El Dolor de la Culpa 2 caos #3
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2 caos #3

—Ja, ja, ja… He venido a comer con unos amigos. Estoy bien, o al menos mejor. ¿Y tú? ¿Has descansado?

—He salido también. Antonio me ha invitado a comer. Los niños están en casa de unos amigos.

—Uuuu… cuidadito, que ese marido tuyo quiere guerra —me burlo, dejando escapar una risa socarrona.

—Te dejo, que nos traen los platos. Descansa tú también —responde divertida, antes de colgar.

Hemos pedido un par de espetos. Lo siento, pero a mí las sardinas me gustan en la playa; por mucho que aquí quieran imitarlo, no es lo mismo.

También hemos pedido una parrillada de verduras y tres platos para compartir: lagarto ibérico, pez espada y un flamenquín enorme.

Mientras espero, mi mente divaga. Pienso en lo espectacular que está el pantano este año, tras tanta lluvia.

Pero ese pensamiento se enreda con otros más oscuros: esos niños que jamás verán algo así…

Las risas de Mario y Carla me devuelven al presente. Los observo. A ellos parece no importarles que yo esté aquí, aunque cada gesto suyo me molesta más. ¿De verdad están tonteando? Joder, Carla… hace una hora quería acostarse conmigo y ahora ya se ha colgado de mi amigo.

—Voy al baño —anuncia ella, levantándose con ese balanceo suyo tan estudiado. Se lleva el bolso, pero no su chaqueta; supongo que estará en el coche de mi colega, que la sigue con los ojos como si quisiera devorarla allí mismo. ¿En qué momento han pasado de odiarse a esto?

—¿Me explicas qué está pasando? —espeto, sin disimular mi molestia.

—Nada. ¿Por? —responde, encogiéndose de hombros como si de verdad no entendiera una mierda.

—Te ha faltado tirártela en la mesa —le suelto, casi escupiendo las palabras.

—Vamos, no me jodas, Lucas. Ni para ti ni para nadie… Pensé que no te interesaba.

—Y yo pensaba que no la soportabas. Ah… claro. Es justo al revés, ¿no? ¿Y por qué coño no me lo has dicho? Hace un año que no estamos juntos.

—Solo estamos riéndonos y ya te has puesto en plan capullo. Si te digo que me gusta, imagina…

—¿Desde cuándo?

—Ni lo sé —admite, bajando la voz, derrotado—. Pero si te molesta, lo dejo. Por encima de todo estás tú, eres mi amigo, mi hermano. Hay muchas tías en el mundo.

—Venga, Mario… Lo que me molesta es que no me lo hayas contado. O al menos desde que no estamos saliendo juntos. No voy a volver con ella, lo sabes.

—Pero sigues sintiendo algo.

—Claro. Fueron tres años, no se olvida así como así. Pero no puedo darle lo que quiere. Ni a ella ni a nadie. Solo te advierto: ten cuidado.

—¿Por?

—Ten claro lo que buscas con ella. En el pasado hizo cosas… poco recomendables, con su primer novio.

—¿Rafa? ¿Nuestro Rafa?

—Sí. Cuando supo que iba a marcharse a Cartagena, a la Marina.

—¿Qué pasó? —pregunta, frunciendo el ceño.

—No soy yo quien debe contártelo. Tenía dieciocho años; no es lo mismo. Pero… a mí me lo contó ella. Siempre ha sido sincera, y eso lo valoro, pero aún así… ojo.

La conversación se interrumpe cuando Carla regresa. Se planta junto a la mesa, cruzando los brazos y arqueando una ceja.

—Me encanta que habléis de mí a mis espaldas —dice, con ese surtido de ironía y coquetería que siempre la ha hecho peligrosa.

—Joder, Carla… hace unas horas pretendías tirarte a la cama conmigo y ahora le lanzas miraditas a mi amigo. Es, como mínimo, raro, ¿no crees? —estallo, sin filtro. Mario casi se atraganta con la cerveza y me fulmina con la mirada.

—A lo mejor me he dado cuenta de que Mario me gusta… y no lo sabía —replica ella, con una sonrisa que me crispa los nervios.

—Pues me alegro. De verdad. Solo os pido que tengáis cuidado. Y no me pongáis en medio.

—Vale. Ah, y ahora que has sacado el tema de Rafa… —dice, lanzando una mirada cómplice a Mario—. ¿Sabíais que se ha casado?

—¿Rafa? No hablamos del mismo —contesto, sin creer que Rafa de la Torre se haya casado.

—Sí. Hace años. Mónica me contó que hace un tiempo había tenido que ir a darle asistencia a él y su mujer.

—Yo también lo sé —dice Carla, asintiendo—. Me los encontré hace unos meses. Su chica es guapísima, está terminando Medicina.

Un clic mental me sacude. La semana pasada vi a su hermano mayor con una chica, me la presentó como su cuñada, pero no caí…

—Espera… ¿Ila, I… Ivana? ¿Esa es la mujer de Rafa?

—Izara —me corrige Carla, soltando una carcajada—. La rescató y míralos: llevan siete años juntos, creo.

—La hostia… —murmuro, contándoles el encuentro de la semana pasada. Al final, entre risas y anécdotas, acabamos filosofando sobre las vueltas que da la vida.

Un rato más tarde, después de que Carla y Mario compartan un postre como si llevaran juntos toda una vida, decido que ya he tenido suficiente por hoy.

—Chicos, me voy. Pago yo, y a la próxima invitáis cualquiera de vosotros. Estoy agotado.

Me levanto, le doy un beso a Carla en la mejilla, que me susurra al oído: «Ten cuidado y escríbeme cuando llegues». Asiento, le doy una palmada a Mario en la espalda y me despido de ellos, que se quedan riendo como si acabaran de empezar algo.

La tarde está preciosa, pero el cansancio ya me pesa en los párpados. Hora de volver a mi realidad.