Capítulo 7 #3
—Envíeme las credenciales del bufete y los documentos iniciales —pedí—. Los revisaré antes de decidir.
Daniel confirmó mi correo electrónico y terminó la llamada después de ponerse a mi disposición para cualquier otra pregunta.
El mensaje llegó pocos minutos después.
En la primera página había una fotografía de Margaret delante de una casa de ladrillo oscuro. La mujer era mayor, llevaba el pelo blanco recogido en la nuca y apoyaba una mano en la barandilla de la escalera.
Amplié la imagen.
Reconocí mis ojos en su cara.
No el color, sino la forma.
Aquello me perturbó más de lo que esperaba. Laura se parecía a mí, pero los recuerdos que tenía de mi madre habían cambiado con el tiempo. Margaret estaba delante de mí en una fotografía nítida.
La casa que había detrás parecía antigua. Algunas plantas cubrían parte de la fachada y la pintura de las ventanas necesitaba arreglos.
La dirección estaba en Brooklyn.
Lo busqué en el mapa y comprobé que la distancia hasta Manhattan era pequeña.
Alexander estaba en la misma ciudad.
Habían pasado casi seis años. Podía estar casado o haber formado una familia. Aun así, la posibilidad de encontrármelo hizo que mi cuerpo reaccionara.
Podía viajar, firmar los documentos y recoger las cosas de Laura sin acercarme al Westbridge.
El problema no era solo verlo.
Era permitir que él viera a Ellie.
Cerré el mapa y fui a la habitación.
Mi hija dormía abrazada a una muñeca. Me senté en el borde de la cama y le acaricié el pelo.
Durante el embarazo prometí que se lo contaría a Alexander cuando me sintiera capaz de enfrentarme a él. Después del parto decidí esperar a que la rutina estuviera estable. Cuando Ellie empezó a hablar, el silencio ya parecía demasiado difícil de romper.
Año tras año encontré una nueva justificación.
Ellie se movió y abrió los ojos.
—¿Mamá? —murmuró, todavía adormilada.
—Perdona. Vuelve a dormirte.
Parpadeó unas cuantas veces antes de fijarse en mi expresión.
—¿Estás triste?
—He recibido una noticia rara.
Ellie se incorporó, esperando a que se lo explicara.
—¿Te acuerdas de la abuela Laura, mi madre?
Asintió.
—He descubierto que ella también tenía una madre.
Mi hija frunció el ceño.
—¿Entonces tú tenías una abuela?
—Sí. Lo que pasa es que yo no lo sabía.
—¿Vive en Nueva York?
—Su casa está allí. Pero ella murió hace poco.
Ellie me cogió de la mano.
—¿Estás triste porque se ha muerto?
Lo pensé antes de responder.
—Creo que estoy más triste porque no tuve la oportunidad de conocerla.
—¿Ella te conocía a ti?
—Sabía que yo existía.
—¿Entonces era nuestra familia?
—Sí.
Ellie bostezó.
—Pero nosotras ya tenemos familia.
—¿Sí?
—Tú, yo y la tía Maya —explicó—. Y a lo mejor el perro, cuando el señor nos deje.
Una sonrisa apareció antes de que pudiera evitarlo.
—El perro todavía no existe.
—Va a existir.
Le coloqué bien la manta y le conté que la casa de Margaret todavía existía en Nueva York.
Ellie se despejó un poco más.
—¿Es una casa vieja?
—Eso parece.
—¿Las casas viejas tienen fantasmas?
—Espero que esta no.
Se lo pensó.
—Los fantasmas no hacen daño. Solo asustan.
—Eso no mejora mucho la situación.
—Sí que la mejora, porque asustar no hace daño.
—Depende del susto.
Ellie volvió a acomodarse en la almohada.
—Si hay un fantasma, ¿puedo verlo?
—No sin mí —respondí.
—Pero tú tienes miedo.
—Precisamente por eso.
Sonrió, satisfecha con la posibilidad de una aventura que yo todavía no había confirmado.
A la mañana siguiente hablé con la dirección de enfermería. Tenía vacaciones acumuladas y podía ausentarme tres semanas después de reorganizar algunas guardias.
Daniel afirmó que ese periodo sería suficiente para resolver la mayor parte de las cuestiones presenciales.
Dos días después me senté en el sofá con el ordenador sobre las piernas y compré dos billetes a Nueva York.
Ellie estaba viendo unos dibujos a mi lado cuando se fijó en la pantalla.
—¿Vamos en avión?
—Sí.
Se acercó.
—¿A la casa de tu abuela?
—A conocer la casa y a recoger algunas cosas que eran de la abuela Laura.
—¿Hay habitación para mí?
—No lo sé, mi amor.
—¿Y escalera?
—Probablemente.
Ellie sonrió de oreja a oreja.
—Yo sé subir sola.
—Aun así, vas a esperarme.
Asintió sin prestar mucha atención. Ya estaba mirando las imágenes de la ciudad en la pantalla.
Antes de que yo terminara la compra, volvió al asunto que parecía más importante.
—Los fantasmas ¿viajan de una casa a otra o se quedan donde se murieron?
—Ni idea.
Ellie pareció decepcionada.
—Tú trabajas en un hospital. Deberías saberlo.
—Los fantasmas no forman parte de la enfermería pediátrica.
—Pues deberían.
—Lo propondré en la próxima reunión.
Asintió, satisfecha de que por fin me estuviera tomando el tema en serio.
Confirmé la compra.
Dos billetes. Nueve días hasta el viaje.
Ellie volvió a sus dibujos, ya imaginando lo que encontraría en aquella casa. Yo me quedé mirando la confirmación en la pantalla.
Volvería a Nueva York para conocer a la familia que mi madre me había escondido.
También llevaría conmigo el secreto que seguía escondiéndole a mi hija.