Capítulo 12
Alexander
La primera imagen llegó a mi teléfono antes de que la ambulancia saliera del hospital de Brooklyn.
Estaba en la consulta del Children's Pavilion, revisando los últimos datos del cuadrante, cuando la central de traslados envió el TAC. Abrí la prueba en el monitor grande y amplié la región temporal izquierda.
La hemorragia era pequeña. No había un desplazamiento significativo de las estructuras, pero la contusión estaba en una zona que exigía atención. El hospital de origen informaba de dos episodios de vómitos, somnolencia creciente y un breve periodo de desorientación.
La paciente tenía cinco años.
Caída por una escalera.
—¿Cuánto falta para que llegue? —pregunté.
Maya consultó la tableta que sujetaba.
—Doce minutos, si el tráfico acompaña. Urgencias pediátricas ya está preparado.
Se había quedado en la planta más allá de su horario para supervisar la implantación del nuevo protocolo. Desde el ascenso lo hacía a menudo, aunque nunca lo admitía cuando alguien insinuaba que estaba trabajando demasiado.
—Quiero un TAC nuevo en cuanto llegue —determiné—. Monitorización neurológica continua y quirófano en alerta.
El teléfono vibró sobre la mesa. El mensaje de mi padre me recordaba que la cena con los inversores empezaría a las ocho, en el salón de la fundación. Yo había accedido a aparecer un rato, aunque prefería quedarme en el hospital mientras el neurocirujano pediátrico estaba fuera de la ciudad.
Escribí que no asistiría.
La respuesta llegó de inmediato.
«Delega el caso. Tu presencia es importante esta noche».
Volví a mirar el TAC. La niña presentaba una hemorragia cerebral y unos síntomas que seguían avanzando.
Puse el teléfono boca abajo sobre la mesa.
—Avise a la fundación de que no estaré en la cena —le pedí a Maya.
Ella levantó los ojos de la tableta.
—A su padre no le va a gustar.
—Sobrevivirá.
Maya no discutió. Cogió su propio teléfono y se apartó para hacer la llamada.
Seguí analizando las imágenes. No abrí los datos de la responsable. El nombre de la paciente ocupaba la esquina superior de la pantalla, pero mi atención estaba puesta en el sangrado y en el intervalo entre los síntomas.
Eleanor Hayes.
El apellido no me llamó la atención. Hayes era común.
La alteración neurológica podía deberse a la propia conmoción, pero el vómito posterior al TAC anterior justificaba el traslado. Si la hemorragia aumentaba, tendríamos poco margen de retraso.
Envié las imágenes al neurocirujano pediátrico que estaba fuera de la ciudad. Respondió que estaba de acuerdo con el manejo y que seguiría disponible por teléfono.
Cuando salí de la consulta, Maya ya estaba dando instrucciones al equipo de urgencias. Dos enfermeras preparaban la cama, mientras un residente comprobaba la medicación y el material para la vía.
—La ambulancia ha entrado en el complejo —informó Maya.
Las puertas automáticas se abrieron pocos minutos después.
Vi primero a los sanitarios y la camilla.
La niña estaba inmovilizada, con la cara pálida y los ojos entreabiertos. Una mujer caminaba a su lado, sujetándole la mano mientras respondía a las preguntas del equipo.
—No ha perdido la consciencia —explicó—. Se quedó confusa después de vomitar y preguntó si estábamos en Boston. El dolor ha aumentado durante el traslado, pero sigue respondiendo cuando la llamamos.
Reconocí la voz antes de verle la cara.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
Llevaba años oyendo aquella voz solo en el recuerdo. Algunas noches recordaba cómo pronunciaba Julia mi nombre cuando estaba enfadada. Otras, el tono más bajo que usaba cuando estábamos a solas.
La voz que tenía delante no tenía ninguna suavidad.
Era firme, controlada y cargaba con el miedo de una madre intentando seguir siendo funcional.
Di un paso al frente.
Julia levantó los ojos.
El impacto apareció primero en su cara. La boca se le abrió ligeramente, pero no salió ninguna palabra. Después, la sorpresa fue sustituida por una expresión que no necesité interpretar.
No quería verme.
El tiempo había cambiado algunos detalles. Llevaba el pelo más corto y recogido de cualquier manera en la nuca. Su cara parecía más madura, con líneas discretas que antes no existían. Vestía ropa sencilla, y había una mancha oscura en la manga de su abrigo.
Aun así, la reconocería en cualquier lugar.
La reacción de mi cuerpo también la reconoció.
No fue solo deseo. Fue el recuerdo inmediato de la cercanía, de las noches en las que yo conocía la temperatura de su piel incluso antes de tocarla.
Aparté aquello.
Había una niña herida entre los dos.
—Julia —dije.
Ella apretó la mano de la niña.
Maya se giró al oír el nombre y se detuvo en mitad de una instrucción.
—Dios mío. —Su expresión cambió al ver a la paciente—. ¿Ellie?
La niña abrió los ojos con cierto esfuerzo.
—¿Tía Maya?
La forma en que se reconocieron generó una pregunta que no tuve tiempo de formular.
Maya se acercó a la camilla, pero mantuvo el comportamiento profesional. Le tocó con cuidado la pierna a Ellie, lejos de la zona inmovilizada.
—Estoy aquí, mi amor.
Julia seguía observándome.
—¿Quién es el neurocirujano responsable? —preguntó.
—Yo.
La respuesta hizo que su mano apretara la barandilla lateral de la camilla.
—Quiero otro médico.
El residente desvió la mirada. Maya no mostró sorpresa.
