Capítulo 14 #2
Con los ojos cerrados, los dedos de Cindy volaban sobre las teclas.
La melancólica música de Vivaldi era un bálsamo para su alma, ya que le permitía distraerse de la conversación que tenía lugar al final del pasillo.
Tras el viaje desde Derbyshire y después de pasar la mayor parte de la noche anterior escribiendo las invitaciones de boda que se habían enviado esa misma mañana, había esperado al menos ver a Nick.
Pero cuando llegó con Rebecca y Elbridge, el mayordomo, bastante joven, le había pedido que esperara en el salón.
Llevaba esperando lo que le había parecido una eternidad, y pensó que, si iba a vivir allí, no estaría de más familiarizarse con la distribución de la casa.
Fue entonces cuando vio la sala de música, su refugio favorito en cualquier mansión. El pianoforte parecía llamarla. Cindy se sentó en el banco acolchado.
La rica música la envolvió, y Cindy se perdió en el sonido, completamente ajena a lo que la rodeaba.
—¿Eres mi nueva niñera? —preguntó una vocecita desde el pasillo.
Cindy abrió los ojos de par en par, giró la cabeza y descubrió a una preciosa niña de pelo azabache y grandes ojos plateados que lucía un vestido azul bastante raído.
Con solo mirarla, Cindy no tuvo ninguna duda sobre su identidad.
Era la versión femenina de Nicholas Westhaven en todos los sentidos.
—¿Niñera? —repitió ella.
La niña asintió con la cabeza y dio unos pasos hacia delante.
—Papá dijo que me conseguiría una nueva niñera. La señora Seeber no quería vivir en un antro de perdición.
Cindy asintió, entendiéndolo perfectamente. Tampoco estaba segura de querer vivir en un antro de perdición.
—Soy Cynthia —dijo con una sonrisa, y se hizo a un lado en el banco acolchado del piano para dejarle sitio a la niña.
—Oh, qué nombre tan bonito —respondió la pequeña con una amplia sonrisa.
Luego se subió al banco y se sentó junto a Cindy.
—Yo soy Poppy.
Lo cual, por supuesto, Cindy ya había deducido.
—Encantada de conocerte, Poppy —respondió con una sonrisa.
Y así era. Nick era tan enigmático que estaba segura de que nunca tendría la oportunidad de conocer a su hija.
Era alentador que él no tuviera intención de mantener esa parte de su vida separada de ella, no después de que Rebecca le hubiera explicado lo mucho que quería a la niña.
Un atisbo de esperanza brotó en su corazón.
Aunque este matrimonio no era lo que había planeado, ahora era inevitable, y el hecho de que él le estuviera abriendo las puertas de su vida contribuía en gran medida a que su unión fuera un éxito.
—¿Quieres tomar el té conmigo? —preguntó Poppy, interrumpiendo los pensamientos de Cindy.
La pequeña era realmente encantadora. Sería difícil que no le cayera bien. Cindy se encontró sonriendo a su futura hijastra.
—Me encantaría.
Poppy dio una palmada.
—A papá le gusta el té con miel, pero a mí me gusta con azúcar. ¿A ti qué te gusta?
Cindy se dirigió a la cuerda de la campana y tiró de ella ligeramente.
—Oh, a mí también me gusta con azúcar. Y con leche.
—¿Conoces a mi papá?
Cindy asintió y volvió al banco del piano.
—Sí.
No tan bien como le gustaría, pero eso cambiaría muy pronto.
Unos instantes después, la puerta se abrió y entró el joven mayordomo, de aspecto agobiado.
—¿Sí, señorita Abbott?
—A la señorita Poppy y a mí nos apetece un té, Gibson.
Al parecer, Gibson no se había fijado en Poppy, porque cuando sus ojos se posaron en la niña, se le abrieron como platos.
—¡Señorita Poppy! —siseó, y su rostro se tornó ligeramente púrpura.
La niña contuvo el aliento.
—Señor Gibson, solo quería ver a papá.
—Ya se lo he dicho, señorita. Su Excelencia está en una reunión. Y se supone que usted debe estar en su habitación.
¿Poppy tenía una habitación en Roswell House? Eso le sorprendió un poco a Cindy. Aunque no tanto como ver a la niña en persona. ¿No había dicho Rebecca que la pequeña vivía con su madre en Bloomsbury?
Con su sonrisa más encantadora, le dijo al mayordomo:
—En realidad, Gibson, la señorita Poppy me está haciendo compañía.
Y se lo agradecía. Esperar a que Elbridge y Rebecca terminaran su conversación con Nick y su abogado la estaba matando.
—Muy bien —respondió el mayordomo con el ceño fruncido antes de retirarse de la sala de música.
—El señor Gibson juega a las muñecas conmigo —le informó Poppy.
Aquella imagen hizo que Cindy soltara una risita. Gibson era bastante joven para ser mayordomo, pero aun así no conseguía imaginarse a aquel hombre jugando con los juguetes de una niña pequeña.
—¿Tienes muchas muñecas, Poppy?
La niña asintió con entusiasmo.
—Oh, sí. ¿Quieres verlas?
Cindy sonrió.
—¿Las invitamos a tomar el té con nosotras?
Poppy sonrió radiante.
—Eso sería divertido.
Luego salió corriendo de la habitación tan rápido como pudo.
Cindy la miró alejarse, tratando de entender la situación.
¿Con qué frecuencia iba Poppy a Roswell House?
¿Y en los próximos años tendría que ver a Ellen Fairchild con regularidad?
Cindy frunció el ceño ante esa idea. Nick iba a ser su marido, y no le hacía ninguna gracia la idea de pasar una cantidad excesiva de tiempo con su antigua amante.
De hecho, tampoco le gustaba pensar que él hubiera pasado tiempo en la cama de otra persona, ni en el pasado, ni en el presente, ni en el futuro.
Era bastante mezquino por su parte. Y aunque nunca le reprocharía a Nick que pasara tiempo con su hija, prefería no verse obligada a compartir tiempo con Ellen Fairchild. Con suerte, él no se lo pediría. Por otra parte, tampoco quería que Nick viera a la impresionante actriz sin ella.
—¿Por qué tienes ese aspecto tan preocupado? —preguntó Nick desde la puerta.
Se pasó una mano por el pelo negro y se plantó ante ella, tan guapo y viril que le cortó la respiración.
No se había dado cuenta hasta ese mismo momento de lo mucho que lo había echado de menos, y se levantó de un salto del asiento, limpiándose las manos nerviosamente en la falda.
—Nick.
—¿Estás bien, Cynthia? —preguntó él al entrar en la habitación, con expresión preocupada.
—Yo… yo… —tartamudeó ella—. Por supuesto.
Sonaba como una tonta, ahí boquiabierta mirándolo. Entonces hizo una reverencia tardía.
—Su Excelencia.
Él la miró con el ceño fruncido.
—Hace tiempo que dejamos atrás las formalidades, cariño.
Justo en ese momento, Poppy irrumpió en la habitación, con los brazos repletos de muñequitas de todas las formas y tamaños.
—Disculpa, papá —dijo—, y luego se dejó caer en el suelo frente al banco del piano, esparciendo sus muñecas por toda la alfombra—. Aquí están, Cynthia.