CAPÍTULO TREINTA Y DOS
Más tarde
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Leí el correo cuatro veces a oscuras. Después dejé el móvil boca abajo en la mesilla y me quedé tumbado, mirando la franja de luz naranja bajo la cortina.
Vuelve a casa.
Tu propio equipo. Doce personas. El doble de lo que ganas ahora.
Columbus te echa de menos.
Pensé en Columbus. En el río Scioto, que es un río, pero no uno famoso.
En el chili de Skyline un viernes por la noche.
En los armarios amarillos de la cocina que Kyle y yo pintamos en un fin de semana, discutiendo si Buttercup y Morning Sun eran del mismo color.
En la mesa de mi madre con la vajilla buena.
En los críos de Beth debajo de la mesa y en mi padre en el garaje, arreglando algo que no estaba roto para no tener que hablar.
En mi madre, que dejaba el tenedor y decía: Bethie, ¿tu hermano está saliendo con alguien?
En «el chico del café».
Después pensé en el banco verde. Cuatro horas antes. Soy bi. Su frente contra la mía. Despacio. ¿Vale?
Es tu corazón.
Volví a coger el móvil. Abrí el correo. Lo leí por quinta vez.
Entonces hice algo que mi familia lleva haciendo desde hace tres generaciones: en mesas con la vajilla buena, en garajes, en coches parados en los aparcamientos de Kroger.
Creé una carpeta. En mi correo. La llamé Más tarde.
Metí dentro el correo de Janet.
Apagué el móvil.
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Por la mañana bajé a Pressed a las siete y media.
Era lunes. Luminoso y frío, para ser junio. Bev estaba detrás del mostrador. La cafetería estaba tranquila. Dos personas con portátiles. Un hombre con un periódico. En la radio sonaba algo antiguo.
Inácio salió de la trastienda con una bandeja de tazas limpias.
Me vio. Y su cara hizo aquello. Se le abrió de golpe. Como una ventana en verano.
Y luego hizo otra cosa. Algo nuevo. Se puso un poco roja. Y un poco tímida. Miró a Bev, muy rápido, luego al hombre del periódico y después otra vez a mí. Y no salió de detrás del mostrador.
No me abrazó.
Durante un segundo se me encogió el estómago. Entonces lo entendí.
Si abrazas a todo el mundo, nadie se fija en el que te importa.
Ya no iba a abrazar a todo el mundo. Y todavía no sabía cómo abrazar solo a uno.
—Buenos días —le dijo Inácio a la cafetera—. ¿Un latte grande?
—Por favor.
Lo preparó. Con mucho cuidado. Tardó un buen rato. Cuando lo dejó en el mostrador, delante de mí, llevaba un corazón encima. No un corazón normal. Un corazón pequeño dentro de otro más grande. Dos corazones. Uno dentro del otro.
Lo miré. Lo miré a él.
Él miraba el mostrador. Tenía las orejas rojas.
—Nossa —dijo Bev desde el extremo del mostrador, donde estaba cortando un bizcocho de limón—. Dos corazones. En mi cafetería. Un lunes. Creo que voy a vomitar.
—Bev —dijo Inácio.
—Solo lo digo. Te conozco desde hace dos años. Nunca habías hecho dos corazones. Al cartero le hiciste un corazón, al fontanero un corazón, al hombre que lloraba por su perro un corazón. Uno a cada uno. —Dejó el cuchillo—. Dos corazones. Se lo voy a contar a mi madre.
—Por favor, no se lo cuentes a tu madre.
—Demasiado tarde —dijo Bev—. Le mandé un mensaje a las siete. Me ha contestado con una foto de una tarta. —Volvió a coger el cuchillo—. Buenos días, cobarde.
—Ya no soy un cobarde —dijo Inácio.
—Buenos días, excobarde —dijo Bev. Y, por primera vez desde que la conocía, le sonrió. Una sonrisa de verdad. Pequeña, torcida y muy cálida.
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Me senté a la mesa de la ventana. La misma a la que me había traído pan de queso, en mayo, y donde me había contado el dicho de su abuela sobre la puerta bajo la lluvia.
Al cabo de unos minutos, se acercó con un paño y limpió la mesa de al lado, que ya estaba limpia. La limpió durante mucho rato.
—¿Has dormido? —le dijo a la mesa.
—No mucho.
—Yo tampoco. —Siguió limpiando la mesa un rato más—. Rhys tocó la batería hasta las dos. Para celebrarlo. El polaco llamó a la policía. No de verdad. Lo fingió. Cogió el móvil y dijo «¿Diga, policía?» muy alto, y Rhys paró.
Me eché a reír.
Dejó de limpiar. Me miró. De verdad. Por primera vez esa mañana.
