3 Rutinas
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RUTINAS
LUCAS
Una chica, quizá demasiado joven para estar aquí sola, se me acerca en la barra del antro donde estoy pidiendo un par de cubatas para Mario y para mí. Me escanea de arriba abajo con total descaro, y tengo claro que, si se deja llevar, esta noche terminará conmigo.
—Hola, soy Iria. Me preguntaba si te tomarías algo conmigo... y con mi amiga.
La música retumba tanto que se inclina para susurrármelo al oído, dejando que su perfume —dulce, floral— me invada mientras su pelo largo y rubio me roza la mandíbula.
—Lucas. Estoy con un amigo... —Señalo hacia donde Mario espera—. Quizá podáis uniros. Es...
—Sé quién es. —Me corta, ladeando una sonrisa coqueta—. Os llevamos mirando un buen rato.
Joder con la niña.
—Antes respóndeme algo —le suelto, casi divertido—: ¿tienes edad para estar aquí?
Se echa a reír, enseñando unos dientes blanquísimos, pero frunce el ceño cuando ve que hablo en serio.
—¿Ah, que lo dices en serio? —Sus ojos oscuros chispean un segundo de fastidio—. Tengo veintidós, ¿te supone un problema? Solo te he pedido que nos tomemos algo, no que te cases conmigo.
Levanto las manos en señal de rendición y asiento.
—Vale, vale. Es que mi amigo es abogado y no quiere líos con menores.
—¿Y tú sí? —replica, inclinándose tanto que su aliento me roza los labios.
—Tal vez más tarde... dependerá de ti.
Un par de copas después, Iria no deja de provocarme.
Se pasa la lengua por los labios, me desafía con la mirada y, entre risas, me arrastra a la pista de baile.
Yo, que tengo dos pies izquierdos, me dejo llevar; necesito un desahogo, sí o sí, y ella es perfecta para esta noche...
si acepta jugar bajo mis reglas. De momento, no se corta ni un pelo.
Empieza a sonar Si antes te hubiera conocido y me agarra de la mano, abriéndose paso entre cuerpos que se contonean al ritmo de la música.
Al fondo distingo a Mario, que también se ha dejado atrapar por las amigas de Iria; lo que haya pasado entre él y Carla esta semana me importa una mierda ahora mismo.
Iria se pega a mí como si quisiera fundirse con mi piel.
Mueve las caderas contra mi bragueta, lenta y descarada, y yo noto cómo la sangre me hierve.
Cada vez que levanta los brazos para recogerse el pelo, su minivestido sube tanto que deja a la vista una promesa de lo que podría pasar si la siguiera al baño.
Cuando empieza a sonar Esa Diva, se gira, se pega aún más, y canta la letra casi rozando mi boca. Su aliento cálido me roza la lengua; su perfume —ese aroma dulce y floral— me revienta la cabeza.
Dios... No creo que esto sea solo un juego para calentarme. O eso quiero creer. Porque si después de esto se larga dejándome así, me tocará buscar alivio por mi cuenta. Y esta noche no estoy para fantasías: quiero piel, quiero sudor, quiero perder la cordura justo aquí, contra la pared más cercana.
Cuando termina la canción, su boca asalta la mía. No suelo besar a desconocidas, pero su entusiasmo y mis ganas han dinamitado cualquier resistencia. Tiro de ella, apartándola de la pista, empujándola hacia la salida para poder hablar sin gritar por encima de la música.
—¡Vámonos! Si quieres seguir jugando, será con mis reglas —le digo al oído. Ella sonríe, divertida, como si creyera que bromeo.
—Hablo en serio —insisto, bajando la voz y sujetándola por la cintura—. No me van los polvos vainilla.
Su risa se escapa mezclada con un jadeo cuando vuelve a pegarse a mí. Me clava los ojos y deja escapar una burla cargada de deseo:
—¿También tienes un avión?
Se ríe de su propia ocurrencia, haciendo alusión a algún cliché de novela romántica. Le muerdo suavemente el labio inferior antes de contestar.
—No. —Le acaricio la mandíbula con el pulgar—. ¿Dónde vives?
—En el bulevar. Comparto piso con una amiga, pero ya ves que están… entretenidas.
Señala con un gesto a sus amigas: una enredada con Mario, la otra flirteando con dos tipos a la vez. Joder con las niñas.
—¿Y tú no tienes casa? —pregunta, arqueando una ceja, desafiante.
—Sí, pero no llevo a nadie a follar allí.
Se muerde el labio, divertida, y suelta una risita ronca.
—Vas al grano, ¿eh?
—No he sido yo quien te ha entrado. —Le agarro la nuca y la obligo a mirarme a los ojos—. No me gusta perder el tiempo, Iria.
Su respiración se acelera; veo cómo sus pupilas se dilatan hasta devorar casi todo el iris.
Ahora descubro que es más claro de lo que pensé en un principio.
Se pone de puntillas, ayudada por esos tacones que le dan un aire tan jodidamente provocador, y vuelve a tomar mi boca sin pedir permiso.
Sus dedos se enredan en mi pelo, tiran de él con fuerza.
Mientras devora mi lengua, me pregunto, entre un latido y otro, si de verdad tiene la edad que me ha dicho.
