El discreto arte de desafiar… a un duque (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 4) Capítulo 34
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Capítulo 34

N ick miró dentro del viejo cajón y se quedó un poco desconcertado. Estaba lleno de cartas. Cientos de ellas. Todas dirigidas a él, pero ninguna había sido abierta jamás.

Rebuscó entre la pila, escogió una al azar y rompió el sello.

Querido Nicholas:

Tu padre me ha dicho que tus notas en la escuela son bastante buenas.

No me sorprende, ya que siempre has sido un chico muy inteligente.

Sin embargo, me comentó que tus notas de teología podrían ser mejores.

De nuevo, no me sorprende, ya que ni Arthur ni yo hemos sido precisamente ejemplos para ti.

Espero de verdad que encuentres tu camino a pesar de tu ascendencia.

La semana pasada, la señora Dinks tuvo cachorros y tu padre me dejó quedarme con uno.

Zeus es un perrito alegre, lleno de energía, y cada vez que corretea por la casa casi se tropieza consigo mismo.

Estoy segura de que hará honor a su nombre.

Si vienes a casa por Navidad, estoy segura de que te encantará.

Sigo esperando que vengas a casa en tus próximas vacaciones escolares, pero según me ha dicho tu padre, prefieres pasar el tiempo con tus amigos.

Por favor, piensa en venir a casa, aunque solo sea por unos días, mi querido hijo, ya que hace una eternidad que no te veo y te echo muchísimo de menos.

Espero que, con el tiempo, puedas llegar a perdonarme por mis pecados.

Con todo mi amor,

Mamá

Nick se quedó mirando las páginas con la mirada perdida, completamente desconcertado. Cogió otra carta y luego otra más. Todas ellas de varios años atrás, todas profesándole su amor, todas suplicándole que la perdonara.

Apretando varias cartas en el puño, Nick retrocedió tambaleándose.

¿De qué iba todo aquello? ¿Qué clase de trampa era esa?

Se recompuso y salió de la habitación dando un portazo, encontrándose con Martin en el pasillo.

—¿Dónde está mi madre? —gruñó.

El mayordomo parecía un poco pálido y se aclaró la garganta.

—En el invernadero, Su Excelencia.

Nick se alejó furioso por el pasillo, dobló una esquina y bajó unos escalones hasta llegar al invernadero. Abrió la puerta de un tirón, lo que hizo que su madre gritara y dejara caer la regadera. No prestó atención a su estado de shock y se acercó a ella con paso firme.

—¿Qué significa todo esto? —rugió, mostrándole las cartas.

Su madre frunció el ceño y negó con la cabeza.

—No te entiendo, Nick. Apareces de la nada. Despotricas y vociferas. Amenazas con despedirme. Ahora me has localizado para gritarme. ¿Qué quieres?

—Por favor, explícame estas mentiras.

Recogió una de las cartas del suelo y la abrió.

—Es una carta que te escribí.

Luego lo miró con expresión interrogativa.

—¿Las has guardado contigo todo este tiempo? Nunca pensé que significaran algo para ti.

—Nunca me las enviaste —respondió él con frialdad.

Con una mirada ofendida, ella levantó la cabeza con altivez.

—Por supuesto que sí. Cada semana, después de que Arthur te echara de casa. Solo dejé de hacerlo cuando recibí tu carta diciéndome que no necesitabas a tu madre, esa puta, y que dejara de molestarte.

Nick se quedó boquiabierto.

—Madre, nunca recibí ninguna carta tuya, ni te envié ninguna. Pensaba que habías muerto.

Ella trastabilló hacia atrás y se habría caído por completo, de no ser porque él la sujetó.

—¿Por qué pensabas eso?

—Porque el abogado de mi padre me envió una carta diciendo eso.

Las lágrimas le resbalaron por las mejillas y se apartó de él.

—No me extraña que me odies tanto. Pensabas que te había abandonado.

—No me recibiste precisamente con los brazos abiertos cuando llegué la última vez.

—Me dolieron las cosas que me dijiste, o que creí que me habías dicho. Fue una tontería por mi parte.

Se giró para mirarlo.

—Oh, Nick, lo siento tanto. Mi querido hijo, todo este tiempo perdido…

Todo el tiempo que había pasado lejos de ella, pensando que ella lo culpaba, pensando que ella lo odiaba.

Él dio un paso atrás.

—Madre, necesito algo de tiempo.

Cindy acarició la espalda de Poppy mientras la niña miraba por la ventana del carruaje. Su hijastra estaba tan emocionada por llegar a Westhaven Place que incluso había estado saltando de puntillas durante la mitad del camino a Hampshire.

—Cynthia, ¿de verdad crees que papá vendrá a visitarnos a Brockenhurst?

Ojalá supiera la respuesta a eso, y no quería darle falsas esperanzas a la niña.

