El discreto arte de volverlo… loco (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 2) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Puede que eso fuera cierto, pero ella no tenía forma de saber lo que él pretendía, así que entrecerró los ojos al mirarla.

—¿Perdón?

—No te bastaba con mantener una aventura ilícita con Louisa a la vista de todo el mundo, ¡pero ahora le has echado el ojo a Georgie!

Te lo digo, querido hermano, no lo voy a tolerar.

A este paso no me quedará ningún amigo. Además, Georgie es mucho más frágil que la loca de Louisa.

Lo último que necesita es que tú entres en su vida.

Larry intentó no echarse a reír.

—Por el amor de Dios, Becky, no me interesa Georgie.

Gracias a Lucifer, su hermana había sacado una conclusión errónea. La distracción podría servirle de ayuda si jugaba bien sus cartas.

Rebecca frunció los labios, claramente agitada.

—Bueno, ¿y por qué no? Es sencillamente encantadora.

¡Por el amor de Dios! Había olvidado lo pesada que podía llegar a ser su hermana a veces y empezó a recordar por qué hacía tiempo que no visitaba la casa de los Elbridge.

—Así que ahora quieres que mantenga una aventura ilícita con lady Carrington. Decídete, ¿quieres? Siempre es tan difícil hablar contigo cuando te pones así.

Ella volvió a poner morritos y le lanzó una mirada asesina.

—Quiero que te mantengas bien lejos de Georgie, pero también me gustaría que estuvieras de acuerdo conmigo en que es una chica muy mona.

Él echó la cabeza hacia atrás y se rió.

—Creo que ahora siento lástima por Elbridge por primera vez. ¿Cómo es que ese hombre te aguanta?

Rebecca se cruzó de brazos con ese aire dramático que había dominado años atrás cuando era una niña mimada.

—Es una pena que no nos visites más a menudo, Lawrence. Ahora bien, si no te interesa Georgie, ¿qué es lo que quieres?

Ya estaba. Tenía que evitar que Rebecca descubriera la verdad. Se deslizó hacia el borde de su asiento con los hombros caídos hacia delante.

—Haywood está cortejando a lady Victoria y me ha pedido consejo.

Los brazos de Rebecca adoptaron una postura más relajada y el destello pícaro volvió a brillar en sus ojos color avellana.

—¡Oh, eso es maravilloso! Georgie estará encantada. Está deseando que Victoria consiga un buen partido. ¿Qué es lo que quieres saber, cariño?

—Bueno, ¿qué tipo de cosas le gustan? ¿Las rosas? ¿La ópera? Cualquier cosa que puedas aportar será de gran ayuda.

En su faceta de casamentera, Rebecca no tenía rival y no había nada que le gustara más que entrometerse, eh, ayudar a que dos personas se unieran. Mirando al cielo, se llevó un dedo a la barbilla, pensativa. Entonces, su rostro se iluminó.

—Orquídeas. Victoria tiene gustos exquisitos. ¿Puede Haywood permitírselo? Creo recordar haber oído que su padre dejó a la familia casi en la ruina, y...

Rebecca se levantó de un salto de su asiento con el ceño fruncido y le dio un puñetazo en el pecho. Fuerte.

—¡Eres un maldito canalla! Eres realmente terrible. ¡Él va tras su dinero y tú le estás ayudando! Fuera. Lárgate.

Señaló la puerta.

Pero antes de que Larry pudiera siquiera pensar en responder a su hermana, las puertas del salón se abrieron de par en par y la hija de cinco años de Rebecca, Sarah, entró corriendo, casi histérica, con sus rizos castaños alborotados y una mancha de algún tipo cubriéndole la falda.

Entonces, la niña, sollozando, se arrojó contra las piernas de su madre de una manera tan dramática que Larry supo exactamente de qué progenitor había heredado los rasgos su sobrina.

—Mamá, Adam tiene una s-serpiente y me e-estaba persiguiendo.

Rebecca rodeó con sus brazos a su hija llorosa y miró a Larry con ira.

—Los hermanos son unas criaturas horribles, ¿verdad, cariño? Y, por desgracia, nunca mejoran.

Sarah levantó su carita manchada de lágrimas para mirar a su madre y se fijó en Larry cuando este se puso de pie un segundo después.

—¡Tío Larry!

Le temblaba el labio inferior.

