El doctor que me rechazó Capítulo 16
52%

Capítulo 16

Alexander

Dos días después del alta de Ellie, el Westbridge había recuperado su rutina.

Yo también debería haber recuperado la mía.

Pasé la mañana en quirófano, participé en una reunión con la dirección clínica y revisé el cuadrante del departamento antes de comer.

Nada estaba fuera de su sitio. Aun así, en algunos momentos, mi atención volvía a la habitación de pediatría donde había estado Ellie.

Otra niña ocupaba la cama, comiéndose el desayuno, y el recuerdo de Ellie examinando los huevos con desconfianza apareció antes de que pudiera impedirlo.

Julia me había enviado un mensaje la noche del alta.

Ellie ha llegado bien. Está durmiendo y no ha tenido náuseas ni dolor fuerte.

Respondí que me avisara si aparecía cualquier alteración. Después borré dos frases antes de enviarlo.

No pregunté por nosotros ni por la vida personal de Ellie. No era el momento adecuado.

A primera hora de la tarde, el teléfono me vibró mientras terminaba de firmar un informe.

El mensaje era de Julia.

¿Tu ofrecimiento sobre los archivos de la Fundación Westbridge sigue en pie?

Lo leí dos veces antes de responder.

Sigue. ¿Qué has encontrado?

Las fotografías llegaron a continuación.

La primera mostraba la acreditación antigua que había mencionado. Aunque el plástico estuviera amarillento y la imagen desgastada, el nombre seguía siendo legible.

Laura Hayes. Fundación Westbridge. Gabinete de Presidencia.

La segunda fotografía era de una hoja sacada de algún archivo personal. Había fechas, anotaciones incompletas y las mismas iniciales que Julia había citado.

V.A.

Amplié la imagen.

No había contexto suficiente para llegar a ninguna conclusión. Las iniciales podían pertenecer a decenas de personas. Aun así, el periodo y el departamento limitaban las posibilidades.

Daniel intentó solicitar los registros —escribió Julia—. Le han dicho que los archivos antiguos de la presidencia no están disponibles al público.

Dejé el teléfono sobre la mesa un instante.

Yo podría conseguir acceso en pocos minutos. Bastaba con llamar a la persona adecuada y usar mi cargo como justificación.

Pregunté:

«¿Quieres consultar el material personalmente?».

La respuesta tardó unos minutos.

«Quiero».

Contacté con la responsable del archivo histórico de la fundación. Le expliqué que la hija de una antigua empleada tenía documentos relacionados con su madre y necesitaba consultar los registros administrativos de aquel periodo.

La archivera conocía mi nombre y se ofreció a prepararlo todo antes de la llegada de Julia.

—Solo el material que ella esté autorizada a ver —aclaré—. Y no me envíe copias a mí.

Hubo una breve pausa al otro lado de la línea.

—¿No quiere revisarlo antes?

—No.

—Entendido.

Concerté la cita para el final de la tarde y le envié la dirección a Julia.

Llegó poco antes de las cuatro.

El área administrativa de la fundación estaba en un edificio anexo al hospital, lejos de los pasillos clínicos. Era un sitio silencioso, revestido de madera oscura y fotografías antiguas de inauguraciones, alas y hombres a los que les gustaba tener su nombre grabado en placas.

Julia entró sujetando una carpeta contra el pecho.

Llevaba el pelo suelto sobre los hombros, y el cansancio de los días anteriores había disminuido. Fue la primera vez desde el reencuentro que la vi sin sangre en la ropa y sin una hija herida entre los dos.

Julia seguía siendo preciosa, y lo registré antes de poder impedírmelo. No de la manera delicada de seis años atrás. Había más seguridad en sus movimientos, incluso cuando sus ojos mostraban cautela.

Se detuvo a unos pasos de mí.

—¿Ellie está bien? —pregunté.

—Quejándose porque no puede correr ni subir sola la escalera.

El alivio llegó de inmediato.

—Eso es buena señal.

—Es lo que me sigo repitiendo. —Julia miró a su alrededor—. Gracias por organizar esto.

—Me pediste ayuda.

Algo cambió en su expresión.

Se la presenté a Miriam Cole, la responsable del archivo. Julia explicó lo que había encontrado en la casa, le enseñó la acreditación y le entregó una copia de los documentos.

Miriam examinó el material con atención.