—Le he pedido que nos visite. No sé si lo hará, Poppy.

—Es tan bonito. No hay edificios ni teatros. Solo campo.

Hampshire supondría un gran cambio para una niña que solo había vivido en la ciudad.

—La vida en el campo es un poco más tranquila, cariño.

—Ooo —casi chilló Poppy—. Cynthia, mira. ¿Crees que eso es Westhaven Place?

Cynthia se inclinó sobre su hijastra y miró por la ventana. Una gran mansión barroca de arenisca se alzaba orgullosa en la distancia, y su corazón dio un vuelco.

Tenía que ser Westhaven Place.

—Creo que sí, Poppy.

Iris encontró a su hijo, del que estaba distanciada, sentado en el antiguo estudio de Arthur, leyendo una carta tras otra.

Había pensado que se le rompería el corazón hacía tantos años, cuando su marido la castigó enviando a su hijo lejos.

Pero ver cómo las expresiones de dolor se reflejaban en su rostro era mucho peor.

Una cosa era que Arthur la castigara a ella, pero otra muy distinta era haberlo hecho con su hijo.

Lo que quedaba de su viejo corazón se desmoronaba lentamente.

Cuando se secó las lágrimas, los ojos de él se posaron en ella, que estaba en la puerta.

Levantó una carta.

—¿Crías perros pastores?

Iris asintió.

—Dieciocho, diecinueve años ya.

Nick sonrió con rigidez, sosteniendo una de las cartas.

—1796.

Luego dejó caer la carta en una pila y le indicó con un gesto que se sentara en el sofá de la sala.

—Mi esposa, Cynthia, les tiene pánico a los perros. Tendrás que asegurarte de que todos permanezcan en las perreras mientras estemos aquí. Su estado es delicado, y yo…

Iris entró en el estudio, con el corazón encogido al ver que él se estaba abriendo, aunque fuera solo un poco, ante ella.

—¿Vas a ser padre otra vez?

Se sentó frente a él, estudiando su apuesto rostro. Se había perdido verlo convertirse en aquel hombre.

Él asintió.

—Siento lo que dije sobre Poppy. Tú eres, por supuesto, su abuela.

—Por favor, no te disculpes. Me imagino perfectamente lo que debiste pensar de mí.

—Todas sus mentiras. Ni siquiera te conozco. Te recuerdo vagamente de cuando era niño.

—Estoy segura de que ya ni siquiera soy la misma persona, Nick.

Desde la puerta, Martin carraspeó.

—Su Excelencia, parece que varios carruajes se dirigen hacia aquí.

—¿Varios? —repitió Nick, levantándose de su asiento.

Iris siguió a su hijo fuera del estudio y hacia la entrada principal. Parecía bastante agitado, así que le tocó suavemente el brazo.

—¿Tu esposa?

—Sí.

Se quedó allí en silencio con su madre hasta que cuatro grandes carruajes de viaje se detuvieron. Entonces, multitudes de personas comenzaron a salir de ellos como hormigas que abandonan un hormiguero.

Nick escudriñó en silencio a la multitud de criadas y lacayos, y entonces oyó…

—Mira, Cynthia, papá está aquí.

Entonces, antes de que se diera cuenta, su hija corrió a través de la multitud y se lanzó a sus brazos.

—Oh, papá. Te hemos echado de menos. ¿Te vas a quedar aquí con nosotras? ¿O todavía tienes asuntos de trabajo que atender?

Nick cogió a la niña en brazos y la abrazó con fuerza.

—No, Poppy —dijo con voz entrecortada—, no volveré a dejarte nunca más.

Ella le rodeó el cuello con los brazos y le besó la mejilla.

—Cynthia lloró todos los días que estuviste fuera. No sabía que yo lo sabía.

Nick contuvo una lágrima cuando por fin vio a su hermosa esposa bajando de uno de los carruajes. Se quedó sin aliento y sintió que se desmayaba. Había sido un tonto al dejarla.

Besó la frente de Poppy y luego la volvió a bajar al suelo.

—Déjame ir a verla.

Luego se abrió paso entre la multitud, aliviado al ver una tímida sonrisa esbozarse en los labios de Cynthia. Nick la levantó y la hizo girar en el aire, besándola apasionadamente delante de su personal, su madre y su hija.

—No volverás a dejarme nunca más —le susurró cuando sus pies tocaron el suelo.

Ella contuvo un sollozo con una risa.

—Tú me dejaste.

—Soy un maldito tonto.

—De acuerdo.

Nick la abrazó con fuerza, temeroso de que, si la soltaba, ella desapareciera.

—No estoy aquí por el bebé, Cynthia. Bueno, supongo que en cierto modo sí. Pero estoy aquí porque te quiero, cariño.

Las lágrimas le corrían por las mejillas y luego hundió el rostro contra su pecho.