Mi mano baja hasta su culo y lo aprieto con fuerza, pegándola a mi erección. Un gemido ahogado se le escapa entre mis labios, pero rompe el beso justo cuando mi mano se cuela por delante y se desliza hacia su sexo, que irradia tanto calor que podría derretir un glaciar.
Los minutos que nos separan de su piso se me hacen eternos, aunque ni siquiera hemos hablado de límites ni condiciones. En el ascensor, la pongo de cara a la pared, le sujeto las manos por encima de la cabeza y jadea, rendida, separando las piernas cuando meto una de las mías entre las suyas.
—¿Ibas en serio? —pregunta con la voz rota por la excitación.
—Sí. Estás a tiempo de decir que no, ahora y en cualquier momento. Pero si quieres disfrutar como nunca, déjame el control.
Cuando llegamos a su planta la suelto. No sé si duda, pero no me lo hace notar: en cuanto se cierra la puerta del piso me acorrala contra ella y empieza a desabrocharme la camisa con manos temblorosas, hasta que la detengo sujetándole las muñecas.
—No me has respondido todavía —insisto, buscando sus ojos—. ¿Sí o no? ¿Has jugado antes con ataduras, restricción de movimiento… o privación de oxígeno?
Sus ojos se abren tanto que casi puedo ver cómo procesa la pregunta. Se muerde el labio y retrocede unos pasos, insegura. Pienso que se echará atrás, pero un segundo después me llama desde el interior.
Cuando entro, su vestido ya está tirado en el suelo: solo lleva una braguita minúscula y un sujetador negro que no deja nada a la imaginación.
Su respiración agitada delata una mezcla de nerviosismo y deseo.
En su mano sostiene un par de lazos de tela —¿cintas para el pelo, quizá?
— y me los tiende sin apartar la mirada de la mía.
—¿Estás segura? —pregunto de nuevo, despacio, tanteando el terreno mientras cojo las cintas de su mano.
—¿Puedes explicarme lo de la asfixia? ¿Y por qué debería sentirme segura contigo? —su voz tiembla un poco, pero sus pezones marcando el encaje dicen otra cosa.
—Todo implica riesgo, Iria. Es parte de la tensión, parte de lo que ahora mismo hace que estés así de húmeda —murmuro, acariciando el borde de su labio inferior, que muerde casi con inocencia—.
Soy médico. Sé cómo y dónde aplicar la presión para que pierdas el aire justo el tiempo que quiero… y que te encante.
—¿No me mientes? —Ahora sí noto un atisbo real de duda en sus ojos.
—No. Mira. —Saco mi tarjeta del hospital y se la entrego. Sus ojos vuelan directo a la palabra Patología. Un segundo de silencio, y su expresión cambia. No sé si la idea de acostarse con un forense le excita o le aterra.
—Será mejor que me vaya. Ha sido un placer, Iria —murmuro, dándome la vuelta para dejarlo estar.
—No. Quédate. Quiero probarlo.
Si dijera que es la primera vez que paro antes de follar para dejar claras mis condiciones, mentiría. Pero necesito estar seguro de que está de acuerdo, aunque siempre pueda cambiar de opinión; no tengo problema con eso.
—Busca algo que haga ruido al caer. —Me observa sin entender del todo—. Lo vas a tener en la mano. Si necesitas que pare, lo sueltas.
Revuelve en un cajón y coge una bola metálica —prefiero no averiguar para qué la usa normalmente—.
Ahora sí, la dejo relajarse un poco mientras me desnuda, pero solo a medias.
Cuando me quita la camisa, le doy la vuelta y le aparto el pelo.
Beso su cuello, saboreando su piel erizada y la tensión de sus pezones endurecidos por mis caricias.
Le uno las manos por delante y las ato, no con sus lazos, sino con uno de seda que siempre llevo conmigo: azul, estampado con la noche estrellada de Van Gogh, un souvenir de mi hermana que terminó dándome mucho juego.
Me aseguro de que no pueda soltarse fácilmente, pero que pueda desatarse si lo necesita.
Su pecho sube y baja con respiraciones rápidas, un jadeo apenas contenido.
La empujo sobre la cama, esta vez con menos delicadeza, y subo sus manos por encima de la cabeza.
La giro hasta dejarla boca abajo, le quito el sujetador y dejo un rastro de besos por su espalda hasta llegar a su trasero, que levanta ofreciéndomelo.
Bajo sus braguitas, saboreo la visión de su culo firme y su sexo depilado; una pequeña mariposa tatuada en una nalga le da un toque deliciosamente travieso.
—Eres preciosa —susurro, rozando su piel con mis labios—. Recuerda: puedes decir que no cuando quieras.
—Sigue —gime, casi sin voz, mientras mi lengua la enloquece.
La giro de nuevo, separo sus piernas. No es excesivamente delgada; diría que incluso cree que le sobran curvas, pero para mí es perfecta. Sus pechos turgentes, su vientre agitado, el brillo húmedo entre sus muslos… todo en ella grita deseo.
—No cierres las piernas —ordeno, con voz ronca—. O encontraré la forma de mantenerlas abiertas.
Me desnudo del todo. Ella me observa, con los ojos velados por la lujuria y la respiración entrecortada. Saco un preservativo de mi cartera y me lo coloco sin apartar la mirada de su cara, después me abro paso entre sus muslos, que se abren para acogerme como si hubieran sido moldeados para mí.