Capítulo 11
Julia
Ellie preguntó por el fantasma incluso antes de que saliéramos del hotel.
Estaba sentada en el borde de la cama, intentando cerrar la cremallera de su propia mochila mientras yo comprobaba que no hubiéramos dejado nada tirado por la habitación.
—¿Tú crees que se ha quedado solo en la casa toda la noche?
—No sé si hay ningún fantasma en esa casa —respondí, cogiendo su abrigo.
Ellie desistió de la cremallera y levantó los brazos para que la ayudara a vestirse.
—Pero, si lo hay, se ha quedado solo.
—Ya estaba solo antes de que llegáramos.
—Ahora es distinto. Ya nos conoce.
No le pregunté cómo había llegado a esa conclusión. Desde que habíamos entrado en la casa de Margaret, Ellie había desarrollado una especie de obsesión por el dichoso fantasma y trataba a la posible criatura como a un inquilino al que había que tener en cuenta en cualquier decisión.
Daniel nos esperaba en la acera cuando el coche se detuvo delante de la casa. A su lado había dos hombres con cajas de herramientas y carpetas.
Ellie bajó después de que le soltara el cinturón de la sillita y miró de inmediato hacia las ventanas de la segunda planta.
—¿Ha aparecido?
Daniel siguió su mirada.
—¿El fantasma?
Ella asintió.
—No ha dejado ninguna queja por escrito —respondió él—. Así que imagino que la noche ha sido tranquila.
Ellie pareció satisfecha con la información y subió los escalones exteriores agarrada a mi mano.
El hombre mayor se presentó como Martin, inspector especializado en inmuebles antiguos. El otro era el responsable de las reparaciones que podían hacerse sin autorización adicional.
Mientras Daniel abría la puerta, Martin explicó que ya había revisado parte de la estructura, el cuadro eléctrico y las zonas afectadas por la filtración.
—La casa necesita trabajo —dijo—. Pero no corre riesgo de derrumbarse.
—Eso ya es algo —respondí.
Entramos. El olor a casa cerrada parecía menos fuerte aquella mañana, quizá porque Daniel había dejado algunas ventanas abiertas antes de que llegáramos. La luz también hacía que los muebles cubiertos resultaran menos amenazadores.
Ellie se paró delante del reloj que le había llamado la atención el día anterior.
—Sigue parado.
—El reloj no formaba parte de la inspección —explicó Daniel.
—Pues debería.
Martin sonrió mientras anotaba algo en la carpeta.
—Puedo incluirlo en el informe.
Mi hija me miró con la expresión satisfecha de quien acaba de corregir un problema importante.
Antes de que se alejara, le cogí la mano y esperé a que me mirara.
—Hoy te quedas cerca de mí. No subes la escalera sin un adulto y no entras en ninguna habitación cerrada.
—Ya lo sé.
—Quiero que lo repitas.
Ellie soltó un pequeño suspiro.
—No voy a subir sola.
—Gracias.
Martin nos llevó hasta la escalera.
La barrera que había colocado Daniel seguía delante del primer escalón. El inspector la apartó y señaló las marcas profundas de la madera.
—Los escalones están desgastados en el centro, pero siguen siendo firmes. El mayor problema es la alfombra. Hay puntos en los que la tela se ha soltado y puede engancharse en un zapato.
Tocó la barandilla con cuidado. La madera se movió bajo su mano.
—Aquí también tenemos una grieta en la fijación. Hay que reforzar la barandilla antes de que alguien se apoye con fuerza.
—Entonces no es seguro subir —concluí.
—Un adulto puede usar la escalera con cuidado, preferiblemente manteniendo la mano en la pared. La niña solo debe subir acompañada. Voy a retirar la alfombra y a sustituir esta parte de la barandilla, pero la pieza nueva no llega hasta mañana.
Martin también revisaría el suelo de la planta de arriba antes de permitirnos quedarnos allí mucho tiempo. Subió primero, probando los escalones uno a uno.
Esperé unos minutos. Cuando volvió y confirmó que podíamos entrar en las habitaciones, cogí a Ellie de la mano y subí pegada a la pared.
Al principio avanzó despacio, concentrada en poner los pies fuera de la parte más gastada de la madera. A mitad de la escalera, sin embargo, empezó a distraerse con las fotografías colgadas en la pared.
—¿Esa es la abuela Laura?
Me paré delante de una imagen en blanco y negro. Mi madre tenía unos quince años y estaba sentada en los escalones exteriores de la casa.
—Sí.
—¿Vivía aquí cuando era así de pequeña?
—Sí.
Ellie observó la fotografía unos segundos más.
—¿Sabía que ibas a vivir en Boston?
—No. Murió mucho antes de eso.
Mi hija siguió subiendo. A veces se me olvidaba que su forma de entender la muerte era distinta de la mía. Para Ellie, las personas muertas seguían existiendo dentro de las historias que contábamos. Lo único es que no estaban disponibles para responder.
El pasillo de la segunda planta era estrecho, con puertas a ambos lados. Daniel abrió la primera y nos enseñó una habitación de invitados casi vacía. El baño necesitaba una reforma y parte del techo de la última habitación estaba dañada por la filtración.
El antiguo cuarto de Laura estaba al final.
La puerta estaba atascada. Martin tuvo que empujarla con el hombro antes de que la madera cediera.
