El doctor que me rechazó Capítulo 14
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Capítulo 14

Alexander

El tercer TAC confirmó lo que ya indicaban las valoraciones de la madrugada.

El sangrado no había aumentado. Ellie estaba consciente, orientada y no había presentado nuevos episodios de vómitos ni de confusión. Si seguía así, podría recibir el alta a la mañana siguiente.

Era una evolución favorable. Aun así, me quedé unos minutos delante de las imágenes, comparando detalles que no habían cambiado desde la última vez.

Mi problema no estaba en el TAC. Estaba en la información que aparecía en el historial al lado, y que yo ya había releído infinidad de veces.

No necesitaba repetir la cuenta. Tampoco necesitaba seguir buscando parecidos cada vez que Ellie fruncía el ceño o respondía con la misma impaciencia que tenía yo cuando una pregunta me parecía innecesaria.

Existía una posibilidad evidente. Solo faltaba que Julia dejara de esquivarla.

Las encontré a las dos en la habitación poco después de las nueve. Ellie estaba sentada en la cama, dibujando sobre una carpeta rígida que le había llevado Maya. El hematoma cerca de la sien seguía oscuro, pero se la veía más animada que durante la noche.

Julia estaba de espaldas a la puerta, ordenando ropa dentro de una mochila.

—Buenos días —anuncié.

Ellie levantó los ojos.

—Has vuelto.

—Trabajo aquí.

—Ya lo sé. Pero vienes aquí muchas veces.

Me acerqué a la cama y me desinfecté las manos.

—¿Cómo va el dolor?

Se lo pensó antes de responder.

—Menos.

—¿Y las náuseas?

—Se han ido.

—¿Has tenido mareos?

Ellie lo negó y apoyó la carpeta sobre las piernas.

—¿Puedo irme a casa?

—Todavía no.

Su expresión cambió a una desaprobación inmediata.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque sigue siendo verdad.

Miró a Julia buscando apoyo, pero su madre se quedó al lado de la mochila.

—Tiene razón, mi amor.

—A vosotros dos os gusta mucho el hospital.

—A mí me gusta que estés sana —le explicó Julia—. Es distinto.

Ellie no pareció convencida.

Continué la valoración. Obedeció cada indicación, aunque me advirtió de que ya había hecho aquello muchísimas veces.

Cuando terminé, Ellie volvió al dibujo.

Julia cogió la mochila del sillón y se levantó deprisa. El movimiento fue pequeño, pero reconocí el instante en que perdió el equilibrio. Cerró los ojos y su cuerpo se inclinó hacia un lado antes de que su mano encontrara apoyo.

Crucé la distancia que nos separaba y le sujeté el brazo mientras la otra mano se detenía cerca de su cintura, lista para sostenerla si le fallaban las piernas.

—Siéntate —dije, y no era una indicación médica.

Julia respiró hondo, con los ojos cerrados.

—Hace dos días que no duermo. Es solo eso.

—Casi te caes.

—Pero no me he caído. —La firmeza de la respuesta no encajaba con la palidez de su cara.

Mi pulgar quedaba apoyado en la cara interna de su brazo. Conocía aquella piel, aunque hubieran pasado años desde la última vez que pude tocarla sin que el gesto fuera una invasión.

El cuerpo de Julia también me reconoció. Noté la tensión aparecer bajo mis dedos y vi el momento en que se dio cuenta de lo cerca que estábamos.

Durante un segundo quise dejar la mano donde estaba, pero la solté de inmediato.

Julia se sentó y se puso la mochila sobre el regazo, como si necesitara una barrera entre los dos.

—¿Has dormido? —pregunté.

—He dormido lo suficiente.

—Eso no ha sido una respuesta.

Ella levantó los ojos.

—Es la única que tengo, así que no hagas preguntas cuya respuesta no vas a aceptar.

Decidí no insistir. Ya no era mía, y cuidar de ella ya no era un derecho mío.

Ellie había dejado de dibujar.

—Mamá, ¿te vas a desmayar?

Julia se volvió hacia ella.

—No, mi amor. Solo me he levantado demasiado rápido.

La niña me miró.

—La has sujetado.

—Sí.

—¿Entonces también cuidas de las mamás?

Pensé qué responderle.

—Cuando hace falta, sí.

Julia apretó los labios.

—No hacía falta que me sujetaras.

Ellie nos miró a los dos.

—Eres cabezota.

—¿Y quién te ha enseñado esa palabra? —preguntó Julia, entrecerrando los ojos.

—La tía Maya.

Ellie volvió al dibujo, y Julia dejó la mochila en el suelo.

Aquella pequeña interacción se me quedó dentro más tiempo del que debería. Había algo peligrosamente natural en hablar con las dos, como si durante unos minutos estuviera ocupando un espacio que siempre debería haber sido mío.

Y todavía ni siquiera sabía si ese espacio me pertenecía.

Le informé a Julia de que la imagen seguía estable y de que, si no había cambios, Ellie recibiría el alta a la mañana siguiente.

El alivio le suavizó la cara.

—¿Tendrá que repetir la prueba más adelante?

—Solo si aparecen nuevos síntomas. Durante las próximas semanas tendrá que evitar los esfuerzos, los juegos que puedan provocar otra caída y el exceso de estímulos.

Julia asintió, ordenando ya mentalmente las recomendaciones.

—¿Puedo hablar contigo en el pasillo? —pregunté.

La reacción fue inmediata.

—¿Es sobre el tratamiento?

—Parte de la conversación, sí.

Miró a Ellie.

Maya todavía no había llegado, pero la niña estaba concentrada en el dibujo y había una enfermera en el control de enfrente de la habitación.

—Cinco minutos —concedió Julia.

