El discreto arte de volverlo… loco (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 2) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Se sorprendió cuando Hugh le llevó el baúl a la habitación. No se quedó mucho rato, pero a Victoria le pareció extraño que no lo hubiera hecho un lacayo. Por supuesto, no había visto al mayordomo, al ama de llaves, a ninguna criada… a ningún sirviente en absoluto.

Qué extraño.

Se dejó caer sobre la cama, se acurrucó y rezó para despertarse en la habitación de Upper Brook Street. Para seguir estando en Londres. Para que todo aquello hubiera sido una pesadilla. Para que Larry la quisiera de verdad.

Victoria no tenía ni idea de cuánto tiempo había permanecido allí, mirando el cielo que se oscurecía lentamente a través de las cortinas, pero al final Georgie llamó a la puerta y entró en la habitación.

—Vicky, ¿qué haces ahí tumbada? ¿No has oído la campana de la cena?

No. No había oído nada. Simplemente negó.

Con un gran suspiro, Georgie abrió el armario de Victoria y sacó un sencillo vestido de cambric rosa pálido.

—Vamos. Levántate. Yo haré de tu doncella.

—No tengo hambre —murmuró ella y se giró de lado.

Georgie no aceptó un no por respuesta y la puso de pie.

—No vamos a ser maleducadas en nuestra primera noche aquí. Ahora, quítate el vestido.

Victoria se deslizó torpemente fuera de la cama haciendo un puchero y se quitó el vestido de viaje por la cabeza.

—No sé por qué…

El grito ahogado de Georgie interrumpió la queja. Entonces Victoria sintió que su hermana le tocaba con delicadeza el moratón del hombro.

—¡Dios mío, Victoria! ¿Te lo ha hecho Larry?

Victoria intentó apartar las manos de su hermana.

—¡No! Por supuesto que no. Me resbalé, Georgie.

El suave tacto de Georgie siguió el moratón hasta el final de la espalda de Victoria.

—Sí, yo también solía resbalarme con bastante frecuencia cuando estaba casada con Carrington. Cuando le ponga las manos encima a Larry Blackwood, te juro que no responderé de mis actos. ¡Por quitarte tu inocencia y hacerte esto!

Victoria se giró para mirar a su hermana, con una única lágrima resbalándole por la mejilla.

—Georgie, Larry no… Te estoy diciendo la verdad. Resbalé al bajar del carruaje. Hacía frío y no estaba en mis cabales.

Pero no parecía que Georgie pudiera oírla. Arrojó el vestido de viaje de Victoria sobre una silla cercana y rápidamente le puso el vestido nuevo por la cabeza. Sin decir palabra, le abrochó el vestido, luego la acompañó hasta la puerta y la condujo hacia el salón.

En cuanto entraron en la estancia, que en su día fue dorada y ahora estaba ligeramente descolorida, Victoria se dio cuenta de que todas las miradas se posaban en ella y de que Althea parecía un poco sonrojada.

Supuso que, si le hubiera importado, habría dedicado más tiempo a reflexionar sobre los porqués de la situación, pero, en realidad, no le importaba lo más mínimo.

Sin embargo, un hombre alto y delgado, con cabello canoso y unos suaves ojos verdes, le llamó la atención. Le resultaba familiar y se encontró mirándolo fijamente.

—¿Nigel?

—¿Prima?

Hugh se interpuso ante ella.

—¿Te acuerdas de Sir Nigel?

¡Sir Nigel! Por supuesto. El magistrado local había sido un querido amigo de su padre. Ella sonrió e inclinó la cabeza.

—Me alegro de volver a verle, señor.

El tío Albert le dio una palmada en la espalda a Sir Nigel y sonrió con aire burlón.

—Ah, Nige, está aquí todo el tiempo. Seguro que lo verás más a menudo. ¿Nos dirigimos a cenar?

Hugh le ofreció el brazo a Victoria, y ella lo aceptó a regañadientes. Solo tenía que soportar la cena y luego podría retirarse a la habitación en paz.

En el comedor, Victoria divisó a su primera sirvienta. Una criada mayor que le resultaba familiar.

—¿Millie? —preguntó a Hugh.

Él asintió.

—Me temo que las cosas han estado un poco justas en los últimos años. Solo quedan Millie y la cocinera.

¿Solo Millie y la cocinera?

¡Por todos los cielos! ¿Dos mujeres eran todo el personal de Townsend Chase? No era de extrañar que el lugar pareciera estar cayéndose a pedazos. Con la cocinera en la cocina, sería imposible que Millie hiciera todo el trabajo de la enorme finca ella sola.

Empezó a sentirse un poco culpable por no haber enviado fondos para mantener el lugar en condiciones, pero no había querido mantener a su tío y a sus primos mientras siguieran viviendo en The Chase.

Pensaba que, cuando Edmund alcanzara la mayoría de edad, echarían de allí a aquellos parientes indeseados y entonces ella haría todas las reparaciones necesarias, pero ahora no estaba tan segura de que The Chase pudiera esperar tanto tiempo.

Se encontró sentada entre Hugh y Sir Nigel, y pronto empezó a jugar con la sopa. *Sopa* era una palabra generosa, ya que se trataba principalmente de agua caliente con apenas unas pocas verduras flotando en ella.

—Las condiciones aquí no son culpa tuya, ya lo sabes —le susurró Hugh al oído mientras posaba la mano sobre la pierna de ella bajo la mesa.