—H... haz que Adam se deshaga de esa cosa horrible.

Larry se encontró con la mirada fulminante de Rebecca y luego asintió a su sobrina.

—Por supuesto, cariño. ¿Dónde está ese granuja?

Unos instantes después, se encontró agachado, mirando fijamente a los ojitos asustados y brillantes de una diminuta serpiente de liga que sostenía su sobrino de ocho años. Adam movía los pies con nerviosismo y miraba a Larry con expresión inquieta.

Niños pequeños con serpientes y niñas con los ojitos llorosos eran problemas domésticos a los que Larry se alegraba de no tener que enfrentarse habitualmente.

—Me da miedo preguntarte dónde te topaste con este pequeño —comentó mientras observaba el aspecto desaliñado de Adam Norleigh.

El niño tenía las rodillas cubiertas de barro y las manos llenas de tierra.

Adam esbozó una amplia sonrisa.

—Lo encontré en el jardín, tío Larry. Y es muy escurridizo. Me llevó casi una hora atraparlo.

Larry arqueó una ceja y se enderezó.

—Sabes que tu madre nunca te permitirá quedártelo.

El chico puso cara de decepción y encogió los hombros.

—No sé por qué. No va a hacer daño a nadie. Te lo juro.

—No se trata de hacer daño a nadie, Adam. Estoy seguro de que Slimy, o como se llame...

—Strangles —le informó Adam con orgullo.

Larry no pudo evitar sonreír ante eso. La pequeña serpiente no podría estrangular ni a una mariquita aunque lo intentara.

—Bueno, estoy seguro de que Strangles es un tipo agradable, pero no es una mascota adecuada para un chico digno que vive en Mayfair. Tendrás que dejarlo ir.

Adam frunció el ceño.

—Todo el mundo tiene una mascota menos yo.

Larry no se había metido en eso, y apenas pudo evitar poner los ojos en blanco. Los asuntos domésticos no eran su fuerte. Solo quería acabar con toda aquella situación lo antes posible.

—Estoy seguro de que tu madre te comprará una mascota adecuada si se lo pides.

Al fin y al cabo, Rebecca mimaba a sus hijos hasta la saciedad.

Pero Adam se limitó a negar con la cabeza.

—Ella dice que yo puedo tener un gato. Odio los gatos. Emily y Emmie tienen uno cada una y no son nada divertidos. Nunca vienen cuando los llamas y escupen bolas de pelo. Yo quería un perro, pero mamá dice que no puedo tener uno.

El pobre chico tenía un aspecto tan desolado que, de repente, Larry recordó cuando él mismo era un niño y lo mucho que había deseado tener un perro.

Su hermano mayor, Henry, que por entonces ya era conde de Ravensmere, había creído que Larry no era lo suficientemente maduro para asumir la responsabilidad y, por eso, nunca tuvo uno.

Ahora Larry se daba cuenta, frunciendo el ceño, de que tenía treinta y dos años y seguía sin perro.

—Eso no suena para nada a tu madre.

Adam se encogió de hombros.

—Los perros le dan alergia a papá. No puede dejar de estornudar cuando está cerca de ellos.

Larry tuvo que luchar contra las ganas de sonreír. Esa era la mejor noticia que había recibido en todo el día. Bueno, eso y el hecho de que a Victoria le gustaran las orquídeas. Señaló las puertas acristaladas que daban a los jardines de Elbridge.

—Devuelve a Strangles a la naturaleza del jardín de Elbridge, Adam. Entonces, si te abstienes de conseguir más mascotas inapropiadas y eres amable con tus hermanas durante el próximo mes, yo mismo te conseguiré un perro.

Los ojos de su sobrino se iluminaron y esbozó una amplia sonrisa.

—¿Pero qué pasa con papá?

Le revolvió el pelo castaño a Adam y le guiñó un ojo.

—Deja que yo me preocupe de tu papá. Y ni una palabra de nuestro trato a nadie, Adam.

Adam asintió feliz y salió corriendo hacia las puertas exteriores, con la colita del pequeño Strangles balanceándose de un lado a otro mientras se alejaba. Larry sonrió para sus adentros. Un perro era perfecto para volver a Elbridge completamente loco.

Estaba impaciente por entregarle a su sobrino aquel pequeño bulto lleno de pulgas. Con suerte, el chico cumpliría su parte del trato.