El doctor que me rechazó Capítulo 17
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Capítulo 17

Julia

La casa había cambiado en pocos días.

El olor a madera cortada seguía en el pasillo, mezclado con el del producto de limpieza. Los escalones estaban reforzados y la barandilla era nueva.

Aun así, acompañé a Ellie a la planta de arriba con una mano firme sobre la suya.

—Sé subir sola —protestó.

—Sé que sabes.

—¿Entonces por qué me sujetas?

Miré los escalones antes de responder.

—Porque la última vez te hiciste daño y no quiero que vuelva a pasar.

Ellie se lo pensó unos segundos.

—¿Voy a volver al hospital si me caigo otra vez?

—Segurísimo.

Puso mala cara y siguió subiendo sin discutir.

Desde el alta, yo lo observaba todo. Cómo caminaba, cuánto dormía, si se quejaba de dolor o tardaba demasiado en responder. No había pasado nada preocupante. Ellie solo estaba irritada con las restricciones y con no poder correr por la casa que por fin empezaba a considerar suya.

En el pasillo de la segunda planta se paró delante de las marcas de altura grabadas en la pared. Las líneas antiguas acompañaban el crecimiento de Laura durante varios años. Algunas tenían fechas. Otras, solo pequeños trazos a lápiz.

Ellie se pegó de espaldas al lado de ellas.

—Yo quiero una también.

Dudé.

Durante mucho tiempo, aquella casa había permanecido detenida, conservando una vida que terminó antes de que yo pudiera entenderla.

Una parte de mí seguía tratando cada objeto como algo que no debía tocarse, pero no quería convertir el lugar en un monumento.

La casa tenía que pertenecer a quien seguía viva.

Cogí un lápiz de una de las cajas abiertas en el suelo y le pedí a Ellie que se pusiera recta. Hice una pequeña marca por encima de su cabeza y escribí la fecha al lado.

Se apartó para mirarla.

—Casi soy tan alta como la abuela Laura.

Sonreí y guardé el lápiz.

—Te falta solo un poquito.

Maya llegó cerca del mediodía con bolsas de comida y una caja de lápices de colores que Ellie no necesitaba, pero que recibió como si fuera un regalo excepcional.

Mientras mi hija dibujaba en la mesa del salón, Maya me ayudó a abrir algunas cajas que Daniel había separado del despacho de Margaret.

—¿Y los archivos? —preguntó, sacando un montón de recibos antiguos.

—El nombre de mi madre está en los registros de la fundación.

Maya se detuvo con el recibo a medio camino.

—¿En qué departamento?

—Gabinete de presidencia —respondí—. Y todavía faltan algunos documentos. Hay correspondencia firmada con dos iniciales: V.A.

—¿Victor Ashford?

—Puede. Alexander dijo que no se podía afirmar sin los otros registros.

Maya me observó antes de volver a los papeles.

—¿Has confiado en él para esto?

—He recurrido a él porque no había otra alternativa rápida.

—La frase salió más defensiva de lo que pretendía.

Respiré e intenté explicárselo sin convertir a Alexander en un enemigo en cada conversación—.

Daniel intentó la vía formal, pero tarda demasiado.

Tú conoces el Westbridge, pero no tienes autoridad sobre los archivos de la antigua presidencia.

Alexander era la única persona capaz de conseguir acceso sin meses de burocracia.

—¿Y ha respetado lo que le pediste?

Miré la caja abierta.

—Lo ha respetado. No ha abierto nada sin mí y no ha intentado dirigir la investigación.

Maya esperó.

—Eso ya es algo —comentó.

—Ya ves.

Yo no tenía por qué negar lo que él había hecho bien. Tampoco tenía por qué fingir que un solo día borraba seis años.

—Lo único es que no quiero confundir la necesidad con la confianza —añadí—. Todavía no hemos llegado ahí.

Maya asintió sin insistir. Fue un alivio.

Sacó otro sobre de la caja y empezó a revisar el contenido. Yo abrí una carpeta de cuero oscuro que había encontrado al fondo de un cajón cerrado con llave. Dentro había copias de cartas, justificantes de pago e informes de un investigador privado.

El primer documento llevaba mi nombre.

Me senté.

—¿Qué pasa? —preguntó Maya.

Le entregué la portada del informe.

Localización de Julia Hayes.

