El discreto arte de volverlo… loco (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 2) Capítulo 7 #2
28%

Capítulo 7 #2

Tras una mañana bastante agitada, Rebecca llegó a las habitaciones de Larry en Piccadilly, decidida a averiguar qué pensaba su hermano.

Si se lo tomaba en serio con Victoria, haría todo lo que estuviera en su mano para ayudarle, aunque él no se lo pidiera ni quisiera su ayuda.

Descubrió que los hombres, incluidos sin duda alguna sus dos hermanos, no sabían lo que era mejor para ellos, lo cual era interesante, ya que ella siempre sabía lo que necesitaban.

Por lo tanto, sentía que era su deber ayudarles a encontrar su camino. Muy servicial por su parte, la verdad.

Llamó con fuerza a la puerta de Larry. Eran más de las cuatro de la tarde.

Con suerte, el hombre estaría en casa. De hecho, debería tener a alguien que le ayudara a abrir la puerta, pensó mientras echaba un vistazo al pasillo.

Aunque las habitaciones de Larry estaban bien amuebladas y a la altura de las que habitaban otros caballeros acomodados, tomó nota mentalmente de insistirle a Victoria en que comprara una casa adosada en Mayfair —después de casarse, por supuesto—.

Por fin, la puerta se abrió y Larry se plantó ante ella, vestido únicamente con una bata de seda roja y con el ceño fruncido.

—¿Por qué demonios estás llamando a mi puerta?

Ella lo miró de arriba abajo y arqueó una ceja con aire divertido.

—No tengo ni idea de cómo las mujeres de Londres pueden encontrarte encantador. Yo nunca he visto ninguna prueba de ello. ¿Ahora vas a invitarme a pasar? ¿O ya tienes compañía?

Lo último que Larry quería aquel día era lidiar con Rebecca.

Había pasado una noche inquieta con imágenes de Victoria flotando en su mente, lo cual no le importaba.

De hecho, lo había disfrutado bastante, pero como no había dormido bien en toda la noche, estaba tratando de recuperarse durante el día.

Además, ver a Rebecca en el umbral de su puerta no podía presagiar nada bueno. Sin embargo, una cosa era segura. No podía dejar a su hermana pequeña esperando fuera de su habitación. Así que se giró hacia un lado y le hizo un gesto para que entrara en su santuario.

—Lady Elbridge.

Ella soltó un bufido mientras pasaba junto a él y entraba en su morada.

—Lawrence, ¿qué haces a estas horas del día vestido así?

Las hermanas pequeñas eran, sin duda, las criaturas más irritantes de todas.

—¿Qué quieres, Rebecca?

—Quiero saber —comenzó mientras se dejaba caer en uno de sus sillones— qué tonta crees que soy.

Había un millón de formas diferentes en las que quería responder a esa pregunta, pero no se le ocurría ninguna que no le costara la castración. Sonrió para sus adentros y se apoyó perezosamente contra la pared más cercana.

—Esa es una pregunta peligrosa de responder.

Sus cejas se arquearon con altivez.

—¿Pensabas que, como no me encontraba bien, no descubriría lo que estabas haciendo? ¿De verdad pensabas que la gente no me lo diría? He estado toda la mañana rodeada de visitas, Lawrence, empezando por Georgie y terminando con lady Strickland.

No debería haberse sorprendido. A decir verdad, debería haber esperado aquella entrevista, haberse preparado para ella.

Por un breve instante consideró contarle todo a Rebecca: que Victoria le aceleraba el pulso; que estaba completamente enamorado de ella en todos los sentidos; que estaba esperando ansiosamente el momento de poder seducirla, de hacerla suya.

Bueno, consideró contarle todo a su hermana excepto esa última parte.

A Rebecca no le habría gustado eso, y por segunda vez aquel día le vinieron a la mente imágenes de ser castrado a manos de su hermana.

Nunca era la mejor forma de empezar el día.

En lugar de eso, decidió seguir con la misma versión que le había dado a Haywood. Había aprendido desde el principio que, si vas a mentir, es mejor ceñirse a la misma historia, ya que así la vida es menos complicada.

—Supongo que me estás preguntando de forma bastante indirecta por lady Victoria.

—Por supuesto que sí.

Cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con ira.

