3 Rutinas #2
Empiezo a moverme despacio, marcando el ritmo, sintiendo cómo sus paredes húmedas se ajustan a cada embestida.
Sus jadeos se vuelven suplicantes, sus manos atadas se tensan sobre la almohada.
Cuando noto las contracciones de su interior, sé que está a punto.
Me detengo un segundo, llevo mis manos a su cuello, busco el punto exacto y presiono, justo lo necesario para robarle el aliento, nunca más allá.
Ella intenta respirar, su cuerpo tiembla, su espalda se arquea…
y entonces estalla en un violento orgasmo que me arrastra con ella, obligándome a perderme en su grito ahogado.
Un instante después aflojo la presión; el aire vuelve a llenarle los pulmones de golpe, mientras su cuerpo sigue estremeciéndose, perdida en las brumas del éxtasis.
—Respira despacio, preciosa. Lo has hecho increíble. —Le susurro, soltando el nudo de sus muñecas y masajeando la piel enrojecida.
Ella me mira, me sonríe, tose apenas un segundo y luego deja escapar una carcajada suave, entre jadeos.
—¿Bien? —pregunto, acariciándole la cara, atento a cualquier rastro de incomodidad—. ¿Tienes algo para las contusiones?
Ella niega con la cabeza, aún sonriendo.
—Sí... Tenías razón. Ha sido el mejor orgasmo de mi vida.
—Tendrás otros mucho mejores. Eres muy joven.
Dejo de moverme dentro de ella y salgo con cuidado, me quito el condón y lo desecho haciendo un nudo en el extremo. Me siento a su lado en la cama, intentando normalizar mi respiración, mientras una pregunta vuelve a rozarme la nuca, impertinente, inevitable: ¿Por qué?
Voy al baño y, cuando salgo, empiezo a vestirme. Nunca me quedo. Además, ella es demasiado joven para seguir probando más de mis juegos.
—¿Ya te vas? ¿No das para más? —me desafía, con esa chispa insolente que aún le arde en los ojos.
—Debes descansar. —Me acerco a la cama, donde se ha sentado sin un atisbo de vergüenza—.
Ha sido un placer. —Acaricia el lazo que antes le sujetaba las muñecas; le deposito un beso suave en la frente mientras recojo mi pañuelo de seda—.
Iria, si vuelves a jugar a esto, asegúrate de que quien lo haga sepa lo que hace. Es muy peligroso.
—¿Y si quiero repetir contigo? —me lanza, provocadora.
—Yo no repito.
Mi piso está a escasos metros del suyo. Apenas pongo un pie en la calle, el móvil vibra. Es Mario, por supuesto.
—¿Has vuelto a las andadas? —escupe sin disimular el reproche—. ¿Cuántos años tiene esa niña?
—Veintidós. Voy para casa. Oye, ¿y Carla? —Si él pincha, yo devuelvo la estocada
—Solo estamos conociéndonos. Lucas, te arriesgas demasiado.
—Buenas noches, Mario.
Lo peor es que tiene razón. Siempre la tiene.
No debería, menos aún con chicas que podrían ser mis alumnas de prácticas.
Pero lo necesito. Necesito cualquier cosa que me saque de la cabeza la morgue, los cuerpos, ese olor.
Esta semana no ha sido la peor, y aun así…
Un accidente laboral espantoso, el suicidio de una chica demasiado joven y la interminable sucesión de tragedias que antes me resbalaban y ahora me devoran.
Cada vez que miro a los ojos a un padre y miento diciéndole no sufrió, siento que la cara se me tuerce, que me leen la mentira en la frente.
Dios, adoraba este trabajo. No sé por qué, pero lo hacía. Ahora cada turno pesa como plomo, sobre todo la guardia. Me toca pronto una en la clínica: no es mi especialidad, pero al menos tengo solo algunas revisiones de accidentes, algo más liviano, sin sobresaltos, espero.
Llego a casa y me encierro en la ducha. Me restriego la piel con la esponja natural hasta dejarla casi en carne viva.
El agua arde, resbala roja en algunas zonas, y aun así no logra borrar esa costra de vacío que se me pega tras cada encuentro.
Cada orgasmo furtivo de mutuo acuerdo me deja peor que antes: más rastrero, más sucio, más consciente de que nada llena este agujero.
No sé cuánto tiempo paso bajo el chorro. Cuando el agua se vuelve helada, ni siquiera salgo; dejo que me cale los huesos, que me entumezca la culpa. Pero el asco persiste, terco como una llaga imposible de cicatrizar. Y ni el agua fría, ni el vapor, ni la piel ardiente consiguen arrancármelo.
