El discreto arte de amar… a destiempo (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

A l entrar en el ornamentado salón de los Elbridge, Sorcha volvió a preguntarse cómo Becky había logrado convencerla para asistir a aquella velada.

Pero Becky le había prometido que sería una reunión íntima y que conocería a la mayoría de los invitados. Familiares de los Valmere, amigos cercanos de los Elbridge… gente segura.

Y una reunión tranquila le parecía soportable.

Podría volver poco a poco a la sociedad hasta sentirse cómoda otra vez.

Con cautela, siguió a su hermano y a su cuñada hasta el elegante salón.

A primera vista, reconoció a bastantes personas y logró relajarse un poco.

Becky se acercó enseguida para besarla en ambas mejillas antes de apartarse y examinar su vestido nuevo.

Era de una suave seda negra mucho más cómoda que la pesada bombazina de luto. El escote era redondeado pero discreto, y la tela caía con refinada elegancia.

Por primera vez en años, Sorcha casi volvió a sentirse hermosa.

Y eso era mucho decir estando al lado de Clara, quien siempre eclipsaba a cualquiera que se acercara demasiado.

Becky sonrió satisfecha.

—Estás maravillosa, querida.

—Eres demasiado amable —respondió Sorcha en voz baja—. Ha sido muy generoso por tu parte, Becky.

Elbridge le besó la mejilla.

—Créeme, Sorcha, ella estaba encantada de hacerlo.

—Ha pasado toda una vida. ¿Cómo se encuentra, lord Elbridge?

Dios santo. Elbridge había envejecido muchísimo desde la última vez que Sorcha lo vio. Apenas lo habría reconocido.

Antes de que él pudiera responder, el anciano mayordomo anunció:

—El conde de Ellington y el marqués de Bramwell.

Sorcha dejó de respirar.

¿Bramwell?

No había oído pronunciar aquel nombre en voz alta desde hacía más de doce años.

¿Por qué asistiría Harold Langford a una cena organizada por Becky? No parecía el tipo de hombre con quien lady Elbridge se relacionaría. Pero quizá todo hubiese cambiado.

Quizá todos hubieran cambiado.

Enderezó los hombros y se volvió para enfrentarse a su antiguo enemigo. Y el mundo pareció detenerse.

¿Seb?

¡Havers! Jamás había imaginado que volvería a verlo.

Y desde luego no así.

Estaba aún más atractivo de lo que recordaba, y de pronto se sintió transportada a la época en que no era más que una muchacha perdida en unos ojos verde musgo.

Los años habían sido generosos con él.

Mucho más generosos que con otros hombres.

El corazón comenzó a golpearle con fuerza contra las costillas cuando sus miradas se encontraron.

La intensidad de aquellos ojos la dejó casi sin aliento. Y entonces, casi de inmediato, la culpa cayó sobre ella como agua helada.

La memoria de Malcolm merecía algo mejor.

—¡Por el amor de Dios, Elbridge! —siseó su hermano, Bruce Kincaid, conde de Valmere.

Después masculló una maldición entre dientes, algo que Bruce jamás hacía.

La ira de su hermano devolvió a Sorcha a la realidad, y ella centró la atención en él justo cuando Bruce daba un paso adelante para colocarse protectoramente a su lado.

El corazón de Seb le latía con fuerza en la garganta. Había olvidado cómo la mirada azul de Sorcha podía atravesarle el alma y dejarle sin aliento. Estaba preciosa, envuelta en negro, aún más hermosa ahora de lo que había sido tantos años atrás.

Instintivamente, se dirigió hacia ella, pero Ellington lo detuvo.

—¿En qué demonios me has metido? —susurró su amigo con dureza.

Entonces Becky se acercó a ellos y declaró alegremente:

—Estoy encantada de que los dos hayáis podido venir.

Ellington le besó la mejilla y luego Seb hizo lo mismo.

—Becky, estás preciosa.

—Tú también estás muy elegante —susurró ella.

Luego añadió en voz lo bastante alta como para que toda la sala la oyera:

—Cariño, ¿te he contado la buena noticia de Lawrence?

Seb logró apartar la mirada de Sorcha.

—No que yo recuerde.

Iba toda de negro. ¿Estaba de luto? Los Valmere vestían ambos colores vivos. Dios mío, era viuda. Debería sentir pena por ello, pero…

—Él y Victoria van a ser padres —exclamó Becky con entusiasmo, mientras se cogía del brazo tanto a Seb como a Ellington antes de arrastrarlos hacia el grupo más numeroso—. Por supuesto, estoy sencillamente encantada. Estoy deseando volver a ser tía.

—Becky... —Elbridge carraspeó, con un aspecto más que furioso.

Seb nunca había visto el rostro del vizconde tan severo.

Sin embargo, Becky no prestó la más mínima atención a la expresión de su marido.

—Me temo que tienes razón, Elbridge. Se ha hecho tarde.

Tendremos que empezar sin Roswell. No sé por qué se molestó en aceptar mi invitación si no tenía intención de asistir.

Acompañad a nuestra invitada de honor a la cena, ¿queréis?

—Entonces soltó el brazo de Ellington, pero mantuvo el de Seb en una silenciosa muestra de apoyo.

—¡Maldito seas, Elbridge! ¡No voy a tolerar esto! —tronó Valmere—. Beth, Sorcha, coged vuestros abrigos. No nos quedamos.

Becky dio un grito ahogado, aunque seguramente fingido. Debía de haber previsto ese tipo de reacción cuando puso en marcha su pequeño plan.

—¡Bruce Kincaid! ¿Qué te pasa?

