El Dolor de la Culpa
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MALOS PRESAGIOS
LUCAS
Mi despertador suena de forma insistente —bueno, la alarma del móvil, para ser exactos—, mientras el smartwatch vibra en mi muñeca derecha. No, no soy zurdo; una fractura en mi brazo izquierdo, cuando estudiaba, me obligó a llevarlo así, y desde entonces se quedó ahí.
Una pesadilla me ha tenido en vilo toda la noche y ahora lo sé con certeza: hoy no será un buen día.
Es viernes y tengo guardia en el Anatómico.
Adoro mi trabajo —no es algo que regalen, llegar hasta aquí exige sudor y noches sin dormir—, pero hoy no tengo cuerpo para amarlo.
En realidad, si soy sincero, hace meses, tal vez un par de años, que no me siento del todo cómodo bajo esta bata blanca.
Me doy una ducha rápida, como si el agua pudiera arrastrar la pesadilla por el desagüe.
Mañana, cuando vuelva, será otra historia.
Me observo en el espejo: las ojeras son mis fieles compañeras desde hace meses.
Debería tomarme vacaciones. Solo estamos en mayo y ya estoy al límite, aunque mi turno oficial sea en agosto.
Quizá consiga rascar unos días, unirlos al festivo de la feria y desaparecer en mi pequeño refugio frente al mar.
Mi pelo está demasiado largo, pero me da igual. A la única que parece importarle es a mi madre… aunque esa es otra historia. Mis ojos verdes lucen apagados y la barba es un desastre que apenas logro domar. ¿En qué momento, después de lo de Carla, me convertí en esto?
Bajo al garaje. Mi Ducati Panigale V4 30º Aniversario me espera, brillante y silenciosa, prometiéndome un momento de libertad. Me costó una fortuna —casi todos mis ahorros y una letra que bien podría considerarse una hipoteca—, pero no me importa, para disgusto de mi progenitora.
—Buenos días —saludo a mis auxiliares en cuanto entro en el Anatómico, con el segundo café del día quemándome la mano. Espero que sea una guardia tranquila, algo difícil siendo un viernes.
—Buenos días, Lucas —responde Andrea, la última en incorporarse al equipo. No debe de tener más de veinticinco años. Su tono y la forma en que me mira no pasan desapercibidos, pero mantengo las distancias: mi relación con el equipo es estrictamente profesional.
—Buenos días, Lucas —Inma sale de su consulta. Ella es forense clínica. Me saluda como siempre, con su habitual respeto y cercanía que me recuerda que llevamos casi siete años trabajando codo con codo sin un solo malentendido.
Entonces suena su móvil. Y también el mío. Al unísono. Y eso nunca es buena señal.
Nos informan de un accidente a la entrada de la ciudad: varios vehículos implicados y un autobús escolar.
Solo de oírlo, el malestar se me agudiza; necesito inspirar hondo varias veces para controlar los nervios que se me enroscan en la boca del estómago.
Joder. Soy forense. Vivo rodeado de muerte a diario, la disecciono, la describo, pero...
—¿Vamos juntos? —pregunta mi compañera.
—He traído la moto —respondo, casi por inercia.
—Lo imaginaba —dice, mientras, con la eficiencia de siempre, recoge todo el material necesario. Yo hago lo mismo. Los auxiliares se quedan en el centro, preparados para recibir a los familiares o atender cualquier otra incidencia.
El momento que nunca quisimos que llegara ha terminado por alcanzarnos.
Cuando se inauguró este centro, nadie pensó que llegaría a utilizarse para su propósito más oscuro.
Hoy, la sala destinada a grandes catástrofes será testigo del horror, del dolor que siempre temimos, de lo que nunca quisimos vivir.
Hoy se llenará de cuerpos sin vida, del ensordecedor silencio de la tragedia.
De camino no cruzamos palabra. Al ver a lo lejos el parpadeo azul y rojo de las luces de emergencia, Inma rompe el mutismo:
—Luc, no sé qué coño te pasa últimamente, pero deberías ir a terapia. Llevas semanas raro y tú no eres así. Ya sé que nos manden a nosotros a esto es una mierda, no habrá juez disponible o yo qué sé, pero no olvides: es nuestro trabajo y lo que vamos a ver no va a ser fácil.
—Lo sé. Y no, no pienso volver a terapia. La psicóloga no me sirvió para nada, no conecté con ella.
—No tienes que acostarte con ella, solo seguir sus pautas —replica, mordaz.
—Joder, pareces mi madre. No me gustó, punto.
—Como me vuelvas a comparar con tu madre, te dejo tirado en la cuneta. No soy tan vieja, niñato —añade, burlona, logrando arrancarme una risa breve.
—Mi madre tampoco es tan vieja... Es porque me tratas como a un crío.
—Solo cuando te comportas como uno, doctor Caronte —dice, mirándome de reojo con esa media sonrisa que tanto intimida a los novatos.
Consigue lo que quiere: los dos reímos justo antes de que la escena nos borre la risa de la cara. Lo que tenemos ante nosotros parece más un campo de batalla que una carretera: metal retorcido, cristales esparcidos como confeti, humo, sangre. Córdoba suele ser tranquila, pero hoy...
