Capítulo 11 #2
La tensión iba en aumento dentro de Cindy, y su respiración se aceleró, como si no pudiera tomar una bocanada completa de aire. El dedo resbaladizo de Nick se deslizaba de un lado a otro dentro de ella, y Cindy se retorcía impotente en sus brazos.
—¡Oh, Nick! —susurró.
Y entonces… entonces el mundo dejó de girar.
Cindy no solo flotaba en las nubes, sino que se cernía muy por encima de ellas, sintiéndose como si estuviera viva por primera vez en su vida, surcando el cielo.
Volvió lentamente a la realidad y se atrevió a mirar a su duque.
«Peligroso» ni siquiera empezaba a describir a aquel hombre.
Era mucho más que eso. Cindy quería todo lo que él le ofrecía, todo lo que pudiera enseñarle. Todo.
Besó su pecho, donde se le había desabrochado la camisa. Un suave vello le hacía cosquillas en la nariz.
Sus musculosos brazos la rodearon, abrazándola con fuerza.
—Cásate conmigo, Cynthia.
Su voz era ronca.
Cindy cerró los ojos y respiró hondo, inhalando su aroma. Sin fuerzas y saciada, no quería pensar en el futuro, ni en lo que todo esto significaba. Solo quería permanecer en la seguridad de sus brazos.
—N-necesito tiempo, Nick.
Él le besó la frente y le acarició la espalda.
—Pero no tardes demasiado, cariño.
Cindy se despertó sobresaltada, parpadeando en la oscuridad.
¿Qué ha sido eso?
Entonces se fijó en el cuerpo corpulento a su lado, lo cual fue toda una sorpresa. ¿Dónde estaba?
Entonces lo recordó todo de golpe. Nick y las cosas que le había hecho.
¡Dios mío, todavía estaba allí!
Se retorcía en la cama mientras dormía, murmurando algo.
—¡No! —gritó.
¡Dios mío, alguien iba a oírlo!
El pánico se apoderó de Cindy y se apresuró a subirse encima de él.
—¡Shh!
Le tapó la boca con la mano, esperando que se despertara.
—Nick, por favor.
Su cuerpo estaba frío y sudoroso bajo ella, y seguía revolviéndose agitado. Cindy se esforzó por calmarlo.
—Por favor, despierta.
Por fin Nick se quedó quieto y Cindy supo que estaba despierto. Su respiración ya no era entrecortada, sino firme y regular.
—Nick —susurró ella, deslizándose a su lado—. ¿Estás bien?
Él gruñó una respuesta ininteligible.
Cindy dio un suspiro de alivio. Había sido un poco aterrador. Apoyó la cabeza en su pecho y escuchó cómo le latía el corazón con fuerza.
—Estabas teniendo una pesadilla.
Se incorporó bruscamente, casi tirando a Cindy al suelo.
—¡No es verdad! —gruñó.
Aún un poco conmocionada y confundida por su tono, Cindy se incorporó a su lado, tocándole suavemente el hombro.
—¿Estás bien?
Él giró la cabeza, frunciéndole el ceño.
—No necesito que me mimen, Cynthia.
Ella retiró la mano de inmediato y se apartó. En realidad, no tenía por qué ser tan brusco. Ella solo intentaba ayudar.
—Bueno, pues te sugiero que te vayas a tu habitación.
Su rostro se suavizó.
—No quería decir lo que parecía.
—De todas formas, no deberías estar aquí —señaló ella con un resoplido.
Luego saltó de la cama para dejarle todo el espacio que necesitaba y se hundió en una de sus sillas.
Él se frotó la barbilla cubierta de barba, mirándola fijamente.
—Cariño, realmente deberíamos hablar.
Por supuesto que debían hacerlo. ¡Cielos! Las cosas que le había hecho. Solo los recuerdos le calentaban la piel por todas partes.
Cindy negó con la cabeza.
—No creo que este sea el momento ni el lugar adecuados.
Él se levantó, cogió del suelo el chaleco que había dejado tirado y le dio un beso en la coronilla.
—No puedes posponerlo para siempre, Cynthia.
Luego se escabulló hacia el pasillo a oscuras.
Mientras Nick se dirigía a su habitación, se frotó la cara con rudeza, tratando de borrar de su mente aquellas imágenes inquietantes.
¡Otro de esos malditos sueños! Aunque le habían atormentado de forma intermitente casi toda su vida, nunca se había acostumbrado a ellos.
Siempre le dejaban sin aliento y sintiéndose de nuevo como un niño vulnerable de diez años.
Dios, odiaba que Cynthia le hubiera visto así.
Una vez que se casaran, dormir en habitaciones separadas sería una necesidad.
No podía permitirse volver a quedarse dormido en su cama.
No debería haberlo hecho esta vez. Simplemente había sucedido.
Ella había estado tan suave y tranquila en sus brazos que no quería dejarla.
Aun así, no debería haberse quedado dormido.
Qué error tan tonto. En el futuro tendría que estar mucho más atento.
Dobló una esquina y se topó de frente, precisamente, con Elbridge.
¡Maldición! Lo único que le faltaba era que el vizconde le hiciera preguntas.
Nick esbozó una expresión de aburrimiento.
—Buenas noches, Elbridge.
—¿Nick? —Los ojos marrones de Elbridge se abrieron como platos—. ¿Qué haces despierto?
—Podría hacerte la misma pregunta.
Su amigo se encogió de hombros.
—Ah, bueno, mi pequeña Sarah ha estado teniendo pesadillas. La niña tiene una imaginación tan vívida que se apodera de ella por la noche. Rebecca me pidió que fuera a ver cómo estaba.
Pobre Sarah. Nick podía compadecerse de ella.
—Qué hogareño por tu parte —dijo con tono burlón.
Elbridge frunció el ceño.
—Sí, bueno, algunos lo somos. ¿Y tú qué haces despierto?
—No puedo dormir.
El vizconde esbozó una sonrisa burlona.
—Sé dónde esconde Larry Beckford el buen whisky. ¿Quieres un trago? Quizá te ayude.
—Llévame, amigo mío.