Capítulo 11 #2
Daniel me entregó una invitación para una cena de la fundación y una hoja con anotaciones de citas. La mayor parte era banal: reuniones, llamadas y nombres de proveedores.
En una esquina había solo una palabra seguida de una hora.
«Cena — 18:30».
No hice ningún comentario. Doblé la hoja y la dejé al lado de la acreditación.
Ellie se había levantado y ahora examinaba los libros de la estantería.
—¿Su madre nunca le contó que trabajaba en el Westbridge? —preguntó Daniel.
—Nunca.
—Quizá no lo considerara importante.
—Evitaba cualquier tema relacionado con Nueva York. Eso parece más que una falta de importancia.
Daniel no me llevó la contraria.
Volví a coger la acreditación. Laura había trabajado en el mismo hospital donde yo, años después, conocería a Alexander. Quizá hubiera recorrido los mismos pasillos, entrado en los mismos ascensores y conocido a personas cuyos nombres seguían en las paredes del Westbridge.
—Quiero averiguar quién trabajaba en ese gabinete —dije.
—Voy a solicitar acceso a los archivos históricos de la fundación.
—¿Pueden negarse?
—Pueden exigir una autorización interna.
—¿De Victor Ashford?
—O del consejo.
Pensé en Richard y sentí una incomodidad inmediata.
—Inténtelo sin implicar a los Bennett.
—Haré lo posible.
Ellie sacó un libro del estante y me enseñó el nombre de Laura escrito en la primera página.
—Escribía bonito.
—Sí que escribía bonito —respondí.
Mi hija hojeó el libro hasta encontrar una flor seca entre dos páginas.
—¿Por qué no te contó lo de este cuarto? —preguntó.
La pregunta parecía sencilla, pero no había una respuesta adecuada.
—Todavía no lo sé.
—¿Se le olvidó?
—No creo que se le olvidara, cariño.
Ellie cerró el libro con cuidado.
—Entonces lo escondió.
Los niños no necesitaban palabras más suaves cuando la conclusión era evidente.
—A lo mejor tenía miedo de algo.
—¿De qué?
—Eso es lo que estoy intentando averiguar.
Mi hija devolvió el libro a la estantería.
Nos quedamos en el cuarto un rato más. Daniel separó los documentos que se llevaría para copiar, y yo fotografié las marcas de altura del lateral del armario. Ellie dibujó la caja de música en una hoja que había traído en la mochila.
Antes de bajar, dejó el dibujo sobre el escritorio, al lado del objeto.
—Para que lo vea la abuela Laura —explicó.
—Ella no está aquí.
Ellie miró alrededor de la habitación.
—Pero a lo mejor se lo cuenta el fantasma.
Daniel fingió concentrarse en los documentos. No la corregí.
Bajamos con cuidado. Sujeté la mano de Ellie hasta que llegamos a la primera planta, y entonces volví a colocar la barrera delante de la escalera.
Martin nos informó de que retiraría la alfombra al día siguiente, cuando también reforzaría la barandilla. Hasta entonces, nadie debía usar la escalera sin necesidad.
Ellie no protestó.
Daniel y yo volvimos al despacho para analizar algunos papeles que Margaret había separado. Mi hija se quedó en el salón principal con sus lápices y una caja de juguetes antiguos que ya había sido revisada.
Desde donde me senté podía verla sobre la alfombra, ordenando pequeñas piezas de madera.
El móvil sonó poco después.
Era Samantha.
Contesté imaginando que hubiera algún problema en el hospital.
—Está todo bien —explicó antes de que yo preguntara—. La dirección solo necesita confirmar si vuelves de verdad después de las tres semanas. Están cerrando el cuadrante del mes que viene.
Miré la acreditación de Laura sobre la mesa.
En aquel momento, yo todavía pensaba volver. Boston seguía siendo nuestra casa, y el Hawthorne era el lugar donde había construido mi carrera.
—Esa es la previsión —respondí—. Si hay algún cambio, aviso con antelación.
Samantha preguntó qué tal Nueva York. Le conté solo que la casa necesitaba arreglos y que había más documentos de los que esperaba.
—¿Has encontrado algo sobre tu madre?
—Algunas cosas.
No quería explicárselo por teléfono. Todavía no entendía lo suficiente para convertir aquellos objetos en una historia coherente.
Mientras Samantha comentaba unos cambios en el cuadrante, Ellie apareció en la puerta del despacho.
—¿Mamá?
Tapé el teléfono un instante.
—¿Qué pasa?
—¿Puedo coger la cajita?
Miré hacia el pasillo.
—Ahora no. Está arriba, y la escalera no es segura.
Ellie apretó los labios.
—Pero me he dejado el dibujo allí.
—Luego lo cogemos juntas.
Samantha volvió a llamarme desde el otro lado de la línea.
—Solo un minuto —le pedí a Ellie—. Quédate en el salón.
Se alejó.
Terminé la conversación en menos de dos minutos. Confirmé algunas fechas y prometí enviar un documento que se había quedado pendiente antes del viaje. Abrí el archivo adjunto en el móvil para despacharlo antes de que se me olvidara, y ese fue el tiempo que pasé con los ojos en la pantalla.
Cuando levanté la cara, el silencio me llamó la atención.
Las piezas de madera seguían esparcidas por la alfombra, pero Ellie no estaba en el salón.
—¿Ellie?
No hubo respuesta.
Me levanté deprisa.
Daniel levantó los ojos de los documentos.
—Estaba en el salón.
Crucé el pasillo y vi que la barrera de delante de la escalera estaba apartada.
El corazón empezó a latirme más rápido.
—¡Ellie!
Oí pasos en la planta de arriba.
—¡Solo he ido a por mi dibujo! —respondió ella.
Llegué al pie de la escalera cuando mi hija apareció en el pasillo. Sujetaba la hoja en una mano y la caja de música en la otra.
—Quédate donde estás —le ordené, intentando mantener la voz firme—. No bajes. Voy yo a buscarte.
—Pero he subido despacio.
—Quieta.
Puse el pie en el primer escalón.
Ella empezó a bajar de todas formas.
—Ellie, espérame.
—Puedo sola.
Su pie pisó la parte suelta de la alfombra, cerca de la curva.
Vi cómo se movía la tela.
Ellie perdió el equilibrio e intentó agarrarse a la barandilla con la mano libre. La madera cedió en ese mismo instante y se desprendió de la pared.
La caja de música cayó primero.
Golpeó contra un escalón y se abrió. La bailarina se soltó antes de desaparecer entre los barrotes de la escalera.
Ellie cayó justo después.
El cuerpo pequeño golpeó los escalones de lado. Intenté alcanzarla, pero todo pasó demasiado deprisa. Se dio en la cabeza cerca de la base y se quedó parada en el suelo del pasillo.
El grito que salió de mí no me pareció mi voz.
Me arrodillé a su lado sin moverla.
—Ellie, mírame.
Empezó a llorar.
El sonido debería haberme tranquilizado, pero yo solo veía el punto enrojecido cerca de su sien.
Daniel ya estaba al teléfono con emergencias.
—No te levantes, mi amor —le pedí, manteniendo una mano cerca de su hombro sin tocarle el cuello—. Quédate quietecita.
Ellie intentó girarse.
—Me duele la cabeza.
—Ya lo sé. No te muevas.
Comprobé su respiración y le miré las pupilas. Parecían iguales, pero cerraba los ojos con frecuencia.
—Ellie, ¿cómo te llamas? Nombre completo.
Lloró más fuerte.