—Dav —dijo en voz muy baja—. El sábado. ¿Estás libre?
—¿El sábado?
—Para cenar. Conmigo. No en la cafetería. No en una barbacoa. No en un jardín con fantasmas mirando desde la ventana. —Se detuvo—. Solo cenar. Solo nosotros. Una… ¿cómo se dice? Una cita.
—Una cita —dije.
—Una cita lenta —se apresuró a decir Inácio—. Una cita muy lenta. En un restaurante con mucha luz. Donde no vaya nadie que conozcamos. No en Camden. En algún sitio lejano. Quizá al sur del río.
—El sur del río está muy lejos.
—De eso se trata.
Sonrió. Una sonrisa pequeña.
—¿Vendrás?
Pensé en la carpeta del móvil. Más tarde.
—Sí —dije.
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En el trabajo, a las diez, Martin me llamó a su despacho acristalado.
Estaba de pie junto a su escritorio blanco, con una camisa azul. No me estrechó la mano con ambas manos. No sonrió con su sonrisa cálida y desenfadada. Se quedó allí, con los brazos cruzados, y me miró un largo rato con una expresión que nunca le había visto. Tardé un momento en entender qué era.
Martin estaba avergonzado.
—Siéntate, Dav —dijo.
Me senté.
—Bueno —dijo—. El sábado.
—El sábado.
—Quiero decirte algo. Y quiero que me dejes terminar.
Descruzó los brazos y apoyó las manos en el respaldo de su silla blanca.
—Te dije que quitaras esa diapositiva. La del banco. Te dije que lo hicieras sencillo. Te lo he dicho muchas veces desde que llegaste.
Miró el letrero de neón rosa a través del cristal. brING YOUR WHOLE SELF.
—Creía que estaba protegiendo la cuenta. En realidad, creía que te estaba protegiendo a ti. De un cliente al que creía que no le iba a gustar. Tengo un primo en Brighton. He visto lo que dice la gente.
No dije nada.
—Me equivoqué —dijo Martin—. Me equivoqué por completo. Con el cliente. Contigo. Con…
Hizo un gesto con la mano, se detuvo, se miró la mano y se la metió en el bolsillo.
—Con todo. La hija de Sir Geoffrey me llamó anoche.
Dijo que su padre no hablaba de su hermano desde hacía quince años.
Dijo que ayer habló de él durante tres horas.
En su propia fiesta de cumpleaños. Dijo que lloró delante de los nietos, y luego se rio, y después hizo que todos fueran al taller a mirar debajo de una mesa.
Martin negó con la cabeza.
—Eso no es una campaña, Dav. Es otra cosa. No sé qué. No tengo una palabra para eso.
—Gracias —dije—. Por decirlo.
—No me des las gracias. No he hecho nada. Intenté impedírtelo.
Se sentó. Parecía cansado.
—Voy a quitar ese letrero. El de neón. Y voy a dejar de decir «sencillo». Priya tendrá que buscarse otra cosa por la que apostar.
Me reí. No pude evitarlo.
—¿Lo sabes?
—Lo sabe todo el mundo, tío. Lleva una hoja de cálculo.
Casi sonrió. Luego se contuvo. Me miró con mucha atención.
—Y ha llamado Janet —dijo.
Se me heló el estómago.
—Desde Columbus —dijo Martin—. Anoche. Por el puesto de director creativo. Quería saber qué opinaba.
Me miró.
—Le dije que lo harías de maravilla. Porque lo harías. Y le dije que nos dolería perderte. Porque nos dolería.
Hizo una pausa.
—¿Ya lo has decidido?
—No —dije.
—¿Se lo has contado a alguien?
—No.
Martin asintió despacio.
—Bueno —dijo—. Tú decides. Tómate tu tiempo. Pero no tardes demasiado. Janet no espera.
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A la hora de comer, no se lo conté a Priya.
Estaba contentísima. Se comía un bagel con extra de queso crema «para celebrarlo» y me enseñaba en el móvil fotos del sábado.
Tom dormido en la furgoneta de los perros, al lado de la A3.
Gloria con su vestido dorado. Los dos hombres del número 10 lanzando purpurina.
Yo, en el escenario, con la chaqueta plateada, los ojos cerrados y la boca abierta, cantando.
—Esta —dijo, y la levantó—. Esta es mi favorita. Mira qué cara. Parece que alguien te acabara de decir que tienes permiso.
—¿Permiso para qué?
—No lo sé —dijo Priya—. Para todo.
Dejó el móvil.
—Estoy muy orgullosa de ti, Dav. Quiero que lo sepas.
Entraste en esta oficina hace cuatro meses y le pediste perdón a la cafetera.
Y el sábado les dijiste a una sala llena de millonarios que eres gay y luego le cantaste una canción de amor a un hombre en plena calle, delante de ciento cincuenta personas.
