El discreto arte de volverlo… loco (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

T ownsend House estaba envuelta en luto y una corona negra adornaba la puerta principal. A Larry se le encogía el corazón con cada escalón que subía hasta que finalmente llegó al porche. ¿Qué había sucedido para que los miembros de Townsend House se sumieran en el luto?

Frunció el ceño mientras el aldabón de latón resonaba contra la puerta.

Cuando Crawford abrió, el anciano parecía angustiado y aún más viejo de lo que era, aunque sus rasgos parecieron relajarse un poco al reconocer a Larry.

—Buenas tardes, señor.

Aquello era una buena señal. Victoria no debía de haberle prohibido la entrada para que el mayordomo se mostrara tan amable.

—Buenas tardes, Crawford. ¿Está lady Victoria? —preguntó Larry al cruzar el umbral.

Pero Crawford bajó la mirada al suelo y Larry sintió que el pecho se le oprimía al instante. Townsend House no podía estar de luto por Victoria.

—Lo siento, señor Blackwood, pero lady Victoria... Bueno, parece que nadie sabe dónde está.

Respiró aliviado. Debía de estar de compras o visitando a alguien.

—Siento no haberla visto. ¿Cuándo espera que vuelva?

—La verdad es que no sabría decírselo, señor. —Aunque parecía como si el anciano tuviera algo más que quisiera decir, y frunció los labios.

Larry frunció el ceño.

—¿Lady Carrington, entonces?

Si quería arreglar las cosas con Victoria, tendría que ganarse a Georgie. Aunque habría preferido tener a Victoria a su lado para lidiar con aquella hermana tan difícil.

Crawford contuvo una lágrima.

—Me temo que lady Carrington ha fallecido, señor.

Conmocionado, Larry se quedó boquiabierto. Conocía a Georgie desde hacía unos quince años. Ella era cinco años más joven que él y gozaba de perfecta salud la última vez que la vio. Era sencillamente trágico.

Antes de que pudiera murmurar sus condolencias, un hombre al que no conocía, pero que le resultaba de algún modo familiar, entró en el pasillo.

—Crawford, ¿quién es nuestro invitado? —preguntó el hombre, que parecía un duplicado exacto del difunto duque de Townsend: entradas en el pelo pelirrojo, nariz grande y bulbosa, ojos azules gélidos.

Larry dio un paso adelante y le tendió la mano.

—Lawrence Blackwood, señor.

Los fríos ojos del hombre se entrecerraron hasta convertirse en dos pequeñas rendijas.

—Ah, el sinvergüenza que arruinó a mi sobrina. No puedo imaginar por qué habéis osado asomaros por aquí, señor.

Aquella acusación casi hizo que Larry se desplomara en el suelo. «Arruinada» era una palabra terrible, por muy cierta que fuera. ¿Pero decirla en voz alta delante del personal de Victoria? ¿Y cómo demonios sabía aquel hombre —Larry aún no sabía su nombre— lo que había ocurrido entre él y Victoria?

—¿Os atrevéis a mancillar el honor de vuestra sobrina?

El hombre mayor resopló.

—Vos os atrevisteis a arrebatárselo. ¿Qué es lo que buscáis, señor Blackwood?

—He venido a ver a lady Victoria.

—¿De verdad? ¿No habéis hecho ya bastante? Deberíais saber que os hago directamente responsable de la muerte de Georgina.

Larry tosió, sorprendido. No era ningún santo, ni mucho menos, y había hecho muchas cosas de las que no se sentía orgulloso. Pero ni siquiera sabía que Georgie había fallecido hasta hacía dos minutos… y desde luego no era responsable de su muerte.

—Me gustaría saber exactamente cómo habéis llegado a esa conclusión —espetó.

El tío, fuera quien fuese, le indicó a Larry que lo siguiera por el pasillo. Ya era hora, maldita sea. Aquellos temas no debían discutirse delante de los sirvientes, por muy leales que fueran.

Finalmente, el hombre se detuvo frente al salón azul e indicó a Larry que entrara.

Ya había un joven en la habitación, y se puso de pie cuando entraron en el salón, mirando con curiosidad al tío.

Pero Larry apenas le prestó atención. Estaba perdido en sus recuerdos.

En su segundo viaje a Townsend House, hacía ya muchas semanas, Victoria se recortaba contra la ventana y Georgie estaba sentada en el sofá, tejiendo.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo al darse cuenta de que aquella escena nunca volvería a repetirse.

Lo que no daría por tener a Victoria allí, de pie junto a la ventana.

Estaba seguro de que debía de estar devastada por la muerte de Georgie y de que debía necesitarlo.

—Nunca habrían hecho el viaje a Derbyshire si no fuera por vos —afirmó el tío con firmeza.

—¡Padre! —susurró el joven con tono de reproche.

Aquello devolvió a Larry al presente y miró con ira al hombre mayor.

—¿Perdón? ¿Y quién sois exactamente?

El hombre finalmente sonrió, aunque fue más bien una mueca de desprecio.

—Lord Albert Bennett, cabeza de familia.

Oh.

Larry hizo una mueca de dolor. Probablemente el hombre tenía motivos para desconfiar de él, entonces. Intentó sonar conciliador.

—¿Quién fue a Derbyshire?

Lord Albert suspiró y se dejó caer en el sofá en el que Georgie había parloteado una vez sobre la gota de la señora Wilcox.

