Capítulo 3 #3
—Soy Larry —respondió con una sonrisa divertida y una ceja levantada.
Edmund estaba ahora completamente seguro de que le gustaba aquel hombre. Había algo en él.
—Larry, ¿conoces a mi hermana, lady Carrington?
Larry asintió con la cabeza.
—Conozco a Georgie desde hace bastante tiempo. Ella fue a un colegio de chicas con mi hermana, lady Elbridge.
Edmund tomó nota mentalmente de eso. Conocía bastante bien a lady Elbridge.
—Ella dice que eres un sinvergüenza. ¿Es eso cierto?
Larry volvió a reírse entre dientes mientras observaba al muchacho.
—No sería la primera en pensarlo.
—Pero no harás daño a Victoria, ¿verdad?
Esto era lo que Edmund quería saber desesperadamente. Por mucho que le cayera bien Larry, no podía dejar a Victoria desprotegida. Solo tenía nueve años, pero era el duque de Townsend.
—No tengo intención de hacerle daño a tu hermana. Le tengo mucho cariño.
Larry parecía sincero, y Edmund le creyó. Exhaló un suspiro de alivio. En definitiva, había sido bastante fácil. Debería haberse interesado más por los pretendientes de Victoria hacía mucho tiempo.
—Bien. —Sonrió—. Entonces te ayudaré a mantener a Georgie distraída, si me necesitas.
Habían llegado a la gran puerta principal de caoba y Larry le tendió la mano a Edmund, con un brillo en sus ojos verdes.
—Creo que tú mismo llegarás a ser un sinvergüenza espectacular algún día, Edmund.
A Edmund le gustó cómo sonaba eso y esbozó una sonrisa. Quizás Georgie se equivocaba por completo. Parecía todo un logro que te llamaran sinvergüenza.
Larry y Edmund apenas habían salido del salón rosa cuando se oyó un chillido de sorpresa procedente del exterior de la puerta. Victoria corrió hacia la puerta y se encontró a Georgie de pie en el pasillo, apretando una carta contra el pecho y con aspecto de horror.
Nunca le gustaba tratar con la familia de Carrington, pero Victoria no podía imaginar qué había pasado para que Georgie pareciera tan angustiada.
—Por Dios, Georgie, ¿qué pasa?
Georgie le puso la carta en las manos a Victoria.
—Es Eleanor.
Eleanor, su hermana menor, estaba pasando una temporada en el extranjero con sus primos estadounidenses en Boston. Al oír el nombre de su dulce hermanita, Victoria enderezó ansiosamente la hoja de papel para leer la carta.
Queridas Georgie y Victoria:
Espero que esta carta os encuentre bien a las dos.
Tengo una noticia maravillosa que compartir con vosotras, y han pasado tantas cosas.
En primer lugar, no voy a volver a casa, a Inglaterra, por mucho que os eche de menos.
Sin embargo, he decidido quedarme aquí, en Massachusetts.
La semana pasada me casé con el hombre más maravilloso, el capitán Nicholas Ashford de Boston, y he descubierto que mi lugar está aquí, con él.
Estoy segura de que lo entenderéis. Por favor, alegraos por mí, pues nunca he sido tan feliz.
Os escribiré cuando pueda. Dadle recuerdos a Edmund.
Vuestra hermana devota, la Sra. Eleanor Ashford.
Victoria leyó y volvió a leer la carta al menos una docena de veces. Miró a Georgie con incredulidad, justo cuando Edmund doblaba la esquina hacia el salón.
—¿Se ha vuelto loca?
—¿Quién se ha vuelto loca? —preguntó Edmund con inocencia, aunque sus dos hermanas mayores lo ignoraron de inmediato.
Georgie negaba con la cabeza.
—Nunca debí haberla dejado ir a Estados Unidos con esa gente.
—Son su familia —intervino Victoria en voz baja.
Georgie resopló.
—Difícilmente. Nosotras somos su familia.
—Ya no —frunció el ceño Victoria—. Ahora es una Ashford, de Boston… sean quienes sean.
Edmund estaba ahora saltando sobre las puntas de los pies, poniéndose de un tono rojo espantoso.
—¡Maldita sea, Vicky, de quién estás hablando?
La atención de Georgie se centró al instante en el chico.
—Jovencito, no quiero volver a oírte decir ese tipo de cosas nunca más.
Edmund puso morritos y frunció el ceño.
—Bueno, si alguna de las dos me respondiera, no tendría que usar ese tipo de lenguaje.
—Eso no es excusa, Edmund. Eres el duque de Townsend, y no voy a permitir que hables como si fueras basura de la calle —insistió Georgie, con las manos firmemente apoyadas en las caderas.
Las críticas de Georgie siempre dejaban a Edmund un poco desconcertado. No era culpa suya que ella estuviera tan sensible; era solo por la impactante noticia de Eleanor. Victoria le revolvió el pelo a su hermano en señal de consuelo y le entregó la carta.
—Es de Eleanor, cariño.
La carita de Edmund se arrugó mientras leía la nota. Luego frunció el ceño y le devolvió la carta a Victoria.
—Al menos podría haberme escrito a mí también. Ni siquiera pensó en mí hasta el final. Yo soy el duque.
Victoria se rió. Era eso o llorar, y la verdad es que tenía más ganas de hacer lo segundo.
—Edmund, cariño, ya sabes que es voluble. Te mandaba recuerdos.
—Por el amor de Dios, Edmund —le reprendió Georgie—, te estás perdiendo la parte importante de la carta. Esa pequeña tonta se ha escapado y se ha casado.
Edmund le quitó la carta a Victoria y la volvió a ojear.
—¿Sra. Eleanor Ashford? ¿No debería seguir siendo lady Eleanor?
—Los estadounidenses —explicó Georgie—. No tienen sentido de la decencia.
—¿Capitán Ashford? —continuó con el ceño fruncido—. ¿Como un capitán del ejército? ¿O un capitán de barco? ¿O un capitán de la marina? ¿Sabes cuál?
Victoria suspiró.
—Eso es todo lo que dijo. No sabemos nada del capitán Ashford. Desde luego, no lo mencionó en su última carta.
No es que eso debiera sorprender a ninguno de ellos. Eleanor era, con diferencia, el miembro más impetuoso de su pequeña familia.
Su madre, Violet, natural de Boston, simplemente estaba de visita en Londres cuando conoció y se casó rápidamente con el anterior duque de Townsend. Por lo tanto, era lógico que su hija visitara América y siguiera sus impulsivos pasos.
Para Victoria, lo más inquietante de toda la situación era la corta edad de Eleanor. Solo tenía quince años. ¿Y este marido suyo ya era una especie de capitán? ¿Qué edad tenía aquel hombre? ¿Y qué clase de hombre se había aprovechado de una joven ilusa?