Capítulo 11
N ick entró con paso firme en su habitación.
La velada había sido tediosa, por decirlo suavemente.
No tenía ni idea de cómo el resto de la gente podía bailar y charlar de tonterías toda la noche.
A pesar de su título, no estaba hecho para pasar demasiado tiempo en la alta sociedad; hacerlo siempre lo dejaba irritable.
El único momento agradable de la noche fue cuando tuvo a Cynthia en sus brazos.
Su sonrisa podía iluminar toda una sala.
El simple hecho de estar en su presencia le hacía sentirse como un joven apuesto de nuevo, hasta que surgía alguna referencia al comandante Moore y su mundo se venía abajo.
Se arrancó la corbata y la dejó caer al suelo a sus pies, luego se quitó la chaqueta con un movimiento de hombros.
Al abrir el armario, un trozo de seda rosa en el fondo le llamó la atención.
La bata de Cynthia. Seguía donde la había tirado esa misma mañana, para que la criada asignada a su habitación no la viera y se desatara el cotilleo entre los sirvientes sobre quién podría haber sido la invitada de medianoche del malvado duque.
Nick se agachó y se llevó la suave seda a la nariz. Todavía olía a lilas. Sonrió, recordando la mirada ardiente de sus ojos cuando se la había tirado la noche anterior. Le gustaba su carácter.
Era una lástima que no hubiera podido convencerla de que volviera a su habitación esa noche. Al fin y al cabo, ella no era inmune a su tacto, y él preferiría intentar de nuevo convencerla de que se casara con él sin las miradas vigilantes de los demás invitados.
Probablemente ella debería recuperar su bata. No era propio de un caballero quedársela. De hecho, probablemente debería devolvérsela ahora mismo. En este preciso instante.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.
Cindy entró en su habitación y casi se desplomó en una de las sillas.
Las últimas horas habían sido bastante agotadoras.
Cuando no estaba bailando, hacía compañía a Ellington, pero el resto de la velada la había perseguido la mirada de Nick cuando había abandonado el salón de baile.
Decía un millón de cosas diferentes y, sin embargo, nada, todo a la vez.
Aunque al final regresó, parecía agitado y no se había vuelto a acercar a ella.
Quizá Rebecca tenía razón. Quizá ella tenía el poder de romperle el corazón.
La idea era como una daga clavada en el suyo.
Se quitó las horquillas del pelo, absorta en sus pensamientos sobre la encrucijada en la que se encontraba.
Todo era tan confuso, y no estaba segura en absoluto de cómo había sucedido.
Amaba a Philip, siempre lo había hecho, pero Nick le hacía sentir cosas exquisitas que nunca había experimentado, que nunca supo que existían.
Era una pena que no fueran las dos caras del mismo hombre. Por supuesto, un hombre así no podía existir más que en las novelas.
Un suave golpe en la puerta la hizo enderezarse. Qué raro. Ya se había despedido de sus amigas y de Rebecca. Cindy se levantó, sacudiéndose las horquillas que le quedaban en el pelo, y cruzó la habitación. Cuando abrió la puerta, se le cortó la respiración.
Nick.
Con un aspecto más diabólicamente guapo de lo que ningún hombre tenía derecho a estar, la miró directamente al alma. Se había quitado la chaqueta de noche, así como la corbata, pero lucía una sonrisa pecaminosa que le derretía las piernas.
No podía permitir que nadie lo encontrara en el pasillo frente a su habitación, así que lo agarró por el chaleco y lo empujó rápidamente hacia dentro.
—¿Qué haces aquí? —siseó tras cerrar la puerta lo más suavemente que pudo.
Él no respondió, solo la atrajo hacia sus brazos y reclamó su boca con sus labios exigentes.
Cindy se quedó sin aliento y habría dado un paso en falso si él no la hubiera sujetado con fuerza contra él.
Ella cerró los ojos, saboreando la experiencia.
El calor emanaba de Nick, y un deseo desenfrenado se acumulaba en lo más profundo de su vientre.
Lo deseaba. Quería que la tocara como lo había hecho antes.
Que la saboreara. Que nunca se detuviera.
No pudo evitar gemir cuando él le echó la cabeza aún más hacia atrás y se abalanzó dentro de su boca.
Sus manos se deslizaron por su pecho musculoso, sintiendo sus músculos y tendones bajo la camisa impecable.
Las manos de él comenzaron a subir desde su cintura, hasta que le acarició los pechos, haciéndola jadear y desear más.
Nick la empujó contra la puerta cerrada, provocándole un cosquilleo que le recorrió la espina dorsal.
Su peso contra ella, empujándola contra la puerta dura, era estimulante.
También había algo más. Algo que se estaba volviendo cada vez más evidente. Lo había visto desnudo. Pero aún no estaba preparada para lo que se sentía al tener su virilidad, bastante grande, dura y firme, presionando contra su vientre.
Abrió los ojos.
—¿Te has cambiado de opinión?
Nick le dedicó una sonrisa pícara.
—Te devuelvo la bata.
Luego metió la mano dentro del chaleco, dejando al descubierto la bata de seda rosa doblada contra su cuerpo.
