Capítulo 5 #2
Cómo se las arregló para pasar la cena sin perder por completo la cabeza o la paciencia era un misterio para Cindy.
Tuvo que dejar caer su brazalete de rubíes al suelo a la hora de marcharse para poder coger su zapatilla de debajo de la mesa.
La mirada de maliciosa satisfacción en el rostro de Roswell cuando esta emergió de las profundidades de la mesa fue suficiente para que Cindy le mandara al diablo en silencio.
Cuando las mujeres comenzaron su huida hacia el salón para que los hombres pudieran disfrutar de su oporto, nunca se había sentido más aliviada. Entonces Rebecca se cogió del brazo de Cindy y comenzó a acompañarla por el pasillo.
—Querida, parecías incómoda durante la cena de esta noche. ¿Te encuentras bien?
Cindy esbozó una sonrisa forzada.
—La verdad, Rebecca, creo que algo de la cena no me sentó bien.
O alguien.
—Creo que me retiraré a descansar.
Rebecca le puso la mano en la frente a Cindy.
—Es muy raro que te encuentres mal, cariño. ¿Hay algo que pueda hacer?
Cindy negó con la cabeza.
—Estoy segura de que me encontraré mejor después de una buena noche de descanso.
Luego continuó por el pasillo y subió las escaleras hacia su habitación. Al menos podría encontrar algo de paz en la seguridad de su propia habitación.
Sin embargo, al doblar una esquina, se detuvo en seco. Una figura oscura salió de las sombras y la miró fijamente.
Roswell.
Se yerguía alto y fuerte, bloqueándole el paso, y Cindy entrecerró los ojos ante aquel sinvergüenza.
Estaba claro que intentaba intimidarla, y ya había aguantado bastante de sus manos por esa noche, muchas gracias.
Así que se dirigió hacia él con paso firme, decidida a demostrarle al poderoso, apuesto y exasperante duque que no tenía absolutamente ningún efecto sobre ella.
—Eres un conversador pésimo —se quejó ella e intentó pasar a su lado por el pasillo, pero su fuerte brazo se extendió ante ella y la acorraló contra la pared, tal y como había hecho antes con su armario.
El duque se acercó silenciosamente a ella y, mientras Cindy inhalaba su aroma a sándalo, tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Era embriagador.
¡Maldito sea!
—Te vieron —susurró— saliendo de mis aposentos esta tarde, cariño.
Mentía. Si eso hubiera sido cierto, Elbridge la habría apartado a un lado y le habría informado de que, por mucho que le disgustara la idea, estaba a punto de casarse con el hombre bruto que en ese momento la tenía retenida.
—¿Cómo te atreves? —preguntó Cindy, apartando de un manotazo sus manos, que habían descendido hasta su cintura.
—Como mi esposa —replicó él con tono burlón— descubrirás que soy bastante atrevido.
Cindy lo miró con ira.
—Ya hemos hablado de esto, Su Excelencia. Yo me voy a casar con el mayor Moore, y…
—Sí, pero eso fue antes de que Valmere me abordara mientras jugaba al billar y me exigiera saber qué hacía contigo en mi habitación hoy mismo. Entonces mi viejo amigo amenazó con ir a ver a Elbridge con los detalles.
¿Lord Valmere? Cindy sintió que se le iba el color de la cara.
Su humillación era ahora total. Siempre había tenido el mayor respeto por el conde, y saber que él creía que ella y el duque habían…
Bueno, que él creyera que ella y el duque habían hecho las cosas que ella había presenciado antes era bastante inquietante.
¡Cielos!
Se había sentado junto a ese hombre durante la cena. Debía de creer lo peor de ella, y se le revolvió el estómago solo de pensarlo.
—Entonces, ¿por qué no le ha dicho nada a Elbridge? —preguntó con un hilo de voz.
—Vino a mí primero. Quería darme la oportunidad de explicarme…
¡Explicarme!
¡Gracias a Dios! Cindy se sintió invadida por el alivio. Roswell solo estaba jugando con ella. No tenía ningún deseo de casarse con ella, ni siquiera le gustaba. Solo la estaba castigando por haber estado en su habitación en primer lugar. Torturándola, igual que había hecho durante la cena.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó ella con acidez.
—Le pedí que esperara antes de hablar con Elbridge… por el momento.
—¿Por el momento? Podrías haberle dicho simplemente la verdad y entonces…
—Y entonces no tendría nada con lo que presionarte. Me estoy dando cuenta de que eso me gusta bastante.
Él le sonrió con un brillo tan diabólico en sus ojos plateados que Cindy tuvo que respirar hondo.
¡Ese pícaro!
Se le encendió de nuevo el rostro y frunció el ceño con aire severo.
—No sé qué pretendes, pero iré yo misma a ver a Elbridge y se lo diré, y…
—¿Y? —la incitó el duque malicioso, levantando una ceja—. Me dejó muy claro, y estoy seguro de que a ti también, que si alguien hubiera visto algo, me habría encadenado a ti en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Qué expresión tan encantadora!
Bajó la cabeza y su sonrisa se volvió aún más libertina.
—En efecto. Ahora mismo estoy imaginándome encadenando tus piernas a mi cama y poseyéndote.
Cindy contuvo el aliento, sorprendida. Luego lo miró fijamente, completamente desconcertada.
