El discreto arte de desafiar… a un duque (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

N icholas Westhaven se subió los pantalones, todavía tratando de averiguar por qué Cynthia Abbott lo había estado espiando en su habitación y deseando haber podido obtener respuestas de ella antes de que Elbridge irrumpiera.

—¿Supongo que sabes que no es lo que parecía?

Pasaron exactamente tres segundos antes de que su amigo pudiera recuperar la voz para responder a eso. Uno, dos, tres…

—E-eso —balbuceó Elbridge mientras señalaba la puerta, ahora cerrada— era la prima de mi mujer.

Nick cogió la camisa que había tirado al suelo.

—Sí, creo que nos conocimos en una cena que organizó Rebecca el año pasado.

Se puso la camisa por la cabeza y se la metió por dentro de los pantalones.

Elbridge frunció los labios. Nick no pudo evitar encontrar la situación un poco divertida.

Después de todas las veces que había imaginado tener a Cynthia Abbott en su dormitorio, ese escenario concreto nunca se le había pasado por la cabeza.

Aunque, sinceramente, nunca debería haberla imaginado en ningún sitio.

Como pupila de su amigo de toda la vida, estaba estrictamente prohibida.

Incluso el pícaro más despiadado se regía por su propio código de honor.

—Me alegro de que te lo estés pasando bien, Nick.

La voz de Elbridge lo devolvió al presente.

—Pero, por el amor de Dios, ¿qué te crees que estás haciendo?

—No ha pasado nada, mon ami.

Elbridge lo miró fijamente durante un buen rato, aparentemente evaluando las palabras de Nick. Finalmente, sacudió la cabeza, claramente exasperado.

—¿Ah, sí? Y suponiendo que eso sea cierto, ¿qué habría pasado si alguien más hubiera entrado aquí y os hubiera visto a los dos así?

Nick se encogió de hombros.

—Bueno, espero que alguien más hubiera llamado a la puerta primero para que yo pudiera haber metido a la señorita Abbott de nuevo en su escondite en mi armario.

Encontró su corbata tirada en un ovillo en un rincón de la habitación. Esa nunca serviría. Estaba demasiado arrugada. Abrió un cajón del armario para sacar otra.

—¿Su escondite?

Los ojos de Elbridge estaban tan redondos como bolas de billar.

—Maldita sea, Nick. ¿A cuántas chicas estás escondiendo aquí?

Nick decidió no responder a esa pregunta. Se giró para examinar su reflejo en el espejo.

Elbridge se le echó encima, con la ira destellando en sus ojos oscuros.

—Cynthia Abbott vino aquí bajo mi cuidado. Mi cuidado, maldito seas. Y ahora has venido y la has arruinado. Sus padres están en la India. ¿Cómo se supone que voy a explicarles eso? ¡Dios mío! ¿Cómo se supone que voy a explicárselo a mi esposa?

—Ella no está arruinada. Bueno, al menos no por mi culpa.

Por mucho que le hubiera gustado algo así, eso nunca podría suceder.

—Así que no tienes que explicarle nada a nadie.

—Eso no es lo que parecía cuando entré aquí. —Elbridge frunció el ceño—. No llevabas ni un hilo de ropa y la habitación huele a sexo.

Volviendo a centrarse en su reflejo en el espejo, Nick comenzó a atarse la corbata nueva al cuello.

—Estoy seguro de que te ha quitado unos cuantos años de vida, Elbridge, pero te juro por mi honor que no le toqué ni un pelo a tu primita. Las jovencitas vírgenes no son lo mío.

Elbridge se frotó la frente con brusquedad, lo miró pensativo y se dejó caer en una silla cercana.

—Las mujeres son un verdadero calvario. No creo que pueda pasar por esto otra vez. Acabo de casar a la última de mis hermanas y ahora tengo que lidiar con esto.

Señaló a Nick con el dedo.

—Te vas a casar con ella.

