El discreto arte de volverlo… loco (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 2) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

El corazón de Susan se aceleró, pero se las arregló para asentir con la cabeza. Solo esperaba poder encontrar la voz y no hacer el ridículo.

Susan tardó menos de dos minutos en perder por completo el corazón ante lord Haywood. No se parecía a ninguno de los caballeros con los que solía relacionarse. Parecía tan seguro de sí mismo.

—Blackwood ha tenido que arrastrarme hasta aquí esta noche —admitió el apuesto barón después de que se alejaron del grupo numeroso y bullicioso.

¿Tampoco él había querido asistir? A Susan le pareció muy refrescante su honestidad. ¿Cuántas veces había escuchado a los favoritos de la sociedad limitarse a decir lo que se esperaba de ellos?

Lord Haywood continuó en voz baja:

—Tenía planeada una velada en el teatro, pero ahora…

—¿El teatro? —preguntó Susan con asombro, y sus ojos se posaron en los de él—. Se suponía que debía asistir a Drury Lane esta noche antes de que mis planes cambiaran.

Los ojos oscuros del apuesto lord Haywood brillaron.

—¿Mucho ruido y pocas nueces? Ahí es donde me dirigía. Quizás, señorita Clarke, estuviéramos destinados a encontrarnos en un lugar u otro.

¿Podría ser eso cierto? Qué pensamiento tan feliz.

—¿Le gusta Shakespeare, milord?

—Por supuesto —respondió con una sonrisa despreocupada—. Aunque prefiero sus tragedias. Mucho más fieles a la vida, ¿no le parece?

Ella sonrió ante eso.

—Por eso debo de preferir sus comedias: son un escape de la vida real.

Larry observaba a Will y a la señorita Clarke pasear por el salón de Danbury, con las cabezas inclinadas la una hacia la otra en lo que parecía una conversación profunda.

Se sentía bastante satisfecho con su esfuerzo hasta el momento, y estaba sorprendentemente complacido con la señorita Clarke, aunque ella parecía tímida.

Era una chica monísima. Además, Will era un pésimo actor y, a pesar de su reticencia a conocer a la chica, sí parecía estar disfrutando de su conversación con la señorita Clarke.

Así que, tal vez, aquel emparejamiento fuera lo mejor.

A decir verdad, toda la situación no podría haber salido mejor de lo que él esperaba. Bueno, podría haberse topado con Victoria antes, pero…

¿Dónde estaba Victoria?

Sin duda, la habían invitado, y él le había dicho que estaría allí. Debería estar aquí. Tenía tantas ganas de ahuyentar a su séquito de pretendientes, empezando por la fiesta de su tía.

—Livvie —dijo, interrumpiendo a su prima en medio de una risita por algo que había dicho un joven comandante del ejército—. ¿Has visto esta noche a lady Victoria Bennett o a lady Carrington?

Los inteligentes ojos color avellana de Olivia se fijaron en él.

—¿Necesitas que te las vuelva a presentar, Lawrence?

Levantando una ceja, la miró de arriba abajo.

—Conozco perfectamente a ambas damas. Muchas gracias.

Ella ladeó la cabeza y sonrió, como si supiera exactamente hasta qué punto le gustaría conocer a una o a ambas damas. ¡Maldita sea! Casi había olvidado que Livvie era tan perspicaz como Rebecca. Ahora también tenía que tener cuidado con ella.

—Lawrence conoce íntimamente a la mayoría de las damas, ¿verdad, cariño? —dijo una voz detrás de él, una voz que podría pasar toda la vida sin volver a oír jamás.

Larry se dio la vuelta para mirar a Louisa Ridgemont con el ceño cada vez más fruncido.

—Milady, no creo que esta sea una conversación apropiada… especialmente delante de mi joven prima.

Pero Louisa se limitó a esbozar una sonrisa burlona.

—Entonces quizá deberíamos tenerla en algún lugar privado.

Por encima de su cadáver.

—Quizá debería tenerla con Ridgemont en su lugar —espetó.

Ella ni siquiera se inmutó; solo arqueó su delicada cejita con sorna.

—No sé por qué querrías involucrarte ahora, cariño. ¿O es que tus perversiones han cambiado desde la última vez que nos vimos?

Iba a matarla. ¿Cómo se atrevía a decir algo así delante de Olivia y sus amigas?

Louisa se estaba descontrolando cada vez más.

La agarró del brazo y la arrastró bruscamente por el salón, por el pasillo principal y fuera por la puerta principal.

No se detuvo hasta que estuvieron lejos de la vista de la entrada de Danbury.

Ella se había reído tontamente durante todo el camino, y ese sonido le ponía los pelos de punta.

—¿Adónde vamos, Lawrence?

Larry inclinó la cabeza para mirarla directamente a los ojos.

—Nosotros no vamos a ninguna parte, Louisa.

Le señaló con el dedo.

—Esto tiene que acabar. Creía que lo había dejado perfectamente claro.

Ella puso morritos e intentó acurrucarse contra él, entrelazando los dedos en su cabello.

—Cariño, ¿por qué tienes que ser tan duro? Solo quiero hacerte feliz, como solía hacerlo.

—Lady Ridgemont —espetó enfadado—, nunca fui feliz con usted. Vuelva con su marido.

Louisa se alejó de él y, por primera vez, su bonito rostro se arrugó.

—Nosotros habremos terminado cuando yo lo diga y no antes. Tenlo en cuenta.

Entonces, con un enérgico movimiento de sus faldas, Louisa dio media vuelta y entró furiosa en la mansión de Danbury.

Larry alzó la vista al cielo, esperando algún tipo de intervención divina… aunque, sinceramente, él sería la última persona que mereciera tal ayuda.