El discreto arte de volverlo… loco (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 2) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

De alguna manera, Larry consiguió zafarse de los dedos de su hermano que le rodeaban el cuello y luego se dobló por la mitad mientras jadeaba en busca de aire.

—¡Maldito seas, Henry!

Respiraba con dificultad y tomaba aire lentamente.

—¿Qué demonios te ha pasado?

La verdad era que nunca había visto a su hermano ser físicamente violento.

Henry respiraba ahora con dificultad.

—Lo único que te pedí fue que me devolvieras el maldito colgante, Lawrence. No te pedí que vinieras a visitarme.

Larry ya había tenido suficiente. No, él no era el santurrón intachable que era Henry. Tenía muchos defectos, pero no era un ladrón. Y le hería profundamente que su hermano pensara que lo era.

—Por el amor de Dios, no tengo ningún maldito colgante de zafiro.

—Esmeralda —gruñó Henry en respuesta.

—Oh, bueno...

Larry levantó los brazos al aire con sarcasmo.

—Eso lo cambia todo, ¿no? Ya que voy por ahí robando todos los colgantes de esmeralda que caen en mis manos.

Menos mal que Henry no sabía nada de las dos horquillas de zafiro que Larry llevaba en aquel momento en el bolsillo de la chaqueta, o nunca le habría creído.

Los dos se quedaron allí de pie, evaluándose mutuamente. Finalmente, Henry se dejó caer en un sillón de chintz color salvia y crema y negó con la cabeza.

—Entonces dime esto: ¿por qué te acusaría lady Ridgemont, Larry?

Venganza. Poder. Simplemente por ser una zorra.

En lugar de eso, se encogió de hombros y se conformó con la verdad, sin emociones.

—Louisa está molesta porque he roto con ella.

Luego se dejó caer en el sofá y apoyó los codos en las rodillas.

—Ha puesto a algún canalla de Bow Street siguiéndome a cada paso y ahora te tiene a ti llamándome hasta Dorset.

—Yo no te he llamado a Dorset.

Cierto, pero no podía dejar que su hermano le obligara a marcharse. Con una sonrisa avergonzada, Larry miró a Henry al otro lado de la habitación.

—Quizá no, pero ¿te importa si me quedo un rato? Estoy intentando mantenerme lo más lejos posible de Louisa en este momento.

Henry soltó un suspiro y miró a Larry con el ceño fruncido.

—Ya sabes, nada de esto sería necesario si pudieras mantener ese capullo tuyo donde debe estar.

Eso era quedarse corto, y Larry echó la cabeza hacia atrás y se rió.

—Tú siempre vas al grano, Henry. Pero ¿qué me dices, viejo? Necesito un lugar donde quedarme un tiempo.

—Ya no eres ningún jovencito, Larry. Hace tiempo que deberías haber sentado cabeza. Vuelve a Londres, acaba con lady Ridgemont y madura de una vez.

—Hablas como el hermano mayor que conozco y quiero. Pero, por favor, Rob, solo unos días.

—¿Por qué no te escondes en casa de Elbridge?

Con una sonrisa pícara, Larry se encogió de hombros.

—La verdad es que Rebecca está enfadada conmigo en este momento.

Henry frunció el ceño como si la decisión le costara. Luego, finalmente, asintió.

—Está bien. Pero solo unos días. Y quiero que te mantengas bien lejos de Madeline.

—Ni se me ocurriría molestarla.

De verdad, no lo haría.

—Asegúrate de que no lo hagas o tendrás que darme explicaciones. Y, mientras tanto, espero que le envíes una nota al señor Cooper, ese tipo de Bow Street del que hablaste antes. No voy a dar cobijo a un fugitivo.

—Eres el mejor, Henry. Siempre lo digo.

Sacudiendo la cabeza, Henry salió de la habitación con paso decidido, dejando a Larry mirándolo fijamente mientras se alejaba.

Algo extraño estaba pasando allí.

Larry conocía a Henry de toda la vida. Había visto a su hermano mayor cumplir con sus obligaciones sin quejarse y estar a la altura de las expectativas que la sociedad tenía de él. Y, con el paso de los años, Larry había llegado a creer ciertas cosas sobre Henry.

Una era que su irreprochable hermano siempre hacía lo correcto.

Y otra era que ver crecer un trozo de hierba resultaba más emocionante que el aburrido y viejo Henry.

Desde muy temprana edad, Larry había decidido no seguir los pasos moralmente elevados de su hermano mayor: la vida estaba para disfrutarla, no para soportarla.

Sin embargo, aquella noche, mientras estaba sentado en el comedor de Gosling Park, Larry descubrió algo más sobre su hermano; algo de lo que nunca se había dado cuenta antes:

Henry era un enorme idiota.

¿Cómo era posible que conociera a su hermano desde hacía más de treinta años y solo entonces se diera cuenta de que Henry era un zoquete tan torpe?

Resultaba nauseabundo ver cómo su hermano no dejaba de lanzar a Madeline miradas embelesadas al otro lado de la mesa. Y era igualmente inquietante escuchar al conde y a la condesa reír juntos como una pareja de tontos alocados y enamorados.

¿Qué demonios estaba pasando allí?

Larry entrecerró los ojos al mirar a su cuñada.

Era obvio que ella era la respuesta a todas sus preguntas.

De alguna manera, aquella pequeña bruja engañosa había lanzado algún tipo de hechizo sobre Henry.

Esa era la única explicación que tenía sentido, porque el hombre sentado a la cabecera de la mesa era un completo desconocido para Larry.

Aunque se parecía a Henry, era imposible que aquel hombre fuera su hermano.

Ni por asomo.