Capítulo 3
N ick vio a la señorita Abbott en el suave césped de The Chase, charlando con tres muchachas tontas y, por supuesto, con Rebecca.
No es que prestara la más mínima atención a las demás.
Estaba concentrado únicamente en la sonrojada Cynthia, de cabello castaño rojizo, que acababa de darse cuenta de que se acercaba.
Desde la noche en que la conoció, había intentado no pensar en la prima pequeña de Rebecca Elbridge.
Había intentado ser honorable. Aunque ahora que veía cómo el sol se reflejaba en los suaves reflejos rojizos de su cabello oscuro, su determinación flaqueó en ambos frentes.
Tenía unos ojos avellana centelleantes, un hoyuelo en la mejilla izquierda que resultaba extrañamente tan entrañable como inocente y unos labios carnosos y rosados.
Cynthia Abbott era encantadora, y él ansiaba tocarla, demostrarle de una manera muy íntima que no le faltaba nada.
Nick tuvo que recordarse a sí mismo, al acercarse a ella, que la muchacha seguía bajo el cuidado de Elbridge. Incluso los pícaros más despiadados tenían principios.
Aun así, eso le carcomía por dentro. ¿Qué era exactamente lo que ella echaba en falta en él? Se burló ligeramente para sus adentros cuando el rubor de ella se intensificó al acercarse.
—Señorita Abbott —comenzó mientras su bota tocaba la manta de ella.
No dedicó ni una mirada a nadie más, ni siquiera a Rebecca, lo cual probablemente sería un error que pagaría más tarde.
—Me gustaría hablar con usted.
Los ojos color avellana de Cynthia se abrieron como platos por el miedo.
Nick observó el movimiento de su esbelta garganta mientras ella tragaba saliva nerviosamente.
Y tenía motivos para estar nerviosa, si tuviera la más mínima idea de las imágenes que de ella se le pasaban por la cabeza en ese momento.
—¿A-a mí? —preguntó con un temblor en la voz.
Todas las demás chicas parecieron tomar la misma profunda inspiración al mismo tiempo, pero Cynthia se mordió el labio inferior mientras le miraba a los ojos con vacilación.
Nick la miró fijamente con profunda intensidad.
—A menos que prefiera hablar aquí, a la vista de todos.
En un abrir y cerrar de ojos, ella se puso en pie, y Nick le tendió el brazo. Rebecca también se levantó y entrecerró los ojos para mirarlo.
—Nick, querido, ¿pasa algo?
Él le dedicó una sonrisa encantadora a la vivaz vizcondesa, una mujer a la que había admirado durante años. Una mujer que había prometido, tras asegurarse su ayuda dos años antes con uno de sus planes, no volver a entrometerse en su vida personal.
—Por supuesto que no, Becky.
—Pero… —comenzó ella.
Él la miró fijamente con ese severo gesto ducal.
—¿Recuerda nuestro acuerdo, lady Elbridge?
Rebecca abrió mucho los ojos y miró primero a Nick, luego a Cynthia y de nuevo a él.
—Por supuesto.
—Bien.
Nick volvió a centrar su atención en la señorita Abbott, con el brazo aún extendido, y levantó una ceja expectante. Ella pareció armarse de valor para el encuentro, asintió ligeramente y luego posó su delicada mano enguantada sobre su antebrazo.
El deseo atravesó a Nick directamente hasta las entrañas, que deberían haber estado aún saciadas, pero, extrañamente, no lo estaban.
Justo cuando estaban fuera del alcance del oído de los demás, Cynthia levantó la cara para mirarlo.
Frunció el ceño y sus labios, tan dignos de un beso, se apretaron con enfado.
—¿Qué intentas hacer? ¿Arruinarme?
—No necesito intentarlo. Tú sola has hecho un magnífico trabajo en eso, cariño.
Ella resopló.
—Elbridge dijo que no pasó nada. Así que vamos a olvidar que este pequeño incidente haya ocurrido. Yo seguiré mi camino, y tú puedes… Bueno, puedes hacer lo que sea que hagas.
Que es lo que él debería hacer. Pero ahora que tenía una razón para hablar con ella, Nick no iba a dejarla pasar.
—No creo que sea tan fácil, Cynthia.
Sus bonitos ojos color avellana se abrieron de par en par al oír su nombre de pila, y Nick tuvo que contener una sonrisa.
¿Se abrirían aún más sus ojos la primera vez que la penetrara?
Porque no le cabía la menor duda de que pronto la tendría en su cama…
al diablo con Elbridge. Y disfrutaba cada vez más con la idea mientras ella balbuceaba buscando una respuesta.
—¿En qué sentido, Cynthia, te parezco deficiente? —preguntó él—. Me gustaría mucho disipar tus dudas al respecto.
Ella pareció recuperar la compostura y apartó la mirada de él, fijándola en un bosquecillo a lo lejos.
