El discreto arte de volverlo… loco (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

L levaba días viajando en una diligencia con Peter y Penny Harris, Jonathan Kistler y la señora Norris, y Victoria estaba ansiosa por llegar a Gosling Park.

Después de que salieran de la posada el día anterior, les habían seguido durante un buen rato un par de hombres de aspecto rudo a caballo.

Los niños estaban convencidos de que eran salteadores de caminos, pero Victoria sentía en lo más profundo de su ser que la buscaban a ella.

Aunque al final los hombres dieron media vuelta y no ocurrió nada más digno de mención durante el viaje, salvo que tuvieron que hacer numerosas paradas debido al estómago delicado del pobre Peter.

Sin embargo, no creía que pudiera descansar tranquila hasta que llegaran sanos y salvos a su destino.

La señora Norris había seguido ofreciendo a los niños caramelos de limón envueltos, que les encantaba recibir.

La vieja niñera no era muy lista, en opinión de Victoria, pero era bastante dulce.

Kistler, por otro lado, resultaba insoportable en muchos sentidos.

El irritable ayuda de cámara se quejaba casi sin parar y miraba a todo el mundo por encima del hombro.

Victoria tuvo que obligarse a no poner al hombre en su sitio, pero una institutriz discreta nunca haría tal cosa, y mantener su identidad en secreto era de suma importancia.

No podía arriesgar el futuro de Edmund por nada.

Por fin, atravesaron el gran muro de contención y Victoria soltó un suspiro de alivio. Ya casi habían llegado. ¡Gracias a Dios! Unos instantes después, el carruaje se detuvo en seco y todos se bajaron. Victoria se quedó casi sin palabras al contemplar un castillo que parecía alcanzar el cielo.

—¡Caramba! —susurró Peter a su lado, asombrado.

—¿Crees que vamos a vivir aquí? —respondió Penny.

Victoria carraspeó y le dio un golpecito en el hombro a Penny.

La chica parecía un poco avergonzada e intentó volver a formular la frase.

—¿Cree que vamos a vivir aquí?

Dado que solo Kistler había puesto los pies en Gosling Park, todas las miradas se dirigieron hacia él.

Con una mirada elitista lanzada desde arriba al grupo, el ayuda de cámara dobló la esquina y entró por una pequeña puerta en la base del castillo, con todos los demás pisándole los talones.

De inmediato, les invadieron los aromas más deliciosos.

Galletas. Jamón. Y algún tipo de tarta, ¿quizá de cerezas?

Estaban en las cocinas: dos enormes salas donde un cocinero y dos pinches ya preparaban la cena.

Victoria nunca había estado en una cocina antes, pero si todas olían tan bien, se propondría visitarlas más a menudo.

Nadie había comido especialmente bien durante el viaje, y los aromas de aquella sala hacían que incluso el delicado estómago de Kistler gruñera.

Pero antes de que nadie pudiera hacerse con el más mínimo bocado, un anciano vestido con librea se plantó en la puerta principal.

Tenía el pelo plateado y unos amables ojos azules que centelleaban mientras sonreía a los niños.

—El señor Peter y la señorita Penélope, supongo.

—Penny —corrigió Penny.

El anciano le guiñó un ojo.

—Soy Dunsley. Permítanme acompañarlos a sus habitaciones.

Luego miró a Victoria.

—¿La señorita Mitford?

Cuando ella asintió, miró a la niñera.

—¿Y la señora Norris?

—Sí, efectivamente —respondió la niñera.

Dunsley abrió la puerta de par en par y les hizo un gesto para que pasaran.

—Bienvenidos a Gosling Park. Estoy seguro de que deben de estar agotados por el viaje.

¿Dónde demonios estaba Henry? Larry frunció el ceño al mirar los huevos al horno que se enfriaban lentamente en el plato que tenía delante.

Llevaba queriendo hablar con su hermano desde la cena de la noche anterior.

Al principio pensó que podría hablar con Henry después del oporto de sobremesa, pero su hermano había eliminado esa formalidad, diciendo alguna tontería sobre no querer que Madeline se quedara sola.

Henry siempre tomaba oporto después de la cena.

Es cierto que Larry no había cenado con su hermano en más de un año, pero hay cosas que nunca cambian. Algunas personas siempre se tomaban las formalidades muy en serio; Henry era una de ellas.

Y otra cosa: Henry siempre se levantaba al amanecer.

Larry volvió a mirar su reloj de bolsillo.

Ya había pasado el mediodía hacía rato; eran casi la una.

¿Dónde demonios estaba el siempre fiable conde de Ravensmere?

Desde luego, no era propio de su hermano seguir los horarios de la ciudad en Dorset.

Sinceramente, no era propio de Henry seguir los horarios de la ciudad ni siquiera en la ciudad.

Justo en ese momento, se abrieron las puertas y una Madeline eufórica y un Henry de aspecto muy satisfecho entraron tranquilamente en el comedor.

¡Maldita sea! Larry frunció el ceño.

¿Conseguiría alguna vez estar a solas con su hermano? ¿Tenía que estar Madeline siempre presente? A juzgar por la expresión de satisfacción en el rostro de su hermano, la pequeña descarada estaba haciendo un excelente trabajo manteniendo a Henry ocupado.

