Capítulo 31
E n todos los años que llevaba trabajando como cochero de los Roswell, Timothy Coleman nunca había sido invitado a tomar el té con su patrón.
Sin embargo, ahora estaba sentado, incómodo, en una silla de brocado blanco frente a la duquesa de Roswell, con la boca abierta.
Sin duda ella no le había pedido aquello.
—¿Perdón, Su Excelencia?
La duquesa se inclinó hacia delante en el sofá y repitió su petición.
—Conoces todos los lugares en los que mi marido ha buscado diversión en el pasado, Coleman. Necesito que me lleves a visitarlos.
Coleman tragó saliva. No llevaría ni a una fregona a la mayoría de los lugares que Roswell había frecuentado en el pasado. Desde luego, no podía llevar a la duquesa. Era obvio que había perdido la cabeza tras la deserción de su marido.
—No puedo.
—Puedes y lo harás —dijo ella, sonando cada vez más como el duque que como ella misma—. Roswell se ha ido y yo soy tu señora. Así que harás lo que te digo o puedes buscar empleo en otra parte.
Volvió a tragar saliva.
—Su Excelencia, esos lugares no son adecuados para usted.
—¿Pero son adecuados para mi marido? —preguntó ella con acritud.
Luego se frotó la frente y Coleman pudo ver toda la tensión acumulada en su precioso rostro. Se compadeció de ella. Realmente era una persona encantadora cuando no ponía en peligro su sustento.
Entonces la duquesa respiró hondo y lo atravesó con su mirada color avellana.
—Coleman, voy a trasladar la casa a Hampshire.
No sé dónde enviar una carta a Su Excelencia para informarle de esto.
Y aunque estoy segura de que se enteraría por otra persona, tengo que ser yo quien se lo diga.
No puedo dejarlo en manos de otros. Así que necesito que me lleves a todos los lugares donde él buscaba diversión antes de que nos casáramos.
Él la miró fijamente durante un largo rato, sorprendido de estar siquiera contemplando la sugerencia.
Pero había visto a Su Excelencia durante las últimas semanas.
Ella estaba sufriendo y él odiaba verlo.
Aun así, no podía llevarla a burdeles ni a lugares de esa índole.
En primer lugar, era totalmente impropio para una mujer de su posición.
En segundo lugar, aquellos lugares eran peligrosos y preferiría que lo enviaran a la horca antes que permitir que la duquesa resultara herida.
Y, por último, era obvio para todos que Su Excelencia estaba profundamente enamorada de su marido.
Si lo encontraban, ella quedaría más devastada de lo que ya estaba.
—Puedo contratar a unos hombres en tu lugar, Coleman —dijo ella, rompiendo su concentración—. Mensajeros fuera de servicio, soldados que han vuelto del frente o cualquier otra persona, y yo iré con ellos por mi cuenta. Pero preferiría no hacerlo, ya que confío en ti.
Ella también lo haría por su cuenta, si el gesto decidido de su mandíbula servía de indicio. A Coleman se le hizo un nudo en el estómago.
—Su Excelencia, esto es sumamente impropio y no quiero que le hagan daño. ¿Por qué no voy yo solo a buscarlo? Se lo traeré.
Ella sonrió por primera vez durante la conversación.
—Gracias por tu preocupación. Pero no creo que sea tan fácil, Coleman, o habría vuelto a casa por su cuenta. Tengo que ser yo.
Coleman se pasó una mano por el cabello canoso, sin estar dispuesto a ceder. Pero tal vez tenía una solución.
—Si la llevara en este recorrido, los lugares a los que iríamos pueden ser peligrosos.
Yo podría entrar en los establecimientos.
Luego, cuando lo encuentre, volveré al carruaje y la acompañaré dentro.
Tiene que ser así, Su Excelencia. No puedo permitir que vaya a esos lugares y vea el interior si él no está allí.
Una mirada de alivio cruzó el rostro de la duquesa y respiró hondo.
—Gracias. Creo que eso podría funcionar.