—Mis sobrinas abandonaron Londres a toda prisa, de forma imprudente, después de que arruinarais a Victoria. Al parecer, el viaje fue demasiado para Georgina, que enfermó por el camino. Al llegar a Townsend Chase, sucumbió a la enfermedad y falleció.

—Dios mío —susurró Larry horrorizado. Le costaba demasiado creer que se hubiera ido.

—Y luego Victoria desapareció. Probablemente para huir de la vergüenza que le causasteis.

—¿Desapareció? —rugió Larry.

¿Qué demonios quería decir con eso?

Lord Albert lo miró con el ceño fruncido.

—Pensé que tal vez habría vuelto corriendo con vos, la putita que es. Pero no creo que estuvierais aquí ahora si ese fuera el caso. No obstante, la encontraremos.

Larry quería hacer pedazos a lord Albert. ¿Cómo se atrevía a decir cosas tan horribles sobre Victoria? Ella no era ninguna puta. Su único delito había sido amar a Larry, lo que debería haberla convertido en una santa.

¿Y estaba desaparecida?

La adrenalina comenzó a bombear por sus venas.

—¿Dónde podría estar? —se preguntó en voz baja, aunque el viejo noble lo oyó.

—Como he dicho, la encontraremos. Hace poco le envió una nota a Blackwood, diciendo que se estaba quedando con unos amigos y que sabría cuándo regresaba él y vendría a por Edmund. Así que debe de estar en algún lugar cerca de Londres. Tengo a unos hombres buscándola en este mismo momento.

Por alguna razón, las palabras tranquilizadoras de lord Albert no hicieron que Larry se sintiera mejor. Sentía como si fuera a vomitar. Pero asintió de todos modos.

—Gracias por decírmelo.

Luego se dirigió hacia la puerta. No podía quedarse allí ni un minuto más.

—No sabréis a qué amigos acudiría ella en busca de ayuda, ¿verdad?

Las palabras de lord Albert hicieron que Larry se detuviera en seco. Victoria no tenía amigos. No realmente. Había sido amable con la señorita Clarke a instancias de él. Y se llevaba bien con Rebecca, pero en realidad su hermana era amiga de Georgie.

Pero aunque supiera de alguien, él mismo buscaría en esos lugares. No confiaba en lord Albert ni lo más mínimo. Si alguien iba a encontrar a Victoria, sería él.

Hugh había observado aquella pequeña escena con el corazón encogido. Tenía tantas esperanzas de que Victoria estuviera con ese Larry Blackwood, pero evidentemente no era así. El hombre estaba claramente devastado. Nadie era tan buen actor. Era obvio que se preocupaba por Victoria.

Hugh dirigió su atención hacia su padre.

—¿Por qué no mencionaste Dorset? La carta que lord Albert se había llevado de casa de lord Blackwood mencionaba a unos amigos en Dorset. Era posible que Larry Blackwood supiera quiénes eran.

Y aunque a Hugh le horrorizaba que su padre hubiera robado la carta destinada al vizconde, se sintió aliviado al saber que Victoria estaba a salvo… dondequiera que estuviera.

Su padre lo miró con el ceño fruncido.

—¿De verdad eres tan incompetente, Hugh? El señor Blackwood es la última persona a la que quiero que le llegue esa información. No es de los que nos ayudarían, y parece que realmente se preocupa por esa zorra. Así que lo último que necesito es involucrarlo en la búsqueda de Victoria.

Larry se encontró mirando fijamente la puerta de su hermana en Curzon Street. Llevaba allí de pie probablemente unos diez minutos, pero aún no había llamado. No le daba miedo ver a Rebecca, pero seguía intentando asimilar todo lo que lord Albert le había contado. Y le estaba costando mucho hacerlo.

De repente, la puerta se abrió y Benedict, vizconde de Elbridge, se plantó ante él. Su estirado cuñado era de estatura media y tenía el pelo castaño claro. Siempre llevaba gafas de montura metálica y abrigos sencillos y sin adornos. Rebecca era ostentosa, pero Elbridge era sencillo.

Su cuñado frunció el ceño al verlo y, por un momento, Larry pensó que Elbridge podría darle una paliza por el desastre del cachorro. Qué lejos parecía eso ahora.

—¡Por Dios, Blackwood! ¿Por qué te quedas ahí parado bajo la lluvia? —preguntó Elbridge sorprendido.

¿Lluvia? Larry bajó la vista hacia su abrigo, sorprendido al ver que estaba empapado hasta los huesos. ¿Cómo demonios no se había dado cuenta de eso?

—Yo... eh... Acabo de llegar de Townsend House.

Como si aquella afirmación lo explicara todo.

Al parecer, explicaba lo suficiente, pues Elbridge se hizo a un lado y lo arrastró hacia la entrada. Miró hacia atrás, hacia Merton, con la preocupación grabada en el rostro.

—Por favor, ve a buscar a su señoría. Y luego necesitaremos un té fuerte en el salón.

Elbridge rodeó con el brazo la cintura empapada de Larry y lo condujo al salón blanco. Larry debía de estar aturdido. Él y Elbridge nunca se habían llevado bien, y resultaba un poco desconcertante que su cuñado de repente lo mimara.

—Siéntate. Siéntate. —Elbridge le indicó una silla con un gesto de la mano.

Con el abrigo aún chorreando, Larry negó con la cabeza.

—Rebecca me matará si estropeo una de sus sillas.

Su cuñado resopló ante eso.

—¡Por favor! Solo gastará más de mi dinero en encargar otras nuevas. Siéntate, Blackwood. Parece que vas a desmayarte.