El discreto arte de desafiar… a un duque (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 4) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Nunca tenemos tiempo para estar juntas. ¿Crees que podrías mantener una conversación con lord Carteret o el comandante Carteret sin que la cosa acabe en puñetazos?

Él le apretó la mano, se apartó y le guiñó un ojo.

—Lo que tú quieras, cariño.

Luego sonrió a Addie.

—Solo te la dejo a tu cuidado. No dejes que ningún otro sinvergüenza o canalla se le acerque.

Cindy soltó una risita.

—Vete ya. Solo siento cariño por mi sinvergüenza, como bien sabes.

Después de que Nick desapareciera entre la multitud, Cindy volvió a centrar su atención en Addie.

—Me alegro tanto de verte. ¿Estás segura de que no pasa nada? ¿No se enfadará tu madre si se entera de que has estado relacionándote con esa duquesa escandalosa?

—Por supuesto que sí —respondió Addie con sinceridad—. Así que más vale que le saquemos partido.

Justo en ese momento, Cindy miró al otro lado de la sala y frunció el ceño.

—¡Ay, qué fastidio! —susurró con el ceño fruncido—. No mires ahora, pero lord Brookfield viene hacia aquí y tiene los ojos puestos en ti, como de costumbre.

Addie gimió, lo cual era totalmente comprensible. El vizconde Brookfield era un cazafortunas impenitente, casi el doble de mayor que ellas, y siempre olía fatal. Por desgracia, había puesto sus ojos en Addie y su cuantiosa dote al final de la temporada pasada.

—¡Mis queridas chicas! —dijo la voz de Rebecca detrás de ellas—. Me alegro mucho de que os hayáis encontrado.

—Becky —susurró Cindy detrás de su abanico—, tienes que deshacerte de lord Brookfield. Intentará acaparar a Adelaide.

Rebecca frunció el ceño al ver acercarse al vizconde.

—Ni siquiera recuerdo haberlo invitado. No importa, yo me encargaré de ello.

Cuando el hombre llegó hasta ellas, Rebecca sonrió beatíficamente.

—Mi querido Brookfield —exclamó efusivamente—. Lady Bramwell, la viuda, por supuesto, estaba preguntándome por ti.

—¿De verdad? —tragó saliva Brookfield.

Cindy contuvo una risa. Nadie quería tener nada que ver con la viuda lady Bramwell. De hecho, Cindy evitaba a la vieja dragona siempre que podía. Solo Rebecca parecía llevarse bien con ella.

—¡Oh, sí! —le aseguró Rebecca—. De hecho, milord, le prometí a su señoría que le enviaría directamente con ella en cuanto le viera.

—¿De verdad? —chilló él.

—Así es. Está allí, en la esquina.

Rebecca señaló al otro lado de la sala, donde muchas viudas se alineaban junto a la pared.

—¿La ve?

Brookfield palideció. Sin duda había visto a la marquesa viuda, y asintió con aire hosco.

—En efecto, la veo.

—¡Espléndido! —Rebecca aplaudió alegremente—. Adelante, milord, no me gustaría hacer esperar a su señoría.

Brookfield dio media vuelta y cruzó la sala con la cabeza gacha, como un hombre que se dirige a la horca.

Triunfante, Rebecca se volvió hacia Cindy y Addie.

—Bueno, eso ya ha pasado. Ahora bien...

Miró a Addie de arriba abajo.

—Brookfield no es para ti, querida. Me esforzaré por encontrarte un caballero apuesto antes de que acabe la velada.

A Addie se le escapó una risa.

—Lady Elbridge, eso no es necesario en el...

—Rebecca.

La rica voz de barítono de lord Ellington flotó por encima del hombro de Cindy.

Cindy se giró y sonrió al apuesto conde. Era estupendo que hubiera decidido asistir esa noche. Como se le consideraba un dechado de honor a los ojos de la alta sociedad, su apoyo contribuiría en gran medida a reparar su reputación.

—¡Nathanie!

La sonrisa de Rebecca se amplió al posar la mirada en Ellington.

—Cariño, me alegro mucho de que hayas encontrado tiempo para asistir a mi pequeño baile.

Ellington arqueó una ceja dorada con aire burlón.

—La verdad es que no me has dado mucha opción.

Cindy hizo un gesto de disgusto. No era precisamente halagador que admitiera abiertamente que Rebecca le había intimidado para que asistiera.

Su prima se rió con encanto y le rodeó el brazo con la mano.

—Cariño, ya conoces a mi prima, la duquesa, por supuesto. Pero ¿has conocido a la señorita Adelaide Carlisle?

—No. No creo haber tenido ese placer.

Ellington no parecía muy complacido, aunque se las arregló para sonreír amablemente a Addie.

Sin duda, el hombre pensaba que Rebecca estaba intentando emparejarlo con su amiga. Cindy sonrió ante esa idea. Aunque muchas mujeres se derretirían ante la presencia de lord Adonis, Adelaide Carlisle nunca sería una de ellas.

—Entonces permíteme tener el honor —continuó Rebecca—. Lord Ellington, la señorita Adelaide Carlisle, de Nottinghamshire.

—Me complace conocerla, señorita Carlisle.

—El placer es todo mío —respondió Addie con fingida dulzura.

Cindy contuvo una risa. No sería bueno que el conde supiera que el tono de voz de Addie era, en realidad, peligroso.

Rebecca dio entonces un golpecito en el pecho de Ellington con su abanico.

—Cariño, nunca bailas. ¿Podría convencerte para que salgas a la pista esta noche?

El conde la miró con ira por un instante, pero luego la expresión de irritación se desvaneció, como si nunca hubiera estado allí.

—Sí, por supuesto, Rebecca.

Sus ojos recorrieron a Cindy antes de posarse en Addie.

—Señorita Carlisle, ¿puedo ver su tarjeta de baile?

Atónita, Addie levantó la muñeca hacia el conde, donde colgaban su tarjeta de baile y un pequeño lápiz. Entonces él garabateó su nombre para la siguiente canción.

Pobre Ellington. Al parecer, tenía una suerte terrible. Cualquier otra dama de la sala habría estado encantada de bailar con él. Pero tuvo que elegir a la única que le detestaba profundamente.

Sonaron los primeros acordes de un vals y Ellington le ofreció el brazo a Addie.

Cindy observó cómo prácticamente arrastraban a su amiga al centro de la pista de baile, pero no tuvo mucho tiempo para pensar en la situación de Addie.

Nick se acercó por detrás de Cindy en ese momento y le rodeó la cintura con el brazo.

—Te necesito —le susurró al oído, y un escalofrío de expectación recorrió la espalda de Cindy.