Aparcamos de cualquier manera junto a la Guardia Civil.
Nos identificamos y nos acercamos a los bomberos y al personal sanitario, que se mueven de un lado a otro como hormigas frenéticas frente a un trozo de pan.
Sé que nuestro trabajo aquí será sencillo y brutal: levantar cadáveres, tomar muestras toxicológicas de los conductores y documentar cada lesión para el juez.
—Doctores —nos llama uno de los bomberos, acercándose a paso rápido—. ¿Lucas?
Es Tiago. El cuñado de uno de mis amigos de toda la vida.
—Ey, Tiago, qué bonita casualidad —mascullo, salpicado de sarcasmo.
—Ya ves... Hemos trasladado a los heridos a las ambulancias —dice, mientras mis ojos vuelan por la escena, saltando de camilla en camilla, de rostros pálidos a cuerpos cubiertos con mantas térmicas.
No quiero ni pensar en cuando esto se llene de padres buscando a sus hijos—.
Hay muchas víctimas. No sé qué ha pasado, parece que el autobús se quedó sin frenos, pero aún es pronto para saberlo.
Los ruidos me taladran los sentidos: sollozos, gritos ahogados, el golpeteo metálico de las herramientas de excarcelación, y, de fondo, el zumbido insistente de sirenas. Ojalá pudiera taparme los oídos. Ojalá pudiera cerrar los ojos.
—Lucas, eh, ¿Me escuchas? ¿Has oído algo de lo que nos ha dicho el teniente? —La mano de Inma se agita delante de mi cara; solo entonces soy consciente de que me está hablando.
—Sí... sí. A las ambulancias —balbuceo.
—Eso fue hace cinco minutos. Vamos, muévete. Si no puedes, dímelo. Se ha personado también el juez Gálvez.
—Vaya, qué honor… —ironizo. Desde que nos pasaron a nosotros el «privilegio» de levantar cadáveres, casi nunca aparecen.
—Caronte, no empieces —me corta Inma, con un deje de advertencia en la voz. Tiene razón. No sé qué diablos me pasa. Solo querría estar en cualquier otro lugar.
El tiempo avanza con una lentitud desesperante, aunque no paramos ni un instante.
En cuanto certificamos a las víctimas y las enviamos al Instituto de Medicina Legal, nos unimos a los sanitarios para socorrer a los heridos que aún quedan por estabilizar.
Hacia las cuatro de la tarde, tras una labor extenuante, conseguimos evacuar a todos y la carretera, por fin, se despeja.
Regresamos a nuestro puesto, conscientes de que lo que nos espera en las próximas horas dista mucho de ser sencillo.
El camino de vuelta se vuelve denso, casi asfixiante; entre nosotros se instala un silencio tan espeso como la niebla de un amanecer sin sol.
De pronto, el móvil vibra en el bolsillo del vaquero.
Miro de reojo el reloj y veo que es Mario.
Seguro que se ha enterado ya del accidente; conociéndolo, no habrá tardado ni un minuto en hacer cuentas y adivinar que estaba de guardia.
—Mario…
—¿Cómo estás?
—He tenido días mejores. Voy con mi jefa camino del Anatómico, nos quedan horas intensas. Ha sido espantoso. Muchos niños…
—¿Qué ha pasado?
—El bus perdió los frenos en la cuesta, se llevó por delante un par de coches... uno con una familia dentro. Dio varias vueltas de campana y acabó cayendo por el terraplén.
—Estoy aquí si quieres hablar. Te llevo un café luego, si quieres.
—No sé si podré parar, pero se agradece, tío.
—Te llamo mañana.
—Adiós.
Inma me observa de soslayo; yo me encojo de hombros. Ella niega con la cabeza, resignada.
—¿Qué? Joder, a veces me parece que no eres humana.
—No es justo, Lucas. Me afecta igual que a ti.
La diferencia es que sé compartimentar. Lo más duro será cuando lleguen las familias, y lo sabes.
No eres ningún novato. Y te lo repito: busca ayuda.
Solo tienes treinta y cuatro años, no puedes seguir así.
Y, por cierto, no soy tu jefa —remata, suspirando—. Dios me libre de ese marrón.
Tiene razón y lo sé, pero me niego a admitirlo.
Quizá necesite ayuda —otra vez—, pero me cuesta horrores abrirme con alguien ajeno, desnudar mi vida ante quien cobra por escucharme.
Es absurdo, lo sé; sobre todo yo, que pertenezco a la misma rama —por llamarlo de alguna manera—, no debería pensar así.
Pero la verdad es que mi experiencia con Itziar fue un desastre, y desde entonces me resulta imposible confiar.
Tal como temíamos, al llegar al Instituto ya se ha formado un revuelo considerable.
Periodistas, familiares y curiosos se agolpan en la entrada, mientras la policía hace malabares para contener los ánimos.
El murmullo de la multitud, entre sollozos, preguntas y flashes de cámaras, golpea como un zumbido constante en las sienes.
Inma decide aparcar unas calles más abajo; podría haber metido el coche en el garaje, pero supongo que lo hace a propósito, quizá para obligarnos a despejar la cabeza unos metros antes de entrar.