—Lucas… —Uf. Cuando Inma pronuncia mi nombre con esa suavidad, sé que algo grave se avecina—. Tu siguiente paciente es un chico. Muy joven. Tienes que ir al hospital. Si quieres, puedo ir yo.
—¿Y que el jefe ponga el grito en el cielo? No, iré yo. ¿Qué edad tiene?
—Doce…
—Dime que no lo… —la interrumpo, pero su cabeza asiente despacio. Un puñetazo estalla contra la mesa. Joder, joder, joder. ¿Qué mierda de mundo es este?
—Cuando llegues, probablemente ya se habrá despertado. También lo han drogado. Deja la moto, toma mis llaves —me ofrece, sacando las suyas del bolsillo.
—No.
Abro el armario, saco el casco y salgo directo al garaje.
Me lo ajusto de un tirón. Grito algo ininteligible contra el interior del casco y arranco la moto.
Acelero con decisión, la rueda delantera se alza y una chica que iba a abrir su coche se queda blanca.
Le hago un gesto de disculpa con la mano y esta vez salgo despacio, conteniéndome mientras pongo rumbo al materno.
En la puerta de la habitación, una mujer se aferra a un hombre —marido, pareja, lo que sea— como si la gravedad pudiera arrancarla del suelo. Me clavan la mirada cuando aparezco en el pasillo iluminado a medias.
—Buenas noches. Soy el doctor Caronte, perito forense. Voy a ver a su hijo.
—Buenas noches, doctor. La enfermera está dentro, por eso esperamos aquí… y también hay unos policías. —La voz de la mujer es un hilo roto.
—Puede entrar conmigo si lo desea —le ofrezco, bajando un poco la voz.
—Es que la inspectora…
—Ahora estoy yo aquí. Y tengo que hacer mi trabajo. No sé a qué ha venido la inspectora, pero su hijo es menor y no debe estar solo.
Llamo con los nudillos. Un policía, que no debe hacer ni un mes desde que salió de la academia, me abre con la cara desencajada.
—Buenas noches. Soy el doctor Caronte, el forense.
Siento cómo sus ojos se clavan en mí, y dudan un segundo. No le doy importancia.
—Buenas noches, doctor. Soy el agente Ledesma, y ella es…
—La inspectora Martín. —Me tiende la mano con firmeza, pero sus ojos se anclan en los míos, midiendo cada gesto, como si buscara leer en mi rostro la misma sorpresa que yo descubro en el suyo.
—Si no les importa dejarme hacer mi trabajo, se lo agradecería. Y, hasta donde sé, este chico debería estar acompañado de sus padres o tutores legales —añado, girándome apenas hacia la mujer que, en la puerta, se frota las manos hasta enrojecerlas.
Se respira un silencio denso. La inspectora no retira la mano hasta que la estrecho.
Su mirada se mantiene fría, analítica. Mi pulso, en cambio, empieza a martillear en las sienes: doce años, drogado, violado.
Y yo aquí, como siempre, para poner palabras limpias a la porquería humana.
No sé por qué se ha saltado el protocolo, pero yo no pienso hacerlo.
—Hola. —Echo un vistazo al informe que me han pasado y, por primera vez, leo su nombre—. Maxi, ¿verdad?
El niño asiente. No solo lo han agredido sexualmente y drogado: le han pegado. Un moratón empieza a hincharle la mejilla y varias laceraciones en brazos y rodillas evidencian que lo han tirado al suelo, dando con la cara contra una superficie áspera. Tal vez asfalto.
—Voy a hacerte unas preguntas. Si no recuerdas algo, no pasa nada, ¿de acuerdo? Pero es importante que me cuentes lo que sepas. —Maxi asiente de nuevo, con los ojos vidriosos—. ¿Dónde estabas cuando ocurrió esto? —señalo su brazo enyesado.
—Iba camino de casa… me bajé del bus y, al pasar por una calle, unos chicos se acercaron…
me empujaron contra el suelo… —Su voz se quiebra.
Aspira aire con un silbido, lucha por recomponerse.
Su madre, de espaldas, solloza en silencio.
Le hago un gesto para que se acerque y le coja la mano—.
Venía de un partido, llevaba la bolsa… me la quitaron, la vaciaron…
al agacharme para recoger mis cosas me empujaron de nuevo…
me tiraron, me dieron una patada… creo que ahí me rompí el brazo.
Después… solo recuerdo un pinchazo… —Detrás de él, la enfermera asiente, confirmando la vía del sedante.
—¿Sabes dónde te pincharon?
Señala el cuello. Me inclino y distingo la pequeña marca rojiza.
—¿Recuerdas algo más?
—Nada… solo… mi ropa rota… sangre… y mucho dolor… —Un gemido le sacude el pecho y su madre lo envuelve en un abrazo, hundiéndole la cara en su blusa.