Capítulo 26
Alexander
Julia no soltó mi mano durante la travesía del aparcamiento.
La lluvia se había reducido a un chirimiri, pero los dos seguíamos empapados: mi abrigo, recuperado del suelo frente al hospital, pesaba en mi brazo como si hubiera absorbido la mitad de Boston, la camisa se me pegaba a la espalda y el agua seguía resbalando de mi pelo hasta el cuello.
Nada de eso llegaba a entrarme en la cabeza. Todavía estaba sintiendo su beso.
De camino al piso, ella se quedó callada en el asiento del copiloto.
No parecía arrepentida, pero había algo contenido en su postura, y dos veces vi sus dedos rozarse los propios labios antes de girar el rostro hacia la ventanilla.
No le pregunté qué significaba aquello. Pasé años decidiendo por ella, y no iba a convertir un beso en una promesa que Julia todavía no había hecho.
En el garaje, corrimos hasta el ascensor.
Ella resbaló en el suelo mojado y yo sujeté su cintura antes de que perdiera el equilibrio, y la risa breve que soltó me golpeó con la misma fuerza que la declaración que había hecho en la acera del hospital.
Recordaba aquella risa. Era más baja cuando intentaba disimular y más suelta cuando se olvidaba de protegerse, y pasé años esquivando cualquier cosa capaz de devolverme ese sonido.
Su mano siguió en mi brazo hasta que se abrió la puerta.
Dentro del ascensor, quedamos frente a frente.
El espacio era demasiado pequeño para que no me fijara en el agua atrapada en su pelo, en la blusa pegada al cuerpo y en la respiración que aún no había vuelto a la normalidad.
Mi primer impulso fue besarla otra vez. No hice nada, y Julia se dio cuenta.
—Te has vuelto muy obediente —dijo.
—Estoy intentando respetar tu tiempo.
—No sé si me gusta tanto.
El ascensor se abrió antes de que pudiera responder.
La niñera se levantó del sofá cuando entramos, se asustó al ver el estado en que llegábamos y tuvo la elegancia de no preguntar nada.
Contó que Ellie había resistido hasta casi las nueve esperando a su madre, que se había quedado dormida en mitad de un dibujo e insistido en llevarse el frasco de pompas de jabón al cuarto, que acabó en la mesilla.
Aquello me apretó algo en el pecho. Todavía no sabía lo que era ser padre de aquella niña, ni si iba a llamarme así al día siguiente, ni si el descubrimiento durante la cena iba a estropear la naturalidad que había empezado a existir entre nosotros.
Solo sabía que quería estar allí cuando se despertara.
Julia acompañó a la mujer hasta la puerta y, al cerrarla, el piso se quedó en silencio. Era la primera vez que pisaba la casa donde había crecido mi hija.
Había dibujos sujetos en la nevera con imanes de fruta, un par de zapatos diminutos alineados cerca de la puerta y un conejo de peluche caído debajo de la mesa, abandonado en mitad de algún juego.
No existía ni un solo rastro mío en ningún rincón de aquel piso, y la constatación no me dio celos, me dio la medida exacta de lo que Julia había construido sola mientras yo decidía qué era lo mejor para todos.
No tenía derecho a entrar allí esperando que la casa se reorganizara para recibirme.
—Voy a ver a Ellie —dijo, y enseguida desapareció por el pasillo.
Me quité los zapatos mojados, los dejé los dos cerca de la puerta y me quedé junto a la ventana mientras esperaba, mirando el agua resbalar por el cristal y desdibujar las luces de la calle.
Todavía no sabía si ella quería que me quedara a pasar la noche allí. El beso había sido intenso, pero bien podía haber sido respuesta a lo que dije en la acera, y no iba a presumir nada.
Julia volvió y entornó la puerta del cuarto de Ellie, sin cerrarla del todo.
—¿Está dormida?
—Apagada.
Se paró delante de mí y miró el charco que ya se había formado en el suelo.
—Mejor te quitas la ropa mojada antes de que enfermes —dijo—. El baño está en el pasillo.
Di un paso adelante.
—No soy el único que lleva la ropa empapada.
Julia levantó las cejas.
—¿Me estás invitando a ducharme contigo?
—Lo estoy intentando.
—No pareces muy seguro.
—No quiero presumir que ese beso significó más de lo que pretendías.
La provocación desapareció de su rostro. Julia me miró unos segundos, en silencio, y luego agarró el bajo de mi camisa mojada y tiró de mí.
Lo que vino después fue otro beso. Esta vez no había ningún motivo para que nos separásemos. Sujeté su cintura y llevé su cuerpo contra el mío. El frío de la ropa empapada desapareció bajo el calor que subió entre los dos.
Julia pasó los brazos por mi cuello y profundizó el beso con un hambre que borró todas las palabras que todavía tenía ganas de decir. Cuando intenté recuperar el aliento, ella no retrocedió ni un centímetro.
—No podemos hacer mucho ruido —señaló contra mi boca.
—Anotado. —Cogí su mano y tiré de ella por el pasillo.
En el dormitorio, Julia encendió solo la lámpara de la mesilla.
La luz baja mostró libros apilados en la cómoda, ropa doblada encima de una silla y una fotografía de ella con Ellie en la playa.
