El disco nunca muere (Embrujado por un guapo nº 2) CAPÍTULO TREINTA Y UNO
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CAPÍTULO TREINTA Y UNO

Pierden los dos equipos

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La música paró a las once en punto. No a las once y cinco. A las once.

La señora Penhaligon se encargó de ello.

A las diez cincuenta y cinco se levantó de su tumbona, en los escalones de la entrada, bajó hasta el escenario con su largo vestido verde y se plantó delante de la mesa de mezclas de Dee, con el reloj en alto delante de la cara, como un árbitro al final de un partido de fútbol.

Pero antes de las once pasaron cuatro cosas más. Quiero contártelas porque en aquel momento estaba demasiado feliz para recordarlas bien, y luego he tenido que reconstruirlas con lo que me han dicho los demás.

La primera fue la canción de la puerta.

Hacia las nueve y cuarenta volví a subir al escenario, todavía con la chaqueta plateada de Lou y con el sabor del beso del banco verde aún en la boca, y dije al micrófono:

—Esta es para el señor Abernathy, el del número 11. Y para su puerta.

Y todo el mundo se volvió a mirar la puerta naranja descolorida, que estaba abierta. Y el señor Abernathy, en lo alto de sus escalones, con una rebeca y unas zapatillas, se puso muy colorado y se quedó completamente inmóvil.

No conocía la canción. Nadie la había escrito nunca.

Pero Jimmy estaba de pie en el escalón de arriba del número 14, resplandeciente, y me la cantó primero, muy deprisa, entre canción y canción, y yo la cantaba después al micrófono, verso a verso, como un traductor.

Era muy tonta. Rimaba «puerta» con «huerta», «cierta» y «abierta».

Hablaba de un hombre que ya no le tenía miedo al color.

Kenny se inventaba los acordes sobre la marcha.

Al público le encantó. Cantaron el último verso tres veces.

Y a la tercera, el señor Abernathy, ochenta y ocho años, el que había llamado a la policía por un gato, bajó los escalones del número 11 en zapatillas, salió a la calle, se quedó al borde del público y aplaudió.

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La segunda fue «September».

Callum, el del número 18, llevaba toda la noche esperando.

En cuanto Rhys marcó el primer compás, Callum soltó un sonido que yo no sabía que un ser humano pudiera hacer, corrió al centro de la calle y se puso a bailar.

Fatal. Con todo el cuerpo. Como un hombre que llevara tres años metido en casa y acabara de acordarse de que tenía piernas.

Priya bailó con él. Luego Sofía. Después, los dos hombres del número 10 con sus monos dorados. Y luego toda la calle.

Yo también bailé. Con Inácio. En medio de la calle.

Delante de todo el mundo. Sin pegarnos demasiado.

Sin cogernos de la mano. Despacio, había dicho él.

De acuerdo. Pero bailando. Con las caderas, no con los brazos, de un lado a otro, no arriba y abajo, como me había enseñado.

Se pasó todo el rato riéndose de mí. No me importó.

Bev nos miraba desde la ventana de Pressed con los brazos cruzados. Cuando acabó la canción, salió, fue derecha a Inácio y le tendió la mano con la palma hacia arriba.

—Cinco libras —dijo.

—¿Por qué? —preguntó Inácio.

—Le aposté cinco libras a Gloria a que a medianoche seguirías siendo un cobarde. He perdido. Me debes cinco libras.

—Eso no tiene ningún sentido, Bev. Has perdido tú. Tendrías que pagarle a Gloria.

—Le estoy pagando a Gloria —dijo Bev—. Y tú me pagas a mí. Por el estrés.

Inácio le dio cinco libras.

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La tercera fue Colin.

Se pasó toda la noche en el escalón de abajo del número 14.

No bailó. No habló con nadie. En un momento dado, Kenny se acercó y se sentó a su lado, muy despacio, con su bastón, y estuvieron hablando en voz baja mucho rato.

Dos viejos bajo las luces de colores, uno con cazadora de cuero y el otro con un abrigo militar verde.

Más tarde me enteré de que se conocían de 1973.

De vista. Kenny veía a Colin junto a la puerta todas las noches, desde el escenario. Nunca habían hablado.

Lou no se acercó a los escalones. Se quedó toda la noche junto a la ventana de Pressed, con las gafas de sol en la mano. Pero hacia las diez y media Colin se levantó. Cruzó la calle hasta la ventana de Pressed. Se plantó delante de Lou Vance.

No sé qué se dijeron. Estaba demasiado lejos. Vi la cara de Lou. Lo vi decir algo y llevarse la mano al pecho. Vi a Colin mirarlo largo rato con sus ojillos grises.

Entonces Colin le tendió la mano izquierda. La buena.

Y Lou Vance se la estrechó.

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La cuarta fue la canción de la señora Penhaligon.

A las diez cincuenta, Kenny Moss, sin que nadie se lo pidiera, se puso a tocar algo con la guitarra. Algo muy antiguo y muy suave. Una canción de amor de antes de que ninguno de nosotros hubiera nacido. No voy a decirte cuál. La señora Penhaligon me hizo prometerlo.

Ella estaba en los escalones de la entrada del número 14, en su tumbona. Al oír el primer acorde se levantó. Muy despacio. Dejó el té en el escalón.

En el escalón de arriba, Jimmy se levantó también.

La cantó. Desde el umbral. Igual que la había cantado desde su ventana en la primavera de 1974, para una chica con abrigo amarillo que leía Jane Eyre. Y la gente lo oyó. No todos. Pero algunos. Una segunda voz tenue, que venía de la casa, por debajo de la guitarra de Kenny, suave y un poco rota.

