1 malos presagios #2
Dentro, tras ponernos la bata y preparar el equipo, nuestros auxiliares ya nos esperan con semblante grave.
El jefe ha distribuido a las víctimas entre todos los patólogos que han tenido que venir de refuerzo; a mí me ha tocado el matrimonio que viajaba en uno de los coches arrollados por el autobús.
Los próximos días prometen ser agotadores.
No tenemos espacio suficiente para hacer todas las autopsias de golpe, así que habrá que organizarlas por turnos, uno tras otro, como si fuéramos máquinas en una cadena de montaje.
Cuando me dispongo a hacer una autopsia, siempre sigo una especie de ritual.
Necesito pedirle «permiso» al cadáver; al fin y al cabo, voy a profanar su cuerpo.
No soy especialmente creyente —aunque algunas conferencias a las que he asistido en los últimos años me han hecho replantearme ciertas cosas—, pero aun así, lo primero que hago es trazar una cruz en la frente del difunto, si es posible; si no, en otra parte de su cuerpo.
Mis auxiliares ya lo saben bien y, antes de entrar, me dejan unos instantes a solas.
—Sé que tal vez esta vez no sea necesario, pero espero que me des tu permiso. Tu familia necesita saber que no sufriste —le susurro al cadáver, como si pudiera oírme.
Después, conecto mi teléfono al pequeño altavoz que guardo para estas ocasiones.
Tengo varias listas de reproducción que nunca escucho fuera de aquí.
Son canciones antiguas, temas que sonaban en casa cuando era niño, o que rescaté de viejos vinilos en casa de mi abuela.
La primera que empieza a sonar es Eye in the Sky, sé que después vendrán The Logical Song y Last Train to London.
Hay algo en esa música que me centra, que me recuerda que, pese a todo, sigo siendo humano.
El trabajo es arduo. El estado de los cuerpos lo complica todo, cada corte exige un cuidado extremo. Cuando termino, miro a mis auxiliares —Andrea y Mía— y noto el cansancio y la náusea que intentan disimular.
—Salid a comer algo —les digo, quitándome los guantes con un chasquido que resuena en la fría sala.
Andrea lleva un buen rato con mala cara. Es joven, pero hasta ahora nada parecía afectarle.
—Andrea, ¿estás bien? —pregunto, inclinándome un poco hacia ella.
—Sobreviviré —responde, pálida, intentando forzar una sonrisa—. No te preocupes, solo necesito que acabe este turno.
—Ya...
Salgo a la calle. Necesito aire, aunque no sea el más puro y haya ruido del tráfico. Respiro hondo, dejo que el murmullo de la ciudad me distraiga de la imagen de los cuerpos abiertos sobre la mesa.
Inma está dentro, en la sala que hemos habilitado para los familiares. Normalmente esa sala cierra a las dos de la tarde, pero hoy el horario se ha ignorado: necesitamos tiempo para acabar cuanto antes.
Mi móvil vibra. Veo quién es y decido no contestar. No tengo energía para esa conversación.
Unos segundos después, otra llamada rompe mi intento de calma: esta vez es mi hermana.
—Hola —respondo, resignado.
—Hola, ¿Cómo vas? Tenías guardia, ¿no?
—Sí, pero da igual, estamos todos aquí. Esto es una locura, Ali. Después de esto voy a necesitar vacaciones... de un año entero.
—Imagino... He leído que ha sido horrible. ¿Muchas víctimas?
—Ni lo sé, ni quiero saberlo. Muchos niños, Ali. Niños poco mayores que... joder.
Ella guarda silencio. Sé que piensa en Nerea y Adrián.
—¿Quedamos mañana y nos tomamos algo?
—Ni idea. Ya veré. Dale un beso a los peques de mi parte.
—Lo haré. Te quiero, bro.
Cuelgo y me quedo mirando la pantalla, reflejado en el cristal de la puerta del Instituto.
Alicia es mi hermana mayor; tiene dos niños de cinco y siete años, Nerea y Adrián.
Son un sol, pero apenas los veo. No es culpa de ella —me insiste cada semana para que vaya a su casa—, soy yo.
Mi vida es un caos, y no quiero que mis demonios rocen la suya.
Cuando tengo un rato libre, prefiero subirme a la moto y perderme o compartir noches que, precisamente, no son aptas para niños.
Mía aparece a mi lado, exhalando una fina nube de vapor que se disuelve en el aire caliente de la tarde y me trae el aroma a caramelo. La miro con gesto de reprobación; ella se encoge de hombros, divertida y un poco avergonzada.
—Cada uno tiene su vicio —dice, dando una última calada—. Tú, esa música de la época de Noé, y yo… pues esto. Pero te juro que lo estoy dejando. Solo que hoy…
—Ya, lo sé —la interrumpo, sin ganas de sermones.