Al fin y al cabo, ¿qué le respondía una joven de buena familia a una declaración tan obscena realizada por un hombre tan libertino?
Además, había una pequeña parte de ella que se sentía excitada por la sugerencia, aunque nunca se lo admitiría a nadie mientras viviera.
—Eres reprobable.
—No te preocupes, cariño, te acostumbrarás a mí tras unos veinte años de matrimonio.
No podía imaginar un destino peor.
—Yo… yo no me voy a casar contigo. No importa lo que diga Elbridge, ni nadie más, por cierto.
—¿No? —preguntó él con fingida inocencia.
—No.
Cindy empezó a sentirse un poco más en control y le empujó el pecho.
Una mirada seria se posó en su rostro.
—Quizá podamos llegar a algún tipo de acuerdo entonces.
¿Acuerdo? ¿Qué tipo de acuerdo? Cindy pensó que aceptaría casi cualquier cosa con tal de no tener que casarse con aquel hombre tan, tan malvado.
—¿Qué quieres de mí?
—Estoy seguro de que puedo convencer a Valmere de que mantenga la boca cerrada, si…
—¡Oh! ¡Gracias, Su Excelencia! —exclamó ella efusivamente, con la esperanza de que al menos tuviera un ápice de caballerosidad.
Pero, por supuesto, no lo tenía.
—Con dos condiciones.
Cindy tragó saliva. ¿Dos condiciones? No estaba segura de poder aceptar ni una sola de las condiciones que se le ocurrieran.
—La primera, cariño, es mi nombre. Siempre me llamarás Nick: ni Su Excelencia, ni Roswell, ni nada despectivo…
¿Estaba loco? Hacer eso la arruinaría por completo, y ella negó con la cabeza.
—¡Ni hablar!
—Pero Nick, pase lo que pase y sin importar con quién estés hablando. Si te refieres a mí con cualquier otro nombre o término, y me entero, le contaré a Elbridge lo que Valmere presenció.
Cindy se quedó boquiabierta. En sus veinte años de vida nunca había tratado con un hombre tan arrogante, autoritario y controlador.
Al ver que ella se limitaba a mirarlo fijamente, Roswell continuó:
—Y en segundo lugar, cuando todos se hayan retirado a descansar, saldrás de tu habitación y te reunirás conmigo en la mía. Seguro que aún recuerdas dónde está.
De repente, llamar «Nick» a aquel sinvergüenza ya no le parecía tan difícil, mucho mejor que quedar con él para una cita. Lo miró con total asombro. ¿Cómo se le ocurría siquiera pedirle algo así?
—Hablaré yo misma con lord Valmere y le explicaré lo que ha pasado, y…
Él se echó a reír, lo cual resultaba de lo más frustrante.
—¿Y a quién crees que va a creer, Cynthia? Ese hombre me conoce desde antes de que tú nacieras. Además, hay que tener en cuenta mi reputación. Una joven inocente nunca saldría de mis aposentos sin haber sido tocada; todo el mundo lo sabe, sobre todo Valmere.
—¿Ah, sí? —preguntó ella indignada—. No te entregaré mi virtud para que luego me arruines la reputación.
—No te he pedido tu virtud, Cynthia. Solo tu compañía.
Ella dio una patada al suelo, enfadada.
—¿Por qué haces esto? ¿Por qué estás tan empeñado en castigarme?
Él se inclinó hacia delante y le dio un suave beso en la frente, algo que no encajaba en absoluto con el hombre que ella creía que era, y ella no pudo evitar estremecerse.
—Simplemente estoy jugando la mano que me han repartido, cariño —susurró él—.
Tú eres quien se coló en mi habitación para robarme y luego no te identificaste cuando debías.
Tú nos metiste en este lío. Y nada es gratis.
Si quieres deshacerte de mí, tendrás que pagar mi precio.
Puedes venir a mi habitación, o Elbridge puede obligarte a casarte conmigo. Gano de cualquier manera.
—¿Estás loco? —siseó ella—. Para empezar, estoy en este lío por haber estado en tu habitación. Si alguien me viera, estaría arruinada para siempre.
Los ojos plateados de Roswell brillaron.
—Entonces más te vale tener cuidado.
La expresión de sorpresa en el rostro de Cynthia hizo sonreír a Nick. Sus bonitos ojos color avellana se agrandaron y su boca se quedó abierta. Esa boca deliciosa. Tenía planes para esa boca.
Y pronto, muy pronto, tendría esa boca sobre él… Pero no esa noche.
El primer paso era llevar a Cynthia a su habitación, hacer que tomara esa decisión, que cruzara el umbral.
Tras ese primer paso, todo lo demás encajaría en su sitio.
Esa noche tenía la intención de saberlo todo sobre ella.
Seducirla vendría después, cuando tuviera más tiempo y se la hubiera ganado.
Hasta entonces tendría que ser un hombre muy paciente.
Cynthia lo miró con ira. Luego, sin decir palabra, levantó la nariz en señal de desdén y pasó junto a él por el pasillo a oscuras. La chica tenía carácter, lo cual le gustaba mucho a Nick. Conquistarla sería a la vez un reto y una recompensa.
Con un aire de arrogancia en su paso, se dirigió hacia su habitación, en el otro ala de la casa. Tendría que encontrar algo con lo que ocupar su tiempo hasta que llegara la señorita Abbott.