—Oh, buenos días, Larry.

Su hermano asintió con la cabeza a modo de saludo y luego comenzó a llenar su plato desde el aparador.

—¿Buenos días? Un poco tarde para eso, hermano.

Henry sonrió con aire satisfecho.

¡De buen humor! Henry nunca estaba de buen humor. ¡Nunca!

Larry frunció el ceño en respuesta.

Henry tomó asiento frente a él y empezó a cortar sus salchichas.

—Hoy voy a los establos, Larry. ¿Te apetece acompañarme?

—Por supuesto —respondió Larry con indiferencia, aunque suspiró aliviado. Esa era la oportunidad que había estado buscando para hablar con su hermano—. Por cierto, ¿sigues interesado en el semental de Haywood?

Eso llamó inmediatamente la atención de Henry, que apartó el plato.

—¿Te refieres a Devil’s Inferno?

Larry asintió.

—El viejo se ha metido en unos pequeños problemas económicos. No me sorprendería que consiguieras que se deshiciera del animal. A Haywood no le importan los caballos como le importaban a su padre.

Y a Will sin duda le vendría bien el dinero.

Con una sonrisa pícara, Henry asintió con agradecimiento.

—Es bueno saberlo. Gracias.

Madeline se deslizó en un asiento junto a Henry, pero se negó a cruzar la mirada con Larry, lo cual a él le venía de perlas.

Añadió un poco de azúcar y leche a su café y luego lo sorbió con cautela.

Si uno no supiera más, pensaría que la condesa de Ravensmere era la viva imagen de la elegancia y la corrección.

Pero Larry sí sabía cómo eran las cosas.

Mientras Larry se metía un trozo de tostada seca en la boca y alcanzaba su taza, la combinación más extraña de sonidos llegó a sus oídos: primero un chillido agudo que podría haber destrozado los tímpanos y luego varios pares de botas de tacón corriendo por el pasillo frente al comedor.

Casi se atraganta de la sorpresa y derramó su café tibio sobre el plato, salpicándose el regazo.

Sinceramente, aquel viaje a Gosling Park había sido una pesadilla para su vestuario.

Al parecer, la extraña cacofonía de sonidos significaba algo para Madeline, porque sonrió alegremente y se levantó de un salto de la silla.

Larry observó sorprendido cómo ella abría de par en par las puertas del comedor y casi chocaba con un pequeño séquito encabezado por Dunsley.

Al mayordomo le seguían dos niños flacuchos y con pecas, una niñera regordeta y mayor, el irritable ayuda de cámara de Henry, Kistler, y...

Victoria.

No podía creer lo que veían sus ojos. Ella estaba al fondo del ruidoso grupo.

Aunque no se parecía en nada a sí misma. ¿Qué demonios hacía vestida como una sirvienta, con un monótono vestido de casa, gafas de montura metálica y sus bonitos mechones castaños recogidos en un moño de aspecto severo?

Parpadeó. Dos veces. Entonces, el recuerdo de su noche en el Támesis le vino a la mente. El pulso se le aceleró y se sintió de repente débil, pero eufórico por haberla encontrado por fin.

Ella también lo había visto, y sus ojos se abrieron de par en par por el miedo, y luego le suplicaron en silencio que no dijera nada. Se lo debía a ella, al menos hasta que descubriera qué estaba pasando.

Dunsley se hizo a un lado para dejar paso a Madeline, que se agachó para coger a la niña en brazos.

—¡Penny! Me alegro mucho de verte.

La niña se aferró con fuerza a la condesa.

—Me ha costado una eternidad llegar hasta aquí, milady.

¿Quiénes eran esos niños? ¿Y por qué parecían chavales de la calle? Larry estaba a punto de preguntar, pero se dio cuenta de que el chico llevaba a Victoria de la mano. Esperaría un poco más para obtener respuestas.

Madeline besó a la niña en la mejilla.

—Sé que ha sido un viaje largo. ¿Te ha gustado?

—Petey vomitó por todo el suelo y tuvimos que parar. Fue horrible, pero a mí no me pasó. Yo no me mareé.

Petey debía de ser el niño, que ahora se había colocado delante de Victoria y se sonrojaba de pies a cabeza al mencionar su estómago delicado. Entonces Madeline le dio un golpecito en la nariz a la niña con el dedo.

—No debes avergonzar a tu hermano, Penny. Él te ha cuidado muy bien.

El niño y la niña eran hermanos. Se parecían mucho.

Ambos tenían el pelo castaño y los ojos marrones, la misma estructura ósea.

La niña, Penny —creyó él que la había llamado Madeline—, se apartó de la condesa para mirar a Henry con aire interrogativo.

Susurró lo suficientemente alto como para que toda la sala la oyera.

—No pensaba que él fuera a estar aquí.

Henry se rio entre dientes y se agachó para revolverle el pelo a la niña.

—Bueno, señorita Penny, ha habido un cambio de planes. Espero que no te importe, pero a partir de ahora estaremos todos juntos aquí, en Gosling Park.

El misterio de la vida de Henry se hacía cada vez más grande. Primero se había reconciliado con Madeline y ahora vivía con unos niños desconocidos en Gosling Park. Larry miró a Victoria, solo para descubrir que ella evitaba su mirada.