Mía suelta el vapor despacio, como si expulsara también el malestar que lleva dentro. Sus ojos, normalmente vivaces, hoy se ven cansados.
—Lucas, ¿esto se supera alguna vez? Quiero decir… no el día a día, sino cosas como las de hoy.
Sus palabras me sorprenden un segundo. Bajo la mirada, buscando una respuesta que no tengo.
—No lo sé —admito al fin, frotándome la nuca—. Llevo años en esto y todavía no lo he logrado del todo. La ventaja es que en esta ciudad no pasa algo así cada semana.
—Eso es cierto —murmura, dándole una patada a una piedrecita que rueda hasta perderse entre los coches aparcados.
Mía llegó hace un par de años. Tendrá veintiséis, veintisiete a lo sumo, aunque su rostro aniñado y su voz suave engañan: tras esa apariencia delicada se esconde la auxiliar más precisa y resistente con la que he trabajado. Nunca se queja, nunca se retrasa, nunca duda.
—Vuelvo dentro. Voy a enviar las muestras al laboratorio.
—Déjalo, lo hago yo —responde, guardando el vapeador en el bolsillo trasero de sus vaqueros, antes de darse la vuelta para entrar.
Me quedo un instante mirando cómo se aleja. No puedo evitar reparar en su cuerpo, en las curvas bien definidas que su bata no logra disimular del todo. No es alta ni tiene una figura de modelo, pero su forma de moverse… Me sorprendo imaginando sus piernas, su piel…
Sacudo la cabeza, molesto conmigo mismo. No. Ella no es como las otras, no es material de mis juegos nocturnos. A ella no quiero mancharla.
Por fin, tras unas interminables veinticuatro horas en las que apenas hemos parado, y en las que Inma y el jefe se han encargado de lidiar con el dolor de los familiares, nos despedimos para irnos a casa.
Estoy deseando llegar, darme una ducha de dos días, tomarme un café de verdad y volver a perderme con la moto hasta que el asfalto se acabe.
En días como hoy, solo dos cosas consiguen calmarme: rutear sin destino y…
la segunda no es una opción a las diez de la mañana cuando no tienes pareja.
Mi móvil vibra de nuevo, pero descarto la llamada en cuanto veo de quién se trata. Subo a mi montura y, en cuestión de minutos, estoy en casa. El tráfico de un sábado temprano es perezoso, casi somnoliento, como si la ciudad entera se hubiera dado permiso para holgazanear.
Nada más entrar, me deshago de la ropa sucia, la lanzo directa a la lavadora y programo el ciclo más largo que existe, añadiendo detergente y un buen chorro de vinagre de limpieza.
Me anudo una toalla a la cintura y, sin perder ni un segundo, me preparo un café en mi cafetera, digna del más exquisito sibarita.
El aroma intenso llena la cocina mientras me apoyo en la encimera, saboreando cada sorbo del líquido oscuro que, a falta de todo lo demás, me reconcilia con la vida.
Una llamada de mi amigo Mario me saca de mi placentero momento. Activo el altavoz y dejo el móvil enchufado a su cargador en la cocina.
—Buenos días.
—Uy, ese tono… Si no estás acompañado, y sé que no lo estás, significa que estás disfrutando de tu café perfecto. ¿Qué tal? ¿Un tapeo y unas copas después?
—Mario, acabo de salir de la que probablemente haya sido la peor guardia de mi vida. Me voy a dar una ducha, a coger la moto y luego a dormir hasta el martes, por lo menos. Y sí, estoy tomando mi café. Si mañana sigo vivo, te invito a terraceo y a lo que quieras.
—¿Y unas copas esta noche? Te vendrían bien.
—Ya veré. Me vendría bien, ya sabes…
—Lucas… no me refería a eso.
—Pero yo sí. Venga, te dejo.
El timbre de la puerta me interrumpe antes de que pueda responderle otra ironía.
Dejo la taza vacía en el fregadero —junto a otras tres que siguen ahí como si no tuviera lavavajillas— y voy a abrir, mascullando para mis adentros.
¿Para qué coño tengo un portero automático si todo el mundo acaba colándose hasta la puerta?
Vivo en pleno centro, en un edificio con más años que yo pero reformado de arriba abajo. Mis abuelos se encargaron de que cada nieto tuviera un piso y, sinceramente, me viene de lujo.
Miro por la mirilla. No doy crédito. Tras no cogerle el teléfono dos veces, tiene la brillante idea de plantarse en mi casa. ¿Nunca se va a dar por aludida?
Abro la puerta, apoyándome en el marco, bloqueando la entrada con mi cuerpo semidesnudo y la toalla anudada a la cadera. Solo ella ha estado aquí… y de eso hace ya más de un año.
—¿Nunca te rindes?