El doctor que me rechazó Capítulo 13
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Capítulo 13

Julia

La habitación de observación nunca se quedaba del todo a oscuras.

Aunque las luces principales estuvieran apagadas, los monitores mantenían el espacio cubierto por un brillo débil, alternando números verdes y azules al lado de la cama.

Cada pocos minutos, algún aparato emitía un sonido corto.

Yo ya sabía distinguir qué alarmas formaban parte del funcionamiento normal y cuáles exigían que levantara los ojos.

Aun así, comprobaba cómo estaba Ellie todas las veces.

Dormía de lado, con la cabeza apoyada en la almohada y una mano cerrada cerca de la cara. El hematoma junto a la sien estaba más oscuro, y algunos mechones se le habían soltado alrededor del apósito.

No conseguía mirarla sin volver a ver la caja de música golpeando los escalones antes que su cuerpo.

Cerré los ojos unos segundos, pero eso solo hizo la imagen más nítida.

Ya pasaban de las tres de la mañana.

Maya había ido a buscar ropa limpia a su piso y había prometido volver antes del amanecer. Daniel seguía encargándose de la casa y de las reparaciones de emergencia. Samantha había enviado dos mensajes preguntando cómo estaba Ellie, pero yo todavía no tenía energía para explicarlo todo.

El hospital seguía funcionando a nuestro alrededor.

Las enfermeras entraban a comprobar las constantes. Los residentes revisaban los registros. En algún punto del pasillo, un niño lloraba con la indignación suficiente para demostrar que tenía los pulmones en perfecto estado.

Y Alexander seguía apareciendo.

Su nombre estaba en todas las pantallas del historial. Los residentes esperaban sus decisiones antes de cambiar cualquier pauta. Cuando entraba en la habitación, el ambiente parecía ajustarse a su presencia.

Alexander siempre tuvo autoridad. Ahora, sin embargo, no venía solo de la postura o de la voz.

Estaba incorporada a la manera en que los otros médicos lo escuchaban, a cómo las enfermeras se anticipaban a sus peticiones y a cómo él recorría la planta sin mostrar prisa, incluso cuando todos a su alrededor iban corriendo.

A los treinta y siete años ya era respetado.

A los cuarenta y tres se había convertido en el hombre que yo había imaginado.

No era justo responsabilizarlo de todas las dificultades a las que me enfrenté, pero tampoco conseguía mirar aquella vida ordenada y olvidar que él me había expulsado de la suya justo cuando yo más necesitaba que me escuchara.

La puerta se abrió poco después de las tres y media, y Alexander entró con una enfermera. Me enderecé en la silla.

Iba sin chaqueta y se había remangado la camisa hasta los antebrazos. Seguía bien peinado, pero había una señal de cansancio alrededor de sus ojos que no estaba ahí cuando llegó la ambulancia.

—Tenemos que despertarla para otra valoración —informó.

Asentí y toqué el hombro de Ellie.

—Mi amor, despierta.

Se movió sin abrir los ojos.

—Ellie, despiértate un poco para mí.

Mi hija soltó un sonido de protesta y se subió la manta hasta la barbilla.

Alexander se acercó a la cama.

—Eleanor.

Ella abrió un ojo y lo corrigió:

—Ellie.

—Necesito que me mires.

—Ya lo he hecho.

La enfermera apartó la cara para esconder una sonrisa.

Alexander no sonrió, pero noté un cambio discreto en la comisura de su boca.

—Necesito que lo hagas otra vez.

Ellie abrió los dos ojos.

—Mi cabeza está bien —protestó.

—Quiero confirmarlo.

—¿No me crees?

—Confío en ti. Aun así, tengo que comprobarlo.

Mi hija suspiró como si él fuera un hombre especialmente difícil.

Alexander repitió las preguntas sobre el nombre, la edad y el lugar donde estábamos. Ellie respondió todas correctamente, aunque con una irritación creciente.

Cuando le pidió que le apretara los dedos, obedeció sin discutir. Después siguió la linterna con los ojos y movió los pies.

—¿Te duele más? —preguntó.

—No.

—¿Menos?

Ellie lo pensó antes de responder.

—Un poquito menos.

—¿Tienes náuseas?

—No.

—¿Ves dos personas cuando me miras?

Entrecerró los ojos un instante.

—Solo una.

—Perfecto.

—Dos serían demasiado.

Esta vez la enfermera se rio en voz baja.

Alexander se quitó los guantes y anotó algo en el historial electrónico. Ellie lo observó con curiosidad, ya más despierta.

—¿Tú tienes hijos?

Su mano se detuvo sobre la pantalla.

La mía se cerró sobre la barandilla de la cama.

Alexander la miró al responder:

—No.

Ellie apoyó la cabeza en la almohada.

—Entonces no sabes que los niños odian levantarse temprano.

Alexander se quedó en silencio un segundo más de lo que debería. Estaba delante de su propia hija. Decía que no tenía hijos porque todavía no sabía que los tenía.