Las páginas siguientes describían intentos realizados durante años. Consultas a registros escolares, antiguos centros de acogida, hospitales y organismos estatales. Algunas búsquedas terminaban en direcciones incorrectas. Otras, en archivos incompletos.

Margaret me había buscado.

No sabía si aquello aliviaba o aumentaba mi rabia.

Seguí leyendo.

Según el investigador, Margaret creyó durante muchos años que Laura y su hija habían muerto en el accidente. La confirmación le había llegado a través de un representante vinculado a la Fundación Westbridge. Una frase me llamó la atención:

Información inicial transmitida por el gabinete institucional. Documentación complementaria no disponible.

—Otra vez el Westbridge —murmuró Maya.

—Alguien de allí le dijo a Margaret que yo estaba muerta.

—Puede que fuera un error.

—Un error que duró años.

Pasé las páginas buscando el nombre del representante, pero había una referencia a un anexo que no estaba en la carpeta.

El móvil estaba sobre la mesa. Podía mandarle un mensaje a Alexander en ese mismo instante. Quizá él consiguiera localizar el documento antes del final del día.

No lo hice. Primero necesitaba entender lo que ya tenía en las manos.

Sonó el timbre y Ellie levantó la cabeza.

—¿Es el señor de las cajas?

—Puede ser.

Daniel había dicho que enviaría el resto de los documentos aquella tarde. Dejé el informe sobre la mesa y fui hasta la puerta.

Richard Bennett estaba al otro lado. El traje oscuro, la postura impecable y la expresión controlada hacían que pareciera fuera de lugar delante del porche antiguo. Sujetaba un sobre rígido.

Mi cuerpo se puso en alerta antes de que dijera nada.

—¿Cómo ha conseguido esta dirección?

Richard miró la fachada.

—Eso ahora no importa.

Mantuve la puerta entreabierta.

—¿Qué quiere?

—Resolver una situación antes de que se complique más.

—No existe ninguna situación entre nosotros.

Levantó el sobre.

—Existe una niña de cinco años que puede desmentir esa afirmación.

La rabia llegó antes que el miedo.

—¿Qué ha hecho?

Richard no respondió de inmediato. Se limitó a tenderme el sobre.

No lo cogí.

—Ábralo —ordenó.

—No va a darme órdenes en mi propia casa.

Su expresión se volvió más fría.

—¿Va a gritar en el porche o vamos a hablar?

—El problema es que usted se presenta sin que nadie lo invite y habla de mi hija.

El nombre de Ellie no se había pronunciado.

Richard se dio cuenta de que yo ya sabía adónde llevaba aquella conversación.

—La encontré en un ala pediátrica, acompañada por Alexander y por una niña cuya edad coincide de manera bastante conveniente con la época en que se marchó de Nueva York.

—¿Conveniente para quién?

—Para alguien que quiera entrar en la vida de mi hijo.

Abrí más la puerta, no para invitarlo a pasar, sino para no tener que hablar bajo.

—Me he pasado casi seis años lejos de Alexander. Nunca le pedí dinero, nunca busqué a su familia y solo he vuelto al Westbridge porque Ellie sufrió un accidente.

—Eso no elimina lo que puede pasar ahora.

—Usted no sabe nada de lo que va a pasar.

Richard me tendió el sobre otra vez. Esta vez lo cogí.

El nombre de un laboratorio privado aparecía en la parte superior de la primera página. Debajo había un análisis de parentesco entre un hombre adulto y una niña.

Leí la conclusión dos veces.

La probabilidad de vínculo biológico entre abuelo y nieta era alta.

Sujeté el papel con las dos manos para que dejara de temblar.

—¿Cómo ha conseguido una muestra suya?

Richard no mostró la menor culpa.

—El método no altera el resultado.

—No le he preguntado por el resultado. —Apreté el documento entre los dedos—. Ha recogido material genético de una niña de cinco años sin autorización de su madre.

—He confirmado una información que afectaba a mi familia.

—Ellie no es una información. —Mi voz se alzó.

Maya apareció en el pasillo, pero se detuvo al ver quién estaba en la puerta. Ellie seguía en el salón, distraída con sus dibujos.

Richard lanzó una mirada rápida al interior de la casa.

—No he venido a discutir procedimientos. He venido a dejar claro que una posible responsabilidad de Alexander puede resolverse por los cauces adecuados.

