El discreto arte de volverlo… loco (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

La risa de Victoria era encantadora, musical para sus oídos.

Él se rio con ella. Entonces ya no pudo resistirse a tocarla más, y rozó con el pulgar el lado de la mejilla.

Ella se volvió ante el contacto para mirarlo a los ojos, y él estuvo a punto de besarla.

Llevaba pensando en hacerlo desde la última visita a Townsend House, pero algo lo había frenado.

Se quedaron allí sentados en silencio, mirándose, y Larry se sintió completamente hipnotizado por los ojos inocentes y la sonrisa angelical.

Ella era verdaderamente diferente a cualquier otra mujer que hubiera conocido jamás.

Cuando se humedeció los labios, sus ojos siguieron el movimiento y él se sintió como un hombre muriéndose de sed, una sed que solo ella podía saciar.

Muy suavemente, se inclinó hacia delante y presionó sus labios contra los de ella.

Sabía a miel, deliciosa y pecaminosamente dulce.

Puro cielo. Larry gimió de placer y deslizó cuidadosamente la mano por su costado, sintiendo las deliciosas curvas del cuerpo.

Ella suspiró contra su boca y él se sumergió en ella, saboreando cada centímetro de su ser.

Entonces sintió las manos de Victoria en el pecho, empujándolo. A regañadientes, la dejó marchar. Ambos respiraban profundamente y le costó todas sus fuerzas no atraerla hacia el regazo para poder devorarla un poco más.

Pero Victoria fruncía el ceño.

—¿Por qué haces esto?

Porque era tocarla o volverse loco de deseo.

—No puedo evitarlo —respondió él en voz baja mientras le acariciaba el lado del esbelto cuello.

La piel de Victoria era más suave que la seda más fina que jamás hubiera tocado, y él había tocado bastante seda.

—Seguro que sientes esta conexión que hay entre nosotros.

Ella tragó saliva y cerró los ojos.

—Una conexión que estoy segura de que has sentido con cientos de personas antes de que yo me cruzara en tu camino.

Pero no era lo mismo. Aquella magia, aquella atracción, aquella necesidad de estar con ella era diferente a cualquier otra que hubiera experimentado antes.

Se inclinó hacia delante y rozó con los labios la dulce suavidad del cuello de Victoria, saboreando la piel.

Una oleada de deseo lo recorrió, más fuerte de lo que jamás había sentido.

—Princesa —susurró—, no eres como ninguna otra.

Luego apoyó la frente contra la de ella y se perdió en las profundidades color chocolate de sus ojos.

—Veo quién eres realmente, ¿sabes? La mujer hermosa y cálida que hay en tu interior, no esa fría e indiferente que se muestra al resto del mundo. Y voy a llevarte a lugares con los que nunca has soñado.

Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Victoria.

—Eres un hombre peligroso.

Él se rio y le besó la punta de la nariz.

—No para ti. ¿A qué evento vas esta noche?

—Al baile de Strickland.

Perfecto.

Sonrió con aire de lobo y enrolló un mechón del cabello castaño alrededor del dedo índice.

—Os acompañaré a ti y a Georgie.

—No sé si ella lo permitirá.

Victoria volvió a mirar hacia la puerta abierta.

—Por supuesto que lo hará. Te estoy cortejando y ella es la mejor amiga de mi hermana. A Georgie ni se le ocurriría decir que no.

—¡No! —exclamó Georgie enfáticamente mientras daba vueltas por el dormitorio de Victoria—. Ni hablar. ¿Te has vuelto completamente loca, Victoria?

¿Su mente? Quizás. ¿Su corazón? Sin duda alguna.

Victoria contuvo una sonrisa mientras se ponía el vestido azul hielo que Ellie, su doncella, acababa de entregarle.

A Georgie no le habría gustado esa sonrisa.

En su lugar, respiró hondo para tranquilizarse mientras Ellie le subía el vestido hasta los hombros y empezaba a abrocharse la espalda.

—No hay nada por lo que alterarse, Georgie.

Su hermana frunció los labios, lo que la hacía parecer bastante mayor de los veintisiete años que tenía.

—Vicky —dijo con ese tono maternal que adoptaba cada vez que sus hermanos menores hacían algo con lo que no estaba de acuerdo—. No podemos asistir al baile de los Strickland con Lawrence Blackwood como acompañante. La gente pensará...

—Que me está cortejando. Que es precisamente lo que está haciendo.

Ellie había terminado de abrochar los botones de la espalda del vestido y ahora conducía a Victoria hacia su tocador. La doncella preguntó en voz baja:

—¿Quiere que le recoja el pelo otra vez, milady?

