2 caos
cAD
CAOS
LUCAS
El simple hecho de no contestar a sus llamadas debería ser suficiente para que lo entendiera, pero no: Carla siempre necesita escuchar el «no» directamente de mis labios.
—Tal vez que no responda a tus llamadas debería darte una pista de que no quiero verte, ¿no crees? —le suelto, apoyado aún en el marco de la puerta, sin intención de apartarme.
Ella pone los ojos en blanco, resopla teatralmente y ladea la cabeza, como si estuviera acostumbrada a desactivar mis barreras con un par de frases bien colocadas.
—¿Tienes que ser siempre tan borde?
—Vamos a ver, Carla —resoplo, cruzando los brazos sobre el pecho desnudo—. Me llamaste ayer y no contesté. Me has llamado hace un rato y he hecho exactamente lo mismo. Joder, ¿qué más necesitas? ¿Señales luminosas?
Sus ojos, descarados como siempre, se pasean por mi torso, deteniéndose con osadía en la toalla que cubre lo justo.
Sé lo que piensa. Sé lo fácil que sería dejarla pasar, empotrarla contra la pared, sentir su espalda golpeando el yeso mientras mis manos la inmovilizan por encima de su cabeza, atadas con un pañuelo…
Lo he hecho mil veces. Pero no con ella.
No otra vez. Nos conocemos desde hace demasiado y la dejé, precisamente, para no arrastrarla a ese lado mío.
Ella da un paso más cerca, demasiado cerca. Su perfume se cuela en mi nariz, ese aroma dulce que, durante años, impregnó mis sábanas.
—¿No me vas a dejar pasar? —pregunta, modulando la voz para sonar inocente, aunque ambos sabemos que nunca lo ha sido.
—¿A qué has venido? —pregunto con tono plano, casi frío, pero por dentro mi pulso martillea en mis sienes.
Carla ladea la sonrisa y, en lugar de responderme, gira sobre sus talones y saluda a la puerta de enfrente, elevando la mano con una teatralidad que conozco demasiado bien.
—Pues parece ser que a darle carnaza a tu vecina —dice, alzando la voz como si Sofía, la cotilla del tres, necesitara invitación para pegar la oreja—. ¡Hola, Sofía! Espero que estés bien —le grita a la madera, rematando el saludo con un beso lanzado al aire.
Contengo una maldición, la agarro suavemente del codo y la obligo a volver a mirarme. Su sonrisa se ensancha: sabe que, de alguna forma, ya ha ganado una batalla.
Tiro de ella y la meto en casa sin demasiada delicadeza, pero a Carla parece no importarle. Queda pegada a mi pecho por la inercia, respirando acelerada, y noto el leve temblor de su cuerpo contra el mío. Me aparto enseguida y la observo mientras traga saliva, recomponiéndose.
—¿Y bien? —pregunto, cruzando los brazos, con la puerta aún entreabierta a mi espalda.
—Oí lo de ayer y supuse que necesitarías a una amiga —dice, clavando en mí esos ojos que siempre logran desarmarme un segundo.
—Tú y yo no somos amigos, Carla. Lo sabes de sobra. Nunca podremos serlo.
—Porque tú no quieres —insiste, dando un paso más hacia mí.
—No —respondo, bajando la voz para que suene menos cruel—. En realidad eres tú quien no quiere. Yo no voy a volver contigo. —Suspiro y suavizo el tono—. ¿Quieres un café?
Ella parpadea, un instante dolida, pero asiente con una leve sonrisa resignada.
—Por favor.
Voy a la cocina y preparo un latte macchiato, tal como sé que le gusta: con la espuma justa y un toque de canela. Cuando regreso, la encuentro acomodada en el sofá, después de apartar a un lado los tres libros que yo mismo había dejado tirados.
—Ponte cómoda, claro… —comento, con sarcasmo, al tenderle la taza humeante.
—¿Y qué quieres, que me lo tome de pie? —responde, arqueando una ceja con esa coquetería suya que siempre encendía cosas dentro de mí.
Es guapa. Mucho. Demasiado para alguien como yo.
Y joder… está espectacular. El vestido de encaje —o crochet, o como demonios se llame ese tejido— se le ciñe lo justo, insinuando más que mostrando, con los hombros descubiertos y la cazadora tirada sobre el brazo del sofá.
Sentada, la falda se sube un par de palmos, dejando al descubierto esas piernas entre las que me perdí demasiadas veces.
No puedo evitar que me asalten imágenes de otras noches, de su cuerpo arqueándose contra el mío, de su voz ronca pidiéndome más.
Pero no. Ya no. Mi vida no es normal. Yo no soy normal. Y ella merece otra cosa.
—Si no te importa, voy a darme una ducha. Luego te llevo a tu casa. Pensaba salir. ¿Has venido en coche? —pregunto, intentando sonar neutral mientras desvío la mirada de sus muslos.
—No, vine andando. Pero no hace falta que me lleves. No eres mi niñera, Lucas. Sé volver sola. Solo quería pasar un rato contigo, por si necesitabas hablar.
Me acerco al sofá de nuevo. Tiene razón, no debía ser tan borde.
—Lo siento. No es mi mejor día. Salgo enseguida.
Ella me sostiene la mirada, divertida, con un destello travieso que me recuerda por qué me costó tanto dejarla.
—O puedo entrar contigo y ayudarte a relajarte —sugiere, ladeando la cabeza, casi inocente.