Cogió el bagel.
—Deberías quedarte para siempre. Londres te sienta bien.
Sonreí. Le di las gracias. Me comí el bagel.
No le conté lo de la carpeta.
· ❦ ·
Tampoco se lo conté a los fantasmas.
Llegué a casa a las seis y media. Estaban en el salón. Los cinco. La tele estaba encendida. Era un programa sobre canales. Un hombre con barba, de pie en una barcaza estrecha, hablaba de esclusas. Jimmy lo veía con la barbilla apoyada en las manos y una expresión de concentración absoluta.
—Es muy guapo —dijo Jimmy, refiriéndose al hombre de la barba—. Nunca me había fijado. Siempre me iba de la habitación cuando Reggie ponía esto.
—Solo lo ves porque perdiste el Tablero —dijo Ricky.
—Yo no perdí. Nadie perdió. Perdieron los dos equipos. Es distinto.
Gaz estaba en el baño. Se oía el chirrido de su dedo sobre el espejo.
Cuando fui a mirar, la vieja pizarra había desaparecido.
Del todo. Borrada. Solo había dejado un rinconcito, abajo a la izquierda, muy pequeño: la pregunta original en letras redondas con una tacita de café al lado, ¿LO ES?
, tachada, y al lado la palabra ¡BI!!!, y el dibujo de un banco.
Y en el centro del espejo había una pizarra nueva.
CITA 1: ¿DÓNDE?
Jimmy: algún sitio con pista de baile
Reggie: un salón de té respetable
Ricky: cualquier sitio del que pueda irse rápido si es horrible
Gaz: patatas fritas
Mike: se abstiene (otra vez)
—Ha dicho que al sur del río —dije.
Gaz se volvió, sin apartar el dedo del cristal.
—¿Al sur del RÍO? Tío. Eso está lejísimos. Es como otro país.
—De eso se trata —dije—. Despacio.
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Me acosté a las once. Me quedé tumbado en la oscuridad.
La casa estaba llena de sonidos. Jimmy cantando en el baño.
Las tuberías cantando con él. La televisión de la señora Penhaligon, dos pisos más abajo, hablando del tiempo en Gales.
Y entonces, unos minutos más tarde, tres golpes en el techo de su piso con el palo de una escoba, y su voz, muy firme, que subía atravesando dos plantas.
—Señor Starr. SON LAS ONCE.
El canto se detuvo.
Luego volvió a empezar. Muy, muy bajito.
Le sonreí al techo.
Entonces cogí el móvil, abrí la carpeta llamada Más tarde y volví a leer el correo de Janet. Por sexta vez.
Columbus te echa de menos.
Dejé el móvil.
Cuando levanté la vista, Mike estaba de pie en la puerta de mi dormitorio.
Nunca venía a la puerta de mi dormitorio. Reggie sí, todas las mañanas, para decirme algo del cuello de mi camisa. Jimmy se sentaba a los pies de la cama a las tres de la madrugada cuando tenía algo que decir. Pero Mike se quedaba en la ventana. Siempre. Durante cuatro meses.
Ahora estaba de pie en el umbral, exactamente sobre la línea de la alfombra donde Reggie se colocaba siempre. Con su jersey azul marino y sus gafas. Con el libro azul apretado contra el pecho con las dos manos.
No dijo nada. Me miró. Luego miró el móvil sobre la mesilla, boca abajo. Después volvió a mirarme.
Era aquella mirada. La mirada del aeropuerto. La de mi primera noche. La de un hombre que lleva mucho tiempo esperando en la zona de llegadas a que alguien cruce las puertas. Y por fin aparece. Y ahora la ve mirar el panel de salidas.
—¿Mike? —dije.
Tardó mucho en responder.
—Ohio está muy lejos —dijo Mike por fin. Muy bajito. Con aquella voz grave, monótona, americana.
Me incorporé en la cama.
—¿Cómo lo sabes?
Pero ya se había dado la vuelta. Volvió por el pasillo hacia el salón, hacia su ventana, sin hacer un ruido. Y cuando me levanté y fui a mirar, estaba sentado en el banco de la ventana, como siempre, con el libro abierto sobre la rodilla, mirando la calle oscura.
No lo estaba leyendo.
No me miró. Y yo no volví a preguntar.
Volví a la cama. Dejé el móvil boca abajo.
Me quedé allí, en la oscuridad, con la línea naranja bajo la cortina y el sonido de un muerto cantando bajito en mi baño, y me dije lo que se ha dicho mi madre, y lo que se ha dicho mi padre, y lo que se dijeron sus padres, sentados a mesas con la vajilla buena, durante tres generaciones.
Más tarde.
Ya pensaré en ello más tarde.