—No creo que eso sea posible, Su Excelencia.
Nick se detuvo y la giró para que lo mirara.
—Creo que al menos me debes una explicación, ¿no crees?
Cynthia se sonrojó ligeramente ante eso y luego volvió a mirarlo a los ojos.
—Muy bien. Me parece deficiente moralmente, Su Excelencia. Dudo mucho que pueda cambiar mi opinión al respecto.
Bueno, ahí le había pillado. Él inclinó la cabeza para que sus ojos quedaran a la altura de los de ella.
—Ah, pero lo compenso de muchas maneras diferentes, cariño. Estoy seguro de que llegarás a apreciar esas formas mucho más de lo que echarás de menos mi falta de fibra moral.
Ella se quedó mirándolo en silencio durante un largo rato. Finalmente, volvió a hablar.
—No creo que llegue a apreciar nada de usted, Su Excelencia. Elbridge dijo que no había nada de qué preocuparse. Nadie vio nada. Ambos podemos seguir nuestros caminos por separado.
—Pero ¿y si quiero seguir tu camino?
Cuando sus deliciosos labios rosados se fruncieron de nuevo, Nick casi pudo saborearlos.
—U-usted no puede seguir mi camino. Yo estoy prometida, y a mi prometido no le gustaría esta conversación.
¿Prometido? Elbridge había sido negligente al no mencionarlo. Se encontró frunciendo el ceño ante la idea.
—¿Quién es?
No es que importara demasiado. Aun así tendría a la señorita Abbott.
Ella volvió a tragar saliva, y Nick deseó desesperadamente recorrer con los dedos la base de su cuello… ese cuello esbelto y encantador, cuyos movimientos lánguidos le estaban secando la boca.
—El comandante Philip Moore, del 45.º de Infantería. Ahora bien, si eso es todo, Su Excelencia, me gustaría mucho volver con mis amigas.
Él se llevó la mano de ella a los labios y le dio un beso en la parte interior de la muñeca.
—Por ahora, cariño. Pero no creo que haya terminado contigo.
Y no lo había hecho. Sabía sin lugar a dudas que su relación con la señorita Cynthia Abbott no había hecho más que empezar.
Cindy parpadeó al mirarlo, sin saber muy bien qué era lo que veía arder en sus ojos plateados, pero aquello le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda.
Luego se dio la vuelta y se dirigió directamente hacia donde Rebecca y sus amigas estaban sentadas observándola.
No podía decirle ni una palabra a nadie sobre nada, ya que la advertencia de Elbridge aún resonaba en su mente.
Una vez que llegó a la manta de picnic, Cindy recuperó su sitio desocupado y se llevó una copa de vino a los labios para no tener que hablar. Todos la miraban fijamente. Addie, Phoebe y Eleanor con asombro, y Rebecca con preocupación.
—¿Va todo bien, Cindy? —preguntó Rebecca en voz baja.
Cindy asintió y esbozó una sonrisa forzada.
—Por supuesto.
Respiró hondo para tranquilizarse.
—Roswell solo me estaba diciendo que no quería desprenderse de ninguno de sus botones.
Nadie se creería esa explicación. Cuanto más tiempo permaneciera con sus amigas, más la presionarían para que dijera la verdad. Roswell había desaparecido, seguramente porque había visto a otra criada en celo. Cindy le entregó su copa a Addie y se puso de pie.
—Hace muchísimo calor y creo que el vino me ha subido a la cabeza. Voy a tumbarme un rato.
Antes de que nadie pudiera detenerla, emprendió el camino de vuelta a la mansión y no se detuvo hasta llegar a su habitación. Se quitó las zapatillas de una patada y se dejó caer como un saco sobre la cama, sin acabar de entender cómo toda esta situación se le había ido de las manos.
Horrible fiesta en casa. Estúpida búsqueda del tesoro. ¡Insufrible duque!
Hasta hoy siempre la había mirado con el ceño fruncido cuando se cruzaban, y ahora parecía disfrutar de la oportunidad de hacerla sufrir por su pequeño error de juicio.
Cindy se giró de costado y abrió un cajón de la mesita de noche.
Sacó una nota que había sido doblada y redoblada tantas veces que había perdido la cuenta.
Los bordes estaban deshilachados y el papel se había amarilleado.
Aunque se sabía las palabras de memoria, ver la letra de Philip hacía que lo echara menos de menos.
Apoyó la cabeza en una almohada y volvió a abrir la carta.
5 de abril de 1814
Mi querida Cynthia:
Mientras estoy aquí sentado en mi tienda esta noche, las imágenes de ti llenan mi mente, y me doy cuenta de que te echo de menos cada vez más con cada día que pasa.
Ni siquiera eres consciente de ello, mi amor más dulce, pero mis pensamientos sobre ti son lo único que me ha mantenido cuerdo en este mundo de locos.