—Te quiero, Nick, y tenía tanto miedo de que no vinieras.

Se apartó de su mujer, con una mirada de disgusto en el rostro.

—Me dijiste que no viniera.

Cynthia se sonrojó y se mordió el labio inferior carnoso.

—Sí, pero nunca me haces caso.

Asombrado de que ella lo hubiera engañado, pero tan contento de que lo hubiera hecho, Nick echó la cabeza hacia atrás y se rió.

—Qué astuta eres.

—Te he echado muchísimo de menos —confesó ella.

—Yo también. Nunca podré pedirte perdón lo suficiente por lo que he hecho.

—No te disculpes. Solo abrázame.

Nick volvió a atraer a su esposa hacia sus brazos y la besó con intensidad otra vez. Era tan reconfortante abrazarla, dejar que su amor fluyera hacia su corazón.

—Papá —dijo la voz de Poppy a su lado.

Él dio un paso atrás para mirar a su hija y descubrió que ella sostenía la mano de su madre. Nick parpadeó ante la escena y luego respiró hondo.

—Madre, ¿ya conoces a Poppy?

—Es encantadora —respondió su madre.

—Cynthia, cariño, esta es mi madre…

—Iris —aclaró la mujer mayor.

Nick miró a los bonitos ojos color avellana de Cynthia, rezando para que ella no se enfadara con él por no haber sido del todo sincero sobre su pasado. Ella frunció el ceño, pero asintió a modo de saludo.

—Su Excelencia.

—Cynthia, Cindy —susurró él—, hay algunas cosas que debería haberte contado.

—Rebecca ya me lo ha contado, Nick.

Las mentiras que su padre había perpetuado.

—Rebecca no lo sabe todo.

Los ojos de ella se clavaron en los de él con curiosidad.

Nick sonrió a su madre.

—¿Por qué no le enseñas a Poppy tus perreras?

Los músculos de Cynthia se tensaron al oír hablar de las perreras, y Nick le acarició la espalda.

—No te preocupes, cariño, los cachorros están bien encerrados.

Su madre le tendió la mano a Poppy y sus ojos brillaron cuando la niña la aceptó sin dudarlo.

Sentada en un sofá del estudio junto a su marido, Cindy contemplaba la pila de cartas sin leer que abarrotaban un escritorio antiguo.

La montaña era abrumadora. Estaba atónita, sin poder creer la horrible historia que Nick acababa de contarle, y se secó una lágrima que se le escapaba.

Era desgarrador que su marido y su madre hubieran estado separados durante casi un cuarto de siglo debido a las mentiras del anterior duque. Era inconcebible.

A su lado, Cindy podía ver una arruga de preocupación surcándole la frente, y ella negó con la cabeza, apretándole las manos.

—Lo siento mucho, amor mío.

Su ceño se suavizó y él le sonrió.

—Se supone que debes mantener la calma, ¿no?

Cindy asintió.

—Órdenes del médico.

—Me temo que no te lo he puesto nada fácil. ¿Cómo te sientes, cariño?

—Mucho mejor ahora que estás aquí.

Nick llevó la mano a su vientre y acarició con cariño el pequeño bulto que ya se había formado.

—¿Has notado algo ya?

—No. Rebecca dice que no lo haré hasta el quinto mes.

Él sonrió aliviado.

—No me perderé ni un solo momento. No después de darme cuenta de cuánto tiempo de mi vida he desperdiciado.

Cindy besó su fuerte mandíbula, deseando poder borrar con un beso todos los años de sufrimiento que él había soportado.

—¡Oh, Cynthia! —resonó la voz de Poppy por toda la casa.

Nick se rió.

—¿Sigue gritando por toda la casa?

—Al parecer, es un hábito difícil de dejar.

—Aquí dentro, Poppy —respondió Nick.

Unos instantes después, Poppy y la duquesa viuda aparecieron en la puerta, y entonces su hijastra corrió hacia Cindy y Nick, que estaban en el sofá.

—¡Cynthia! —exclamó Poppy con entusiasmo—. La abuela tiene un montón de cachorros. Dice que tengo que preguntarte si puedo quedarme con uno.

Los ojos de Cindy se posaron en la suave mirada azul de su suegra.

—Son muy mansos —dijo la duquesa viuda en voz baja—. Puedes visitarlos en las perreras si quieres, hasta que te sientas más cómoda. Poppy dice que tienes pensado pasar el posparto aquí, así que tienes tiempo.

Cindy sonrió. Ahora todos tenían tiempo.

Tiempo para que Nick y su madre volvieran a conocerse.

Tiempo para que Poppy disfrutara de su abuela.

Tiempo para que Cindy y Nick se amaran sin las miradas rencorosas de la alta sociedad observando cada uno de sus movimientos.

Y tiempo, al parecer, para que ella se acostumbrara a los perros pastores.

—Creo que me gustaría.