleo con los pulgares mientras me dejo caer en el sofá. Le muestro la pantalla a Mario, que se encoge de hombros, tan tranquilo, y murmura que mañana la llamará, que hoy no le da la gana lidiar con tanta intensidad.

Yo: Os lo dije, y lo repito: no me metáis en medio. Bastante tengo con mis mierdas como para comerme también las vuestras. Es viernes, estoy cansado. Así que, por favor, Carla, déjame tranquilo. Lo que quieras decirle, ya sabes su número.

Pulso enviar y suelto el móvil sobre la mesa, justo al lado de una cerveza fría que Mario me tiende sin preguntar.

—Joder, Mario, te lo advertí.

—Ya, a ver… que me gusta y todo eso, pero he tenido una semana de mierda y no me veo con fuerzas esta noche. Que no, de verdad… Mañana, tal vez.

—Sabes que las relaciones son para lo bueno, lo malo y lo regular, ¿no?

—No me toques los huevos hoy, es lo único que te pido.

—¿Qué pasa? —modero el tono, porque su respuesta me desconcierta. Mario nunca contesta así. Es educado hasta cuando está cabreado; que suelte un exabrupto no encaja con él.

Se deja caer en el sofá, suspira y abre la lata de cerveza. Bebe un trago largo, casi se acaba la mitad de golpe. Se pasa las manos por el pelo, que ahora veo que lo lleva más largo de lo habitual.

—Me gusta, ¿vale? Mucho. Y… ¿puedo contarte todo, a pesar de ser quién es?

—Asiento sin interrumpirlo. Se frota la frente antes de seguir—.

En la cama nos va muy bien, a ver… solo han sido unas cuantas veces, pero de repente no sé si quiero una relación de verdad o no.

Y no quiero hacerle daño, porque sé que ha estado muy jodida.

—¿Por mí? Quiero decir, ¿por lo nuestro?

—No, claro, por el bombero torero… —resopla, con sarcasmo—. Pues claro que por ti, capullo. Y no sé hasta qué punto ya no significas nada para ella. Si algún día me lanzo de verdad, no quiero ser su segunda opción.

—No creo que lo seas. Para empezar, yo no soy ninguna opción. Y hazme caso, le gustas de verdad.

—Pero tú mismo dijiste aquel primer día que había querido…

—Ya, pero eso no significa nada. Vi cómo te miraba, cómo tonteaba contigo. La conozco. Además, siempre ha buscado algo serio. ¿Por qué? Ni idea, pero ahora con más motivo. Si tú no te ves en esa página, díselo claro… y que cambie de libro.

—Qué poético te ha quedado, filósofo —farfulla, dejando escapar una risa incrédula—. ¿Y cómo coño sé eso?

—Te diría que, si no lo sabes, es que no es ella.

Se pasa las manos por el pelo otra vez, frustrado, y deja escapar un suspiro. Se recuesta, pero se incorpora enseguida, incómodo, y rescata de debajo de su culo un libro que ni recordaba haber dejado ahí.

—Joder, Lucas, a ver cuándo te da por recoger un poco, tío —dice, lanzándome la guía de Ámsterdam—. ¿Te vas de viaje? —pregunta extrañado—. Debes ser la única persona que todavía usa guías de viaje.

—No, pero me gustaría. Tengo pendiente el museo Van Gogh.

—Ya… y el barrio rojo.

—No estoy seguro de que me interese tanto, la verdad. Prefiero recorrer los canales, ir en bici, perderme en los cafés, visitar museos…

—¿Solo?

—Es una opción.

Nos acabamos toda la comida que ha traído. Para mi sorpresa, tenía más hambre de lo que pensaba; después del gimnasio y la piscina, apenas había tomado nada. Cuando terminamos, Mario sigue emperrado en que salgamos, y al final cedo. El buen tiempo invita a dejarse arrastrar.

Acabamos en un local a las afueras, en la falda de la sierra, uno de esos sitios que se reinventa cada temporada y atrae a un público de lo más variopinto. Aparco cerca de la entrada del Notre Dame, y Mario me lanza una mirada cargada de pillería.

—¿Qué? ¿Hemos venido aquí para no caer en la tentación? —me pincha, divertido.

—Sí, para que no caigas tú hasta que te aclares.

—Vas a ser mi Pepito Grillo, ¿no?

No le contesto. Me adelanto hacia la puerta mientras echo un vistazo rápido. Parece más concurrido de lo habitual. Mucha gente ha huido de la feria para acabar aquí, buscando música y cerveza fría.

—Podríamos haber ido a la feria —murmura, siguiéndome de cerca.

—Oh, claro, para ponerme fino a rebujitos —replico, irónico—. No, espera… para bailar sevillanas. Sabes que me encantan.

—Eres el Grinch de la vida —se ríe, negando con la cabeza.

Me acomodo en una de esas sillas con cojines y Mario, antes de que pueda detenerlo, se va directo a la barra. Ni siquiera me da tiempo a decirle que no quiero alcohol esta noche.

Mientras Mario vuelve, me entretengo observando a la gente.

Hay chicos jóvenes, parejas de más edad, grupos de amigos y un corrillo de chicas que arman bastante ruido; por la banda rosa que lleva una de ellas y las diademas con formas más bien...

peculiares, deduzco que celebran una despedida de soltera.

Mi mirada se cruza con la de una de ellas. Es morena, y me regala una dulce sonrisa. Parece incómoda entre el griterío de sus acompañantes. No aparta los ojos de mí, se encoge de hombros y señala, resignada, a sus amigas.

Justo en ese momento, Mario regresa cargado con dos copas de balón que deja frente a mí. Se dispone a sentarse, bloqueándome la vista de la preciosa morena, así que le indico con un gesto que se coloque a mi derecha. Capta la jugada y me dedica una sonrisa canalla.

—No paras, ¿eh? —dice, divertido.

—Todavía te hago volver caminando.

—Existen los taxis, ¿sabes?

—Sí, un viernes de feria… claro, facilísimo —respondo, sarcástico.

Le doy un trago a mi copa y nos sumergimos en una charla ligera —o no tanto— porque vuelve a sacarme el tema del viaje a Ámsterdam y yo, como siempre, le doy largas.

Mis ojos vuelven, una y otra vez, a posarse en ella. Cada vez que nuestras miradas se cruzan, su reacción es la misma: una sonrisa tímida que me enciende la curiosidad y algo más que no quiero nombrar aún.

Decido ir un paso más allá. Me inclino hacia Mario y murmuro:

—Salgo un momento.

Me observa con un gesto de sorpresa, pero sigue la dirección de mi mirada y acaba asintiendo, divertido, dándome su bendición con un guiño.

Tal y como intuía, apenas pasan un par de minutos cuando la veo aparecer por la puerta. Echa un vistazo a ambos lados de la calle iluminada por las farolas y la música que escapa del local. Entonces me encuentra, apoyado con aire despreocupado sobre la moto.

Sonríe de nuevo y camina hacia mí, un poco titubeante, jugueteando con la correa del bolso mientras avanza.

—¡Hala! ¿Es tuya?

—No, qué va —respondo, divertido—. Estoy pensando en birlarla y largarme con ella. ¿Te apuntas? —Hostia, ni yo sabía que podía soltar chistes tan malos.

—Ja, ja, ja, venga, tira —jooder.

—Sube —la reto.

—¿Qué? ¿Lo dices en serio? —pregunta, ahora con menos valentía.

—Es mía, de verdad. Soy Lucas, por cierto —me acerco y rozo su mejilla con un beso ligero.

—Azahara. Me habías asustado un poco, ¿eh?