—Gran parte de esa época todavía no está digitalizada —informó—. He conseguido localizar directorios de empleados, nóminas y algunos registros del gabinete ejecutivo. Los documentos personales pueden tener restricciones.

—Lo entiendo —respondió Julia—. Solo quiero saber quién era mi madre antes de tenerme a mí.

La voz se mantuvo firme, pero sus dedos apretaron el borde de la carpeta.

Miriam nos llevó hasta una sala de consulta. Sobre la mesa había tres cajas, algunos directorios encuadernados y un libro de registros administrativos.

Julia se sentó delante del primer volumen.

Encontré el nombre de Laura antes que ella, pero esperé a que los ojos de Julia llegaran a la línea.

Laura Hayes aparecía en una lista de empleados del gabinete de presidencia. Había empezado como auxiliar administrativa y, dos años después, pasó a asistir directamente a la dirección ejecutiva.

Julia tocó el papel con la punta de los dedos.

—Ha sido una sorpresa comprobar que de verdad trabajó en el Westbridge.

No respondí.

Julia siguió leyendo. El registro incluía una dirección antigua, el salario, las fechas de contratación y una serie de evaluaciones profesionales positivas.

Describían a Laura como organizada, discreta y eficiente. Palabras comunes en documentos de ese tipo. Para Julia parecían significar más.

—Mi madre trabajaba mucho —comentó, sin apartar los ojos de la página—. Después del accidente, algunas personas decían que había sido una irresponsable por no dejar contactos de familiares. Como si eso explicara que yo acabara en el sistema.

La rabia de su voz era antigua.

—Eras una niña.

—Ya lo sé. Tardé en entender que no era responsabilidad mía descubrir sus secretos. —Julia pasó otra página.

Observé su perfil. Durante nuestra relación, yo sabía que Laura había muerto cuando Julia era pequeña. Sabía que había crecido sin familia y que evitaba hablar de los años siguientes.

Nunca intenté comprender lo que aquello significaba de verdad. Había usado su falta de raíces para convencerla de que sería mejor marcharse.

El arrepentimiento llegó con seis años de retraso y sin ninguna utilidad.

Miriam volvió trayendo una ficha fina.

—Este es el registro individual que he encontrado.

Julia cogió el documento. La fecha de alta, el cargo y el historial de pagos estaban completos. La salida de Laura, no.

En el campo reservado a la baja había solo una observación mecanografiada:

Baja administrativa. Documentación remitida al gabinete ejecutivo.

Ninguna firma.

Ninguna carta de dimisión.

Ningún motivo.

—¿Esto es normal? —preguntó Julia.

Miriam se acercó.

—No. Debería existir al menos un formulario firmado o una notificación formal.

Más abajo, una anotación manuscrita decía:

Correspondencia personal devuelta. Remitir a V.A.

Julia levantó los ojos hacia mí.

—Las mismas iniciales.

—Sí.

—¿Sabes quién es?

Yo conocía suficientes nombres vinculados a la fundación para tener sospechas. No era lo mismo que tener certeza.

—Todavía no.

Ella notó mi cautela.

—Pero estás pensando en alguien.

—Estoy pensando en varias posibilidades.

—Alexander… —El tono no era de impaciencia. Era una petición para que no le escondiera nada.

—Victor Ashford ya estaba vinculado a la presidencia de la fundación en aquel periodo —expliqué—. Las iniciales pueden ser suyas. También pueden pertenecer a otra persona.

Julia se quedó inmóvil.

—Su familia fundó el Westbridge —dijo.

—Y sigue vinculado al hospital a día de hoy —concluí.

Ella volvió a mirar el documento. La posibilidad de que Laura hubiera trabajado directamente para él cambiaba la dimensión de la investigación.

—¿Qué clase de persona deja un trabajo sin firmar su propia baja? —preguntó Julia.

Podría haberle ofrecido una respuesta lógica. En lugar de eso, me quedé unos segundos analizando la ficha.

—Alguien que no tuvo tiempo de organizar la salida… o alguien que no quería ser encontrada.

Julia cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria.

—Mi madre no se pasó la vida huyendo.

—Yo no he dicho que se la pasara —respondí con sinceridad.

Miriam explicó que los documentos enviados al gabinete ejecutivo podían haber sido trasladados a una sección privada. Para consultar aquel material haría falta abrir una solicitud específica y esperar la autorización de la fundación.

Miré a Julia.

