El Dolor de la Culpa 3 Rutinas #3
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3 Rutinas #3

Le pido permiso para examinarle la mejilla. A pesar de que ya lo han limpiado, la herida muestra restos de abrasión; ojalá hayan recogido bien las pruebas.

Le hago un par de preguntas más, casi rutinarias. Cuando termino, dejo que la madre y el padre —que entra justo entonces— se queden con él mientras vuelve a quedarse dormido, agotado.

Salgo con la enfermera —Merche, según me ha dicho— y, nada más cruzar la puerta, la inspectora Martín me espera apoyada en la pared, con los brazos cruzados y el gesto pétreo.

—Decidme que habéis tomado muestras de todo —exijo, conteniéndome—. Porque no entiendo para qué coño me habéis llamado si ya lo habíais limpiado todo.

—Lucas, ¿cómo iban a dejar a la criatura bañada en sangre? —responde Martín, pero sus ojos esquivan los míos.

—Inspectora Martín, la próxima vez que quieran que haga mi trabajo déjenme hacerlo, si no, ahórrense la llamada—mantengo el tono formal que ella no ha usado—.

Es de sentido común, y me sorprende que usted no lo tenga presente.

Le haré llegar mis conclusiones, aunque poco he podido averiguar: el chaval apenas recuerda nada, lo cual, sinceramente, es un alivio. Si no necesitan nada más…

—Doctor… —La voz temblorosa de la madre me detiene cuando ya iba a marcharme. Me giro para atenderla—. ¿Cree que… que recordará algo más?

—Dependerá de la droga que le hayan administrado. Lo más probable es que tenga flashes, fragmentos… o quizá nada. Mi consejo es que busquen un buen terapeuta. Y denle mucho amor. Es lo único que va a salvarle de esto.

—Gracias. Gracias por dejarme estar con él mientras lo examinaba. Siempre ha sido un niño tan bueno… No sé cómo va a superarlo —su voz se quiebra del todo y, furiosa consigo misma, se limpia las lágrimas con un manotazo torpe—. No entiendo cómo puede haber gente tan… tan…

—Yo tampoco —afirmo poniéndome en su lugar—, necesitará toda su ayuda y mucha comprensión. Vaya con él.

Ella asiente, encogiéndose sobre su propia pena, y regresa a la habitación. Cuando pulso el botón del ascensor, noto a la inspectora plantada a mi lado.

—¿Tenías que ser tan borde?

—¿Cuántas normas has violado dejando a los padres fuera, inspectora? Dime, ¿al menos habéis pedido grabaciones de seguridad para pillar a esos hijos de puta?

—¿Cámaras? —suelta una risa seca, cargada de amargura—. Claro… no te han dicho dónde ha sido, ¿verdad? A veces olvido que tú solo convives con tus «pacientes». Déjame recordarte algo, doctor: fuera de esas neveras tuyas existe vida. Y pasan cosas. Por si no lo sabías.

—¿Ah, sí? Pues mis «neveras», como tú las llamas, están llenas de jamón ibérico y queso manchego. Cuando quieras, te invito a una tapa.

—Que te jodan, Lucas.

—Ya te gustaría. —Sonrío mientras las puertas del ascensor se cierran, dejando fuera su rabia y su perfume amargo.

Cuando salgo a la calle y localizo mi moto en el aparcamiento, la cabeza me zumba como un avispero. Me coloco el casco, intentando que amortigüe algo de esta mierda que se me pega a la piel cada día. ¿De verdad merece la pena?

De vuelta en el anatómico, Inma me pregunta cómo ha ido todo. Le cuento los detalles completamente hastiado. Ella, que tiene hijos algo mayores, refleja en sus ojos ese dolor mudo que su forma empática de ser no sabe ocultar.

—No le des más vueltas, Lucas. Últimamente lo llevas todo al extremo. No te veo nada bien. ¿Cuándo tienes vacaciones?

—Buf… —protesto, recordando que me tocan en agosto, el mes que más detesto para parar—. En agosto.

—Puedo cambiártelas si quieres. Antonio puede cogerlas cuando le venga bien, y los niños… pues igual ni vienen con nosotros.

—No, no te preocupes. Ni sé lo que haré, la verdad.

El resto de la noche transcurre tranquila.

Inma, que no entiendo por qué seguía aquí todavía se ha marchado y me quedo con las auxiliares.

Podemos relajarnos, charlar de tonterías y ordenar papeles atrasados.

Por la mañana, justo cuando estoy a punto de largarme, la visita de mi amigo me sorprende con un café recién hecho, bien cargado, como me gusta.

—Buenos días, doctor —bromea al verme aún con la ropa de trabajo. Siempre me pongo un pijama cuando paso la noche en patología; manías de forense—. ¿Noche tranquila?

—Gracias —digo, aceptando el vaso caliente y sintiendo el aroma fuerte que me despeja un poco la cabeza—. Sí, la noche sí. Lo jodido vino antes. ¿Tienes juicio?

—Una vista preliminar. Espero no llegar a juicio, es un puto coñazo este caso. ¿Cuándo nos vemos?

—¿No me ves ahora?

—¡Hala! Si hasta estás de buen humor… Mejor así que con la mala hostia que te gastas a veces.

—No sé, luego te llamo. Estoy loco por irme: voy a nadar un rato.

—¿Ahora lo llamas así? —me pincha, levantando una ceja.

—Uy, sí. A ver si engancho a alguna de las abuelas del aqua gym que se anime a un poco de BDSM o algo parecido.

—¡Quién sabe…! —suelta una carcajada y me da un golpecito en el hombro.

Salimos juntos al exterior. Él rodea el edificio para meterse en la zona de los juzgados y yo camino hacia mi moto, sintiendo cómo el aire fresco de la mañana me despeja. Me monto, y arranco, decidido a ahogar en agua fría todo lo que no puedo borrar de la cabeza.