La acompañé hasta el final del pasillo. La mañana gris se reflejaba en las ventanas del Westbridge. Julia se paró delante del cristal, pero no miró la ciudad. Se cruzó de brazos y esperó.

—¿Cuánto tiempo llevas en Nueva York? —pregunté.

Soltó una respiración corta.

—Eso no tiene nada que ver con el alta.

—Lo sé.

—Entonces sigue sin ser asunto tuyo.

La respuesta debería haber zanjado el tema. En lugar de eso, solo confirmó que Julia pensaba marcharse en cuanto pudiera.

—Hace casi seis años me dijiste que necesitabas hablar conmigo. Nunca supe de qué.

Su cara se cerró.

—No lo supiste porque no quisiste saberlo —replicó—. Así que ya tienes tu respuesta.

—Te estoy pidiendo que me lo digas ahora, Julia.

Se irritó todavía más.

—Leíste el mensaje, decidiste tú solo lo que decía y bloqueaste mi número. Escuchar era una opción, Alexander, y tú tomaste la tuya. No vengas ahora a pedirme que hablemos solo porque a ti te viene bien.

Yo no podía exigirle nada. Fuera lo que fuese lo que Julia tenía que decirme entonces, había perdido la oportunidad de escucharlo.

—Si no quieres responder a mi pregunta, lo respetaré —dije—. Pero dime al menos por qué estás en Nueva York si, por lo visto, piensas volver pronto a Boston.

Julia apartó la mirada, quizá sorprendida de que hubiera decidido no insistir en el asunto anterior.

—He venido por una herencia —explicó después de unos segundos—. Mi abuela materna murió y me dejó una casa en Brooklyn.

—¿Una abuela que no sabías que existía?

—Esa misma.

Laura siempre le había dicho a Julia que no tenían familia. Yo recordaba las pocas veces en que hablaba de su madre y la manera en que esquivaba cualquier pregunta sobre su padre.

—¿Tu madre creció en esa casa?

Julia lo confirmó.

—Hay fotografías, cartas y objetos suyos. También he encontrado una acreditación antigua de la Fundación Westbridge.

Mi atención se centró de inmediato.

—¿De qué departamento?

—Gabinete de presidencia.

—¿Sabes de qué periodo?

—De antes de que yo naciera.

Julia notó la rapidez de mis preguntas y se puso más rígida.

—No quiero que conviertas esto en otra situación que tienes que resolver —dijo.

—No investigaré nada sin tu autorización.

Se quedó en silencio. La promesa parecía sencilla. Entre nosotros, no lo era.

—El abogado está revisando los documentos —contó—. Pero los archivos antiguos de la fundación no son públicos.

—Puedo ayudar si me lo pides.

—¿Y si no quiero tu ayuda?

—No haré nada. —Mi respuesta fue sencilla y honesta.

Julia me observó, decidiendo si me creía. No podía culparla por la duda.

—Hay indicios de que mi padre también tenía alguna relación con el Westbridge —continuó—. Quizá trabajara allí. Quizá mi madre lo conociera en la fundación.

—¿No has encontrado ningún nombre?

—Solo iniciales y registros incompletos.

Pensé en los archivos de la presidencia, en los hombres que habían dirigido la fundación y en las décadas de documentos mantenidos lejos del sistema digital. Podría empezar una búsqueda esa misma mañana.

—¿Vas a quedarte en Nueva York mientras buscas respuestas?

Ella volvió a mirar por la ventana.

—Todavía no lo sé. La casa necesita reformas y no puedo ignorar lo que he encontrado. Pero mi vida está en Boston.

Algo cambió en mi cara antes de que pudiera impedirlo.

Julia se dio cuenta.

—Fuiste tú quien quiso que me fuera de Nueva York —recordó. La voz no se alzó, pero cada palabra cargaba con los años transcurridos—. No actúes como si la posibilidad de que yo vuelva a casa fuera injusta.

—No me parece injusta.

—Pero te molesta.

Negarlo habría sido más fácil. Me había pasado la vida entera eligiendo la respuesta que mantenía todo bajo control.

—Me molesta.

Julia giró la cara hacia mí.

—¿Por qué?

Porque había reconocido su voz antes de verla. Porque ninguna mujer después de ella se acercó siquiera a ocupar el espacio que Julia dejó.

Porque la idea de que hubiera un hombre en Boston que conociera a Ellie, que compartiera comidas con ellas y entrara en su casa me provocaba una irritación a la que no tenía derecho.

—Porque has vuelto —respondí.

El sonido que hizo no llegó a ser una risa.

—Eso no explica nada.

—Es lo que puedo decirte ahora mismo.

Ella enderezó la postura.

—Sigues eligiendo qué partes de la verdad puedo escuchar.

—Estoy intentando no decir algo solo porque tengo miedo de que te vayas.

La sinceridad hizo que Julia se detuviera. Por un instante, la rabia dejó paso a algo más cauteloso.

Aproveché el silencio antes de perder el valor.

—¿Quién es el padre de Ellie?

Su expresión cambió. No hubo sorpresa. Solo una tensión inmediata en los hombros.

—No voy a hablar de eso aquí.

—En el historial no consta ningún padre.

—Eso no te da derecho a investigar la vida de mi hija.

—No he investigado. He leído la información necesaria para tratar a una paciente.

Julia apretó los brazos contra el cuerpo.

—Pues limítate a lo que es necesario para el tratamiento.

Sabía que presionar más sería repetir justo lo que ella temía. Aun así, había una pregunta menor que necesitaba hacer.

—¿Al menos hay un padre presente en su vida?

Julia me sostuvo la mirada.

—No voy a hablar de mi vida personal ni de la vida de mi hija contigo. Perdiste cualquier derecho cuando decidiste que yo ya no merecía la pena.

Tenía razón, y yo no tenía una sola frase que oponer a eso.