El doctor que me rechazó Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Tú sabes cómo me llamo.

—Lo sé. Quiero que me lo digas tú.

—Ellie Hayes.

—¿Dónde estamos?

Mi hija tardó unos segundos.

—En la casa… de tu abuela.

—Eso es.

La respuesta era correcta, pero aquella vacilación me asustó.

—¿Te duele en algún otro sitio?

Dijo que le dolía el brazo. No había ninguna deformidad visible y podía mover los dedos, pero le pedí que no intentara sentarse.

Daniel terminó la llamada y se arrodilló al otro lado.

—La ambulancia está de camino.

Ellie me tendió la mano.

—Quiero dormir.

Le sujeté los dedos.

—Ahora no. Sigue mirándome.

Lloraba menos, y eso no me tranquilizó lo más mínimo.

—¿He roto la cajita?

Miré la madera partida en mitad de la escalera.

—No te preocupes por eso.

—Era de la abuela Laura.

—Da igual. La que importa eres tú.

Los sanitarios llegaron pocos minutos después. A mí me parecieron horas.

Les conté exactamente cómo se había producido la caída, la altura aproximada y el punto de impacto. Respondí a las preguntas como enfermera, pero tuve que repetir alguna información porque me fallaba la voz.

Inmovilizaron a Ellie y la colocaron en la camilla. Se mantuvo consciente durante toda la asistencia, aunque empezaba a mostrar más somnolencia.

Subí a la ambulancia con ella.

Daniel me dijo que nos seguiría y que se ocuparía de la casa. No conseguí responder más que con un movimiento de cabeza.

El hospital más cercano estaba a pocos minutos.

En urgencias repitieron la valoración neurológica y llevaron a Ellie al TAC. Me quedé a su lado hasta que el equipo me pidió que esperara fuera.

Cuando las puertas se cerraron, me di cuenta de que todavía sujetaba un pequeño trozo de la caja de música.

Se me debía de haber enganchado en la manga del abrigo cuando me arrodillé en el suelo.

Cerré la mano alrededor de la madera.

La prueba no duró mucho, pero el médico tardó más en volver.

Ellie regresó a la cama despierta. Se quejó de que las luces le molestaban y pidió agua. La enfermera le explicó que había que esperar a la valoración médica antes de darle nada.

Me senté al lado de la cama y le cogí la mano.

—¿Te has enfadado conmigo?

—Me he asustado.

Ellie bajó los ojos.

—Solo quería coger el dibujo.

—Lo sé.

—Y la cajita.

Respiré con cuidado.

—Eso lo hablamos después. Ahora necesito que me digas si el dolor está empeorando.

Respondió que estaba igual.

Poco después giró la cara y vomitó sobre la sábana.

El equipo entró de inmediato.

Mientras la enfermera cambiaba la ropa de cama, Ellie volvió a llorar. Preguntó dónde estaba, aunque había respondido correctamente menos de una hora antes.

—Estamos en el hospital —le expliqué, acercándome.

Miró a su alrededor con una expresión confusa.

—¿En Boston?

Se me contrajo el estómago.

—No. Estamos en Nueva York.

El médico volvió con las imágenes abiertas en una tableta.

—El TAC muestra una pequeña hemorragia en la región temporal, además de una contusión. No hay un desplazamiento importante en este momento, pero los síntomas van en aumento.

—¿Necesita cirugía?

—Todavía no podemos afirmarlo. Necesitamos una valoración neuroquirúrgica pediátrica y monitorización en una unidad preparada para intervenir si el sangrado aumenta.

Supe lo que venía antes de que lo dijera.

—¿Adónde piensan trasladarla?

—El Westbridge Children's Pavilion ha aceptado el caso. El equipo ya ha recibido las imágenes.

El nombre me golpeó, pero no dejé que mi reacción se notara delante de Ellie.

—¿Hay otra opción?

El médico pareció sorprendido.

—El Westbridge tiene la estructura más adecuada y está con el nuevo protocolo de neurotrauma pediátrico activo. Han respondido de inmediato.

—¿Puede recibirla otro hospital? —insistí.

—Podemos intentarlo, pero perderíamos tiempo. El Westbridge ya ha confirmado la plaza y el neurocirujano está revisando las imágenes.

Miré a mi hija.

Ellie estaba tumbada de lado, demasiado cansada para prestar atención a la conversación.

Me había pasado años evitando aquel hospital. Ninguna razón personal justificaba retrasar su atención.

—Haga el traslado.

El médico asintió y salió a organizar el transporte.

Volví a sentarme.

Ellie abrió los ojos cuando le toqué la mano.

—¿He hecho algo muy malo?

—Desobedeciste y podrías haberte hecho aún más daño —respondí, incapaz de mentirle—. Pero eso no lo vamos a discutir ahora.

—¿Te vas a quedar conmigo?

—Todo el rato.

Cerró los ojos, pero siguió agarrándome los dedos.

Poco antes de que entraran los sanitarios, una enfermera dejó los documentos del traslado sobre la mesa.

—El neurocirujano del Westbridge ya ha recibido las imágenes —informó—. El equipo os está esperando.

No pregunté el nombre.

El Westbridge tenía muchos médicos. Alexander podía estar en casa u ocupado en otra ala. Puede que ni siquiera participara en casos pediátricos.

Me repetí esas posibilidades mientras acompañaba la camilla por el pasillo.

Cuando las puertas de la ambulancia se cerraron, el nombre del hospital seguía visible en el formulario sujeto al lateral de la cama.

Pasé casi seis años evitando volver al Westbridge.

Al final fue Ellie quien me llevó de vuelta.