Victoria se enderezó de golpe y miró con ira a su primo.

—Quita la mano ahora mismo —le espetó.

Lentamente, Hugh retiró la mano y esbozó una sonrisa forzada.

—Solo quería consolarte.

—Pues consuela a otra persona —respondió ella con acritud.

El resto de la cena fue bastante incómodo.

Hugh se quedó rígido como una tabla a su lado.

Sir Nigel y el tío Albert hablaban de una cacería tras otra, bebiendo copa tras copa de vino.

Y Althea charlaba sin cesar con Georgie, preguntándole todo tipo de detalles sobre el nuevo marido de Eleanor, que Georgie se inventaba sobre la marcha.

Para cuando terminó de ensalzar las virtudes del capitán Nicholas Ashford, el hombre parecía un auténtico santo.

Cuando los hombres por fin estuvieron listos para el oporto, Victoria estaba a punto de salirse de la piel. Así que se despidió rápidamente de los demás y se dirigió a sus aposentos, dispuesta a olvidarse por completo de aquella noche.

Mientras subía las escaleras, los recuerdos de la infancia en aquella casa la inundaron. Le iba a costar muchísimo esfuerzo devolver The Chase a su estado original. Era la residencia ancestral del duque de Townsend, pero parecía un montón de ruinas.

Cuando dobló la esquina hacia la habitación, Hugh estaba de pie ante ella, bloqueándole el paso.

—Pensé que quizá te apetecería dar un paseo, Vicky.

¡A aquella noche solo le faltaba eso!

Entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos rendijas.

—Hugh Bennett, he sido tan educada como he podido, pero mi paciencia se ha agotado. No quiero dar un paseo contigo. No quiero recordar el pasado contigo. No quiero que me toques. De hecho, preferiría no verte en absoluto. ¿Me he expresado con claridad?

Los ojos azules parecían negros en el vestíbulo tenuemente iluminado, pero él asintió secamente.

—Creo que te entiendo perfectamente. Siento mucho haberte molestado.

Luego pasó junto a ella y desapareció tras una esquina.

Victoria respiró hondo. Odiaba estar allí, ver a aquella gente. Y solo quería irse a casa, dormir en su propia cama y no volver a salir de Londres jamás.

Victoria se quedó en la cama los dos días siguientes, negándose rotundamente a salir.

Era un poco infantil por su parte, pero el único lugar donde se sentía a salvo de sus parientes era encerrada en su habitación.

No leía. No dormía. No comía. Simplemente se quedaba allí tumbada compadeciéndose de sí misma. Y echaba cada vez más de menos a Larry.

Por fin, a la mañana del tercer día, Althea entró en su habitación con una tetera humeante.

—Papá dice que esto te ayudará a sentirte mejor.

Nada podría hacer eso. Victoria esbozó una sonrisa forzada y despidió a su prima. Luego se giró de lado para mirar por la ventana. Dos alondras habían estado cantando toda la mañana, y su alegre canto era lo único que le alegraba el corazón.

Justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, Georgie irrumpió por la puerta sin siquiera llamar.

—Ya está bien. Esto ya ha durado demasiado. Fuera de la cama.

Cuando Victoria refunfuñó y se negó a moverse, Georgie se abalanzó hacia la cama y tiró de la colcha.

—Sinceramente, Victoria, esto no es propio de ti. Nunca te había visto… rendirte así.

—No me apetece, Georgie. Solo quiero que me dejes en paz.

—Bueno, llevas así dos días. No voy a permitir que sigas enfadada por Larry Blackwood, precisamente. Así que levántate y vístete.

Entonces Georgie la empujó hasta el borde de la cama. Cuando los pies de Victoria tocaron el suelo, frunció el ceño, pero se puso de pie y se dirigió al armario. Escogió una muselina color junquillo y se dirigió con paso firme hacia el biombo. Dios no quisiera que Georgie volviera a ver su moratón.

Se quitó el camisón y le pareció oír algo caer en la habitación, pero no le prestó apenas atención.

—No sé por qué no puedes dejarme en paz. Para empezar, no quería venir aquí y tú lo sabías muy bien. Así que no me culpes a mí si no te gusta cómo paso el tiempo aquí, Georgie.

Siguió en esa línea hasta que se puso el vestido de día por la cabeza. Luego volvió pisando fuerte tras el biombo del vestidor y gritó.

Georgie yacía inmóvil en el suelo junto a una taza de té derramada.

Victoria corrió al lado de su hermana y la dio la vuelta. El pulso de Georgie era rápido, más rápido de lo que debería. Victoria siguió gritando pidiendo ayuda, y pronto su tío y sus primos se quedaron en la puerta, observando la escena que tenían ante ellos.

Pálido, Hugh dio un paso atrás tambaleándose.

—Iré a buscar al doctor Perkins.

Althea tocó la cabeza de Georgie y dijo que estaba húmeda. Victoria solo pudo observar horrorizada cómo el tío Albert cogía a su hermana y la acostaba en la cama de Victoria.

—¿Qué ha pasado? —preguntó él.

—No… no lo sé. Fui a cambiarme de ropa y, cuando volví a salir de detrás del biombo, ella estaba allí tirada.

El tío Albert gruñó, le gritó a Althea que limpiara el té derramado y salió de la habitación sin decir una palabra más.