Por primera vez desde que comenzó esta conversación, Nick abrió mucho los ojos, sorprendido. Desde luego, no había previsto que Elbridge hiciera una afirmación como esa, sobre todo porque él era completamente inocente de cualquier mal, al menos en lo que a Cynthia Abbott se refería.

—No voy a hacer tal cosa. Tengo treinta y cuatro años, Elbridge, y las mujeres llevan casi la mitad de mi vida intentando tenderme una trampa para casarme. Hará falta algo más que una chavala a la que ni siquiera conozco y que sale de repente de mi armario para que me haga mella.

Elbridge se quedó en silencio un momento y por su rostro se sucedieron diversas emociones. Sin duda, el hombre estaba preocupado. Si alguien hubiera visto a la señorita Abbott entrar o salir de su habitación, estaría arruinada, y toda la culpa recaería sobre Elbridge.

—De todos modos, algún día tendrás que casarte, Nick. La situación no es tan mala como la pintas. Cindy es una chica agradable, de buena familia… eh… tiene una voz preciosa, y a ti te encanta la música.

—Benedict —gruñó a modo de advertencia.

Por supuesto, había fantaseado con la chica, pero nunca, ni una sola vez, se le había pasado por la cabeza el matrimonio. Por el amor de Dios, no sabía absolutamente nada de ella, salvo que cada vez que la veía le aceleraba el pulso y le endurecía la polla.

—Maldita sea, Nick.

Elbridge se puso en pie de un salto.

—Tengo que aclarar esto.

—Pues acláralo. Pero no mires en mi dirección.

En cuanto Elbridge se marchó, Nick se dejó caer en una butaca de chintz más cerca de la ventana.

Era un maldito idiota. En cuanto se dio cuenta de que ella estaría en esta fiesta, debería haber rechazado la invitación.

Era imposible estar cerca de la chica sin que pensamientos lascivos le invadieran la mente.

De hecho, ella era la razón por la que había tenido que recurrir a tirarse a una de las criadas de The Chase en primer lugar.

Cindy apenas había doblado la esquina cuando se topó con Eleanor.

—Ahí estás —saludó su amiga—. Te he estado buscando por todas partes. Todo el mundo está en el salón. ¿Has conseguido el botón?

Ese maldito botón. Cómo deseaba no haber aceptado nunca esa ridícula tontería. Ya no le importaba lo más mínimo esa estúpida búsqueda del tesoro. Cindy negó con la cabeza.

—Tengo que encontrar a Rebecca.

—¿Ah, sí? —preguntó Eleanor mientras, alegremente, se cogía del brazo de Cindy—. Bueno, ella también está en el salón. Después de llevarle las gafas a Elbridge, quiso ver qué más había en la lista y qué necesitábamos para ganar.

¿Para ganar? Lo único de lo que Cindy estaba segura era de que ella lo había perdido todo. Su cordura. Su reputación. Su futuro.

Eleanor la arrastró por el pasillo, bajó la gran escalera y, finalmente, al salón azul, donde Rebecca, la vizcondesa de Elbridge, ojeaba la lista con una sonrisa de satisfacción. Luego negó con la cabeza mientras le entregaba la lista a Addie.

—Chicas, sois unas tontas.

Phoebe puso morritos, apretando sus labios rosados.

—Mi tío Simon fue simplemente horrible al no darme una de sus charreteras.

Rebecca se rió.

—Deberías preguntarle a tu tía Madeline. Lleva casi cinco años deseando destrozar ese uniforme.

Entonces vio a Cindy de pie en la puerta y le sonrió.

—Ahí estás, querida. No conseguiste que Roswell se desprendiera de uno de sus botones, ¿verdad?

El labio de Cindy empezó a temblar, pero se las arregló para negar con la cabeza.

—Rebecca, necesito hablar contigo.

Si alguien podía sacarla de este lío, era su prima.

—Por supuesto.

Rebecca cruzó la habitación en solo unos pasos.

—Querida, ¿qué pasa? —preguntó en voz baja.

