El Dolor de la Culpa 2 caos #2
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2 caos #2

—Sí. Si así consigo que despejes un poco la cabeza y dejes de envenenarte con esos pensamientos.

—Da miedo lo bien que me conoce. Sonríe apenas y se acerca, posando la mano en mi mejilla.

Sus dedos rozan mi barba descuidada, y por un instante deseo besarla otra vez.

Pero me obligo a tragar saliva y aparto la mirada—.

Me creas o no, me preocupo por ti —añade.

—Sí, ya... —murmuro, cediendo un poco—. Venga, le llamo. No sé si tendrá planes.

Unos minutos después, acordamos vernos en el chiringuito de la Breña, un pantano a las afueras de la ciudad donde se come de maravilla y, sobre todo, se respira calma.

Así puedo darme un paseo en mi chica. Pero entonces reparo en el vestidito ligero de Carla, que apenas le cubre los muslos.

No es el atuendo más apropiado para montar en moto.

Niego con la cabeza, frunciendo el ceño, y ella, al verme, interpreta cualquier cosa menos la correcta.

—Está bien, ya no te lo pido más —articula, encogiéndose de hombros antes de girarse hacia el sofá para recoger su bolso y la cazadora.

—No sé qué coño estás diciendo —respondo, mascullando entre dientes mientras la observo—, pero pensaba que no vas vestida como para ir hasta allí en moto.

—Sé que sueno borde, lo admito, pero me jode que me revienten los planes después de una guardia de veinticuatro horas que ha sido todo menos normal.

—Pensaba que cogerías el coche… —contesta apenas en un susurro. Su seguridad se evapora de golpe y, de repente, parece una niña perdida en medio de mi salón.

—No. Espera un segundo —le indico, levantando la mano para que no diga nada más mientras marco de nuevo el número de Mario.

—Dime… —responde él al segundo tono, con su voz de siempre.

—¿Puedes pasarte a por Carla? No va vestida para ir conmigo.

—Sí, claro. Pero… ¿por qué no coges el coche, tío?

—Porque no me da la puta gana, joder. —Mi voz resuena más áspera de lo que pretendía, pero no rectifico.

—Vale, vale… Madre mía, cómo te hace falta un polvo, y urgente. Voy para allá, que me espere en la puerta de tu garaje.

—Ok. —Cuelgo antes de tener que aguantar su risa.

Carla me mira con esos ojos enormes, resignados, y añade:

—Si llego a saber que te voy a molestar tanto, no te propongo nada…

Me paso la mano por la nuca, sintiendo la tensión acumulada en la piel y un latido molesto en la sien. Respiro hondo antes de soltar una disculpa:

—Lo siento, Carla. De verdad. Estoy reventado y con la cabeza hecha un puto lío. Hoy no era un buen día. Después de una guardia así, necesito silencio. Necesito estar solo. Tú lo sabes mejor que nadie.

La culpa me corroe mientras hablo, y en su mirada veo que, pese a todo, no me guarda rencor.

Ella suspira y abre los brazos, invitándome a acercarme.

—Ven aquí, anda.

No lo pienso. Me hundo en su abrazo, en ese olor tan conocido, tan lejano ahora. Percibo cómo aspira el aroma de mi cuello y, antes de que la cosa se vaya de madre, me aparto alegando que tenemos que irnos.

Desciende a mi lado, en silencio, agarrada a su bolso. Afuera, el aire huele a un inicio precoz del verano, demasiado cálido. Nos quedamos junto a la puerta del garaje; ella juega con la cremallera de la cazadora para no mirarme.

Por suerte, Mario aparece enseguida con su coche eléctrico. Menos mal que tiene uno, si no, ni siquiera podría entrar en la plaza donde vivo, a dos pasos de Las Tendillas.

Mario se baja del coche para saludarla con una familiaridad que no me esperaba.