Con un gesto de asentimiento agradecido, Victoria sonrió a la chica.

—Sí, por favor.

Luego volvió a centrar su atención en su hermana.

—Georgie, intenta alegrarte por mí. Déjame disfrutar de esto. Es el primer pretendiente con el que realmente quiero pasar tiempo.

—Solo porque nunca le diste a ninguno de los otros una oportunidad de verdad —respondió Georgie con amargura mientras se dejaba caer sobre el colchón de Victoria y apoyaba la cabeza contra el poste de la cama.

—Porque ninguno de los demás se lo merecía. Por mucho que prefieras ignorarlo, no iban detrás de mí, sino que estaban obsesionados con mi fortuna.

Georgie murmuró algo ininteligible entre dientes y, aunque Victoria no oyó todas las palabras, el significado estaba claro.

Su hermana no creía que las intenciones de Larry fueran honorables.

Lo cual, por supuesto, no lo eran, pero ella no podía admitir tal cosa ante su hermana, y desde luego no podía confesarle que lo último que deseaba eran las honorables intenciones de Larry.

A pesar de que el mero hecho de estar en presencia de aquel pícaro le hacía dar un vuelco al corazón, no tenía ningún deseo de casarse con él.

Sus sentimientos al respecto no cambiarían.

Jamás. No había hombre en la tierra que pudiera tentarla a renunciar a su libertad, ni siquiera Lawrence Blackwood.

Qué suerte que él la entendiera, e incluso sintiera lo mismo.

Lo único que quería era disfrutar pasando tiempo con él. Sin preocupaciones por el futuro. Sin inquietudes por lo que se consideraba correcto. Simplemente disfrutar de su compañía. Pero Georgie nunca podría entender eso, y Victoria nunca podría explicárselo.

Así que fingió no haber oído el comentario burlón y, en su lugar, se miró en el espejo.

Ellie había hecho un trabajo maravilloso.

Sus mechones castaños estaban recogidos en un moño alto, sujetos por delicadas horquillas de perlas a juego con el ribete del corpiño de su vestido.

No era vanidosa, pero sonrió a su imagen en el espejo, esperando que a Larry le gustara su aspecto.

Larry se sirvió una copa de brandy en el salón azul de Townsend.

Justo cuando el cristal biselado tocaba sus labios, la puerta se abrió silenciosamente.

Un movimiento en el rabillo del ojo llamó la atención de Larry, y al volverse se encontró a Edmund de pie ante él con una sonrisa de satisfacción pegada a su joven rostro.

—Te dije que podría distraer a Georgie.

Con una ceja levantada, Larry reprimió una sonrisa. Por mucho que hubiera agradecido la intervención de Edmund más temprano aquel mismo día, no quería que el chico se metiera en problemas. Era mejor no animarlo.

—Espero que no se haya enfadado demasiado contigo.

Edmund se encogió de hombros.

—Ella está enfadada conmigo todo el tiempo.

Larry se bebió el brandy de su copa.

—Te entiendo perfectamente. Mi hermano mayor tampoco estaba nunca contento conmigo.

—¿En serio? —preguntó Edmund.

Sus ojos azul verdosos se abrieron como platos.

—¿Cuándo cambió de opinión?

—Nunca lo hizo —respondió Larry y se dejó caer en el sofá, con Edmund justo a su lado—. Seguimos sin ponernos de acuerdo, y dudo mucho que alguna vez lo hagamos. No te lo deseo, Edmund. Georgie te quiere mucho. No la enfades por mi culpa, aunque te agradezco el esfuerzo.

Edmund pareció reflexionar sobre esas palabras por un momento y frunció el ceño.

—Siempre quise tener un hermano. Pero en su lugar me han endosado tres hermanas.

Larry se rió entre dientes y le dio una palmada en la espalda a Edmund en señal de consuelo.

—Mi más sentido pésame. Yo solo tengo una hermana, y no puedo imaginarme tener que vivir con tres.

En ese momento, se abrieron las puertas del salón y Victoria y Georgie entraron con paso firme. A Larry se le secó la boca al ponerse de pie y cruzar la mirada con Victoria.

Estaba impresionante. Sus esbeltos hombros asomaban por un fresco vestido azul adornado con diminutas perlas. Sus cálidos ojos marrones brillaban mientras le devolvía la mirada, y el calor se extendió por todo su cuerpo.

Georgie carraspeó educadamente, y Larry salió de su trance para sonreír a la marquesa.

—Buenas noches, lady Carrington, lady Victoria. ¿Están listas?