Pero el conde no le prestó atención y condujo a su esposa y a su hermana hacia el pasillo mientras los demás invitados empezaban a hablar todos a la vez.

—¡Alto! —gritó Seb por encima del estruendo.

Habían pasado más de doce años desde que había visto a Sorcha por última vez, y no podía dejar que se marchara sin al menos hablar con ella. Intentar cerrar viejas heridas, como había sugerido Becky. No estaba seguro de si eso era posible, pero sí sabía que no podía dejarla ir sin hablar con ella.

Sorcha se detuvo y se giró lentamente para mirarlo. La confusión nublaba sus ojos.

—¡Vamos, Sorcha! —exigió Valmere desde el umbral—. No voy a permitir que estés en la misma casa que ese hombre.

¿Ahora era «ese hombre», eh? ¿O siempre lo había sido a los ojos de aquel conde entrometido? Seb resopló.

—¿Temes no poder ocultármela por segunda vez?

Valmere se abalanzó hacia Seb, con las fosas nasales dilatadas por la ira, como las de un toro enjaulado.

—¿Cómo te atreves...?

—No pasa nada, Bruce —la suave voz de Sorcha detuvo a su hermano en seco—. Deberíamos quedarnos.

—No tienes por qué —protestó su hermano.

Pero ella negó con la cabeza.

—No, pero necesito hacerlo, Bruce, y no necesito que tú me protejas de esto. Ya no. —Entonces sus ojos azules clavaron a Seb en el sitio—. No soy la misma chica que era hace tantos años.

No, era diferente. Él podía verlo en la forma orgullosa en que se mantenía erguida, en la firmeza de su mandíbula y en la sabiduría de sus ojos. Era más fuerte que la muchacha de rostro fresco que había llegado a Londres directamente desde la sala de clases de Dumfries.

Tragó saliva nerviosamente cuando ella dio un paso hacia él y él extendió la mano como si le ofreciera una señal de paz.

Sorcha puso su delicada mano en la de Seb, y él soltó un suspiro que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo.

Dios mío, solo el tacto de sus dedos enguantados sobre los suyos le provocó un cosquilleo que le recorrió la piel.

Habían pasado demasiados años desde que se deleitara con su tacto; demasiados años desde que había estado lo bastante cerca como para colocarle uno de sus sueltos rizos rubios detrás de la oreja; demasiados años desde que su aroma a madreselva lo había envuelto.

Los bonitos ojos de Sorcha se abrieron con sorpresa, como si ella estuviera experimentando la misma oleada de recuerdos que él.

—¿Por qué? —susurró antes de poder contenerse.

¡Maldita sea! Tenían público. ¿Qué demonios le pasaba?

—Quizás —canturreó Becky— los demás deberíamos ir a cenar, después de todo.

Pero Seb apenas la oía. Lo único que podía hacer era mirar fijamente los ojos azul aciano de Sorcha y preguntarse qué había pasado para que ella huyera de él hacía tantos años.

Se moría de ganas de atraerla hacia sus brazos y besarla como lo había hecho una vez, pero se quedó clavado en el sitio como una estatua de mármol.

—No te importará acompañar a lady Sorcha a cenar cuando terminéis vuestra conversación, ¿verdad, cariño? —preguntó Becky.

Seb hizo un gesto con la mano en el aire, indicando que haría lo que ella le pedía.

—Sí, nos veremos pronto.

Y entonces todos se apresuraron hacia el pasillo tan rápido como les permitían las piernas, excepto Valmere. Seb podía sentir que seguía haciendo guardia en la puerta.

Los ojos de Sorcha se desviaron en esa dirección y asintió una vez.

—Estaré bien, Bruce. Por favor.

Y entonces se quedaron realmente solos. Sorcha liberó su mano del agarre de Seb y se apartó de él.

—¿Querías hablar conmigo?

Seb quería acortar la distancia entre ellos, como si una fuerza invisible lo empujara hacia ella. Pero ella se había alejado de él, igual que había huido de él tantos años atrás. Así que se mantuvo firme y carraspeó.

—Tienes buen aspecto.

Ella se encogió ligeramente de hombros.

—Becky eligió el vestido.

¿Por qué no le sorprendía? Becky metía mano en todo. Seb no pudo evitar reírse entre dientes.

—También eligió mi chaleco.

—Tiene mucho talento, nuestra amiga.

Y aunque Seb estaba de acuerdo, no quería hablar de Becky. Necesitaba saber qué había pasado. Por qué Sorcha lo había abandonado.

—¿Tenías miedo?

Ella se giró de nuevo para mirarlo fijamente.

—¿Miedo?

Él asintió y dio un paso hacia ella.

—Hace tantos años. ¿Huiste porque tenías miedo? ¿O es que simplemente no te importaba tanto como yo creía?

Los ojos de Sorcha destellaron con algo que él no acababa de comprender.

—¿Perdón?

¿A qué estaba jugando? Sin duda había entendido la pregunta. Seb se irguió, esperando transmitir una fuerza que no sentía.

—Te he preguntado si alguna vez te importé.

Sorcha abrió la boca, ya fuera por sorpresa o por indignación, él no supo distinguirlo.

—No puedo creer que se te ocurra hacerme una pregunta así.

—¿No? —se burló él—. Me parece una pregunta muy válida, teniendo en cuenta que aceptaste casarte conmigo y luego huiste del país como la esposa de otro hombre.

Sorcha solo podía mirar fijamente a Seb. Estaba segura de que parecía la mayor tonta que jamás hubiera existido, con la boca abierta como una simplona. Por fin recuperó la voz.