El discreto arte de no soportar …a tu esposo Capítulo 24
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Capítulo 24

M adeline bajó a desayunar con los niños a cuestas.

Hector ya estaba allí esperándolos. Durante los últimos días, Madeline había empezado a sentirse cómoda con su hermano.

Era casi como el antiguo Hector al que había adorado de niña, no el hombre aterrador que le había hecho daño hacía tantos años, aunque se había prometido a sí misma no pensar en eso nunca más.

¿Cuántas veces le había dicho a Henry que el pasado no importaba porque no se podía cambiar?

Madeline empezó a llenar un plato para cada uno de los niños del aparador, mientras Peter se deslizaba en la silla a la cabecera de la mesa y se sentaba estoicamente. Acto seguido Penny corrió hacía él y este le sonrió.

—Tío Hector, ¿me vas a contar otra vez la historia de Barbanegra?

Madeline frunció el ceño ante aquel tema desagradable y colocó un plato delante de Peter.

—En serio, Penny, no en la mesa del desayuno. La piratería es poco apetecible.

Penny puso un puchero juguetón.

—Pero el tío Hector cuenta las mejores historias. Ayer me habló de tu papá. No sabía que él también fuera marinero.

Madeline volvió a la mesa con un plato para Penny. Miró a su hermano y soltó un suspiro agobiado.

—Hector, en esta casa no hablamos de ese hombre. No debes mencionarlo ni a mí ni a los niños.

Con el ceño fruncido, Hector asintió.

—Tú eres la condesa.

Madeline volvió al aparador para llenar su plato con una tostada seca y un poco de avena, cualquier cosa que no le diera náuseas.

—¿Por qué no hablamos de ese hombre? —preguntó Penny con inocencia cuando Madeline regresó a la mesa.

Por el amor de Dios, la niña era más curiosa que un agente de Bow Street y tenía una memoria a la altura. Madeline se dio cuenta de que todas las miradas se centraban en ella y dio un sorbo de té.

—En esta casa no hablamos de mi padre porque era un hombre cruel y vil. Y me niego a honrar su memoria hablando de él.

Penny bajó la cabeza y miró el plato que tenía delante.

—Lo siento, mamá.

A Madeline le costó mucho abrir el apetito después de eso, y se limitó a jugar con la avena que tenía delante. Finalmente, la señorita Mitford vino a buscar a los niños, y entonces Madeline se quedó a solas con Hector.

Su hermano la miraba con expresión preocupada.

—¿De verdad crees que padre era cruel?

¿Acaso no recordaba claramente a la bestia que los engendró? Madeline soltó el mango de la cuchara, irritada.

—Si se te ocurre defender a ese monstruo, te juro, Hector, que te echaré a patadas.

Una extraña expresión cruzó el rostro de Hector, pero no dijo nada. Simplemente terminó su comida y luego dejó a Madeline sola.

En lo alto del camino, Henry atravesaba Dorset a toda velocidad. Gosling Park se vislumbraba justo en el horizonte. Pronto, muy pronto, estaría en casa. Estaba cansado y le dolía la piel por los azotes del viento, pero siguió adelante.

Probablemente no había nada de qué preocuparse.

El teniente Crowhurst había recibido su carta hacía semanas.

Si tenía la intención de ver a Madeline, habría llegado mucho antes de que Henry partiera hacia Londres.

Quizá su despreciable cuñado no tenía ningún deseo de ver a Madeline.

Si era así, a Henry le parecía bien. Pero no se sentiría tranquilo hasta que estuviera en casa y tuviera a su esposa de nuevo en sus brazos.

No habían dejado las cosas del todo aclaradas entre ellos cuando él se marchó.

Ella estaba dolida y enfadada con él. No podía culparla por ello.

Se había mostrado distante; ahora se daba cuenta de ello.

Pero en aquel momento, las revelaciones de Bruce Kincaid eran tan recientes que se había encerrado un poco en sí mismo.

Aunque nunca había dejado de amarla. Solo había necesitado algo de tiempo a solas para ordenar sus pensamientos.

Había tenido tiempo de sobra para hacerlo de camino a Londres y ahora, de vuelta a casa.

Gosling se acercaba, y espoleó a su semental exhausto para que acelerara el paso. Llegaría a casa pronto, y entonces todo iría bien.

Madeline subió las escaleras que llevaban a su habitación. Se sentía agotada, más de lo habitual últimamente. Betsy había insistido en que empezara a echarse siestas a última hora de la mañana para conservar sus energías, y Madeline estaba deseando que llegara la de hoy.

Se había detenido en la sala de estudio para escuchar desde el pasillo las lecciones de Peter y Penny. Normalmente le interesaba bastante la historia, pero hoy, al oír hablar de la fundación de la Iglesia de Inglaterra, se le nublaron los ojos y casi se queda dormida en el pasillo.

Mientras se frotaba los ojos y bostezaba, entró en su habitación. Por desgracia, no estaba preparada en absoluto para lo que se encontró allí.

Hector estaba justo en la entrada, con una expresión furiosa. Antes de que Madeline pudiera reaccionar o siquiera gritar, le tapó la boca con su fuerte mano.

—No me digas nunca de qué puedo o no puedo hablar.

Sus ojos azul claro eran como acero frío y el pánico se apoderó del cuerpo de Madeline. Conocía esa mirada. Todavía la perseguía en sus pesadillas. Este no era su hermano. Era el monstruo que yacía en lo más profundo de su interior.