—Carlaaa… —la advierto, sin disimular el cansancio en mi voz.
Levanta las manos en gesto de rendición, divertida, antes de coger la taza y darle un largo sorbo.
Tal vez paso más tiempo del que debería bajo la ducha, teniendo en cuenta que no estoy solo en casa, pero lo necesitaba.
No puedo evitarlo: las imágenes del accidente regresan una y otra vez, como un bucle cruel.
Veo a esas familias a las que la vida les cambió de golpe, esos niños que nunca darán su primer beso, que jamás se graduarán, que no sabrán lo que es tener un hijo...
tantas cosas robadas por un error, sea cual sea.
—Luc, cariño... ¿estás bien? —La voz suave de Carla se cuela entre el sonido del agua y resuena demasiado cerca. Diría que está dentro del baño.
—Salgo enseguida —respondo, intentando mantener la calma.
Cuando corro la mampara y dejo escapar el vapor, ella está de espaldas a mí, frente al espejo, retocándose el labial como si nada. Me apresuro a cubrirme con la toalla, sintiendo la rabia subir por mi garganta.
—¿No podías esperar?
—Solo vi que tardabas y… —Se encoge de hombros, sin volverse, como si su mera presencia no hiciera que el baño, ya de por sí pequeño, se sintiera aún más sofocante.
El olor dulzón de su champú a coco se mezcla con el calor húmedo, y las ondas de su pelo castaño caen sobre sus hombros desnudos.
Sus labios, recién pintados de rojo cereza, me atrapan como un anzuelo.
Doy un paso y ella retrocede, pero la encierro fácilmente entre mi cuerpo y el lavabo.
—No hagas esto, Carla. Ni a ti ni a mí nos conviene, y menos hoy —murmuro, con voz más ronca de lo que querría. La presión de mis caderas contra las suyas le arranca un leve jadeo. Veo cómo sus pupilas se agrandan, tragándose el color de sus ojos castaños.
—¿Y si es justo lo que quiero? —susurra, retándome.
—Créeme… no lo es. Ya no sabes quién soy.
Alza una mano y aparta un mechón de mi pelo húmedo que gotea sobre mi frente, dejando una caricia cargada de electricidad a su paso. Mi cuerpo reacciona antes que mi voluntad. Bajo la cabeza, rozando sus labios con los míos, sintiendo su respiración temblar contra mi boca.
—Será mejor que salgas —le pido en un susurro que apenas logro sostener.
—Pero lo deseas tanto como yo —insiste, empujando su pelvis contra mí, cruel, deliciosa.
—No es lo que crees —gruño, cerrando los ojos para no perderme en los suyos.
—Estás loco por meterte entre mis piernas, Lucas. No me mientas… Lo veo en tus ojos.
—Sí —admito, mi voz suena casi rota—. Pero no es como piensas. Ya no soy ese. Y no te gustaría que te follara como quiero hacerlo… o mejor dicho, como lo hago ahora.
El gemido que se escapa de su boca hace que mi excitación sea imposible de ocultar, pero la aparto de un empujón suave y la obligo a salir del baño.
Me inclino sobre el lavabo, abro el grifo y dejo que el agua fría me empape la cabeza mientras intento sofocar el fuego que me consume por dentro.
Me visto deprisa, por si aún sigue rondando mi habitación.
La encuentro de nuevo en el salón, curioseando entre la colección de vinilos que heredé de mi abuela. Ha recogido los libros y los ha ordenado sobre la mesa del estudio. El rumor del lavavajillas y la secadora confirma que ha puesto todo en marcha mientras yo me perdía en la ducha.
—No tenías que hacerlo —le digo, señalando con la barbilla los electrodomésticos.
—Lo sé. Pero mejor esto que quedarme mirando el móvil sin hacer nada.
—Me lanza una mirada rápida, ladeando la cabeza, y vuelve a la carga—.
Luc… —Ahí está otra vez, ese tono insinuante que detesto y ansío a partes iguales—.
¿Y si quiero saber qué te hace disfrutar ahora?
—pregunta, acortando la distancia entre los dos.
Retrocedo un paso, conteniendo el impulso de agarrarla otra vez. No pienso darle pie a más juegos. Miro el reloj y maldigo para mis adentros al descubrir que se me ha hecho tarde para mis planes.
—Te llevo a casa. Tengo cosas que hacer.
—¿Y si cambias de planes y comes con una amiga? —propone, mordiéndose apenas el labio inferior.
—Una amiga no hace lo que pretendías hace solo unos minutos —respondo, cortante, para que no quede ni una rendija abierta a sus insinuaciones.
—Pues con una ex, entonces. —Me sostiene la mirada, desafiante. Sabe perfectamente cómo jugar sus cartas, pero esta vez no pienso caer.
—Para aguantar tus pullas preferiría haber quedado con Mario. Y le he dicho que no —suelto, sin filtrar el fastidio que se me escapa por cada poro. Estoy agotado, crispado, y cualquier roce ahora me enciende en todos los sentidos.
—Llámalo y comemos los tres —insiste, testaruda, como si no entendiera un no por respuesta.
Resoplo, agotado, deseando sacármela de encima cuanto antes. La miro a los ojos para asegurarme de que habla en serio:
—¿Estás segura? —No es que Mario y ella se llevaran de maravilla cuando éramos pareja.