—¿Cauces adecuados?

—Los abogados pueden ocuparse del reconocimiento, del apoyo económico y de cualquier otra obligación. Eso no significa que usted vaya a tener acceso a su vida ni a su posición.

Durante unos segundos me quedé mirando a aquel hombre. ¿De verdad creía que yo había esperado cinco años para aparecer con Ellie como una forma de conseguir algo? Su descaro me impresionaba.

—No me he pasado todos estos años criando a mi hija sola para que usted venga a explicarme qué pretendo conseguir con ella.

—No estoy cuestionando su dedicación como madre.

—Pero está cuestionando todo lo demás.

Richard mantuvo el mismo tono.

—Alexander tiene responsabilidades con el Westbridge y con su propia familia. Una decisión precipitada puede acarrear consecuencias innecesarias.

—La única persona que está tomando decisiones precipitadas aquí es el hombre que le ha hecho una prueba de ADN a una niña a escondidas.

Intenté cerrar la puerta, pero Richard apoyó la mano en la madera, impidiendo el movimiento.

No avanzó hacia dentro, pero el gesto bastó para aumentar mi rabia.

—Quite la mano de mi puerta.

Obedeció después de unos segundos.

—Volver a Boston sería la decisión más sensata. Podemos establecer un acuerdo que preserve la privacidad de todos.

—No quiero ningún acuerdo.

—Quizá lo quiera cuando entienda lo que está en juego.

—Lo entiendo perfectamente. Usted cree que el dinero le da derecho a decidir dónde vivo, cómo crío a mi hija y lo que ella representa para Alexander.

Richard no lo negó.

—Mi hijo tenía sospechas. Yo solo he confirmado lo que él aún no tenía el valor de afrontar.

¿Alexander lo sabía?

No me había hecho ninguna promesa concreta sobre Ellie. Aun así, cuando le hablé de Laura, me garantizó que no investigaría nada sin mi autorización. Dos días después respetó cada límite que establecí durante la consulta de los archivos.

—¿Él pidió esa prueba?

Richard se ajustó el puño de la camisa.

—¿Qué más da quién pidiera la prueba? No es esa la cuestión.

—Váyase —dije, ya harta de él.

Richard me miró, calculando todavía hasta dónde podía presionar.

Fue entonces cuando su atención se desvió hacia el interior de la casa. La fotografía de Laura estaba sobre el aparador de la entrada. Una imagen antigua, tomada antes de que yo naciera. Ella sonreía a alguien fuera del encuadre, con el pelo recogido y un vestido claro.

Richard perdió el hilo de la conversación.

El cambio fue pequeño, pero inconfundible.

—¿Qué relación tenía usted con Laura Hayes?

Mi cuerpo se puso rígido.

—¿De qué conoce a mi madre?

Él volvió los ojos hacia mí.

—¿Laura era su madre?

—Sí.

Por primera vez desde que había llegado, Richard no tenía una respuesta preparada.

Me observó de una manera distinta, analizando mi cara como si buscara rasgos en los que no se había fijado en el hospital.

—¿Usted conocía a Laura? —pregunté.

—Nos movíamos en el mismo círculo.

Esperé a que me dijera algo más, pero no llegó. En lugar de eso, Richard recuperó la expresión controlada y volvió a mirarme.

—Creo que ya he hecho lo que tenía que hacer aquí —dijo.

Cerré la puerta antes de que dijera nada más y me quedé inmóvil hasta que oí sus pasos alejándose por el porche. Maya se acercó a mí.

—¿Qué ha hecho?

Le entregué el documento.

Lo leyó en silencio, y su expresión se fue poniendo más seria con cada línea.

—Es una prueba entre Richard y Ellie. No me puedo creer que haya tenido la cara de hacer esto sin tu autorización.

Miré la puerta cerrada. Quería creer que Alexander no haría algo así sin decírmelo antes.

Pero yo también había creído en él antes.

—Alguien le contó a Richard lo suficiente para que investigara —dije.

—Os vio en el hospital. Puede que lo haya descubierto solo.

—¿Y cómo ha conseguido una muestra de Ellie?

Maya no tenía respuesta.

—Habla con Alexander antes de sacar conclusiones.

—Es exactamente lo que voy a hacer.