El discreto arte de desafiar… a un duque (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 4) Epílogo
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Epílogo

C indy no tenía ni idea de lo difícil que era ser madre primeriza y organizar una fiesta en casa.

Pero, después de recibir a amigos y familiares durante las últimas tres semanas en Westhaven Place, se sintió culpable por todas sus quejas sobre la fiesta de Victoria Beckford del año anterior.

Por muy encantador que hubiera sido tener a todo el mundo allí —con la excepción de Addie, ya que el marido de su amiga consideró que el viaje sería demasiado complicado—, Cindy se alegraba de haber recuperado la paz de su hogar.

Tumbada sobre una manta suave, encima de una alfombra de Aubusson, acarició la cara de su hijo. El pequeño Lucien Westhaven, marqués de Brockenhurst, le daba tironcitos del pelo mientras gorjeaba.

—Brock, mi pequeño tesoro —murmuró Cindy, dándole un golpecito en la nariz al bebé—. Cada día te pareces más a tu padre. Serás el niño más guapo de toda Inglaterra.

Poppy se dejó caer sobre la manta junto a ellos y frunció ligeramente el ceño al mirar a su hermanito.

—No creo que se parezca en nada a papá. Es calvo, regordete y no tiene dientes.

—Todos los bebés son regordetes —comentó Nick desde la puerta—. Tú también lo eras, angelito.

—¿Era tan regordeta como Brock?

Nick dio un paso adelante, como si estuviera considerando seriamente la pregunta. Luego asintió.

—Oh, Poppy, me temo que tú eras incluso más regordeta que tu hermano.

Cuando su hijastra chilló horrorizada, Cindy le lanzó a Nick la mirada más fulminante que pudo esbozar, lo cual, mientras jugaba con su hijo, no era decir mucho.

—Por favor, no la inquietes con esas tonterías. Querida Poppy, solo presta atención a la mitad de las cosas que dice tu padre.

—Ah, pero el truco está en saber qué mitad —bromeó Nick guiñándole un ojo a su hija.

La señora Bickle carraspeó desde un rincón de la habitación.

—Su Excelencia, es hora de la siesta del niño.

Cindy sonrió al contemplar el adorable rostro de su hijo. Ya podía detectar un ligero destello travieso en sus ojos azul plateados. Odiaba separarse de él, pero el niño se ponía de mal humor si se alteraba su horario. Le besó la mejilla regordeta.

—Duerme bien, amor mío.

Luego entregó el niño a su niñera.

—Y tú ven también, señorita Poppy —indicó la señora Bickle—. Tu abuela te está esperando cerca de las perreras para sacar a Unicornio a hacer ejercicio.

Todos coincidían en que era un nombre ridículo para un perro pastor, pero a Poppy se le había permitido bautizar al cachorro. A ninguno de ellos debería haberle sorprendido.

Cuando todos salieron por fin de la habitación, Nick levantó a Cindy de la manta.

—Tengo un regalo para ti —anunció con un brillo lascivo en los ojos.

Cindy sonrió a su marido.

—¿Un regalo?

—Mmm.

Se desató rápidamente la corbata.

—Qué detalle por tu parte, amor mío —replicó Cindy, inclinando la cabeza con descaro mientras cruzaba lentamente la habitación para escapar de su alcance—. Pero no necesito una corbata.

Nick se acercó a ella con paso firme, con una sonrisa de lobo dibujándose en sus labios.

—Cierra los ojos.

—Ni hablar. Considero que Su Excelencia carece de moral y no confío en ti en absoluto.

Él soltó una carcajada.

—Eres una esposa muy desobediente. ¿No juraste lo contrario?

Cindy ladeó la cabeza con aire juguetón.

—No prestaste la más mínima atención durante la ceremonia. Así que no tienes ni idea de lo que juré o no, Nicholas Westhaven.

Él la atrajo contra su pecho y cubrió su boca con la suya.

La prueba de su deseo se apretó contra el vientre de Cindy y ella suspiró.

Nunca se cansaría de su pasión ni de su amor.

Las manos de Nick la acariciaron, deslizándose por su espalda y, antes de que pudiera darse cuenta de lo que ocurría, una venda se ajustó alrededor de sus ojos.

La corbata.

El duque retorcido.

—Ya está —declaró triunfal.

—Hice bien en no confiar en ti —rió ella.

Nick la hizo girar y le puso las manos en las caderas.

—Sigue mis indicaciones.

No tenía mucha elección, aunque tampoco es que quisiera resistirse. Él la empujó suavemente hacia delante y luego a la derecha, por un largo pasillo. Cuando sus pies encontraron unas escaleras, ella enderezó la espalda.

—Nick, ¿adónde me llevas?

—Es una sorpresa.

Él la instó a seguir adelante y Cindy subió los escalones con cautela, obedeciendo sus indicaciones.

—El último, cariño.

Luego la condujo por otro pasillo y unos escalones más. Le soltó momentáneamente la cintura y entonces oyó cómo se abría una puerta frente a ella.

—Muy bien —le susurró al oído—, ya puedes abrir los ojos.

Cindy se arrancó la corbata de la cara y abrió los ojos parpadeando. En medio de la habitación de Nick había un gran armario de caoba adornado con un lujoso lazo rojo.

—Feliz aniversario.

Reconoció el armario al instante como el de Townsend Chase. Nunca podría olvidarlo. Su vida jamás había vuelto a ser la misma desde que se escondió dentro de él.

—¿Es eso realmente lo que creo que es?

La sonrisa pícara de Nick reapareció.

—Me costó bastante convencer a Beckford para que se deshiciera de él.

—¿En serio? —preguntó ella, todavía atónita.

—Hm. No me lo entregaban por nada de lo que les ofrecí. Al parecer, es una antigua reliquia de los Townsend.

—Entonces, ¿cómo lo conseguiste?

Nick la rodeó con los brazos por la cintura y le acarició el cuello con la nariz.

—Hice un trato con tus primos. Me obligaron a prometer que nunca volvería a dejarte y que me aseguraría de que fueras feliz todos los días de tu vida… o se lo llevarían de vuelta.

Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Cindy. Los dos eran más felices de lo que jamás habían imaginado posible. Ninguno volvería a separarse del otro.

—Hicieron una apuesta de tontos.

—Desde luego que sí.