Entré primero. La habitación era más pequeña de lo que me imaginaba. Había una cama individual pegada a la pared, un escritorio junto a la ventana y una estantería llena de libros. La colcha tenía florecitas azules y varios objetos seguían ocupando los estantes.
Margaret había conservado el cuarto de su hija.
No como un homenaje ordenado, sino como alguien que no había conseguido decidir qué hacer con lo que le habían dejado.
Ellie pasó por mi lado y se paró junto a la cama.
—¿La abuela Laura dormía aquí?
—Creo que sí.
Tocó la colcha con la punta de los dedos.
—¿Cuando era pequeña?
—Cuando era pequeña y después, cuando se hizo mayor.
Mi voz sonó rara.
En el lateral del armario encontré marcas hechas a lápiz. Cada línea tenía una fecha y una altura. Al lado de algunas, Margaret había escrito el nombre de Laura.
Pasé los dedos por una marca correspondiente a los ocho años.
Era casi la misma edad que yo tenía cuando murió mi madre.
—¿Ella era así de alta? —preguntó Ellie, acercándose.
—Sí.
Mi hija se pegó a la madera para comparar su propia altura. La línea de Laura a los seis años quedaba un poco por encima de su cabeza.
—Era más alta que yo.
—Un poco.
Ellie consideró aquello una competición que todavía podía ganar.
Mientras Daniel hablaba con Martin en el pasillo, fui hasta el escritorio. Había papeles dentro de los cajones, pero la mayor parte estaba cubierta de polvo y no parecía que nadie los hubiera tocado en años.
En un estante más alto encontré una pequeña caja de madera oscura.
El dibujo pintado en la tapa hizo que mi cuerpo se quedara inmóvil.
Estiré la mano y cogí el objeto.
La caja se parecía muchísimo a la que Laura guardaba en nuestro piso cuando yo era niña. La madera tenía el mismo tono, y unas estrellitas doradas rodeaban una luna pintada a mano.
La mía todavía estaba guardada en Boston. La tapa se agrietó cuando yo tenía quince años, y el mecanismo dejó de funcionar poco después.
—¿Qué es eso? —preguntó Ellie.
Me senté en el borde de la cama y abrí la caja.
Una pequeña bailarina apareció delante del espejo interior. Giré la llave de la parte trasera, y la misma melodía que yo conocía desde la infancia empezó a sonar.
No era solo parecida.
Era idéntica.
Ellie se sentó a mi lado y observó girar a la bailarina.
—¿Conoces la música?
—La conozco.
—¿Cómo?
Pasé el pulgar por el borde de la caja.
—Tu abuela Laura tenía una igual.
Yo debía de tener seis años cuando arrastré una silla hasta el armario de nuestro piso para alcanzar la caja de música. Laura entró en la habitación mientras yo me subía y se asustó mucho más de lo que la situación justificaba.
Me bajó de la silla, guardó el objeto en un estante todavía más alto y me dijo que algunas cosas no eran juguetes.
En su momento pensé que le preocupaba que pudiera romper la caja.
Ahora ya no estaba tan segura.
Ellie apoyó un dedo en la bailarina.
—¿Esta también era suya?
—Debía de serlo.
En la parte interior de la tapa había dos letras grabadas.
L.H.
—¿Por qué tenía dos? —preguntó mi hija.
—No lo sé.
La música terminó, y Ellie me pidió que le diera cuerda otra vez. Lo hice antes de dejar la caja sobre el escritorio.
Daniel entró poco después con una caja de documentos.
—¿Ha encontrado algo?
Señalé la caja de música.
—Mi madre tenía una igual cuando yo era niña.
Se acercó y examinó las iniciales.
—Quizá Margaret comprara dos.
—O Laura se llevó una cuando se fue.
La segunda opción tenía más sentido.
Daniel dejó los documentos sobre la cama e informó de que había encontrado algunos objetos en el cajón inferior del escritorio. Entre papeles del colegio e invitaciones antiguas había una acreditación.
Cogí la tarjeta plastificada.
La fotografía mostraba a Laura con poco más de veinte años. Llevaba el pelo oscuro recogido y una blusa clara. Era mi cara antes de que yo existiera.
Debajo de la imagen leí:
LAURA HAYES AUXILIAR ADMINISTRATIVA FUNDACIÓN WESTbrIDGE — GABINETE DE PRESIDENCIA
Lo leí otra vez.
—Daniel, usted dijo que no había encontrado ninguna relación laboral.
—No la encontré en los registros digitales disponibles.
—Esto parece una relación laboral.
—Puede que fuera temporal. Los archivos de la época de la ampliación del hospital no se digitalizaron por completo.
Le di la vuelta a la acreditación. Había una fecha de caducidad correspondiente al año anterior a mi nacimiento.
—¿Gabinete de presidencia de quién?
Daniel abrió la carpeta que llevaba.
—En aquella época, Victor Ashford dirigía la fundación, pero la estructura administrativa también atendía al consejo. Necesito consultar los registros internos antes de afirmar para quién trabajaba Laura directamente.
El nombre no era nuevo.
Victor Ashford formaba parte de la historia del Westbridge, igual que Richard Bennett. Aun así, no había motivo para suponer que ninguno de los dos tuviera una relación personal con mi madre.
—¿Hay algo más con su nombre?