Capítulo 10
Alexander
Mi padre había incluido mi nombre en el programa de la cena, a pesar de mi negativa.
Lo descubrí cuando mi asistente dejó sobre la mesa una carpeta con los materiales preparados por la fundación. En la portada, debajo del logotipo del Westbridge, había una fotografía mía y una frase sobre el nuevo liderazgo de neurocirugía.
Cerré la carpeta sin leer el resto.
—¿Quién ha aprobado esto?
Rachel se quedó de pie delante de la mesa, con la tableta apoyada en el antebrazo.
—El equipo de comunicación de la fundación. Han dicho que el doctor Richard Bennett revisó el material personalmente.
—Que quiten mi fotografía.
Ella dudó antes de recordarme que el evento sería al día siguiente y que la fundación pretendía anunciar el programa de neurotrauma pediátrico durante la cena.
—El programa no depende de mi imagen —respondí.
Rachel asintió, pero no se movió.
—¿Hay algo más? —pregunté.
—El señor Victor Ashford ha pedido que la presentación se quede como está.
Victor Ashford no solía interferir en detalles de comunicación.
Aunque todavía ejercía control sobre la fundación, delegaba la mayor parte de las decisiones públicas.
Si había pedido mantener la presentación, probablemente mi padre lo había convencido de que la fotografía era necesaria para atraer donantes.
—Dígale al equipo que pueden usar los datos del departamento y la información sobre el programa. Mi vida personal no formará parte del material.
—No hay nada personal en la presentación.
Empujé la carpeta en su dirección.
—Hay una página sobre mi familia.
Rachel abrió el material, encontró la sección y la leyó rápidamente.
—Es solo una referencia al hecho de que usted es hijo de uno de los principales miembros de la fundación.
—Exactamente.
Retiró la página y la guardó bajo la tableta.
—Pediré que lo cambien.
—Gracias.
Cuando Rachel salió, volví al informe que estaba analizando antes de la interrupción.
El nuevo protocolo de traslados cumplía una semana.
El tiempo medio entre el primer contacto de un hospital externo y la valoración de un neurocirujano del Westbridge había disminuido.
Seguía habiendo fallos en la comunicación, sobre todo durante la madrugada, pero ningún paciente había llegado sin que el equipo conociera su estado clínico y las pruebas disponibles.
Era un avance.
También era la única razón por la que acepté participar en la cena.
El programa necesitaba recursos para ampliar la cobertura pediátrica.
La administración ya había aprobado el periodo inicial, pero la contratación de nuevos especialistas dependía de una financiación permanente.
Si unas horas en un salón bastaban para garantizar profesionales disponibles durante la noche, asistiría.
Eso no significaba que fuera a permitir que mi padre convirtiera la ampliación del servicio en una celebración de la familia Bennett.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Richard.
Rechacé la llamada y seguí leyendo.
Volvió a llamar menos de un minuto después. Contesté antes de que decidiera presentarse en el hospital.
—Quita mi fotografía del material de mañana.
Mi padre ignoró la exigencia.
—Victor quiere hablar contigo antes de la reunión del consejo.
—¿Sobre el programa?
—Sobre el hospital.
—Eso no responde a mi pregunta.
Richard me informó de que Victor estaría en la sala de la fundación a las cuatro. Consulté la agenda antes de recordarle que tenía una cirugía programada a las tres.
—Pues aplázala —ordenó.
—No.
Hubo un pequeño silencio antes de que mi padre argumentara que, como jefe del departamento, tenía otros cirujanos a mi disposición.
—Precisamente por ser el jefe no cambio una cirugía por una conversación sin tema definido —repliqué.
Richard soltó una respiración impaciente.
—Victor no suele pedir las cosas dos veces.
—Yo tampoco. —Colgué.
La cirugía empezó a las tres y diez.
El paciente era un profesor universitario con una malformación vascular situada en una región que exigía cuidado para evitar daños en el habla. El procedimiento estaba planificado desde hacía semanas y no se lo iba a entregar a otro cirujano para atender a las costumbres sociales de mi padre.
Salí del quirófano poco después de las seis.
El resultado inicial era satisfactorio. El paciente respondió a las pruebas durante el procedimiento y pasaba a reanimación sin señal aparente de afectación.
Cuando salí del vestuario, Rachel me esperaba en el pasillo.
—El señor Ashford sigue en el hospital.
Miré el reloj.
—¿Por qué?
—La reunión del consejo terminó más tarde. Me pidió que le avisara cuando saliera de la cirugía.
Victor podría haberse marchado. El hecho de que siguiera esperando indicaba que la conversación no era solo un intento de mi padre de controlar mi agenda.
—¿Dónde está?
—En la antigua sala de presidencia.
La planta administrativa estaba en el edificio principal, lejos de las áreas clínicas. Cuando llegué, la mayor parte del personal ya había terminado su jornada.
Victor estaba solo delante de una de las ventanas.
A sus cincuenta y ocho años, aún mantenía la postura de alguien acostumbrado a que lo escucharan.