Me sorprende ver cómo ella, con una sonrisa encantadora, se acomoda en el asiento del copiloto, cruzando las piernas de forma que, al sentarse, se le sube un poco más el vestido.

No sé si me gusta o me molesta. O quizá ambas cosas. Y no debería… ¿o sí?

Los veo alejarse y, en cuanto desaparecen tras la esquina, bajo al garaje a por mi bestia.

Me pongo la cazadora; no hace frío, pero las protecciones siempre van bien.

El mono hoy ni pensarlo: demasiado engorro para el plan que tengo en mente.

Me coloco el casco, ajusto la visera y dejo que el rugido del motor ahogue los restos de mis dudas.

Al llegar a la salida del garaje, una parte de mí considera desviarse a Trasierra y perderse entre curvas, solo yo y la potencia de mi chica.

Pero me obligo a centrarme y dejo atrás El Higuerón, Villarrubia, Encinarejo y Almodóvar, siguiendo la carretera que serpentea hasta el pantano.

No sé si ya habrán llegado; probablemente los he adelantado sin ni siquiera verlos.

Lo cierto es que no debería rodar tan distraído encima de doscientos quince caballos, no quiero acabar estampado contra una cuneta.

Esta joya de edición limitada me ha costado media vida, y pienso cuidarla como se merece.

Aparco lo más cerca posible de la zona de las mesas del restaurante y, tras quitarme el casco y dejarlo asegurado sobre el asiento, pregunto por la reserva a nombre de Mario León.

Un camarero, con un gesto discreto, me señala una mesa justo frente a las mejores vistas del pantano.

Sé que al atardecer el paisaje es aún más espectacular, sobre todo si tienes con quién compartirlo.

Yo no lo tengo… ni creo que vuelva a tenerlo.

Un leve carraspeo me devuelve al presente. El camarero espera paciente mi orden.

—Una cerveza bien fría —pido, frotándome la frente para despejarme.

Cinco segundos después, la tengo delante junto a un cuenco de aceitunas.

El primer trago me raspa la garganta con su frescura amarga y noto cómo la tensión empieza a diluirse.

Justo entonces, una carcajada familiar corta el rumor de las conversaciones.

Es la risa de Carla. Algo se retuerce dentro de mí, algo que no termino de entender, ni de querer admitir.

—Has infringido como ciento cincuenta normas antes de llegar, ¿lo sabes, no? —me suelta Mario, divertido, mientras se deja caer en la silla frente a mí—. ¿Eres consciente de a qué velocidad nos has adelantado?

—¿Y qué? ¿Te jode que te haya adelantado o que tu maravilloso Tesla no dé para más? —replico, esbozando una sonrisa torcida.

—Respeto las normas, soy abogado, ¿recuerdas? —dice, alzando las cejas, mientras Carla asiste a nuestra pequeña guerra verbal con evidente diversión.

—Sí, claro… salvo cuando no lo haces —le pincho, soltando una risa seca.

—Pareces de mejor humor —interviene ella, entrecerrando los ojos para estudiarme mejor.

—Mi chica siempre lo consigue —respondo, dando un golpecito cariñoso a la llave de la moto sobre la mesa.

Carla pone los ojos en blanco y yo me encojo de hombros—.

¿Qué? Es la verdad. —Hago un gesto hacia el pantano, donde la luz juega con la superficie del agua—. Aunque estas vistas también ayudan.

Tras la primera cerveza, paso al agua con gas. No bebo si voy a conducir, y aunque aún falta rato, prefiero no arriesgarme. Además, el agua con gas me gusta; para qué buscar excusas.

Suena mi teléfono. Es Inma, supongo que para saber cómo estoy. Descuelgo sin pensarlo.

—¿Ya me echas de menos? —bromeo, con un tono que sé que la hace sonreír al otro lado.

—Me alegra saber que estás de buen humor. Y sí, siempre te echo de menos… trabajar con un macizo como tú tiene sus ventajas.