Cindy se sentía abrumada por la cantidad de trabajo que tenía que hacer.
Toda la servidumbre —el cocinero, las criadas, los lacayos, Gibson, la señora Bickle y, por supuesto, Poppy y ella misma— tenía las maletas hechas y estaba lista para el viaje a Hampshire.
No sabía cuánto tiempo les llevaría a ella y a Coleman encontrar a Nick, pero cuando lo hiciera, tendría que actuar con rapidez.
No quería que él regresara a Roswell House y la encontrara allí.
Sería demasiado fácil para él dejarla de nuevo.
Lo necesitaba a solas en el campo, donde tendría todo el tiempo del mundo para hacerle entrar en razón.
Así que Poppy y el personal esperarían en el Golden Arms, una posada de moda al oeste de Londres, a que ella y Coleman regresaran antes de continuar hacia su destino final.
No quería que siguieran sin ella, ya que no tenía ni idea de lo que les esperaba en Hampshire.
Aún le costaba creer que su suegra estuviera viva y residiera en Westhaven Place.
Aquella mujer le había dado la espalda a Nick cuando era un niño.
Cindy no dejaría que Poppy se enfrentara a ella sola. Era mejor que llegaran todos a la vez.
Además, Rebecca y los demás no tenían ni idea de que ella tenía intención de localizar a su marido por su cuenta. Ninguno de ellos lo aprobaría. Era imprescindible que todos creyeran que se había marchado de la ciudad, lo que le daría libertad para buscar en paz.
Fuera de Roswell House, cuatro carruajes de viaje estaban llenos de maletas y personal. Cindy y Poppy se despidieron definitivamente de Rebecca, Elbridge, sus hijos y los Valmere. Fue un momento agridulce.
Rebecca abrazó a Cindy por lo que debía de ser la enésima vez.
—No te preocupes, querida, todo saldrá bien.
Era lo mismo que todos le habían dicho durante meses.
Cuando supo que se casaría con Nick. Cuando cayó en desgracia ante los ojos de la alta sociedad.
Cuando su marido la abandonó para no volver jamás.
Cuando él se enfrentó en aquel horrible duelo.
Cuando supo que estaba embarazada. Cindy no estaba segura de si todo saldría bien o no, pero estaba cansada de esperar a que sucediera por sí solo.
En cualquier caso, iba a tomar las riendas de su destino. Rezó pidiendo fuerzas.
Cindy besó a Rebecca en la mejilla.
—Gracias. Por todo. En cuanto nos hayamos instalado, te escribiré. Dime que vendrás a visitarnos.
—Intenta mantenerme alejada.
Entonces Coleman abrió la puerta del carruaje y Poppy se metió dentro junto a la señora Bickle. Cindy abrazó a Elbridge y sonrió a los Valmere antes de reunirse con su hijastra en el carruaje. La puerta se cerró tras ella y Cindy respiró hondo. Nunca había recurrido a un subterfugio en su vida.
Poppy le sonrió desde el otro lado del carruaje y luego se subió al regazo de Cindy.
—Dímelo otra vez, Cynthia. ¿Cómo es Hampshire?
Cindy acurrucó a Poppy contra ella y sonrió.
—No he estado en Westhaven Place, Poppy, pero he pasado por Hampshire cuando he visitado a mi primo en Dorset. Hay bonitos caminos rurales con árboles preciosos y hierba silvestre. La gente es muy amable.
—¿Crees que habrá unicornios por allí?
Cindy besó la frente de Poppy.
—Nunca he visto ninguno. Tendrás que estar atenta.
Lo cual, al parecer, era más fácil de decir que de hacer.
A solo unos kilómetros de Londres, Poppy dormía profundamente en brazos de Cindy.
Cuando el carruaje se detuvo frente al Golden Arms, Cindy le entregó a su hijastra a Coleman, quien la llevó con cuidado al interior de la posada y subió las escaleras hasta las habitaciones de huéspedes.
Cindy los siguió al interior y escuchó por casualidad a Gibson y al posadero.