La culpa se mezcló con el resentimiento de una forma desagradable. Yo había escondido a Ellie, pero también había intentado contárselo. Una vez. Quizá dos, si contaba las llamadas que no llegaron a entrar después de que él bloqueara mi número.

Me pasé años repitiéndome que aquel intento había sido suficiente.

En aquella habitación ya no estaba tan segura.

—Lo tendré en cuenta en la próxima valoración —respondió Alexander.

—¿Sin despertarme?

—Voy a tener que despertarte igual.

Ellie cerró los ojos.

—Entonces no has tenido nada en cuenta.

La enfermera terminó de revisar la vía y salió.

Alexander se quedó junto a la cama, observando los datos del monitor. Yo notaba cuándo estaba preocupado. Su postura se volvía todavía más controlada, como si cualquier emoción tuviera que comprimirse antes de llegarle a la cara.

Preguntó a qué hora había vomitado Ellie en el primer hospital.

Respondí.

Después quiso saber cuánto tiempo había pasado entre la caída y el momento en que se quedó confusa.

También respondí.

Las preguntas eran adecuadas. Yo habría hecho las mismas en una valoración de trauma, pero Alexander ya conocía esa información. Estaba en el informe del traslado y en el historial.

Cuando volvió a confirmar la edad de Ellie, entendí que no era solo el médico haciendo preguntas.

—¿Cuándo cumplió los cinco años? —preguntó.

—Hace poco.

Sus ojos se quedaron fijos en mí.

—¿Qué día?

—¿Eso es relevante para la hemorragia?

—Para la hemorragia, no.

—Toda la información que necesitas está en su historial, así que no voy a discutir esto ahora.

Alexander cerró el historial y no insistió.

Alexander siempre fue rápido con los números y las fechas.

Ellie volvió a abrir los ojos.

—¿Ya puedo dormir?

Él apartó la atención de mí.

—Puedes —respondió.

—No me gusta este hospital.

—Es comprensible.

—¿Tú trabajas aquí porque te gusta?

—La mayor parte del tiempo.

Ellie pareció considerar aquella respuesta una prueba de que le pasaba algo raro. Giró la cara hacia mí y cerró los ojos.

Antes de salir, Alexander me miró. No había ninguna acusación en su expresión. Solo una pregunta que todavía no estaba dispuesto a hacer.

Maya volvió cerca de las cinco. Traía una mochila con ropa, el conejo de peluche que Ellie se había dejado sobre la cama, un cargador para el móvil y una bolsa de una cafetería que abría de madrugada. Nada más entrar, se acercó a la cama y tocó la mano de Ellie.

—¿Cómo está?

—Estable. Sin nuevos episodios de vómitos. Ha respondido bien a la última valoración.

Maya soltó el aire.

—¿Y tú?

—Estoy funcionando.

—No es eso lo que te he preguntado.

—Es la respuesta disponible.

Dejó la mochila sobre el sillón y me pasó una camiseta limpia.

—Ve a cambiarte. Yo me quedo aquí.

Miré a Ellie.

—No tardo.

En el baño me quité el abrigo y me di cuenta de que la mancha de la manga era sangre seca. No sabía si venía de la herida de Ellie o de alguna rozadura de mi propio brazo.

Me lavé la cara, me cambié de camiseta y volví a recogerme el pelo.

Cuando volví, Maya estaba sentada al lado de la cama. Esperé a comprobar los monitores antes de preguntar:

—¿Él lo sabe?

Ella no fingió no entenderme.

—Todavía no.

—¿Pero lo sospecha?

—Sí.

Acerqué la silla.

—¿Qué le has dicho?

Maya se cruzó de brazos.

—Lo mínimo posible.

—¿Qué significa eso?

—Me preguntó cuánto hacía que conocía a Ellie. Le dije que desde que nació.

—Maya…

—¿Qué querías que le dijera? ¿Que conocí a tu hija el mes pasado?

—Podías haberle dicho que no ibas a hablar del tema.

—Es exactamente lo que hice después.

La irritación creció rápido, alimentada por el cansancio.

—No deberías haberle respondido nada.

—Julia, ha abierto el historial. Ha visto la edad, la fecha de nacimiento y el campo del padre vacío. No necesitaba que yo le entregara un calendario.

Miré a Ellie. Seguía durmiendo, ajena al caos que se desarrollaba en el mundo de los adultos.

—¿Qué más te ha preguntado? —quise saber.

—Si estabas embarazada cuando te fuiste.

—¿Y tú qué le has respondido?

Se encogió de hombros.

—Le he dicho que debería hablar contigo.

—Eso es prácticamente una confirmación.

—No. Eso significa que no voy a mentir por ti —me corrigió—. Nadie puede juzgarte, Julia. Yo estaba allí cuando lo descubriste, y sé perfectamente por qué no se lo contaste.

—Entonces sabes por qué necesito tiempo.

—Lo sé. Pero también sé que nunca te vas a sentir preparada.

Bajé la voz.