—¿Quieres que haga la petición?

Ella dudó.

—¿Podrías conseguir acceso sin abrir una solicitud?

—En diez minutos.

Julia me observó en silencio.

—Quiero estar presente cuando se abra cualquier documento relacionado con mi madre —decidió.

—No se consultará nada sin ti —confirmé.

Miriam se llevó el formulario para tramitar la petición, y la sala se quedó en silencio.

Julia ordenó las copias en la carpeta y miró la hora en el móvil.

—¿Has comido? —pregunté.

Ella arqueó una ceja.

—¿Y eso qué significa?

—Que te estoy invitando.

No dijo nada, pero asintió con la cabeza.

El archivo cerraría media hora por el cambio de equipo, así que bajamos a una cafetería de la planta baja del edificio.

Esperé a que Julia hiciera su propio pedido: café con leche, poco azúcar y un sándwich sencillo.

—¿La casa es habitable? —pregunté.

—Sí. Daniel aceleró las reparaciones mientras Ellie estaba ingresada. —Julia jugueteó con el vaso—. La escalera fue lo primero. Todavía queda mucho por hacer, pero ya podemos quedarnos allí.

—¿Y Ellie?

—Está convencida de que los obreros echaron a los fantasmas.

—¿Y se ha quedado aliviada?

—Decepcionadísima.

Tuve que contener una sonrisa.

—También ha preguntado si el médico pesado sabe arreglar cajas de música —añadió Julia.

—¿La que se cayó por la escalera?

Ella asintió.

—La estructura se rompió y algunas piezas se soltaron. Lo he guardado todo, pero no sé si tiene arreglo.

—Puedo pedirle a alguien que la valore.

Su mirada se volvió cautelosa. Rectifiqué antes de que tuviera que recordarme el límite.

—Si tú quieres, claro. Solo quiero tener un detalle con tu hija.

Julia pasó el pulgar por el borde del vaso.

—Me lo pensaré.

No era una negativa, y eso ya era buena señal.

Terminamos de comer y volvimos al archivo. Por el camino, un empleado salió de una puerta empujando un carro lleno de cajas. Julia tuvo que apartarse, y mi mano le rozó la parte baja de la espalda por reflejo.

El contacto duró menos de un segundo. Aun así, reconocí el calor de su cuerpo a través de la tela.

Retiré la mano y Julia me miró. No había rabia en su cara, pero sus ojos se habían vuelto más atentos.

El recuerdo de lo que era tocarla sin calcular cada movimiento apareció con fuerza.

No era solo su cuerpo lo que echaba de menos.

Echaba de menos las noches en las que apoyaba la cabeza sobre mi pecho y hablaba hasta quedarse dormida.

La manera en que entraba en mi piso sin pedir permiso y dejaba pequeñas señales de su presencia en lugares que siempre habían estado demasiado ordenados.

Nada de aquello me pertenecía ahora.

Cuando volvimos a la sala de consulta, Miriam ya había localizado un libro de correspondencia del gabinete. Laura aparecía varias veces entre los destinatarios de entregas personales.

El remitente no estaba escrito con todas las letras. Solo había códigos internos e iniciales.

V.A.

La última entrega había sido devuelta pocos días después de la baja de Laura.

—Nunca lo recibió —murmuró Julia.

—Según el registro, no.

—¿Y el contenido?

Miriam negó con la cabeza.

—No está en esta sección.

Julia se quedó demasiado tiempo con el dedo detenido sobre la línea.

Cuando levantó la cara, había decisión en su expresión.

—Haz la solicitud.

Rellenamos los formularios. Julia firmó como hija de Laura y adjuntó las copias que demostraban el parentesco.

Al salir del edificio, llevaba la carpeta bajo el brazo, como si pesara más que a la llegada.

—Gracias —dijo.

—No tienes que darlas.

Julia caminó hacia la salida.

—Avísame cuando respondan.

—Claro.

Se fue sin mirar atrás.

Volví a la consulta poco después y encontré la confirmación del trámite en el correo.

Envié un mensaje.

La solicitud está registrada. No accederé a nada sin ti.

La respuesta llegó casi diez minutos más tarde.

Gracias.

La palabra ocupaba poco espacio en la pantalla.

No era perdón. Tampoco era confianza.

Pero, por primera vez desde que Julia había vuelto, yo había conseguido ayudarla sin quitarle nada de las manos.