—He oído contar a Georgie que Townsend House está invadida de orquídeas. La tía Jane me ha dicho que estabas de muy mal humor después de haber perdido a Victoria, aunque no tengo ni idea de por qué. Y lady Strickland quedó horrorizada con tu vals increíblemente escandaloso de anoche.

Ella entrecerró aún más los ojos al mirarlo, y él supo que estaba tratando de sacarle una reacción.

—Le aseguré que tus acciones podían atribuirse a que no has pasado suficiente tiempo en la alta sociedad en los últimos años y no a una falta de educación por tu parte. Sinceramente, cariño, tu comportamiento maleducado me hace quedar mal, ya lo sabes.

Parecía que su diatriba había llegado a su fin. Larry se encogió de hombros con indiferencia.

—Diles lo que quieras, Rebecca. Realmente me da igual. He hecho un trato con lady Victoria y tengo la intención de cumplirlo.

Rebecca abrió mucho los ojos, sorprendida, y Larry resistió el impulso de sonreír. Era obvio que ella no se lo esperaba, y a él siempre le había encantado desestabilizarla.

—¿A qué te refieres con trato? —preguntó ella con recelo.

Larry se pasó una mano por el pelo y se apartó de la pared, para luego dejarse caer en el otro sillón de cuero de la habitación, frente a su hermana.

—Le prometí que me desharía de sus pretendientes cazafortunas, incluido Haywood. Así que tiene que parecer que la estoy cortejando. Espero que tú mantengas esto en secreto, ya que Victoria no quiere que Georgie lo sepa.

—¿Y tú qué sacas de todo esto?

No pudo evitar esbozar una sonrisa. Era la misma pregunta que le había hecho Victoria. Rebecca obtendría una respuesta diferente.

—Me ha prometido que ayudará a Haywood a ganarse el afecto de la señorita Susan Clarke.

—¿La hija del comerciante de té? —preguntó Rebecca, con evidente recelo en la voz.

—Efectivamente. Victoria pensó que podrían hacer buena pareja.

Ella lo estaba estudiando de nuevo, y Larry se retorció en su asiento a su pesar. Esperaba que Rebecca dijera algo, no que se limitara a mirarlo fijamente con esos ojos color avellana tan inquisitivos que tenía. Finalmente, se enderezó y frunció el ceño.

—¿Y este trato tuyo incluía arruinar por completo la reputación de Victoria?

Larry sintió cómo se le tensaban todos los músculos ante sus palabras.

—Por supuesto que no.

—Entonces quizá quieras dar marcha atrás un poco, cariño.

Durante toda la mañana, Townsend House ha estado sitiada por todos los libertinos y donjuanes en un radio de ocho kilómetros de Mayfair.

Al parecer, todos piensan que si lady Victoria te ha llamado la atención, entonces debe de tener atributos que no habían notado antes…

incluido un gusto indiscriminado. Por cierto, Georgie está muy descontenta con esta nueva hornada de pretendientes.

Larry tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no levantarse de un salto de la silla, ponerse la primera ropa que viera y salir corriendo hacia Townsend House.

La idea de que los libertinos de Londres se hubieran fijado en Victoria por su culpa le revolvió el estómago.

Ella iba a ser suya. Pero se quedó sentado, rígido, y se las arregló para encogerse de hombros.

Mostrar debilidad ante Rebecca equivalía a rendirse.

—Victoria es sin duda capaz de despacharlos como le parezca oportuno.

Iba a estrangular personalmente a cualquier hombre que la tocara.

Sin previo aviso, Rebecca se levantó y se dirigió hacia la puerta.

—Muy bien, Lawrence. Intenta comportarte un poco mejor en público y sé amable. No me gustaría que acabaras rompiéndole el corazón a la pobre chica.

Entonces su hermana salió y lo dejó solo, herviendo en silencio.

Rebecca sonrió todo el camino hasta su carruaje.

¿A quién creía que estaba engañando? Lo conocía de toda la vida.

Estaba locamente enamorado de la chica y simplemente no quería que ella se entrometiera.

Pero ella lo quería lo suficiente como para hacerlo de todos modos.

Menos mal que ahora se sentía mucho mejor, porque no se perdería otro evento social ni aunque estuviera en su lecho de muerte.

Escuchar los rumores de los demás era una cosa.

Necesitaba ver lo que estaba pasando de primera mano.