Capítulo 21 #2
Penny se fijó en Larry y preguntó con descaro:
—¿Y tú quién eres? ¿También vives aquí?
Los ojos de Victoria se posaron en los de él, con el pánico reflejado en sus rasgos. Madeline se puso de pie y señaló a Larry con aire formal.
—Este es el hermano de lord Ravensmere, el señor Blackwood. Solo se quedará unos pocos días.
Luego lo miró a los ojos brevemente.
—Estos son Peter y Penny Harris. Son los pupilos de Ravensmere.
Henry era la última persona en el mundo que Larry podía imaginar cuidando de niños huérfanos. No era del tipo cálido y afectuoso. Ni mucho menos. Larry arqueó las cejas y luego miró a su hermano con incredulidad.
—¿Tú tienes pupilos?
—Es una larga historia, Larry.
Henry esbozó una sonrisa burlona y luego asintió al chico.
—El señor Blackwood y yo vamos a bajar hoy a los establos. Tú vendrás con nosotros.
El chico palideció de repente. Quizá su estómago aún estuviera delicado. Pensando en eso, Larry se apartó un poco más del chico —por si acaso—, pero Victoria dio un paso hacia Peter y le apretó los hombros en un gesto de apoyo. Esa interacción hizo que Larry pensara en Edmund.
Nunca había estado más confundido en su vida. Habría dado toda su fortuna por averiguar qué demonios estaba pasando. Miraba a Victoria con tanta intensidad, deseando que ella lo mirara, que no oyó nada más de lo que se dijo. No hasta que oyó a Henry dirigirse a Victoria.
—Usted debe de ser la señorita Mitford —comentó su hermano.
¿La señorita Mitford? Larry casi se atraganta. ¿Como la institutriz desaliñada de Edmund? Volvió a mirar a Victoria. Cómo ansiaba tocarla. La sonrisa que siempre había en sus bonitos ojos marrones había desaparecido.
Algo iba definitivamente mal.
Victoria hizo una reverencia y siguió evitando la mirada de Larry.
—Sí, milord.
—Lady Elbridge tiene mucha confianza en sus habilidades, señorita Mitford. Espero que no me decepcione. Mañana por la mañana pase por mi estudio y repasaremos el plan de estudios de los niños.
—Por supuesto, milord —respondió ella en voz baja.
¿Lady Elbridge? Así que todo aquello era obra de Rebecca. Pero ¿por qué? Larry ni siquiera podía imaginar qué había sucedido para que Victoria llegara a Gosling haciéndose pasar por institutriz.
Henry continuó:
—Dunsley les acompañará a usted y a los niños al aula y luego a sus aposentos.
A sus aposentos. Las habitaciones de la institutriz, al otro lado del aula. La distribución de la casa se le pasó por la mente a Larry.
—Gracias, lord Ravensmere.
Henry se quedó entonces mirando al chico.
—Peter, te espero en el jardín delantero dentro de diez minutos.
Peter asintió lentamente.
—Sí, señor.
Entonces el grupo comenzó a seguir a Dunsley por el pasillo. Victoria se quedó rezagada, detrás de los niños y su niñera. En el último momento posible, antes de desaparecer por completo, finalmente miró hacia atrás a Larry. Sonrió débilmente y luego se esfumó al doblar la esquina.
¿Qué había significado esa sonrisa?
—Humph.
Kistler dejó que su mirada de desaprobación vagara de Henry a la mancha de café en los pantalones de Larry y viceversa. Luego, el molesto ayuda de cámara chasqueó suavemente la lengua, sacudió la cabeza y se escabulló por un pasillo trasero.
Larry dirigió su atención a su hermano.
—¿Cuándo has adquirido pupilos, Henry?
Y, lo que es más importante, ¿a su institutriz?
Madeline le lanzó una mirada desdeñosa.
—Sr. Blackwood, por favor, discúlpenos, ¿quieren?
Con mucho gusto. Había esperado una eternidad para ver a Victoria y no estaba dispuesto a perder más tiempo. Con un breve gesto de asentimiento a su cuñada, Larry se dirigió por el pasillo.
¿Qué hacía Larry allí?
¡Rebecca había dicho que hacía años que no veía al conde! Y, sin embargo, había aparecido allí, precisamente en aquel lugar. ¿Era posible que Larry y su hermano tuvieran más confianza de la que Rebecca creía?
Victoria descartó esa idea casi tan rápido como se le había ocurrido. El propio Larry había calificado a lord Ravensmere de rígido y sin sentido del humor. No creía que fueran especialmente cercanos.
Entonces, ¿qué estaba haciendo él allí? ¿Era solo una coincidencia? ¿O el destino?
Victoria apartó aquellos pensamientos de su mente. No creía en el destino. Georgie no estaba destinada a morir en Derbyshire. Nunca creería eso.
No, el destino no era real.
Pero Larry Blackwood sí lo era.
Ni siquiera se había permitido mirarlo antes, por si acaso él tenía esos ojos verdes fijos en ella. No podía soportar enfrentarse a él con aquel aspecto. Escondida. Vulnerable. Sola.
Tomó otra respiración profunda mientras seguía al viejo mayordomo por el tercer piso, aunque Victoria estaba segura de que solo había oído la mitad de lo que él le había dicho.
Peter y Penny compartirían una habitación contigua al aula, en el ala norte, y ella ocuparía un pequeño dormitorio al otro lado.
Era posible que Larry no la reconociera. No se parecía en nada a sí misma. Tras haber echado más de un vistazo a su propio reflejo, la señorita Mitford no se parecía en absoluto a lady Victoria.
Ni siquiera se sentía ya ella misma.
Él solo se quedaría unos días. Debería ser fácil evitarlo hasta entonces. Simplemente se quedaría en el aula o en sus pequeñas habitaciones.
Por Dios, no estaba preparada para verlo. Dudaba de que alguna vez lo estuviera.
Mientras Peter y Penny exploraban alegremente su nuevo entorno, Victoria entró en la pequeña habitación que Dunsley le había indicado que era la suya.
Pero se le cortó la respiración cuando descubrió que Larry estaba allí, esperándola.
Tenía los brazos cruzados sobre su amplio pecho y estaba recostado contra la única ventana, bloqueando la mayor parte de la luz natural de la habitación. No existía hombre más apuesto, y su corazón latía con fuerza en su pecho, como siempre lo hacía cuando él estaba cerca.
Ella tragó saliva, incómoda.
Todas las esperanzas de que él no la hubiera reconocido se desvanecieron al instante al encontrarse con aquellos diabólicos ojos verdes.
—Princesa, ¿qué haces aquí?
Casi había olvidado cómo el simple sonido de su voz le derretía el corazón.
Oh, cómo deseaba no amar a aquel hombre. No había sido más que problemas desde el día en que lo conoció. Problemas gloriosos y deliciosos… pero problemas al fin y al cabo.
Sin embargo, las cosas eran diferentes ahora. Ella ya no era la misma chica, y tenía preocupaciones muy distintas a las de entonces. Volver a caer bajo el hechizo de Larry no iba a suceder. Había demasiado en juego.
Para ella.
Para Edmund.