El doctor que me rechazó Capítulo 9
25%

Capítulo 9

Julia

Ellie se pasó casi todo el aterrizaje con la cara pegada a la ventanilla.

Cuando las ruedas tocaron la pista, me apretó la mano y soltó un pequeño grito de sorpresa. Algunas personas miraron hacia nosotras, pero ella no se dio cuenta. Estaba demasiado ocupada observando los aviones, los vehículos de servicio y los edificios que se acercaban a medida que avanzábamos.

—¿Ya es Nueva York? —preguntó.

—Ya.

—Pero todavía no he visto los edificios grandes.

Le expliqué que el aeropuerto no estaba en medio de Manhattan. Ellie pareció decepcionada unos segundos, hasta que se fijó en otro avión que pasaba cerca de la ventanilla.

Yo no compartía su entusiasmo.

Volver era distinto de lo que había imaginado durante los últimos días.

No hubo ninguna reacción dramática cuando vi la ciudad desde el aire.

Ningún recuerdo apareció entero. Solo reconocí algunas formas, algunos nombres en los carteles y la sensación de estar en un sitio que conocía demasiado bien para que fuera nuevo, pero que ya no me pertenecía.

Casi seis años antes me había ido de allí embarazada, asustada y sin saber si algún día conseguiría construir una vida lejos de todo lo que conocía.

Ahora volvía con mi hija sentada al lado, discutiendo muy en serio si los fantasmas tenían que comprar billetes de avión.

—Yo creo que atraviesan la pared del aeropuerto —concluyó mientras esperábamos para salir del avión—. Así que no necesitan enseñar el carné.

—Eso facilita bastante las cosas.

—Pero a lo mejor no les gusta viajar.

—¿Por qué?

Ellie se colocó bien la mochila pequeña en los hombros.

—Porque, si salen de la casa, otra persona puede quedarse con su sitio.

No la contradije. Ya le había dado más vueltas al asunto de las que yo pensaba darle en todo el viaje.

Daniel Mercer había enviado un chófer a recogernos. Cuando salimos de la zona de llegadas, encontré a un hombre sujetando un cartel con mi nombre. Antes de acompañarnos al coche, confirmó que había un elevador en el asiento trasero.

Ellie entró primero. Le ajusté el cinturón sobre el hombro y comprobé que la banda inferior le pasara correctamente por la cadera. Solo entonces me senté a su lado.

El tráfico avanzaba despacio. Ellie lo observaba todo por la ventanilla, señalando taxis, puentes y edificios que parecían importantes solo porque eran distintos de los que conocía en Boston.

Cuando Manhattan apareció a lo lejos, desvié los ojos hacia el móvil.

Había un mensaje de Daniel confirmando que nos esperaba delante de la casa. Otro era de Maya, enviado aquella misma mañana.

«No desaparezcas sin avisarme. Quiero veros en cuanto estéis instaladas».

Todavía no le había contestado. Maya sabía lo del viaje, pero yo evité entrar en detalles. Contarle que llevaba a Ellie de vuelta a Nueva York significaría escuchar preguntas sobre Alexander. Yo no estaba preparada ni para responder a las mías.

El coche dejó atrás las avenidas más transitadas y entró en una zona residencial de Brooklyn. Las calles eran más estrechas, con árboles plantados junto a las aceras e hileras de casas antiguas.

Ellie empezó a buscar números en las fachadas.

—Esa es vieja —afirmó, señalando una casa con ventanas arqueadas.

—La nuestra también.

—¿Es nuestra de verdad?

—Todavía no sé si nos la vamos a quedar.

Mi hija se apartó de la ventanilla y me miró.

—Pero te la ha dado tu abuela.

—Me la ha dejado. Ahora tengo que conocer la casa antes de decidir qué hacer.

—Yo me quedaría con la casa.

Me reí.

—Si ni siquiera la has visto.

—¡Tiene escalera y a lo mejor fantasma! —Para Ellie, aquello parecía suficiente.

El coche se detuvo delante de una construcción de ladrillo oscuro, de tres plantas y ventanas altas.

Una pequeña escalinata de piedra llevaba a la puerta principal.

El jardín estrecho estaba invadido por plantas que habían crecido sin cuidado, y parte de la pintura de las molduras se estaba desconchando.

Reconocí la casa de la fotografía.

En la imagen, Margaret estaba de pie junto a la barandilla. Ahora, el espacio al lado de la puerta estaba vacío.

Daniel Mercer nos esperaba en la acera. Era un hombre de unos cuarenta años, con un abrigo oscuro y una carpeta fina en la mano. Parecía exactamente como me lo había imaginado después de nuestras conversaciones: formal, atento y poco interesado en ocupar más espacio del necesario.

Se acercó cuando bajamos.

—Señorita Hayes.

Estreché la mano que me tendió.

—Puede llamarme Julia.

Daniel asintió y miró a Ellie.

—Y tú debes de ser Ellie.

Mi hija se quedó a mi lado, observándolo.

—¿Tú eres el hombre de las cartas?

—Creo que sí.

—¿Y ya has entrado ahí dentro?

—Alguna vez.

Ellie lo miró como quien evalúa a un testigo.

—Mi madre tampoco sabe buscar.

—Por lo visto, vamos a tener que aprender.

Mientras el chófer sacaba las maletas, Daniel explicó que había organizado nuestro alojamiento en un hotel a pocas manzanas. La casa llevaba meses cerrada y todavía necesitaba una evaluación más completa.