Cindy agarró a su prima por el brazo y la arrastró al pasillo.

—Ha pasado algo horrible…

Antes de que pudiera continuar, Elbridge las llamó desde el otro extremo del pasillo.

—¡Cynthia! Necesito hablar contigo.

Rebecca se fijó en su marido, que se acercaba, y frunció el ceño.

—¿Qué ha pasado, Elbridge?

Él esbozó una sonrisa forzada.

—Nada, querida. Solo necesito hablar con Cynthia, eso es todo.

Cindy contuvo el aliento mientras Rebecca y su marido se miraban fijamente.

La cosa pintaba mal, empeoraba por momentos, y a ella no se le ocurría ninguna forma de salir de aquella situación.

Finalmente, su prima asintió y volvió a entrar en el salón azul, dejando a Cindy a solas con Elbridge. Humillada, se quedó mirando al suelo.

—Cynthia, ¿qué estabas haciendo en la habitación de Roswell? —preguntó él en voz baja.

Ella metió la mano en el bolsillo, sacó el botón de oro y se lo mostró.

—Estábamos en una búsqueda del tesoro y se suponía que yo tenía que coger esto.

Él le quitó el botón y lo miró fijamente.

—¿Entonces no te tocó?

—¡Por Dios, no! —respondió ella, negando con la cabeza con determinación.

—Cynthia, es imprescindible que me digas la verdad.

Por fin, le miró a los ojos.

—Te lo juro, Elbridge, ni siquiera sabía que estaba allí hasta justo antes de que entraras.

Elbridge soltó un gran suspiro, aunque una expresión de disgusto se apoderó de su rostro.

—No puedo expresarte lo decepcionado que estoy. Como mujer soltera, que entres en su habitación es totalmente inapropiado. Y ahora tu reputación está en juego, Cynthia.

Sus peores temores se estaban haciendo realidad, y se aferró a su brazo con desesperación.

—Por favor, no me obligues a casarme con él. —Las lágrimas le corrían por las mejillas—. Nunca podría ser feliz con un hombre de su carácter, un hombre tan deficiente. Fui una estúpida al entrar ahí. Pero, por favor, no me hagas sufrir el resto de mis días por una tontería así…

—Shh.

Elbridge le secó las lágrimas de las mejillas.

—Cindy, recompónte. Harás que Rebecca vuelva aquí.

Ella respiró con dificultad e intentó obedecer.

—Aún no se lo has dicho, ¿verdad? —preguntó él en voz baja.

Cindy negó con la cabeza.

—Estaba a punto de decírselo. Sé que encontrará una manera de que no tenga que casarme con esa bestia. Y…

—Ni una palabra a ella. ¿Lo entiendes?

No. En absoluto. Cindy siempre había dependido de Rebecca para que la sacara de apuros —nada como esto, nunca—, pero sin duda su ingeniosa prima encontraría una forma de sortear estas desafortunadas circunstancias. Negó con la cabeza.

Elbridge frunció los labios.

—Mi encantadora esposa lleva más años de los que puedo recordar intentando, sin éxito, casar a Nick. Si se enterara de esta situación, se aseguraría de que fueras la duquesa de Roswell en un abrir y cerrar de ojos.

Lo cual significaba que Elbridge tenía un plan que evitaría ese destino para ella. Nunca se había sentido tan aliviada.

—Entonces tú no me obligarás a…

Él frunció el ceño y se inclinó hacia ella.

—Cynthia, ¿alguien más te ha visto u oído?

—No.

Al menos eso esperaba. Desde luego, ella no había visto a nadie.

—Entonces mantendré la boca cerrada.

Su corazón dio un salto de alegría. Nunca habría sido capaz de explicarle la situación a Philip. Se habría quedado destrozado.

—Pero —continuó Elbridge— si oigo el más mínimo rumor sobre esto, o si alguien más descubre que estabas en su habitación, no podré hacer nada por ayudarte. ¿Lo entiendes?