—¿No sabe cuánto tiempo se va a quedar? —preguntó el hombre frunciendo el ceño.
Gibson negó con la cabeza.
—Podría ser un día o una semana, quizá más.
—Otros huéspedes necesitarán un lugar donde alojarse, señor.
—Hemos pagado por adelantado todo el establecimiento durante un mes, señor Browne. Las habitaciones son nuestras, estemos aquí o no. Y no se las va a vender a otros a nuestras espaldas. El duque de Roswell no lo tolerará.
El posadero palideció al oír aquel nombre.
Cindy sonrió. Llevar el apellido Roswell tenía, de vez en cuando, sus ventajas.
Era bueno ver que Gibson tenía la situación bajo control.
Eso le daba tranquilidad al dejar a todos allí mientras realizaba su búsqueda.
El joven mayordomo había avanzado mucho en los últimos meses y ella tenía toda la confianza del mundo en que el hombre cuidaría de su variopinto grupo mientras ella estuviera fuera.
Cindy atravesó la posada y subió las escaleras, encontrando a Poppy aún dormida en una de las habitaciones, abrazada a una de sus queridas muñecas. La señora Bickle la vigilaba.
—No se preocupe por la pequeña, Su Excelencia, yo la cuidaré bien.
—Sé que lo harás —respondió Cindy, sonriendo al ver a su hijastra dormida y esperando que todo saliera bien para ella.
Le lanzó un beso a la niña dormida y volvió a bajar las escaleras, donde encontró a Coleman esperándola.
—¿Está segura de esto, Su Excelencia?
Cindy asintió y pronto se pusieron de nuevo en camino hacia Londres en un carruaje alquilado. Al fin y al cabo, no sería conveniente atravesar la ciudad con el escudo de Roswell estampado en el costado.
Noche tras noche, su rutina era la misma.
Coleman y Cindy deambulaban por las calles en un carruaje de alquiler.
Coleman entraba en un local que desde fuera parecía perfectamente decente, pero Cindy se daba cuenta, por los otros hombres que espiaba desde las ventanas oscuras del carruaje, de que estaban lejos de ser respetables.
Cada noche, Coleman regresaba sacudiendo la cabeza.
—Es lo mismo, Su Excelencia. Nadie lo ha visto en meses.
No podían seguir así. Además de la angustia que le provocaba, no estaban llegando a ninguna parte. Estaba más que desesperada.
—Coleman, dile al cochero que nos lleve a Drury Lane.
Asintió y le dio las nuevas órdenes al cochero. Luego se recostó contra los cojines.
—¿Está segura de esto, Su Excelencia?
—¿Tienes alguna idea mejor?
No es que le hiciera ninguna gracia la perspectiva de encontrarse cara a cara con la amante de Nick.
Con un poco de suerte, él estaría en la función y todo aquello podría acabar de una vez.
Pero si estaban juntos… Cindy no podía ni pensarlo.
Verlo en brazos de su amante sin duda destruiría lo que le quedaba de corazón.
Una vez en el teatro, Coleman dejó a Cindy en el carruaje, como siempre.
En la oscuridad, tenía los nervios de punta y no estaba segura de si era el bebé que llevaba en el vientre o la idea de Nick disfrutando de un encuentro amoroso con la señorita Kane lo que le hacía sentir un nudo en el estómago.
Parecía como si Coleman llevara una eternidad dentro del teatro.
Sin duda llevaba allí más tiempo del que había pasado en cualquiera de los burdeles o casas de juego.
¿Significaba eso que Nick estaba allí? ¿Estaría reprendiendo al cochero por aceptar aquel encargo absurdo?
Las manos de Cindy se retorcían de nervios y se asomó por la ventana, esperando ver alguna señal de Coleman.
Entonces él apareció por un lateral del teatro. Su paso era decidido, aunque su rostro estaba tenso. Cindy se preparó para lo peor cuando Coleman abrió la puerta.
—La señorita Kane desea hablar con usted.