—Pero me gusta más tu sugerencia.
Se echó la bata por encima del hombro y cogió a Cindy en brazos.
Ella jadeó y lo miró con asombro mientras él cruzaba la habitación hacia su cama.
—¡Nick!
—¿Por qué no continuamos el juego que empezamos esta tarde, cariño? Tú sigues teniendo el control. Pararé o me iré cuando me lo pidas.
De alguna manera, ella ya estaba de pie de nuevo, y sus largos dedos ya le estaban desabrochando los botones a través de los ojales, mientras sus labios rozaban el lado de su cuello.
El fuego le abrasaba la piel allá donde le tocaban sus labios y sus dedos.
Cindy no podía pensar con claridad; se había perdido en la sensación de sus manos desnudas sobre sus hombros, sus brazos, su espalda…
deslizando su vestido por su cuerpo, hasta que quedó amontonado a sus pies.
Levantó la vista hacia sus ojos plateados y casi se le cortó la respiración. Él la miraba con tal deseo que pensó que era muy posible que se desmayara.
Nick inclinó la cabeza, mirándola profundamente a los ojos.
—Te acuerdas de las reglas, ¿verdad, Cynthia? —le susurró al oído.
Ella asintió con la cabeza, atónita.
—Di: “Bésame, Nick” —le indicó con voz ronca, apartándole un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Bésame, Nick.
Él le sujetó la mandíbula y presionó sus labios contra los de ella, suaves y sensuales. Flotar en las nubes era una descripción acertada.
Antes de que Cindy se diera cuenta, estaba tumbada de espaldas, con él inclinado sobre ella, la rodilla de nuevo entre sus piernas. Ella se arqueó contra él, sin siquiera proponérselo; y él profundizó el beso, pasando las manos por su melena.
—Te deseo, Cynthia —le susurró con voz grave al oído.
Dios mío, ella también lo deseaba; quería sentir sus manos sobre ella, sus labios sobre ella, su peso sobre ella. Recorrió con las manos todo su cuerpo y suspiró.
—Di: “Tócame, Nick” —le dijo él contra el hueco de su cuello.
—Por favor, tócame, Nick.
Ella esperaba que él le pusiera la mano en el pecho como había hecho en las ruinas, pero en lugar de eso deslizó la mano por su pierna. Cindy pensó que saldría volando de la cama ante su tacto, tan suave y cálido, pero completamente inesperado.
—N-Nick —jadeó ella.
Pero él seguía besándola, y su mano llegó al dobladillo de su camisón.
—¿Hmm?
Ella tragó saliva. Con fuerza.
—¿Q-qué estás haciendo?
Él levantó la cabeza, sonriéndole con aire pícaro.
—Tocándote, cariño. Tal y como me pediste. No dijiste dónde.
Le apretó el muslo y su mano traviesa subió poco a poco.
—Pero si quieres que pare, solo tienes que decirlo —le recordó y luego le mordisqueó el cuello.
Estaba segura de que perecería si él paraba. Gloriosas espirales de deseo desenfrenado la recorrieron y quería sentir más. Su sonrisa se hizo más amplia mientras la acariciaba a través de las bragas y ella se arqueó contra su mano.
Cindy solo pudo parpadear mientras él le subía el camisón hasta el vientre y le desataba las bragas. En algún lugar recóndito de su mente, una vocecita le advertía de que aquello estaba mal, pero se ahogaba entre el resto de su ser gritando sí.
Nick le quitó las bragas y las lanzó por encima del hombro. Cuando el aire fresco la golpeó, Cindy intentó cerrar las piernas, sintiendo que el pánico inicial se asentaba, pero él se inclinó y le besó el vientre.
—No pasa nada, cariño.
Su mano le acarició la pierna con un movimiento circular y tranquilizador, reconfortándola.
Luego deslizó lentamente un dedo largo por el suave vello en la unión de sus muslos.
El movimiento circular continuó a través de sus pliegues femeninos, y Cindy pensó que su corazón se detendría.
Exhaló un suspiro que no sabía que había estado conteniendo, y luego lo volvió a tragar cuando su dedo se deslizó profundamente dentro de ella.
Conmocionada y, sin embargo, revitalizada, Cindy estuvo a punto de incorporarse de golpe, pero la mirada firme de Nick la tranquilizó.
Sus movimientos eran lentos pero extraordinarios, mientras la acariciaba entrando y saliendo, una y otra vez.
Luego se sentó en la cama junto a ella, sin perder el ritmo con sus dedos expertos, y la acunó contra él.
Olía deliciosamente a sándalo y whisky caro, y Cindy saboreó su abrazo, la fuerza con la que la rodeaba. Se sentía embriagada, salvaje y a salvo, todo a la vez.
Entonces Nick detuvo su dedo dentro de ella, mientras su pulgar la exploraba hasta encontrar un punto sensible. Lo rozó ligeramente, enviando chispas directamente a su centro.
—¡Oh! —casi gritó.
Nick se rió entre dientes.
—Eso es solo el principio, Cynthia. Relájate —le susurró.
Luego le echó la cabeza hacia atrás y se apoderó de su boca mientras continuaba con su exquisita tortura con el pulgar.