Capítulo 7
Julia
Noah sujetaba el perro de peluche contra el pecho y seguía cada movimiento de mis manos.
El niño tenía siete años y llevaba tres días ingresado. La cirugía cardíaca había salido bien, pero no dejaba que nadie le cambiara el vendaje. Cada vez que una enfermera entraba en la habitación con una bandeja, se encogía contra las almohadas antes incluso de saber qué le iban a hacer.
Aquella tarde entré sin llevar ningún material.
Su madre estaba sentada al lado de la cama. Parecía tan cansada como su hijo, aunque todavía intentaba disimularlo para no ponerlo más nervioso.
Acerqué el sillón y me senté a una distancia que le permitía a Noah observarme sin sentir que yo pretendía tocarlo.
—Tu madre me ha contado que no quieres que nadie te mire el vendaje —dije.
Él escondió parte de la cara detrás del perro.
La madre abrió la boca, seguramente para pedirle que colaborara, pero le hice un gesto discreto para que esperara.
—Yo tampoco dejaría que alguien me tocara sin explicarme antes qué pretende hacer —añadí.
Noah bajó el peluche lo suficiente para mirarme.
—¿Va a doler?
—El esparadrapo puede tirarte un poco de la piel —respondí—. Y a lo mejor escuece cuando te limpie. Si te molesta demasiado, me pides que pare.
Siguió desconfiando.
—¿Y paras de verdad?
—Paro.
—¿Aunque no hayas terminado?
—Aunque no haya terminado.
La posibilidad de controlar el procedimiento pareció tranquilizarlo más que cualquier promesa de que sería rápido.
Le enseñé el material todavía cerrado y le expliqué cómo haría la limpieza. Antes de tocarlo, pegué un trozo de esparadrapo en la pata del perro de peluche.
—Primero puedes hacérselo a él —sugerí.
Noah retiró el esparadrapo despacio y después examinó el peluche, asegurándose de que no le había arrancado ningún pelo.
—No ha sentido nada —informó.
—A lo mejor es más valiente de lo que parece.
—Ya lo han operado.
—Entonces tiene experiencia.
Noah se lo pensó y me autorizó a abrir el material.
Cuando llegó el turno del vendaje de verdad, mantuvo una mano sobre el perro y la otra apoyada en la cama. Me pidió que parara dos veces. Las dos veces esperé hasta que respiró hondo y me dejó continuar.
El móvil me vibró en el bolsillo del uniforme mientras fijaba la gasa nueva.
Lo ignoré.
La segunda vibración llegó poco después. Terminé el procedimiento, comprobé la piel alrededor de la incisión y le dije que todo estaba cicatrizando como debía.
—Lo has hecho muy bien —lo felicité.
Noah levantó la barbilla.
—No me he asustado.
—Claro que no.
—Solo me he quedado quieto porque él necesitaba un buen ejemplo —explicó, señalando al perro.
La madre sonrió por primera vez desde que yo había entrado.
Salí de la habitación y cogí el móvil.
El número del colegio de Ellie estaba en la pantalla.
Miré el reloj del pasillo y sentí que se me contraía el estómago. Mi turno tendría que haber terminado ya. Debería haber salido del hospital casi media hora antes.
Contesté de inmediato.
—¿Señorita Hayes? —preguntó una mujer—. Le llamo del colegio de Ellie. Está todo bien, pero la niña sigue esperándola.
Cerré los ojos un instante.
—Dios mío. Lo siento muchísimo. Me he quedado con un paciente y he perdido por completo la noción de la hora.
La empleada explicó que Ellie estaba con una de las profesoras, pero que el colegio cerraría pronto.
—Salgo del hospital ahora mismo —le aseguré—. Llegaré lo antes posible.
Pedí disculpas otra vez antes de colgar y caminé deprisa hasta el control de enfermería.
Samantha estaba organizando los registros del turno siguiente cuando me acerqué.
—Tengo que irme. Me acaban de llamar del colegio de Ellie.
Consultó el reloj y entendió la situación.
—Ve a buscar a tu hija. Yo termino el relevo.
—Noah está estable —empecé—. El cambio de vendaje ha ido bien, pero la madre sigue bastante angustiada. Si él se queja de dolor…
Samantha levantó una mano.
—He leído tus anotaciones, Julia. Si necesito algo, te llamo.
—Gracias.
—Vete.
Me quité la acreditación, cogí el bolso del vestuario y me puse el abrigo por encima del uniforme. Crucé el aparcamiento casi corriendo.
El coche estaba frío y el parabrisas había empezado a empañarse. Encendí la calefacción y el desempañador mientras intentaba controlar la culpa.
Durante los primeros años de Ellie aprendí a organizar mi rutina con una atención permanente al reloj. Sabía cuánto tardaba en recogerla, en lidiar con el tráfico y en preparar la cena antes de que el cansancio convirtiera cualquier problema pequeño en una crisis.
El hospital, sin embargo, no siempre respetaba los horarios. Una niña asustada podía necesitar más tiempo. Una madre podía hacer otra pregunta. Un procedimiento sencillo podía durar el doble de lo previsto.
Yo lo sabía cuando elegí la enfermería pediátrica. Ellie no debería ser quien pagara esa elección.
Cuando llegué al colegio, la mayoría de las luces ya estaban apagadas.
Encontré a mi hija en un aula cerca de la recepción. Ellie estaba sentada delante de una mesa pequeña, coloreando una hoja con un lápiz morado. La profesora guardaba los últimos juguetes en cajas.
Ellie levantó la cara al oír la puerta.
—Mamá.
No había llanto en su voz. Solo decepción.
