El doctor que me rechazó Capítulo 7 #2
18%

Capítulo 7 #2

Mi madre había muerto sin decirme quién era mi padre. Crecí sabiendo que existía en algún lugar, pero Laura nunca me dio un nombre. Cuando le preguntaba, respondía que estábamos las dos y que con eso debería bastar.

Después del accidente que le quitó la vida, ningún documento trajo una respuesta.

Ahora yo hacía lo mismo con Ellie.

Quizá aquel fuera el destino de las mujeres de mi familia: madres que convertían a los hombres en secretos e hijas que crecían sin entender por qué. Me pasé años convenciéndome de que mis razones eran distintas de las de Laura, pero el resultado que tenía delante era el mismo.

Yo había prometido darle a Ellie todo lo que a mí me había faltado.

Aun así, le negaba una parte de su propia historia.

—¿Te acuerdas de él? —preguntó, interrumpiendo mis pensamientos.

La miré por el espejo.

—Me acuerdo, cariño.

—¿Tiene el pelo igual que yo?

—Sí.

—¿Y los ojos?

—Sus ojos son más oscuros.

Ellie pareció satisfecha con aquella información. Poco después, sin embargo, preguntó:

—¿Todavía te gusta?

La pregunta me pilló desprevenida.

—Eso pasó hace mucho tiempo.

Volvió a fruncir el ceño.

—Pero ¿todavía te gusta?

—No es tan sencillo, Ellie.

—¿Por qué?

—Porque los sentimientos de los adultos a veces tardan en desaparecer, incluso cuando ya no queremos a esa persona en nuestra vida.

Mi hija se encogió de hombros.

—Entonces todavía te gusta un poquito.

—Yo no he dicho eso.

—Pero tampoco has dicho que no.

No pude evitar una sonrisa breve. Alexander habría reconocido esa lógica y probablemente se habría alegrado de ella.

—Prestas demasiada atención —comenté.

—La profesora dice que prestar atención es importante.

—Imagino que no se refería a la vida de tu madre.

Ellie decidió que la conversación había terminado. Se pasó el resto del camino contándome una discusión entre dos niños de su clase por un lápiz morado.

Cuando aparqué delante de nuestro edificio, ella ya parecía haber dejado a Alexander de lado.

Yo no conseguí hacer lo mismo.

***

Nuestro piso estaba en la tercera planta de un edificio antiguo. No era grande, pero había espacio suficiente para las dos y para la cantidad de juguetes que Ellie acumulaba.

Los dibujos cubrían parte de la nevera. Un montón de libros infantiles ocupaba el rincón del sofá, y yo ya había renunciado a impedir que aparecieran muñecas sobre la mesa de la cocina.

Cuando llegué a Boston viví unos meses en una residencia destinada al personal del Hawthorne. Estaba embarazada, empezando una especialización y calculando cada gasto antes de entrar en el mercado.

Después del nacimiento de Ellie me mudé a un estudio. La cuna estaba al lado de mi cama, demasiado cerca de la pequeña cocina.

El piso actual llegó después de muchas guardias extra y de un ascenso.

No era una vida lujosa, pero era estable. Para mí, eso ya tenía valor suficiente.

Aquella noche dejé que Ellie eligiera la cena como parte de la disculpa por el retraso. Pidió macarrones con queso y zanahorias.

Mientras yo preparaba la comida, ella se quedó en la mesa terminando el dibujo. Añadió un perro entre las dos figuras.

—No tenemos perro, cariño —observé.

Sin dejar de colorear, Ellie respondió:

—Todavía.

—El casero no permite animales.

Levantó los ojos.

—Puede cambiar de idea.

—Hasta entonces, el perro vive solo en el papel —decidí.

Ellie soltó un suspiro exagerado, pero lo aceptó.

Después de la cena y del baño, le leí hasta que me di cuenta de que ya tenía los ojos cerrados. Le coloqué bien la manta y recogí del suelo el calcetín que se había quitado antes de dormirse.

Cuando Ellie era un bebé, busqué a Alexander en cada detalle.

En la forma de las manos, en el pelo oscuro y en la expresión seria que aparecía cuando algo le molestaba. Durante los primeros meses temí que no se pareciera a él y que, si le contaba la verdad, Alexander cuestionara la paternidad.

Más tarde, cuando los rasgos empezaron a definirse, pasé a temer que el parecido fuera demasiado evidente.

Cerré la puerta de la habitación, dejando una rendija abierta.

El móvil sonó cuando llegué a la cocina. El número era de Nueva York.

Pensé en no contestar. La conversación del coche ya había hecho que aquella ciudad ocupara más espacio del que yo quería.