¿De verdad han pasado ya dos años desde que te toqué?
¿Desde que te besé? ¿De verdad ha pasado tanto tiempo?
Rezo para que la guerra termine pronto y pueda volver contigo.
Aunque mi deber está aquí, mi querida Cynthia, mi corazón siempre está contigo.
Así que ten paciencia, mi amor, porque cuando vuelva a casa juro que nunca más te dejaré.
Siempre tuyo, el mayor Philip Moore
Cindy pasó los dedos por su firma y suspiró.
La guerra había terminado, pero él aún no había regresado.
Junto con los hermanos mayores de Addie, el regimiento de Philip permanecía en Toulouse, velando por la seguridad de la ciudad.
Philip estaba cumpliendo con su deber, como siempre, pero le parecía totalmente injusto que, incluso habiendo terminado la guerra, él siguiera alejado de ella.
Cada día que pasaba la encontraba más ansiosa por su regreso. Habían esperado tanto tiempo para casarse y esta última misión en Toulouse no parecía que fuera a terminar nunca. Si ya hubiera regresado, estarían viviendo una existencia tranquila en Nottinghamshire y volviendo a conocerse.
Un golpe en la puerta devolvió a Cindy al presente. Cerró con cuidado la carta de Philip y la guardó de nuevo en la mesita de noche.
—Adelante —dijo con más alegría de la que sentía.
La puerta se abrió y Addie entró con cautela, cerrando la puerta tras de sí.
—Liv, dime qué pasa con Su Excelencia.
Cindy hizo un gesto de dolor. Debería haberse dado cuenta de que Addie vendría a buscarla. Estaban tan unidas como hermanas, ya que se conocían desde que eran niñas. Y aunque sabía que podía confiarle su vida a Addie, nunca podría contarle a nadie las cosas que había presenciado ese día.
—¡Cielos! ¿Tan mal está la cosa? —preguntó Addie dejándose caer en la cama junto a ella.
Cindy negó con la cabeza.
—No es nada, Addie. Te lo prometo. Simplemente detesto a ese hombre, eso es todo. Se portó de una manera increíblemente… grosera cuando intenté quitarle el botón.
En cierto modo, eso era cierto.
—Oh.
Addie sonó desanimada.
—¿Qué quieres decir con «oh»?
Su amiga esbozó una bonita sonrisa.
—Bueno, por la forma en que te miraba parecía como si quisiera violarte.
Una nueva imagen de Roswell y la criada se le vino a la mente a Cindy. Se inclinó hacia delante, esperando que Addie no notara el rubor que sentía calentarle las mejillas.
—Te puedo asegurar que a Su Excelencia ni siquiera le caigo bien.
Solo quería atormentarla como castigo por invadir su espacio.
—Y el sentimiento es mutuo. Cada vez que visita Elbridge, me hago la desaparecida, ya que no tengo intención alguna de tener que conversar con ese hombre.
—No tenía ni idea de que sintieras algo tan fuerte —murmuró Addie—. Nunca te había oído hablar de él antes de esta fiesta.
Cindy dejó de dar patadas en la cama y se dirigió hacia la ventana.
—El año pasado, cuando la prima Rebecca hacía de casamentera para los Bramwell, organizó una cena.
Por alguna razón, invitó a ese patán, que llegó mucho después de que la comida hubiera comenzado.
El único asiento disponible era el que estaba a mi lado.
Estuvo frunciendo el ceño y enfurruñado toda la noche, como si no pudiera creer que estuviera al final de la mesa con alguien de tan poca importancia.
Nunca había conocido a nadie a quien le cayera tan mal de repente, a pesar de que intenté mostrarme lo más encantadora posible.
Al fin y al cabo, era un invitado. Pero respondía a las preguntas con gruñidos y dejaba claro que me consideraba muy por debajo de él.
—Suena bastante grosero —dijo Addie desde la cama—. Uno puede imaginárselo así, teniendo en cuenta su reputación. Deberías avisar a Phoebe y a Eleanor. Las dos están decididas a echarle el ojo.
Ella resopló. Phoebe y Eleanor habían echado el ojo a todos y cada uno de los hombres presentes en ese fiasco de fiesta en casa.
—Sería más fácil convencer a un pez de que viviera en tierra —dijo, volviéndose hacia su amiga.
Addie se rió.
—Probablemente tengas razón.
—Además, estoy harta de hablar de ese hombre. Cuéntame mejor de tu capitán Seaton. ¿Intentó besarte?
—Todavía no —admitió su amiga con una sonrisa pícara—. Es un perfecto caballero, pero tengo esperanzas.
Cindy no pudo evitar sonreír a su vez. Addie siempre conseguía hacerla sentir mejor sin siquiera intentarlo. Ojalá pudiera ayudarla a olvidar a ese duque libertino con la misma facilidad.