El doctor que me rechazó Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Estaba analizando el TAC del niño cuando oí a una enfermera dando instrucciones al equipo a mi espalda. La voz me resultaba conocida, aunque no la escuchaba a menudo desde hacía años.

—La madre todavía no ha firmado la autorización porque nadie ha llamado a un intérprete —dijo Maya—. Ocupaos de eso antes de entregarle otro formulario. Y añadid su peso al registro de traslado. La dosis no se puede calcular a partir de lo que alguien escribió a mano durante el transporte.

Me di la vuelta. Llevaba el uniforme oscuro reservado a la supervisión de enfermería y sujetaba una tableta contra el cuerpo. En la acreditación figuraba un cargo que yo aún no había visto:

SUPERVISORA CLÍNICA — URGENCIAS PEDIÁTRICAS Y TRASLADOS

Maya se dio cuenta de que la estaba observando, pero terminó de dar instrucciones a la enfermera antes de acercarse.

—Hola, doctor Bennett.

—No sabía que hubiera cambiado de servicio —comenté.

—Hace tres meses.

Volví a mirar la acreditación.

—Y que la habían ascendido.

—Salió una nota en el boletín interno.

—No suelo leer los anuncios de recursos humanos.

Maya arqueó una ceja.

—Ya me he dado cuenta.

El tono seguía siendo profesional, pero nunca había vuelto a ser cordial desde la marcha de Julia.

Maya fue la persona más cercana a ella en el Westbridge.

Yo no sabía si seguían en contacto y nunca lo pregunté.

Durante años consideré que estaba respetando la distancia de Julia.

En los momentos más honestos, reconocía que solo estaba evitando información que podría provocar preguntas inconvenientes.

Maya abrió el historial del niño en la tableta.

—El protocolo ha mejorado el tiempo de respuesta, pero el formulario sigue teniendo fallos. No hay un campo obligatorio para el peso del niño ni para la hora de la última comida.

—El hospital de origen debería enviar esa información en el informe clínico.

—Debería —coincidió—. Pero no siempre lo hace. Si el sistema exige rellenarlo, alguien se verá obligado a buscar la respuesta antes de trasladar al paciente.

La sugerencia era sencilla y correcta.

—Mándele el cambio a Rachel. Lo incluiré en la próxima revisión.

Maya pareció sorprendida de que no lo discutiera.

—¿Ya está?

—¿Esperaba que me negara porque la idea no era mía?

—No descartaba la posibilidad.

Antes de que pudiera responder, el niño llamó a su madre. La mujer estaba al otro lado de la mampara, intentando entender las instrucciones de un residente que hablaba demasiado deprisa.

Maya se acercó a la cama, le pidió al médico que esperara al intérprete y bajó la barandilla solo lo suficiente para que el niño pudiera verla mejor.

—Lucas, tu madre está aquí —le explicó—. Solo tiene que hablar con el equipo antes de entrar.

—¿Me van a operar? —preguntó él.

—El doctor Bennett te va a explicar lo que ha salido en la prueba.

Los ojos del niño se volvieron hacia mí.

Me acerqué a la cama y le enseñé la imagen en la tableta sin ponérsela demasiado cerca de la cara.

—Tienes una conmoción y una contusión pequeña en la zona donde te golpeaste la cabeza. Por ahora, no hay indicación de cirugía.

Lucas miró a Maya antes de volver a mirarme.

—¿Entonces puedo irme?

—Todavía no. Tenemos que comprobar si los síntomas mejoran y repetir algunas pruebas.

Mostró más irritación que miedo.

—Mañana tengo partido.

—No vas a jugar.

—Pero es la semifinal.

—Tu cerebro no conoce el calendario del campeonato.

Lucas arrugó la cara.

—Puedo quedarme en el banquillo.

—Tampoco.

Maya escondió una sonrisa mientras preparaba la vía.

—El doctor Bennett no suele negociar cuando tiene razón.

—¿Siempre cree que tiene razón? —preguntó el niño.

—Casi siempre —respondió ella—. Alguna vez el equipo consigue presentar pruebas de lo contrario.

Le lancé una mirada.

—¿Supervisora clínica?

—El ascenso vino acompañado de nuevas responsabilidades —explicó, sin mostrar el menor arrepentimiento.

Lucas pareció más tranquilo después de que su madre entrara acompañada del intérprete. Maya se quedó al lado de la familia durante la explicación inicial, interviniendo solo cuando el residente usaba términos técnicos innecesarios.

Se había vuelto buena en aquel trabajo. Quizá siempre lo hubiera sido.

Cuando salimos de la habitación, Maya me entregó una copia digital de los cambios que proponía para el protocolo.

—Hay otro problema —informó.

—¿Cuál?

—La información médica llega antes que los pacientes, pero algunas familias solo descubren quién va a llevar el caso cuando entran en la habitación. Eso aumenta la ansiedad y repite preguntas que podrían responderse durante el transporte.

—¿Quiere que un médico llame a cada familia antes del traslado?

—Quiero que llame alguien del equipo. Puede ser una enfermera formada para eso.

Analicé la propuesta.

—Tendremos que ampliar la cobertura de la central.

—¿Para eso es la cena de mañana, no?

El comentario podría haber sido una provocación, pero Maya siguió mirando la tableta.

—Incluya el coste en el informe —pedí—. Si las cifras son viables, lo añadimos a la segunda fase.

Ella asintió.

Antes de alejarse, sin embargo, volvió a fijar la atención en mí.

—Enhorabuena por el ascenso.

Tardé un instante en responder. No esperaba oír aquello de su boca.

—Gracias.

—Julia siempre decía que llegaría a jefe antes de los cuarenta y cinco.

Maya pareció darse cuenta demasiado tarde de que la había mencionado. Su cara se cerró y volvió a sujetar la tableta contra el cuerpo.

—¿Cuándo dijo eso? —pregunté.

—Cuando todavía trabajaba aquí.

Aun así, la siguiente pregunta casi se me escapó.

«¿Está bien?».

No la hice.

Maya me observó un segundo más, como si supiera lo que yo había elegido no preguntar.

—Tengo que volver a urgencias —dijo.

Se alejó antes de que yo respondiera.

Me quedé en el pasillo mientras el equipo llevaba a otro niño al área de imagen.

Ella creía que yo llegaría a jefe.

Probablemente también había creído otras cosas sobre mí.