—Ellie sigue ingresada. No voy a discutir sobre paternidad mientras está en una cama de hospital.

—Y no deberías. Eso puede esperar a que ella esté fuera de peligro.

El problema era saber si Alexander esperaría. Si descubría que Ellie era suya, ¿qué haría?

Alexander tenía dinero, influencia y acceso a los mejores abogados de Nueva York. Era hijo de Richard Bennett y jefe de uno de los departamentos más importantes del Westbridge.

Yo era madre soltera, enfermera y vivía en otro estado.

Daba igual cuántos años llevara criando a Ellie sola. Daba igual que él hubiera bloqueado mi número.

—Puede intentar quitármela —dije.

Maya se puso seria.

—No creo que vaya a hacer eso.

—Tú no lo sabes.

—Conozco a Alexander desde hace años, cariño.

—Yo también creía que lo conocía.

Maya me puso la mano en el brazo.

—No tienes que contárselo hoy. Pero, cuando Ellie esté bien, esto tiene que pasar. Y esta vez vas a tener que dejar que él termine la conversación, aunque odies lo que te diga.

Poco después de las seis, una enfermera entró para informar de que el siguiente TAC estaba programado para las siete. Si la imagen seguía estable, reducirían la frecuencia de las valoraciones neurológicas y se plantearían el alta al día siguiente.

La noticia debería haberme aliviado.

Ellie estaría fuera de peligro.

Y entonces Alexander haría la pregunta.

Maya salió a hablar con Daniel por teléfono. Yo me quedé al lado de la cama hasta que mi hija se despertó quejándose de hambre.

—Eso es bueno —le expliqué—. Significa que te encuentras mejor.

—Me encontraría mejor con tortitas.

—Todavía no puedes comer tortitas.

—¿Por qué?

—Porque vas a hacerte otra prueba y tenemos que empezar poco a poco.

—¿Plátano?

—Quizá después.

Ellie recorrió la habitación con los ojos, buscando algo que aún no hubiera visto.

—¿Viene el médico pesado?

—Creo que sí.

—¿Duerme aquí? —volvió a preguntar.

—Creo que no.

—Pues parece que vive aquí.

Antes de que respondiera, la puerta se abrió.

Alexander entró con una carpeta en la mano. Se detuvo al oír el final de la conversación.

—No vivo en el hospital.

Ellie no pareció avergonzarse.

—Estás aquí todo el rato.

—Es mi trabajo.

—¿Y tu casa no se pone triste?

La pregunta dejó a Alexander en silencio.

Casi me reí. Conseguí contener la reacción, pero él se dio cuenta. Sus ojos se volvieron hacia mí un instante, y algo cambió en su expresión. No era una sonrisa. Era el recuerdo de que yo solía reírme de las mismas cosas antes de que todo terminara.

Aparté la mirada primero.

Alexander actualizó la valoración e informó de que Ellie se haría otra prueba en breve. Después le pidió que levantara los brazos y repitiera algunos movimientos sencillos.

Mi hija colaboró mejor aquella vez.

—¿Cuándo me voy a casa? —preguntó.

—Si la imagen sigue estable, quizá mañana.

Después de la prueba, Alexander cerró la carpeta.

—¿Te duele menos? —le preguntó a Ellie.

—Sí.

—¿Tienes el estómago revuelto?

—No. ¿Puedo ver la tele?

—Un rato corto y con la luz baja.

Ellie me miró como si acabara de obtener una victoria judicial.

Alexander se apartó de la cama, y fue entonces cuando me fijé en el vaso de café que había sobre la mesa y en un pequeño envoltorio de papel al lado.

—¿Esto ya estaba aquí? —pregunté.

—Desde que he entrado.

—No estaba.

No respondió.

Cogí el vaso. El nombre de la cafetería estaba impreso en un lateral, pero no había ninguna otra indicación.

Quité la tapa y lo olí. Café con poco azúcar y leche. Exactamente como lo tomaba yo años atrás.

El envoltorio contenía un sándwich sencillo, sin salsa y sin tomate. Yo odiaba el tomate caliente.

Miré a Alexander.

—Has sido tú, ¿verdad?

—Necesitas comer —argumentó.

Sujeté el vaso sin beber.

—¿Cómo sabías qué pedir?

Me sostuvo la mirada.

—Me acuerdo de muchas cosas sobre ti.

La frase la dijo sin ninguna suavidad. No hubo ningún intento de convertirla en una declaración.

Durante meses creí que nuestra relación significaba algo para él. Después de la ruptura me pasé años convenciéndome de que Alexander lo había olvidado todo en cuanto cerré la puerta de su piso.

Era más fácil imaginar que yo había sido irrelevante.

La alternativa significaba admitir que se acordaba y que, aun así, eligió destruirme.

—Gracias, pero no hacía falta.

—Lo sé —dijo—. Pero no has comido nada desde que llegaste.

—No soy responsabilidad tuya, Alexander.

Su mandíbula se contrajo.

—Eso también lo sé.

Alexander salió antes de que yo encontrara otra respuesta.