Cindy rodeó con los brazos el cuello de Elbridge y lo abrazó con fuerza.

—Gracias. Gracias. Gracias.

—Eres un maldito cabrón con suerte —comentó Elbridge mientras abría la puerta de Nick.

A continuación, el vizconde llamó con fuerza y esperó unos segundos antes de cruzar el umbral.

—¿Es seguro entrar?

—Te has ganado un buen sentido del humor, Elbridge.

Nick le indicó a su amigo que cerrara la puerta y tomara asiento en una de las sillas de chintz cerca de la ventana.

—¿Te ha dicho por qué estaba aquí?

Elbridge metió la mano en el bolsillo y le lanzó a Nick un pequeño objeto dorado. Este lo cogió y lo giró entre sus dedos. ¿Uno de sus botones? No tenía ni pizca de sentido.

—Estaba en una búsqueda del tesoro y necesitaba eso para su lista.

¿Todo esto por un maldito botón? Nick se pasó una mano por el pelo.

—Dios mío.

—Exactamente lo mismo que yo pensé —respondió Elbridge mientras se dejaba caer en una de las sillas, pellizcándose el puente de la nariz—.

La buena noticia para ti, amigo mío, es que impedí que Cindy se lo confesara a Rebecca.

Así que estás a salvo. Y como Cindy no tiene ningún deseo de casarse contigo, y yo soy el único que presenció algo, simplemente…

—¿Qué quieres decir con que no tiene ningún deseo de casarse conmigo?

No quería estar atado de pies y manos —y desde luego no de esta manera—, pero sabía que las mujeres querían casarse con él. La idea de ser duquesa hacía que la mayoría de las mujeres se sintieran embriagadas.

Elbridge esbozó una sonrisa burlona.

—Al parecer, te encuentra “deficiente”; palabras suyas, no mías, viejo amigo.

—¿Deficiente?

¿Qué diablos se suponía que significaba eso? Las mujeres no lo encontraban deficiente.

¡Cómo se atrevía a decir algo así! Al fin y al cabo, era ella la que estaba equivocada en todo esto. Nick no la había llevado a su habitación, por mucho que le hubiera gustado. Y Nick no le había pedido que espiara sus encuentros íntimos. Ella lo había hecho por su cuenta.

¡Deficiente!

Su rostro se tensó y se levantó bruscamente.

—¿Dónde está?

Elbridge también se levantó a regañadientes.

—Pensé que estarías contento de haberte librado, maldito desagradecido.

—¿Dónde está? —espetó entre dientes.

Elbridge se encogió de hombros.

—Cindy está ahora disfrutando de un picnic con sus amigas en el jardín oeste.

Se abalanzó hacia la puerta, pero las siguientes palabras de Elbridge lo detuvieron.

—Rebecca también está con ellas, Nick. Te insto a que cuides lo que dices delante de mi esposa. Si ella cree que te interesa su prima, tramará y se entrometerá y será una pesadilla hasta que acabes atado de pies y manos a esa muchacha.

—Entendido.

Rebecca Elbridge podía ser la pesadilla de cualquier hombre soltero.

Él lo había comprobado por sí mismo en más de una ocasión.

Su historial de éxitos a la hora de encontrar parejas estaba en camino de convertirse en legendario.

Pero aun así, Cynthia Abbott tenía algunas preguntas que responder, y él se iba a encargar de que lo hiciera.

Además, él y Rebecca tenían un acuerdo que le impedía a ella entrometerse en su vida, aunque no creía que Elbridge estuviera al tanto de eso.

—Ah, y, Nick —añadió Staveley, interrumpiendo sus pensamientos—. Amigo o no, si me llega el más mínimo rumor sobre todo esto, te casarás con ella.

En realidad, no tenía otra opción. Nunca deshonraría a Elbridge. Nick miró a su amigo con resignación. Tras un breve asentimiento, se fue en busca de la problemática Cynthia.