Luchó por liberarse de su agarre, pero Hector era mucho más fuerte que ella. Años de trabajar en un barco en el mar lo habían hecho poderoso.

—¿Crees que por ser condesa puedes darme órdenes? ¿Amenazarme con echarme? —siseó, a solo unos centímetros de su rostro aterrorizado.

Los ojos de Madeline se abrieron como platos. Intentó negar con la cabeza, pero él la sujetaba con demasiada fuerza para eso. Hector la obligó a dar un paso atrás y le lanzó una mirada burlona y enfadada.

—Bueno, no puedes —continuó—. Intenté venir aquí y llevarme bien contigo. Intenté dejar atrás nuestro pasado, pero tú te crees mejor que yo.

Madeline sintió que la cama le golpeaba la parte posterior de las piernas.

Esto no estaba pasando. Él no le haría esto.

No otra vez. Luchó aún con más fuerza, con todas sus fuerzas para liberarse, pero fue en vano.

Deseaba poder darle una patada, o arañarlo, o incluso morderlo, pero su mano la sujetaba con tanta fuerza que no podía moverse. Apenas podía respirar.

¿Qué le pasaba? Hasta ahora había sido tan agradable. Dios, era la mayor tonta del mundo por haberle dejado quedarse.

Notó cómo sus dedos se le clavaban en la piel.

—Pues no lo eres. Y esa es una lección que tendré que enseñarte.

—¡Suéltala!

La voz enfurecida de Henry resonó desde la puerta, ahora abierta.

Hector se giró hacia el sonido y Madeline pudo vislumbrar a su marido. Estaba furioso. En la mano sostenía una pistola que apuntaba directamente a Hector.

Gracias a Dios que Henry está aquí. Acto seguido sintió que su cuerpo se quedaba sin fuerzas. Pero Hector no la soltó. En cambio, se rió.

—No creo que vayas a usarla. Podrías hacerle daño a la pequeña condesa remilgada.

Un músculo cerca del ojo de Henry se contrajo, pero siguió avanzando.

—Lo dudo mucho. Mi puntería es excelente. Ahora, suelta a mi esposa.

Por fin, Hector retiró la mano de la boca de Madeline y ella se desplomó, aliviada.

—Hen… Henry, por favor, ten cuidado.

Pero Henry parecía no oírla. Seguía centrado exclusivamente en Hector.

—He dicho que sueltes a mi esposa, Crowhurst.

—Ella no te pertenece. —La mirada de Hector se clavó en Henry—. Es mía. Yo la reclamé primero.

El corazón de Madeline se le paró. ¿Cómo podía soltar algo así a Henry de esa manera? Sus ojos se posaron rápidamente en el rostro de su marido. Pero él ni siquiera se inmutó. En cambio, apretó la mandíbula.

—Y esa es razón suficiente para meterte una bala en el corazón. Se me ha acabado la paciencia, teniente. Suelta a mi esposa o te dejaré tirado donde estás.

Algo estaba pasando por la mente de Hector. Madeline podía ver emociones pasando por el rostro de su hermano, pero no podía descifrarlas. Hector la miró y, en sus ojos, ella vio, fugazmente, al niño que una vez había conocido.

—Lo siento, Maddie —susurró.

Entonces, de repente, la apartó de él y se abalanzó sobre el arma de Henry.

Madeline gritó y la pistola se disparó.

Entonces fue como si el tiempo se moviera a cámara lenta. Una mirada de horror cruzó el rostro de Hector cuando vio su pecho. La sangre comenzaba a filtrarse a través de la tela blanca de su camisa de muselina.

Henry dejó caer la pistola que tenía en la mano y gritó pidiendo ayuda. Madeline estaba aturdida y apenas se dio cuenta de que Henry se acercaba a ella. Él se arrodilló a sus pies y la rodeó con los brazos por el abdomen.

—Oh, Dios. Por favor, dime que estás bien.

Pero ella no podía hablar. No estaba bien y no conseguía recuperar el aliento.

Tanto Betsy como Kistler irrumpieron en la habitación y jadearon al unísono al ver el cuerpo desplomado del teniente Crowhurst en el suelo, luchando por su última bocanada de aire. Henry se puso en pie apresuradamente y miró a los ojos a su ayuda de cámara.

—Dile a Dunsley que avise a sir Phillip Cressley.

Sin una pizca de vacilación, Kistler salió corriendo de la habitación. Henry tomó el rostro de Madeline entre sus manos. Pero ella no podía mirarlo y cerró los ojos con fuerza.

—Madeline, querida, por favor, di algo.

Temblaba. No podía evitarlo y no conseguía concentrarse. Todo lo que quería, todo lo que había esperado, se había esfumado. La vida nunca volvería a ser la misma. Apartó el rostro de su alcance y se dirigió hacia la puerta. Luego, sin mirar atrás, salió corriendo de la habitación.

Henry observó horrorizado cómo Madeline huía de él. Se dispuso a ir tras ella, pero Betsy le sujetó el brazo.

—Déjela ir, milord.

Maldita sea, aquello le parecía lo más incorrecto que podía hacer. Henry bajó la mirada hacia el cuerpo ya sin vida del teniente Crowhurst, que yacía en el suelo de su dormitorio.