Me detuve frente a la imagen. Ellie estaba sentada en los hombros de su madre, las dos riendo a la cámara, y la niña no debía de tener más de tres años.
—Fue en Cape Cod —dijo Julia.
—¿Le gustó?
—Se pasó el día entero intentando llevarse una concha a casa.
Quería preguntarlo todo de golpe: el viaje, la edad exacta, quién hizo la foto, qué dijo Ellie ese día, si se durmió en el coche a la vuelta. Me tragué las preguntas y miré a Julia.
—No quiero entrar aquí fingiendo que me estabais esperando. Sé que no era así.
—No lo estábamos. —La respuesta llegó sin ninguna crueldad, solo honesta—. Pero quiero que te quedes esta noche.
Se me encogió el pecho. Me acerqué y le toqué el rostro.
—¿Estás segura?
—¿Me vas a preguntar eso muchas veces?
—Probablemente.
—Entonces tendré que encontrar un modo de hacerte callar.
Julia desabrochó el primer botón de mi camisa.
Me quedé quieto mientras sus dedos bajaban por los demás, uno a uno, sin ninguna prisa, y la intimidad de aquel gesto trajo de vuelta cosas que había enterrado a propósito: cuartos pequeños, mañanas tardías, el modo en que apoyaba la mano abierta en mi pecho mientras hablaba de cualquier cosa.
Cuando terminó, empujó la tela por mis hombros y me recorrió de arriba abajo con la mirada, sin ninguna vergüenza.
Pasé las manos por su cintura y volví a besarla.
Julia se apartó solo lo suficiente para quitarse la blusa, y yo la ayudé, despacio, con la atención puesta en cada movimiento que hacía.
El tiempo había cambiado detalles que yo no conocía, y aun así mi cuerpo reconoció el suyo con una facilidad que casi dolía.
Toqué la piel de su cintura y sentí cómo cambiaba su respiración.
El vapor llenó el baño en menos de un minuto.
Julia entró primero bajo la ducha y cerró los ojos cuando el agua caliente le golpeó el rostro, y yo me quedé quieto unos segundos, solo mirando.
Durante años imaginé que el recuerdo de su cuerpo iría perdiendo nitidez, y perdió lo bastante como para que aquello pareciera nuevo, pero no lo suficiente como para ahorrarme nada.
Entré en la ducha. Julia abrió los ojos y sonrió. Le aparté el pelo mojado del rostro, bajé los dedos por el lateral del cuello hasta el hombro y esperé cualquier señal de duda. Julia inclinó el rostro y besó la palma de mi mano, y eso fue todo lo que necesité.
Sujeté su cintura y la besé. Ella pegó el cuerpo al mío sin dejar ni un centímetro de por medio, los brazos anudados a mis hombros, y notó en el acto lo duro que estaba contra su vientre.
—No estabas exagerando cuando dijiste que me echabas de menos —dijo contra mi boca.
—Yo nunca exagero.
Sus manos bajaron por mi pecho y encontraron la cicatriz junto a las costillas.
—¿Qué pasó?
—Un mal intento de hacer senderismo.
—¿Intentaste hacer senderismo?
—Una sola vez, y fue suficiente para no volver a hacerlo nunca más.
Julia rio contra mi boca, y aquel sonido me desarmó más que su cuerpo desnudo bajo mi mano.
Nos giré a los dos hasta que su espalda tocó el azulejo.
Ella contuvo la respiración por el impacto del frío y yo aproveché para bajar la boca por su cuello, por la clavícula, por el pecho, y cuando cerré los labios en torno a su pezón Julia hundió los dedos en mi pelo y tiró.
—Eso —dijo, en voz baja.
No era una palabra que exigiera respuesta, pero levanté los ojos de todos modos, porque quería ver. Julia tenía la cabeza apoyada en el azulejo, el agua resbalando entre los dos, el pecho subiendo deprisa. Pasé la mano por el lateral de su muslo y me detuve en la parte interna, esperando.
—Dime qué quieres.
—Ya sabes lo que quiero.
—Quiero oírlo. Con todas las palabras.
Ella abrió los ojos.
—Quiero tu mano en mí, Alexander.
No la hice repetirlo. Deslicé los dedos entre sus piernas y Julia se abrió para mí con un sonido que no oía desde hacía años. Estaba mojada de un modo que el agua de la ducha no explicaba, y cuando encontré el punto exacto ella me agarró el hombro con fuerza suficiente para dejar marca.
—Sigues reaccionando tan bien a mí.
Ella apretó los dedos en mi pelo.
—No pares.
No paré. Fui aumentando la presión al ritmo que pedía su respiración, con la boca en su cuello y su cuerpo cada vez más atrapado entre la pared y yo. Julia empezó a moverse contra mi mano, primero despacio, luego sin ningún control, y la mano libre bajó, me encontró y me apretó.
Me tocó a mí olvidar cómo se respiraba.
Me tocó de un modo que no dejaba ninguna duda sobre quién seguía recordándolo todo.
Apoyé la frente en su hombro e intenté mantener el ritmo de mis dedos mientras su mano subía y bajaba alrededor de mi polla, y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada, solo el agua golpeando el suelo y la respiración de Julia haciéndose cada vez más corta junto a mi oído.
—Alexander... voy a...
—Córrete para mí, preciosa.