El discreto arte de amar… a destiempo (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 3) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—¿Qué debería haber hecho, teniendo en cuenta tu hipocresía?

—¿Hipocresía?

—Sí, ¿debería haberme quedado en la ciudad, esperando a que la noticia de mi ruina se extendiera como el Gran Incendio?

La indignación se apoderó de ella, y Sorcha dio un paso hacia Seb.

—¿Es eso lo que querías? ¿Verme ridiculizada ante la alta sociedad? ¿Ver a tu tan...?

¡Cielos! ¿Qué demonios le pasaba? ¿Cómo había podido estar a punto de revelar su secreto mejor guardado?

—¿Verme humillada ante todos ellos como la tonta que era? —Intentó disimular su casi metedura de pata.

—Te habría visto como mi esposa, Sorcha. Te amaba más que a mi propia vida.

—¡Ja! —le espetó ella—. Ya no soy la misma muchacha tonta, Seb. Tus mentiras tendrán que ser mejores que eso.

—¡Mentiras! —rugió él, mostrando más furia de la que ella jamás había visto en él—.

¿Me hablas de mentiras? Tú me dijiste que me amabas.

Tú me prometiste casarte conmigo. Tú me mandaste a una búsqueda sin fin —que, por cierto, no fue tan divertida— por toda Inglaterra hasta Dumfries-shire, solo para descubrir que te habías casado con otro hombre y que habías huido al continente.

No tenía ni una pizca de sentido. Ni una sola.

—¿Por qué ibas a perseguirme? ¿No habías hecho ya suficiente? ¿No deberías haber huido en la otra dirección?

—¿Por qué iba a perseguirte? —repitió él con exasperación—.

Bueno, supongo que te perseguí porque habría hecho cualquier cosa por tenerte.

Te perseguí, Sorcha, porque estaba locamente enamorado de ti.

—Se rió con tristeza—. Y, como el enorme tonto que soy, nunca dejé de hacerlo.

Si te propusiste destruirme, querida, has hecho un trabajo fantástico.

Si no lo conociera bien, pensaría que era sincero. No era de extrañar que se hubiera enamorado de él tantos años atrás. Al parecer, Sebastian Langford era un experto en parecer sincero. Pero esta vez ella sí sabía cómo eran las cosas.

—Por favor, no me mientas, Seb. Yo misma vi la carta. Así que dejemos de fingir, ¿de acuerdo? ¿Qué es lo que quieres de mí? Todos los demás están esperando en el comedor.

—¿Carta? —Él la miró con el ceño fruncido, como si fuera una rareza expuesta en una tienda.

Sorcha cruzó los brazos sobre el pecho y entrecerró los ojos al mirar a su primer amor verdadero.

—¿No crees que sabía lo de la carta que le escribiste a tu hermano? Pues la vi con mis propios ojos después de que lord Bramwell visitara a Bruce.

Se le fue todo el color del rostro y, por un momento, Sorcha pensó que Seb podría derrumbarse bajo su propio peso.

Al parecer, no sabía que ella había descubierto su doble juego.

¿Creía que podía volver a jugar con ella?

¿Con qué propósito ahora? ¿No eran ambos demasiado mayores para ese tipo de juegos?

—No tengo ni idea de qué carta estás hablando.

Así que el juego iba a continuar, ¿no? Sorcha soltó un suspiro.

Hubo un tiempo en que conocía de memoria las palabras de aquella horrible nota.

Aunque el paso de los años había borrado las frases exactas de su memoria, nunca olvidaría el puñal que se le clavó en el alma cuando leyó aquella espantosa carta por primera vez.

—La carta que le garabateaste a tu hermano sobre haberte comprometido conmigo. Que necesitabas salir de la ciudad antes de que Bruce te pidiera cuentas por ello. Esa carta. ¿La recuerdas ahora?

Seb se quedó boquiabierto.

—Nunca escribí algo así.

—Era tu letra, milord. La reconocía tan bien como la mía en aquellos días.

—Nunca escribí semejante tontería, Sorcha. Me apresuré a conseguir la licencia especial que exigía Valmere, solo para no volver a verte jamás. Hasta esta noche.

Pero ella había visto la carta. ¿Por qué iba a mentir ahora? ¿Qué ganaba con ello?

—Si no puedes ser sincero conmigo, Seb, no hay razón para continuar esta conversación.

Se dirigió hacia la puerta y chocó con el malvado duque de Roswell, que en realidad no era tan malvado como dejaba creer a los demás.

—¡Nicholas! —exclamó Sorcha, sorprendida al ver al viejo amigo de su hermano.

—¡Vaya, Sorcha Kincaid! —le sonrió—. Te has convertido en una belleza, y en todos los sentidos adecuados.

Ella puso los ojos en blanco ante el duque.

—Llegas tarde. Becky ha estado preguntando por ti.

—¿Ah, sí? —dijo Roswell con tono perezoso, y entonces sus ojos se posaron en Seb, detrás de ella—. Bramwell, ¿qué estás haciendo aquí?