La señora Penhaligon no se volvió. Se quedó de pie en el escalón con su largo vestido verde, con el broche del pájaro en el cuello y los ojos cerrados.

Y bailó. Sola. En los escalones. Muy poquito, muy despacio.

Apenas un balanceo. Como una mujer de veinticinco años con un abrigo amarillo que por fin hubiera decidido que ya no hacía falta fingir.

Cuando acabó la canción, abrió los ojos. Cogió el té. Miró el reloj.

—Las once en punto —le dijo a Dee—. No las once y cinco.

Y la música paró.

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A la mañana siguiente me desperté a las diez. En mi propia cama. Vestido. Con purpurina en el pelo. Purpurina dorada, de los hombres del número 10.

La casa estaba muy silenciosa. Por un momento pensé que pasaba algo. Entonces lo oí.

Alguien cantando. En el baño. Suave, luminoso y un poco ronco. Algo rápido y alegre, con mucha marcha. Silver Train. Esa con la que la gente se subía a bailar a las mesas.

Y las tuberías lo acompañaban.

Me quedé tumbado, escuchando. Entonces oí algo más. Algo que me hizo incorporarme en la cama.

Un golpe. No en mi puerta. Dos pisos más abajo. En el techo del piso 1, desde abajo. Tres golpes con el palo de una escoba.

Y entonces la voz de la señora Penhaligon, que subía atravesando dos plantas, muy clara, muy firme.

—Buenos días, señor Starr. Algunos estamos intentando leer.

El canto se detuvo.

Hubo un largo silencio.

Entonces, desde el baño, en voz baja, con una voz que no le había oído nunca, Jimmy dijo:

—Dios mío.

Y el canto volvió a empezar. El doble de fuerte.

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Era verdad. Había sucedido. No como les había sucedido a los demás.

Reggie consiguió la esquina. Cuarenta y tres pasos.

Jimmy no consiguió poder ir a ninguna parte.

Seguía deteniéndose en el último escalón, como antes.

Seguía sin poder tocar el cuaderno más de unos segundos. Seguía siendo invisible.

Pero, cuando cantaba, la gente podía oírlo.

No con claridad. No como a una persona viva. Muy débilmente. Como una radio en otra habitación. Había que estar cerca, o en silencio, o atento. O, como decía Ricky, «un poquito enamorado de él, que históricamente es medio Londres».

La señora Penhaligon podía oírlo. Me lo contó aquella tarde, en los escalones, con una taza de té. Dijo que lo había oído cantar durante treinta y seis años, todas las noches, y que se había dicho a sí misma que eran las tuberías.

—Y ahora no son las tuberías —dijo con toda calma, mirando la calle—. Ahora está claro que es él. Desafina en los agudos. Siempre lo hizo.

Bebió un sorbo de té.

—No voy a pensar en ello, señor Kowalski. Tengo setenta y siete años. Solo voy a quejarme. Eso es lo que hice en 1974. Funcionó de maravilla.

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Al mediodía comenzó la reunión del Marcador.

Los cinco estaban en el baño. Y yo también. Gaz había empañado todo el espejo al abrir la ducha caliente con su electricidad y dejarla correr diez minutos, cosa que Reggie calificó de «despilfarro escandaloso de agua caliente» y que Gaz defendió alegando que era «por la ciencia».

Ahora el Marcador ocupaba el centro del espejo. Enorme. Arriba, la pregunta, con letras grandes y redondeadas, igual que desde mi segunda mañana en la casa, en febrero.

¿LO ES?

Y las columnas. SÍ a la izquierda. NO a la derecha. Y debajo, cuatro meses de pruebas. El abrazo. El brazo. El corazón en el café. Cultural. Las flores. La moqueca. El ex de Lisboa. Sofía. ¿Está saliendo con alguien? Bev: cobarde. El autobús. Un dibujo de un autobús.

Gaz se plantó delante con las manos en las caderas.

—Bien —dijo—. Resultados finales. Anoche, en el banco verde, sobre las nueve y veinte, el sujeto dijo, cito: «Soy bi». Fin de la cita. Dos veces.

—Lo oímos —dijo Ricky—. Estábamos en la ventana. Lo oímos todo. Tú gritaste.

—Sí, grité. Y no me avergüenzo. —Gaz se volvió hacia el espejo—. Así que la pregunta era: «¿Es gay?». Y la respuesta es —hizo una pausa dramática—: ninguna de las dos.

Hubo un silencio.

—¿Qué quieres decir con «ninguna de las dos»? —preguntó Jimmy.

—¡Quiero decir que el Marcador no tenía una columna para eso! —exclamó Gaz, alzando los brazos—. SÍ significaba gay. NO significaba hetero. ¡Es bi! ¡Es ambas cosas! ¡No es ninguna! ¡Está en medio! ¡No hay columna para el medio! ¡Nunca hice una!

—Entonces —dijo Reggie despacio—, ¿no ha ganado nadie?

—¡No ha ganado nadie! —Gaz parecía desolado y encantado al mismo tiempo—. ¡Los dos equipos pierden! ¡Cuatro meses! ¡Cuatro meses de ciencia! ¡Y la respuesta no estaba en el Marcador!

—Eso es lo más bisexual que ha pasado jamás —dijo Ricky.

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Había algo en juego. Nunca había preguntado qué. Resultó que, en febrero, en mi tercer día, las condiciones las había puesto Gaz en persona. El equipo perdedor tendría que ver todas las noches, durante un mes, lo que eligiera el equipo ganador.