Mantuve la voz baja para no convertir la urgencia en una disputa delante de la niña.
—El neurocirujano pediátrico está fuera de Nueva York. Yo ya he revisado las imágenes y estoy cubriendo los traslados de esta noche.
—Tiene que haber otro neurocirujano en el hospital.
—Lo hay, pero ninguno ha seguido el caso desde el primer contacto, y el nuevo TAC hay que hacerlo ahora.
Julia miró a su hija.
—Puedo esperar unos minutos.
—No lo recomiendo —repliqué.
Ella volvió a mirarme.
La confianza que tenía en mi competencia empeoraba la situación.
Su expresión se cerró aún más.
—Tú te ocupas de mi hija —dijo, pronunciando cada palabra con claridad—. Nada más.
Mi hija.
—Es lo que voy a hacer.
El equipo empezó a llevar la camilla hacia el box. Julia caminó a su lado, sin soltar la mano de la niña.
Maya me sostuvo la mirada un momento antes de seguir a Julia.
Entré en el box poco después.
Ellie ya había sido pasada a la cama y se quejaba de la luz. La enfermera bajó la iluminación mientras yo me lavaba las manos.
Julia se quedó al lado de su hija.
—Ellie, este es el doctor Bennett —le explicó, sin mirarme—. Va a examinarte la cabeza.
La niña abrió los ojos y me observó. Tenía el pelo oscuro esparcido sobre la almohada y un hematoma empezando a aparecer cerca de la sien.
Me acerqué.
—¿Sabes dónde estás?
—En un hospital.
—¿En qué ciudad?
Miró a su madre antes de responder.
—Nueva York.
—¿Y sabes por qué has venido?
Ellie frunció el ceño.
—Me he caído por la escalera.
Conocía ese gesto. Yo hacía lo mismo cuando una pregunta me parecía demasiado obvia para repetirla.
Le pedí que siguiera mi dedo con los ojos. Después comprobé las pupilas y la fuerza de las manos.
—Apriétame los dedos.
Obedeció.
—Más fuerte.
Ellie aumentó la presión.
—Ya estoy apretando.
Julia cerró los ojos un segundo. Reconocía aquella impaciencia.
—Necesita saber si tus dos manos funcionan igual —explicó.
La niña volvió a mirarme.
—¿Funcionan?
—Hasta ahora, sí.
—¿Entonces puedo dejar de apretar?
—Puedes.
Me soltó los dedos e intentó tocarse el apósito. Julia le sujetó la mano antes de que le llegara a la frente.
—No te toques ahí.
Ellie pareció ofendida.
—Es mi cabeza.
—Precisamente por eso.
Continué la exploración, comprobando la sensibilidad y los movimientos de las piernas. Cuando le pedí que dijera su nombre completo, soltó un suspiro.
—Ellie Hayes.
—¿Ellie es un diminutivo?
—Eleanor.
—¿Cuántos años tienes?
Me enseñó una mano abierta.
—Cinco.
Julia se había ido de Nueva York casi seis años antes.
Eso no significaba nada por sí solo. Podía haber conocido a alguien después.
La niña era hija de Julia. No había motivo para que fuera mía.
—¿Me va a abrir la cabeza? —preguntó Ellie a su madre.
Julia se tensó.
Respondí antes de que ella tuviera que hacerlo.
—Ahora mismo, no.
Ellie se volvió hacia mí.
—Pero ¿tú abres cabezas?
—Cuando hace falta.
—¿Y luego las cierras?
—Siempre.
Se lo pensó.
—¿Con pegamento?
—A veces usamos materiales parecidos.
—Mi profesora usa pegamento blanco.
—Ese no lo usamos.
—Menos mal —murmuró—. Tarda muchísimo en secarse.
Maya disimuló una sonrisa junto al monitor.
Julia no sonrió. Seguía observando cada movimiento mío.
Cuando toqué cerca de la zona golpeada, Ellie se encogió y sintió náuseas. Julia se acercó de inmediato y le puso una mano en el hombro.
—Respira despacio, mi amor.
Cogí la batea antes de que vomitara y ayudé a Julia a mantener la cabeza de la niña en la posición correcta. Nuestras manos se encontraron en un lateral de la almohada.
El contacto duró poco.
Aun así, reconocí su piel.
Julia también lo notó. Los dedos se le contrajeron antes de apartar la mano.
—Ya la sujeto yo —dijo.
No discutí.
La enfermera administró el antiemético después de confirmar la dosis. Ellie cerró los ojos, agotada.
—Vamos a llevarla a repetir el TAC —le informé a Julia—. Tenemos que comprobar si el sangrado ha aumentado.
—¿Puedo ir con ella?
—Hasta la entrada de la sala.
Julia asintió.
Cuando intentó apartarse de la cama, las piernas parecieron fallarle un instante. Fue un movimiento pequeño, pero lo noté.
—Siéntese —le pedí.
Ella se enderezó.
—Estoy bien.
—¿Llevas horas sin comer?
—Eso no es relevante.
—Puede volverse relevante si te desmayas.
Julia me lanzó la misma mirada que usaba cuando yo cruzaba algún límite.
—No necesito que te ocupes de mí.
Antes de que respondiera, Maya le entregó una botella de agua y le señaló la silla.
—Siéntate dos minutos, Julia. No porque lo diga él, sino porque te lo estoy pidiendo yo.
Julia aceptó por ella y bebió un poco de agua sin quitarle los ojos de encima a su hija.
El equipo llevó a Ellie a la prueba. Julia caminó junto a la camilla hasta la puerta del TAC, mientras yo me quedaba unos pasos por detrás.