Acepté la llamada en el último instante.

—¿Señorita Julia Hayes? —preguntó una voz masculina.

—Sí.

—Me llamo Daniel Mercer. Soy abogado del bufete Mercer & Cole, en Nueva York. Necesito hablar con usted sobre la herencia de Margaret Hayes.

El apellido me llamó la atención.

—No conozco a ninguna Margaret Hayes.

Daniel hizo una pausa antes de preguntar:

—¿Es usted hija de Laura Hayes?

Tardé un segundo más de lo que debería en responder.

—Sí.

Oír el nombre de mi madre en la voz de un desconocido todavía me incomodaba. Laura murió antes de que yo cumpliera nueve años, pero la recordaba con claridad. Recordaba cómo se recogía el pelo para cocinar, el cuidado con el que comprobaba las puertas y su negativa a hablar del pasado.

—Margaret era la madre de Laura —explicó el abogado.

Me agarré al borde de la encimera.

—Mi madre no tenía familia.

—¿Es eso lo que ella le decía?

—Es lo que yo sabía.

Laura afirmaba que éramos las únicas personas que teníamos. Después del accidente, los servicios sociales no localizaron a ningún pariente. Pasé por familias de acogida antes de quedarme en un centro, y ninguna abuela apareció a buscarme.

Daniel explicó que la relación entre Laura y Margaret se había roto muchos años antes de la muerte de mi madre. Según los documentos encontrados, Margaret había creído durante todo aquel tiempo que Laura y su hija habían muerto en el mismo accidente.

—Yo sobreviví —respondí, más brusca de lo que pretendía.

—Sí. Margaret lo descubrió hace poco.

—¿Cómo se puede creer que una niña ha muerto sin confirmarlo?

El abogado guardó silencio un momento.

—La información que recibió indicaba que no había supervivientes. Hace unos meses, Margaret encontró un documento que contradecía esa versión y contrató a un investigador.

La explicación no acababa de tener sentido.

Yo iba en el coche con mi madre cuando ocurrió el accidente. Pasé semanas en el hospital antes de que me derivaran a acogida. Mi supervivencia constaba en los registros médicos.

Alguien podría haberme encontrado si hubiera sabido dónde buscar.

—¿Cuándo descubrió Margaret quién era yo?

—Cuatro meses antes de morir.

Cerré los ojos.

—¿Sabía que estaba viva desde hacía cuatro meses y no se puso en contacto conmigo?

—Su salud ya estaba bastante deteriorada —explicó Daniel—. Margaret pretendía hacerlo en persona.

—Podría haber llamado por teléfono.

—Podría —admitió.

—¿Ha muerto?

—Hace tres semanas.

Me senté.

Tuve una abuela durante casi toda mi vida y solo descubrí su existencia cuando ya no podía preguntarle nada.

La información no trajo tristeza inmediata. Primero llegó la rabia.

Mi madre me ocultó a Margaret. Margaret tardó en buscarme. Entre las dos había decisiones que ya nadie podría explicarme en persona.

—¿Por qué me llama, señor Mercer?

—Margaret la nombró heredera principal.

Solté una respiración corta.

—Ella no me conocía.

—No en persona. Pero reunió información sobre su vida antes de morir.

Daniel explicó que la herencia incluía una casa antigua en Brooklyn y una cantidad destinada a los gastos iniciales del inmueble. También había documentos, fotografías y objetos que habían pertenecido a Laura.

El dinero no despertó mi interés. Los objetos, sí.

Yo conservaba pocas cosas de mi madre: una fotografía, un abrigo que ya no me servía y una caja de música que dejó de funcionar cuando yo era adolescente. El resto se perdió después del accidente y durante los cambios por el sistema de acogida.

—¿Qué tipo de documentos dejó? —pregunté.

—Cartas y registros personales.

Miré hacia el pasillo que llevaba al cuarto de Ellie.

—¿Hay algo sobre mi padre?

Daniel tardó un poco en responder.

—Hay referencias a un hombre con el que Laura tuvo una relación. Todavía no he encontrado una identificación concluyente.

El corazón se me aceleró.

Quizá Margaret lo supiera. Quizá aquella casa guardara la respuesta que mi madre eligió esconder.

—¿Tengo que ir a Nueva York?

—Parte del inventario puede resolverse a distancia —respondió—. Sin embargo, Margaret dispuso que los documentos personales se le entregaran directamente a usted. También sería prudente evaluar el estado de la casa antes de decidir si quiere conservarla.

Nueva York.

En todo este tiempo, siempre encontré una razón para no volver.

En algún momento, la distancia dejó de ser una necesidad y se convirtió en una elección.