—Intentando cerrar viejas heridas. O al menos intentándolo. Acompaña a la dama a cenar, ¿quieres? Y dale recuerdos a lord y lady Elbridge. Yo… eh… tengo un compromiso previo que debí de haber olvidado.

—No debería hablar contigo en absoluto.

Sorcha lanzó una mirada de reojo a Becky mientras los niños MacQueen, Valmere y Elbridge salían corriendo hacia el Serpentine.

—¡No os metáis en el agua! —gritó Becky tras la pandilla que se alejaba. Luego volvió a centrar su atención en Sorcha con una mirada de disgusto—. Espero que no estés realmente enfadada conmigo. Te advertí de que podía ser entrometida.

Por decirlo suavemente. Aun así, no había pasado nada grave y Becky había sido su amiga desde que se conocieron.

—No importa. Tarde o temprano me iba a topar con él. Aunque hubiera preferido que me hubieras avisado, la verdad.

—Lo siento. Temía que Bruce lo cancelara si se enteraba.

A Sorcha se le escapó una risa. Al parecer, Becky conocía bien a su hermano.

—Sí, lo habría hecho. Bruce no ha parado de despotricar desde que volvimos a casa anoche. Esta mañana seguía en plena forma.

—Se le pasará. —Becky se cogió del brazo de Sorcha—. Deberíamos ir a buscarlos. —Señaló con la cabeza hacia la orilla del río—. Mi Adam tiene una propensión a hacerse con mascotas inaceptables cuando nadie le ve.

—¡Lady Elbridge! —gritó una voz madura a sus espaldas.

Becky se puso rígida junto a Sorcha.

—Ahora sí que estoy en un buen lío —susurró. Luego miró por encima del hombro y esbozó una amplia sonrisa—. ¡Lady Bramwell! Qué sorpresa encontrarla en el parque esta mañana.

¿Lady Bramwell? ¿Era este otro de los planes de Becky? A Sorcha se le heló la sangre y dio un codazo a su nueva amiga.

—¿Has sido tú? —siseó.

Pero Becky negó con la cabeza.

—Ni siquiera yo soy tan temeraria —respondió entre dientes.

—Tengo entendido que anoche tuvo una cena memorable en su casa, lady Elbridge.

Becky se dirigió hacia el landó desde el que lady Bramwell presidía la escena.

—Tengo un cocinero maravilloso, milady.

—No es lo que quería decir, y lo sabe. —La mujer mayor señaló a Sorcha con una de sus manos enjoyadas—. ¿Es ella?

Sorcha enderezó la espalda y se irguió al máximo.

—¿Quién soy yo?

Lady Bramwell se colocó el monóculo que colgaba de su cuello y se lo llevó a un ojo.

—La mujer que arruinó la vida de mi hijo. —Miró a Sorcha de arriba abajo—. Sí, es usted. Tal y como la describió Harold.

¿La descripción de Harold Langford? Eso difícilmente podía ser halagador. Pero antes de que Sorcha pudiera hablar, Becky se acercó al landó.

—Mi querida lady Bramwell, permítame presentarle a una amiga mía. Lady Sorcha MacQueen, recién llegada del continente.

—Sé quién es, Becky Elbridge. ¿No me ha estado escuchando? ¿O está intentando manipularme para que me muestre dócil?

—Nunca intentaría manipularla, lady Bramwell —respondió Becky con tono coloquial—. Solo le presento a mi amiga. ¿Cómo se encuentra en este hermoso día?

—Humph. —La anciana golpeó con su bastón el suelo de su carruaje—. No soy uno de esos hombres simplones a los que puede manejar.

—Por supuesto que no —asintió Becky. Luego hizo un gesto a Sorcha para que se acercara—. Esta es la marquesa de Bramwell, Sorcha.

—Y usted —continuó lady Bramwell— es la responsable de haberle roto el corazón a mi Sebastian.

Sorcha tragó saliva y negó con la cabeza.

—Me temo que debe de estar equivocada, milady.

—Yo nunca me equivoco —espetó la anciana—. Usted es la razón por la que el título de Bramwell está en peligro.

—No creo que eso sea del todo justo —intervino Becky—. Lady Sorcha es...

—¡Mamá! —gritó Ewan, seguido de varios pares de piececitos que subían corriendo por el sendero.

Sorcha miró por encima del hombro y vio a Ewan, a Alasdair y a las hijas de Becky corriendo hacia ellas.

—No corráis —les gritó.

—Pero Adam ha encontrado una serpiente —protestó Ewan—. ¿Podemos quedárnosla?

Sorcha palideció ante la idea.

—No creo que el tío Bruce lo aprobara.

Ella tampoco, pero era mucho más fácil dejar la decisión en manos de Bruce, sobre todo porque él no estaba presente.

—¡Dios mío! —exclamó lady Bramwell, y luego soltó una serie de palabrotas de lo más soeces para una dama refinada.

—A Adam le encantan las serpientes —explicó Becky con un suspiro—. Aunque creo que, sobre todo, le gustan simplemente para molestar a sus hermanas.

Pero la retahíla de improperios continuó desde el landó de lady Bramwell. Incluso después de haber pasado una docena de años rodeada de soldados, las palabrotas de lady Bramwell resultaban más que impactantes.