—La estructura principal parece estable —informó—. Pero no recomiendo que duerman aquí antes de la revisión eléctrica y de la limpieza.

—Tampoco era mi intención.

Me entregó un manojo de llaves y una carpeta con los documentos iniciales. Antes de que subiera los primeros escalones, me pidió que esperara.

—Hay una cosa más. La barandilla interior está suelta y algunos escalones están desgastados. Ya he pedido una inspección para mañana.

Miré a Ellie. Todavía estaba examinando las ventanas.

—¿Lo has oído?

—Sí.

—No vas a subir ninguna escalera sin mí.

Ellie puso cara seria.

—Yo sé subir.

—No es eso lo que te he preguntado.

Daniel mencionó también una filtración en la segunda planta y una habitación que seguía cerrada porque la puerta se había combado. La instalación eléctrica era antigua, aunque no constaba ningún problema reciente.

—Margaret rechazó las reformas durante años —explicó mientras subíamos la escalera exterior—. Aceptaba pequeños arreglos, pero no permitía cambios mayores.

—¿Por qué?

—Decía que la casa ya había sobrevivido bastante tiempo sin que unos extraños decidieran qué hacer con ella.

Me detuve delante de la puerta. La cerradura ofreció resistencia antes de ceder. Cuando empujé la madera pesada, sentí el olor a polvo y a inmueble cerrado durante demasiado tiempo.

Ellie se asomó por detrás de mí.

—Parece una casa de película.

—¿De qué tipo de película? —preguntó Daniel.

—De esas en las que la gente no debería entrar.

El hombre disimuló una sonrisa.

—Eso no ayuda.

—Pero vamos a entrar igual —añadió ella, como si la decisión demostrara valentía.

El recibidor era amplio. Un perchero antiguo seguía junto a la pared y dos butacas estaban cubiertas con sábanas claras. Había una mesa estrecha bajo un espejo manchado y un reloj parado sobre un aparador.

El polvo no era tan denso como me había imaginado. Daniel explicó que un equipo había entrado unos días antes para asegurarse de que no hubiera goteras, animales ni objetos caídos impidiendo el paso.

Aun así, la casa no parecía preparada para recibir a nadie.

Parecía interrumpida.

Los muebles seguían donde Margaret los había dejado. Un par de zapatos estaban alineados cerca de la escalera y un fular colgaba del perchero. Había cartas sobre la mesa, ordenadas por alguien después de la muerte.

Ellie se acercó al reloj.

—¿Está roto?

—A lo mejor solo hay que darle cuerda —respondió Daniel.

—¿A qué hora se paró?

Él se inclinó para mirar.

—A las tres y veinte.

—¿Fue la hora a la que se murió?

La pregunta hizo que Daniel se enderezara.

—No. Margaret murió en el hospital.

Ellie pareció aliviada.

—Entonces no da miedo.

Le cogí la mano antes de que empezara a explorar.

Daniel nos llevó primero al salón principal. Las cortinas pesadas dejaban entrar poca luz, pero se distinguían estanterías, una chimenea de piedra y fotografías sobre un mueble bajo.

Me acerqué despacio.

La primera mostraba a una Margaret más joven, al lado de un hombre que supuse que sería su marido. En la segunda había una niña de unos diez años sentada en un banco de jardín.

Reconocí a Laura incluso antes de que Daniel dijera su nombre.

Mi madre todavía era una niña en la fotografía. Llevaba el pelo recogido en dos trenzas y miraba a la cámara con una expresión impaciente. No sonreía.

Cogí el portarretratos y Ellie se acercó.

—¿Es la abuela Laura?

—Sí, cariño. —Mi voz salió más baja de lo que pretendía.

—Era guapa.

—Sí que lo era.

Ellie observó la imagen unos segundos.

—Parecía enfadada.

—A tu abuela no siempre le gustaba que le hicieran fotos.

Yo lo recordaba. Laura rara vez sonreía cuando alguien apuntaba con una cámara. Decía que la gente debería avisar antes de intentar guardarse la cara de los demás.

Durante años, aquella frase me había parecido solo una de sus manías.

Ahora me preguntaba de dónde venía.

Daniel me dejó unos minutos delante de las fotografías antes de acompañarnos por el resto de la planta.

El comedor tenía una mesa larga cubierta con una tela. La cocina se había reformado en algún momento, pero seguía pareciendo antigua. Había vajilla dentro de los armarios y una lista de la compra sujeta a la nevera con un imán.

Ellie intentó leer las palabras.

—Leche, pan, té —la ayudé.

—¿A ella le gustaba el chocolate?

—Creo que sí, mi amor.

La explicación le pareció adecuada.

Pasamos por una pequeña biblioteca y llegamos al despacho de Margaret. A diferencia de las otras habitaciones, aquella estaba parcialmente organizada. Había cajas etiquetadas por el suelo y documentos separados en carpetas.

Daniel me señaló una silla.

—Esto es solo una parte. El resto todavía se está revisando.

Ellie se sentó en la alfombra, cerca de la mesa, con la condición de no abrir ninguna caja sin permiso. Daniel le dio un bloc de papel y unos lápices que había encontrado en un cajón. Mi hija aceptó la tarea con la seriedad de alguien que acaba de recibir un cargo.

Daniel colocó una caja más pequeña delante de mí.

—Margaret dejó instrucciones específicas sobre algunos objetos.