Me agaché delante de ella y le cogí las manos.
—Perdona, mi amor. Se me ha hecho tarde en el hospital y no me he dado cuenta de la hora.
Miró el reloj de la pared, aunque todavía no sabía interpretarlo bien.
—Se han ido todos.
—Ya lo sé.
—Ava se fue la primera —me contó—. Después Ben. Hasta Tommy se ha ido, y él tarda muchísimo en ponerse el abrigo.
La profesora escondió una sonrisa mientras cerraba una caja.
—¿Pensabas que no venía? —pregunté.
Ellie apretó los labios antes de responder.
—Sabía que venías. Solo pensé que te habías olvidado.
Yo sabía lo que era esperar mientras los demás se iban. Sabía cómo una niña podía convertir unos minutos en una conclusión que seguiría teniendo sentido muchos años después.
Le acaricié los dedos.
—Se me ha olvidado la hora, pero a ti no te olvidaría nunca.
Ellie estudió mi cara, intentando entender la diferencia.
—¿Había un niño malito?
—Había un niño con mucho miedo.
—¿Y lo has ayudado?
—Lo he ayudado.
Todavía se lo pensó unos segundos antes de poner su condición:
—Pues la próxima vez me llamas.
—Te llamo —prometí.
La profesora se acercó mientras Ellie guardaba los lápices.
—Ha estado tranquila —explicó—. Empezó a preocuparse cuando se dio cuenta de que sus compañeros ya se habían ido.
—Siento haberla hecho esperar a usted también.
—Pasa. Sabemos que en el hospital surgen imprevistos. Solo necesitamos que nos avisen cuando sea posible.
Le agradecí la paciencia y ayudé a Ellie a ponerse el abrigo. Ella se colgó la mochila a la espalda y me cogió de la mano al salir.
Seguía un poco enfadada, pero no me soltó los dedos en todo el camino hasta el aparcamiento.
Al lado del coche, Ellie abrió la mochila y sacó una hoja doblada.
—He hecho esto hoy.
El papel mostraba dos figuras cogidas de la mano delante de un edificio rojo. Una de ellas tenía el pelo largo. La más pequeña llevaba un vestido amarillo y tenía la cabeza demasiado grande para el cuerpo.
En la parte de arriba, la profesora había escrito: Mi familia.
Señalé la figura más grande.
—¿Esta soy yo?
Ellie asintió con la cabeza.
—Tu pelo ha quedado raro porque ya no había más sitio.
—A mí me parece bonito.
Sonrió y me enseñó las dos pegatinas con forma de corazón pegadas entre las figuras.
Abrí la puerta trasera del coche. Ellie se subió a la sillita con respaldo y la ayudé a pasarse el cinturón por el hombro y la cadera. Comprobé que la cinta no estuviera retorcida antes de cerrar la puerta.
Cuando me senté al volante, seguía sujetando el dibujo sobre las piernas.
—Ben ha dibujado a su madre, a su padre y a su hermano —me contó mientras yo arrancaba el coche—. La profesora ha dicho que podíamos dibujar a toda la familia.
La miré por el retrovisor.
—Y tú nos has dibujado a las dos.
—Porque solo vivimos nosotras juntas.
—Ha quedado perfecto.
Ellie pasó el dedo por uno de los corazones. Después de unos segundos, levantó los ojos.
—¿Yo tengo padre?
La pregunta no era del todo nueva, pero nunca la había hecho de una forma tan directa.
Mantuve las manos sobre el volante.
—Sí.
—¿Y dónde está?
—Vive en Nueva York.
Era la primera vez que le daba una ubicación concreta. Ellie repitió el nombre de la ciudad en voz baja, intentando encajarlo en lo poco que conocía del mundo.
—¿Está lejos?
—Un poco. Hay que viajar para llegar.
Salí del aparcamiento. Ellie observó las calles por la ventanilla antes de preguntar:
—¿Él sabe dónde está nuestra casa?
Apreté el volante.
—No lo sabe.
Frunció el ceño. Aquel gesto era de Alexander. Por mucho tiempo que pasara, yo seguía reconociendo la manera en que él se concentraba cuando una explicación no le parecía suficiente.
—¿Por qué? —insistió Ellie.
Respiré antes de responder.
—Tu padre y yo nos conocimos antes de que tú nacieras. Después tuvimos una pelea muy grande y yo me vine a vivir a Boston.
Se removió en la sillita.
—¿Se enfadó contigo?
—Los dos salimos heridos.
Ellie se quedó callada unos instantes. Cuando volvió a hablar, tenía la voz más baja.
—¿Pero él no sabe nada de mí?
—No.
—¿No se lo contaste?
Había muchas formas de suavizar la verdad. Ninguna cambiaría lo que yo había hecho.
—No se lo conté —admití.
Ella siguió observándome por el retrovisor.
—¿Por qué?
—Porque estaba triste y asustada. En aquel momento pensé que estar lejos sería lo mejor para las dos.
Ellie necesitó un rato para pensarlo.
—¿Fue una decisión equivocada?
La pregunta exigía más honestidad de la que yo estaba preparada para ofrecer.
—Puede que sí.
Apretó el dibujo sobre las piernas.
—¿Él también lo hizo mal?
—Sí.
—¿Es malo?
Reduje la velocidad antes de entrar en otra calle.
Podría haberle dicho que no, pero eso borraría lo que Alexander me había hecho. Tampoco podía convertir su peor decisión en todo lo que Ellie sabría sobre su propio padre.
—Hizo una cosa que me hizo mucho daño —respondí—. Pero no era un hombre malo.
Mi hija volvió a mirar el dibujo.