El pelo oscuro empezaba a llenarse de canas en las sienes, pero no parecía alejado de la rutina del hospital.
Participaba en decisiones importantes y seguía los informes con más atención que muchos miembros más jóvenes del consejo.
Se dio la vuelta cuando entré y preguntó por la cirugía.
—De momento ha terminado bien —respondí.
—Richard me dijo que te negarías a aplazarla.
—Entonces no debería haberle sorprendido.
Victor esbozó una sonrisa breve.
—No me sorprendió.
La mesa que había detrás de él estaba cubierta de documentos del consejo. En una esquina había una fotografía antigua del Westbridge, tomada antes de la construcción del pabellón infantil. No presté atención a las personas reunidas delante del edificio.
Victor me señaló una silla, pero me quedé de pie.
—Rachel me ha dicho que quería hablar conmigo —dije.
—Quería entender por qué estás intentando retirar tu nombre de la campaña de financiación.
—No estoy retirando mi nombre. Estoy retirando las referencias a mi familia.
—Para muchos donantes, las dos cosas son lo mismo —observó.
—No deberían serlo.
Apoyó las manos en el respaldo de la silla.
—Te has pasado la carrera entera intentando demostrar que no le debes nada a tu padre.
—No veo cómo eso afecta al programa.
—Afecta cuando tu resistencia empieza a dificultar el trabajo.
La respuesta me incomodó porque tenía algo de verdad.
—Los datos siguen en el material. Mi cargo también.
—¿Y la fotografía?
—Puede quedarse en la página sobre el departamento.
—Pero no en la parte en la que Richard pretende hablar de continuidad.
—No soy una extensión suya.
Victor me sostuvo la mirada.
—Nunca he dicho que lo fueras.
—Mi padre lo dice cada vez que me presenta como la próxima generación del Westbridge.
—A Richard le gustan las historias. Son más fáciles de vender.
—El hospital no debería necesitar una historia familiar para conseguir financiación.
Victor se apartó de la silla y fue hasta la mesa.
—El hospital necesita dinero. Su origen rara vez es tan ordenado como a los médicos les gustaría.
—No tengo ningún problema en hablar con inversores.
Victor me miró.
—Tienes un problema con que asocien tu apellido al cargo.
—He conseguido el cargo por mi trabajo.
—Lo sé. —La respuesta llegó sin vacilar.
Victor abrió una de las carpetas y sacó el informe del programa pediátrico.
—También sé que el consejo no aprobó tu ascenso porque Richard lo pidiera —continuó—. Algunos miembros habrían votado en contra solo por no darle esa satisfacción.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No del todo.
Dejó el informe delante de mí.
—Quieres ampliar la cobertura de neurotrauma infantil. Quieres contratar a dos especialistas y reorganizar el servicio de imagen durante la madrugada. Todo eso cuesta más de lo que la administración tiene en el presupuesto actual.
—Por eso acepté ir a la cena.
—Aceptaste el evento, pero pretendes pasarte la noche recordándoles a todos que no los necesitas.
—No tengo intención de ser hostil.
A Victor le hizo gracia, pero no lo suficiente como para sonreír.
—Rara vez tienes esa intención. Y, aun así, lo consigues.
No respondí.
Cerró la carpeta y retomó el asunto con la objetividad que yo prefería.
La fundación cubriría el primer año del programa si se confirmaban los compromisos anunciados en la cena. Después, el hospital tendría que demostrar resultados suficientes para justificar la continuidad.
Victor preguntó cuántos casos esperaba recibir al mes.
—Entre cuatro y seis traslados, con un aumento durante los periodos de vacaciones escolares.
—¿Y cuántas cirugías?
—No hay forma de preverlo con precisión.
—Entonces el argumento tiene que ser otro.
—Tiempo de respuesta y reducción de traslados secundarios.
Victor asintió.
—Usa eso mañana. No hables solo de cirugías. Explica cuántos niños podrán quedarse en un único centro en lugar de ser trasladados otra vez.
El consejo había hecho la misma pregunta durante la presentación, pero ningún miembro había formulado la ventaja de aquella manera.
—Esa parte estará en el material.
—Asegúrate de que esté en tu intervención.
—No he preparado ninguna intervención.
Victor cerró la carpeta.
—Prepárala.
Su tono no era una orden, aunque se acercaba.
Le pregunté si mi padre le había pedido que me dijera aquello.
—Richard prefiere que hables de legado. Yo prefiero que hables de pacientes.
La diferencia bastó para desmontar parte de mi resistencia.
—Revisaré la presentación.
***
A la mañana siguiente, el Children's Pavilion recibió dos traslados nuevos.
El primero era una adolescente con crisis convulsivas después de una lesión deportiva. El segundo, un niño de diez años que se había golpeado la cabeza al tirarse a una piscina poco profunda. Ninguno necesitaba cirugía en ese momento, pero los dos se quedarían en observación.
El protocolo funcionó como estaba previsto: las imágenes llegaron antes que las ambulancias y las habitaciones estaban preparadas cuando los pacientes entraron en el pabellón.